Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

Son más jóvenes, se dice para sus adentros, molesto consigo mismo.

Él, que siempre ha hecho deporte. Pero la realidad es que, desde que pisó Argentina, no ha hecho nada más allá de algo de senderismo.

Además, la sabrosa y contundente gastronomía ha causado estragos en su fisonomía: ya ni siquiera utiliza cinturón, ¿para qué?

Es más probable que no pueda subirse el pantalón a que se le caiga.

Al terminar la sesión de fuerza hacen algunos estiramientos, pero suaves y con precaución, dado que el cabeceo del barco hace poco aconsejable realizar estiramientos profundos o yoga.

Es un movimiento suave, continuo y cadencioso, pero, por sentido común, Laura evita ese tipo de ejercicios.

Realmente, la labor de la «monitora» con sus conocimientos para adaptar los ejercicios a las circunstancias de la navegación, se convierte en algo impagable.

La atrofia muscular, la pérdida de densidad ósea y la pérdida de vitalidad son una constante para navegantes de este tipo.

No les ocurre así a Pablo y Laura gracias a estas rutinas.

Nadar no es una opción debido al incómodo oleaje y las heladas aguas procedentes del polo Sur.

Ya vendrán días mejores para ello. Seguro.

Esa tarde, el cirujano queda al mando. Realiza su primera guardia.

Está él solo en la cubierta, mientras sus compañeros dormitan la siesta.

En alta mar no se puede fondear, dado que el ancla quedaría colgando del barco sin llegar a alcanzar el fondo del océano; por ello, por las noches deberán ir turnándose con las funciones de vigía.

La idea inicial es ir encargando a Ernesto los turnos diurnos durante los que Pablo y Laura puedan descansar para encargarse ellos de las guardias nocturnas y, con el paso de los días y el aumento de la confianza, irle encargando también guardias con menos luz.

Ahora, mientras el piloto automático guía el barco, su labor se centra en vigilar el horizonte y en entender las alarmas de los instrumentos que alertan de un posible riesgo de colisión.

Hace ya días que aprendió a comprobar la velocidad, el rumbo y demás parámetros básicos, así como a reaccionar ante una variación.

La navegación en el continente fue un curso acelerado de cambios en estos parámetros.

Si detecta algo raro, su labor es sencilla: avisar lo antes posible a Laura o Pablo.

Ernesto está entusiasmado. Sentado en la bañera, observa a su alrededor; solo hay mar y cielo.

Bajo sus pies descansan Laura y Pablo. Sobre él, surcando el cielo, su única compañía son las inmensas aves marinas que, sin esfuerzo, utilizando las corrientes de aire, le acompañan en silencio. No son como las ruidosas gaviotas.

Una vez terminada la cena, Ernesto y Laura salen a la cubierta para hacer un poco de compañía a Pablo, que está de guardia.

La noche ha traído una calma gélida y un cielo totalmente despejado, repleto de infinitas estrellas.

Ernesto no ha visto nunca en su vida tantas estrellas.

La bóveda que le rodea alcanza hasta el horizonte en todas las direcciones, una perspectiva desconocida para él.

En tierra firme, esa visión siempre es incompleta.

La inexistente contaminación lumínica también consigue hacer visible a muchas estrellas que son invisibles en la «civilización».

¿Cómo no iban a pensar los antiguos que la Tierra era el centro del universo y que este giraba alrededor de nuestro planeta?

Este espectáculo, aunque previsible, resulta totalmente sobrecogedor para el segoviano.

Laura y Pablo conversan tranquilamente mientras Ernesto, en silencio, no puede dejar de mirar sobre su cabeza, con los ojos desorbitados por la inmensidad.

Se siente pequeño, minúsculo, un simple átomo de polvo cósmico.

Una cura de humildad en un mundo en el que todos nos sentimos excesivamente importantes y lo somos para algunos, pero nuestro círculo no deja de ser como una gota en un día de lluvia.

La noche avanza con la sucesión de guardias nocturnas. Pablo y Laura se turnan cada tres horas, tiempo suficiente para que duerma el que descansa, pero no tan largo como para que la persona de guardia acumule un cansancio excesivo y disminuya su nivel de atención.

En su camarote, Ernesto duerme relajado; su labor se desarrolla durante el día, cuando, aprovechando la visibilidad, le encargan las guardias gracias a las cuales la pareja podrá acumular horas de descanso de cara a la noche.

La compañía de Ernesto les está siendo muy útil tanto para la convivencia como para descargarse de trabajos de navegación; sobre todo, les da la posibilidad de descansar mucho más, saltándose así varias guardias.

Acostumbrados como están a continuos ciclos en los que duermen mal, tienen ahora la sensación de holgazanear en exceso.

En su segundo día en el Pacífico, el velero ha encontrado un ritmo constante.

