CAPÍTULO 4 #4
Con Laura ya acurrucada en la bañera para cumplir su relevo de vigía, en el salón, las luces iluminan a Ernesto mientras cena.
Ante él está Pablo; ambos conversan relajadamente sobre algún tema superfluo.
Ayer Pablo aprovechó para descansar y Ernesto cenó solo.
Pero hoy, con lo que ha dormido durante la jornada, no tiene sueño.
Juegan a las cartas después de que Ernesto termine su plato; él tampoco tiene prisa para irse a la cama, ya que hasta que no claree el día tras el amanecer no le dejan aún hacer guardias.
No tanto porque no pueda hacerlo, sino por la responsabilidad en el caso de que ocurriera cualquier accidente.
Las horas pasan. Pablo aprovecha para hacer una visita a Laura mientras Ernesto reparte las cartas.
Según Laura, la sensación es que hace menos frío que la noche anterior; la bóveda de estrellas, por su parte, ha desaparecido: el encapotado cielo las oculta al igual que a la luna, de la que no hay rastro alguno.
Es una noche oscura; es como avanzar hacia las profundidades de una tétrica cueva sin linterna.
¡Qué importantes son los aparatos modernos de apoyo a la navegación en una noche así, sin visibilidad, en medio de una negrura impenetrable!
Media hora antes de su turno, Pablo decide relevar a Laura para que ella pueda dormir un poco más de cara a su siguiente turno.
Ernesto, mientras tanto, recoge las cartas y los vasos del salón.
La pareja, por su parte, se intercambia el control de la nave.
Cuando finalmente Ernesto se encamina a su camarote, se encuentra con Laura que baja por las escaleras desde la cubierta.
Se despiden y cada uno continúa su camino hacia su cama, para dormir y descansar.
De pronto, un golpe seco y metálico sacude el barco.
El grito de Laura acompaña a un roce metálico que lentamente recorre todo el casco del velero de proa a popa.
Ernesto se ha caído de la litera a consecuencia del impacto.
Enciende las luces, asustado y desorientado.
Las luces parpadean como si alertaran de un peligro.
Sale apresuradamente de su camarote y se encuentra con Laura, quien también a la carrera se dirige hacia la bañera.
En la cubierta, Pablo, con la cara blanca como si acabara de levantarse de su propia tumba, tiene un foco de mano del Amel encendido y con él recorre nervioso las aguas que salen de la popa, hasta finalmente detenerse en una pequeña zona plana, extrañamente sin olas.
—¡¡Mierda, hemos chocado con un contenedor perdido!! —grita furioso, con la cara desencajada.
—Pero, ¿el radar? ¿Por qué no lo ha detectado? —pregunta asustado Ernesto.
—Voy abajo a ver si hay alguna vía de agua en el barco —anuncia Pablo, mientras sale disparado hacia el interior, dejando a Ernesto sin respuesta bajo la impenetrable oscuridad.
Mientras, Ernesto y Laura se quedan en la cubierta, asustados y tan desorientados que ni se han dado cuenta de que están en pijama en mitad de la fría noche.
Pablo accede a las entrañas que solo él conoce.
Por suerte, la estanca sala de máquinas continúa seca.
Continúa ahora más abajo, hacia la sentina.
En la cubierta, Ernesto y Laura contienen la respiración.
Ella piensa en la balsa salvavidas; Ernesto, directamente, imagina que van a morir ahogados esa noche en mitad del océano.
Por fin llega Pablo. Su cara les informa al momento de que no hay vías de agua; solo ha sido un susto, pero vaya susto.
El alivio de ambos se quiebra con un escalofrío simultáneo.
Solo en ese momento se dan cuenta de que están en la cubierta, descalzos y sin ropa de abrigo.
La adrenalina del momento ha logrado que no se den cuenta.
Descienden acelerados al interior del velero en busca de algo con qué vestirse, pero mientras lo hacen, la luz, que ya no parpadea, de pronto se apaga por completo.
Ernesto, asustado, sale a tientas de su camarote.
En el salón hay una luz que se mueve con rapidez: es Laura, quien se alumbra con una linterna.
Ernesto la llama y ella acude en su busca para volver juntos a la bañera.
Nada más salir a la oscura y fría noche, se les hiela la sangre, pero no por el frío: ante ellos, encuentran a Pablo nuevamente con la cara desencajada.
