Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 4 #5
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CAPÍTULO 4 #5

Sí, como dice Pablo, la perspectiva no es tan mala.

Están en una situación complicada, por supuesto, pero su vida no corre un claro peligro de muerte.

Es cuestión de tiempo cruzarse con un barco que pueda ayudarles a reparar el suyo, remolcarlos o, al menos, lanzar una alerta de socorro para poder recibir esa ayuda, piensa Ernesto mientras sigue a Pablo.

El trío sube las escalerillas que dan a la bañera, donde comienzan a arriar las velas.

Pablo y Ernesto se van turnando con la misma manivela: han preferido no separarse para que Laura pueda iluminarlos correctamente; no es razonable moverse a oscuras en una noche en la que ni siquiera hay luna ni estrellas.

Con la vela mayor ya recogida, el barco comienza a frenar al perder el impulso del aire que la llenaba, para terminar de desacelerar cuando logran recoger el génova.

—¿Qué es lo que ha pasado? ¿Hemos chocado? —pregunta Ernesto, queriendo entender la situación.

—Sí, hemos chocado con un contenedor caído desde algún carguero, que ha quedado a la deriva —le explica Pablo, con tono tranquilizador.

—¿Pero qué probabilidad hay de que eso suceda? —pregunta Ernesto, sorprendido y con los ojos como platos.

—La verdad es que cada año se caen cientos de contenedores.

Es la peor pesadilla de un navegante: el radar sí que los detecta a flote, pero cuando se llenan de agua y se sumergen casi en su totalidad, se convierten en una mina marina invisible en el océano, un obstáculo indetectable.

De día lo puedes ver, pero de noche es prácticamente imposible.

Aunque generalmente pasan solo unas horas hasta que terminan por hundirse definitivamente —le explica ya más calmada Laura, haciéndole ver la mala suerte que han tenido al cruzarse con ese contenedor en las pocas horas en las que el radar no lo ve.

—Este con el que hemos chocado estaba prácticamente hundido.

Lo hemos pasado por encima. El golpe en el casco ha debido dañar el cableado principal del barco o las baterías, provocando el apagón general.

El golpe ha sido muy fuerte y mañana va a tocar revisar todo el cableado hasta dar con la avería.

Ahora, así, de noche y a oscuras, poco se puede hacer.

En el barco tenemos frontales y linternas, pero creo que lo mejor será intentar descansar y mañana, con la luz del día, tendremos mejor acceso a todo —añade Pablo.

—¿Dormir? ¿Lo dices en serio? ¿Tú puedes dormir en estas circunstancias? —pregunta escandalizada Laura.

—No lo sé, pero lo único claro es que con esta oscuridad estamos muy limitados. Lo primero será sumergirse para comprobar el estado real del timón e intentar repararlo; después continuaré con la parte eléctrica —responde Pablo con calma.

—Pero ¿si la avería del timón es como la de Puerto Madryn? No podemos repararla nosotros —indica preocupada Laura, recordando su último problema con el timón.

—¿El del ataque de las orcas? —pregunta Ernesto.

—Sí —confirma Laura.

—A ver, si es como el accidente de Puerto Madryn, obviamente no puedo cambiarlo por una pala nueva, pero algún apaño ya se le podrá hacer —aclara Pablo, resolutivo.

—Sí, es verdad —afirma Laura mientras recuerda las muchas veces en las que ha hecho reparaciones de emergencia para salir de algún atolladero. A medida que el susto pasa, queda claro que tienen un problema, sí, pero no es la primera avería navegando ni probablemente sea la última.

A medida que ven más el lado favorable de la situación en vez de únicamente el malo, el cansancio empieza a reflejarse en sus caras.

Deciden continuar con las guardias. El incidente ha sido media hora antes de que Laura le diera el relevo a Pablo.

Ahora, en realidad, queda poco para que termine ya el de Laura, pero optan porque sea ella quien se quede de vigía para que Pablo descanse.

Mañana le espera un duro día de trabajo con las reparaciones.

Ernesto va también a descansar y relevará a Laura dentro de tres horas. Antes, si el sueño ataca a la joven... Aunque lo más probable sea que no pueda dormir ninguno, intentarán descansar en la medida de lo posible.

Laura está en la bañera de un barco a oscuras, con las blancas velas recogidas para no coger velocidad.

El Salitre y viñas golpea las olas suavemente, sin el empuje del viento, como una sombra invisible que se mueve a la deriva, al igual que el contenedor con el que han chocado hace unas pocas horas.

La joven escudriña el horizonte, pero con un cielo sin estrellas no logra diferenciar entre mar y cielo.

Todo está envuelto por las tinieblas del océano Pacifico.

Un escalofrío le recorre la espalda. Bajo sus pies descansan Pablo y Ernesto, pero en la cubierta está ella sola.

Sus ojos no consiguen vislumbrar nada, mire adonde mire, lo que le hace sentir una incómoda y desagradable sensación de soledad.

Su única compañía es la pistola de bengalas que aferra con las manos con la esperanza de dispararla cuanto antes.

Es la función de la persona de guardia a bordo de un barco a la deriva: buscar alguna luz en el horizonte que les pueda ayudar.

La radio de emergencia descansa en silencio a su lado, en el banco de la bañera.