La brisa es continua y el barco avanza con determinación, siguiendo el rumbo que la cada vez más compenetrada tripulación le indica.

Con la taza de café en la mano, Ernesto avista a lo lejos un par de ballenas que emergen para respirar: un recordatorio de que no están solos en este desierto de agua.

Arriba, en el cielo, los petreles y albatros siguen siendo sus únicos compañeros.

Estas enormes aves viven, se alimentan y duermen en el océano y solo se las ve en tierra para anidar y criar a sus polluelos.

El médico, cada día que pasa, se desenvuelve con mayor soltura.

Ha ido conociendo los sonidos del velero, que no son pocos.

Entiende también los cambios de viento y el movimiento del oleaje.

Su labor principal sigue siendo la de vigilar, descargando así al resto de hacerlo, aunque inevitablemente estos lo hagan también.

Aprovechando la sencilla navegación —al menos para lo que él ha conocido desde que salió de Ushuaia—, sus guardias diurnas le llenan de confianza.

No sabe, ni se atreve, a pelearse con las velas todavía, pero se siente útil sabiendo que Pablo y Laura están relajándose o descansando.

El piloto automático guía el barco; mientras no haya ningún problema, él se arregla.

Además, aprende fácilmente y presta atención a cómo operar el velero cada vez un poco más.

Han formado un buen equipo, compenetrado y que congenia a la perfección.

Los días se arrastran, lentos y monótonos.

La fauna marina a veces les acompaña durante ratos, en trayectos breves o más largos.

A las grandes aves Ernesto ya se ha acostumbrado.

A Pablo y Laura hace tiempo que ya no les llaman la atención.

El tiempo es sospechosamente benévolo con ellos, dándoles la cantidad de viento justa para que avancen a ritmo constante y con unas olas cómodas.

Pablo y Laura saben que el tiempo puede ser peor, mucho peor; por ello no van a quejarse: una navegación así es un placer que rara vez dura tantos días, y menos en una zona como esta.

Continúan cada mañana con sus variadas rutinas de ejercicio; es Laura quien decide qué y cuándo hacerlos.

Ernesto sigue maldiciendo su forma física, pero, de seguir así, terminará incluso por recuperarla.

Además, Laura elabora un menú equilibrado, aunque, comparado con la alimentación que ha llevado el médico estos últimos meses, lo definiría como más sano que sabroso.

El menú lo elige Laura, pero se encarga de prepararlo quien esté asignado, siempre y cuando conozca su elaboración.

Ernesto es el que más limitaciones tiene; nunca ha cocinado mucho y, además, no tiene el socorrido internet para consultar las recetas.

Por las tardes, en el salón del barco, descansan quienes no estén de guardia.

Aprovechan para echar una pequeña siesta o leer al lado de la lumbrera.

Las temperaturas aún son frías como para estar disfrutando de la cubierta.

Al ritmo que llevan de navegación, Pablo estima que dentro de aproximadamente siete o diez días podrán al menos quitarse las chaquetas.

Para poder sacar los trajes de baño a la cubierta deberán esperar aún otros diez días más.

Pablo añora saltar y nadar en el agua al lado del barco, pero todo llegará.

A las 19:00, Pablo y Laura están sentados en el salón.

Ante ellos, una ensalada de centolla —que han descongelado a la tarde— con aguacate y limón.

Para acompañar, toman unas tostadas integrales.

De postre: una manzanilla, una infusión ligera y relajante que ayuda a la digestión pero sin dar sueño.

Es importante evitar los carbohidratos simples y las grasas saturadas, ya que ambos crean somnolencia.

La presencia de Ernesto permite a la pareja cenar juntos, íntimamente, mientras el barco continúa avanzando a velocidad de crucero con la proa apuntando a la Polinesia Francesa.

No están habituados a ello. Por lo general intentan comer un sándwich u otra comida ligera juntos en la bañera, pero con el frío de estas latitudes terminan haciéndolo a turnos, cada uno dentro del barco.

Arriba, Ernesto se prepara para terminar su última guardia.

A las ocho de la tarde, Laura lo relevará.

Puede comerse un sándwich en la bañera, pero, como hasta las ocho de la mañana no le vuelve a tocar hacer la siguiente ronda de vigilancia, prefiere cenar cómodamente en el calor del salón del barco.

Las noches aún se las reparten entre Pablo y Laura con dos turnos cada uno; por lo menos, gracias a los relevos de Ernesto durante el día, consiguen dormir seis horas seguidas.

Además, aunque su guardia haya terminado, él nunca les despierta, a pesar de que ellos le repiten que lo haga; pero Ernesto se niega: si necesitan dormir más, que duerman.

Lo más duro es lo que hacen ellos, dormitando en turnos de tres horas durante la noche.