No hay rastro de la cara de alivio y felicidad con la que le han dejado apenas un par de minutos antes, y tampoco se queja de que no haya luz.
El joven está girando el timón de manera violenta en ambas direcciones, pero Salitre y v iñas no obedece y continúa con el mismo rumbo.
Laura, que entiende al momento la situación, se dirige apresurada a la sala de navegación para pedir ayuda.
Los hombres la siguen al rato; bajan las escaleras para acceder al salón iluminados por el enorme foco de mano que Pablo ha utilizado en la cubierta.
Cuando llegan a la sala de navegación, se encuentran a una asustada Laura que está abriendo cajones y armarios, dejándolos abiertos para lanzarse al siguiente.
Pablo, instintivamente, mira las pantallas.
Están todas apagadas. El micrófono de la radio está fuera de su soporte, colgando mientras se balancea con el movimiento del barco.
Por fin Laura encuentra lo que busca: una radio portátil y un GPS de mano, el equipo de respaldo para casos como este.
Nerviosa y alterada, mientras Pablo y Ernesto contienen la respiración, pide ayuda por radio lanzando una llamada de socorro.
Su desesperación aumenta al no recibir respuesta; algo que, por otra parte, es totalmente comprensible.
Estas radios tienen un alcance limitado, de no más de nueve kilómetros, y eso en unas condiciones óptimas.
Pablo, aun siendo consciente la compleja situación en la que están, logra tranquilizarse. Hay que calmar los ánimos; los nervios son siempre malos consejeros.
—Laura, Laura…..Laura —le llama con una voz calmada y suave, intentando así frenar el acelerado nerviosismo de la joven.
—¡¿Qué?! —responde la joven, fuera de sí.
—Laura, tranquila. El barco no tiene ninguna vía de agua, seguimos navegando —expone Pablo con una voz lenta y calmada, en un intento de calmar a los tres navegantes, incluido él mismo.
—¿Pero hacia dónde? Estamos sin timón y sin aparatos de apoyo; ni siquiera podemos pedir ayuda —balbucea ella, desencajada.
—El barco está a flote, tenemos agua y comida; es cuestión de tiempo que pase un barco lo suficientemente cerca como para que podamos hablar con él —insiste Pablo, empeñado en calmar la situación.
—¡¿Cuántos barcos has visto desde que hemos salido a mar abierto?! —objeta Laura, exaltada.
—Pocos, sí. Pero al menos uno cada día sí que hemos visto a una distancia suficiente como para poder comunicarnos con la radio portátil.
Esta travesía ya sabemos que no es una de las rutas comerciales más transitadas del mundo, pero sí que es una vía muy utilizada por veleros y, ocasionalmente, por buques pesqueros o de carga —insiste Pablo con voz templada.
—Tienes razón. —acepta Laura, ya algo más calmada.
—Bien. Yo ahora voy a arriar todas las velas.
No tiene sentido seguir avanzando rápidamente sin timón —añade Pablo mientras se dirige a la bañera.
A mitad de camino se da la vuelta y dice—: Ernesto, necesito que vengas conmigo.
Sin electricidad, los mandos de la bañera no van a funcionar y va a tocar arriar las velas con las manivelas manuales. Vamos a sudar la gota gorda.
—Voy con vosotros para iluminaros con el foco; no podéis andar por la cubierta sin luz —informa Laura.
Ernesto sopesa la situación. Está preocupado, muy preocupado.
No termina de entender lo que ha pasado ni entiende la situación a la que se enfrentan.
Pablo lo tranquiliza mientras salen al exterior, pero su estado de ánimo ha pasado por diferentes fases: desde creer que el velero se hundiría y ellos morirían en las gélidas aguas como los protagonistas de Titanic, hasta verse flotando a la deriva, hambrientos y sedientos, como en las películas de náufragos.
Finalmente opta por creerse el comentario de Pablo: el barco flota, tienen comida —menos que en Ushuaia, pero suficiente para subsistir y más si la racionan—.
El agua tampoco es un problema; aunque se hubiera roto la desalinizadora —cosa que desconoce—, los mil litros del depósito que se mantiene siempre lleno son más que de sobra.
Además, el frío que los envuelve no obliga a beber demasiada y las duchas, que son lo que más agua consumen, se pueden reducir e incluso eliminar.