Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

El sexto día de navegación, el viaje continúa hacia el norte.

A la salida del último de los fiordos, ante ellos se presenta por fin el majestuoso estrecho de Magallanes.

Si continúan al norte llegarán a Punta Arenas, pero si giran hacia el oeste, se dirigirán al Pacífico.

Ernesto mira de reojo a Pablo. Este mantiene el timón sin moverlo, por lo que continúan en dirección al norte.

Ahora mira al mar, buscando olas o cambios de color en las aguas que le indiquen si para girar al oeste sea mejor hacerlo más adelante, o ver si debería haber girado antes.

No encuentra nada que le haga pensar que debiera haber girado o esperado.

No puede ser que lo bajen del barco. Debe pensar rápido la forma de evitarlo.

Nervioso, vuelve a observar a Pablo de reojo, con atenta discreción.

Detecta cómo Pablo dirige su mirada hacia Laura, para segundos después hacer girar el timón y, poco a poco, Salitre y viñas va apuntando con su proa hacia el oeste.

Ernesto suspira aliviado en silencio; sus compañeros confían en él.

El viaje continúa. Ernesto hace tiempo que se siente seguro con la pareja.

Él no duerme con la puerta atrancada desde hace varios días; había llegado a la conclusión de que era más fácil que lo encerraran en el camarote por fuera a que entraran para hacerle daño.

Pero siente y entiende perfectamente su intranquilidad, aunque espera terminar de romper cualquier tipo de barrera entre ellos.

Les esperan tres días de travesía por el afamado estrecho, una navegación a medio camino entre los fiordos y el canal de Beagle.

Al ser más ancho y mucho más largo, está más expuesto a los fuertes vientos del oeste y a sus corrientes.

La parte inicial es en zona abierta y expuesta, pero en su parte final se vuelve más estrecha, especialmente en el paso Tortuoso, probablemente el más complejo y peligroso de navegar por el Magallanes.

Especial atención merece también el tráfico marítimo, sobre todo por la presencia de una gran cantidad de barcos de gran calado.

Con el paso de los días, Ernesto no solo hace de vigía: ha aprendido a leer y confirmar la velocidad, así como el rumbo en los instrumentos básicos.

Ha ido observando el funcionamiento de las velas; los continuos cambios de dirección del caprichoso viento hacen que la pareja deba ajustar continuamente su configuración, un fastidio para Pablo y Laura, pero útil al fin y al cabo para Ernesto, que así entiende mejor el uso de las velas.

Durante el fondeo ayuda a preparar el ancla y maneja la cadena, aunque con supervisión.

Intenta colaborar también limpiando y recogiendo el barco, pero años de navegación han creado una mecánica de orden y limpieza instintiva en Pablo y Laura, que no dejan rastro de su paso.

Aun así, Ernesto se sumerge en el barco para limpiar las zonas comunes, una limpieza sobre limpio que hace parecer que el barco está a la venta y no en la travesía en la que se encuentra inmerso.

Lo que no limpia es el camarote de la pareja, ya que siente que las habitaciones son la única zona en la que cada uno mantiene su intimidad y prefiere mantener esos lugares como santuarios.

Además, imagina que están perfectamente limpios y ordenados.

Laura y Pablo hace años que aprendieron que, si con oleaje no se mantienen las cosas recogidas, el barco se convierte en una lavadora por la que vuela todo lo que no esté asegurado y en su sitio.

Después de superar la isla Dawson, la costa se ve difuminada a lo lejos, con sus montañas que parecen fantasmas.

A medida que avanzan hacia el oeste, las costas se van acercando al barco como si formaran un embudo, un constante estrechamiento que acelera paulatinamente las corrientes marinas.

Los vientos también aceleran su fuerza a medida que las montañas se acercan y encajonan su fiereza.

A medida que el paso de Magallanes se va estrechando, el abundante tráfico comienza a ser un motivo de agobio.

Como ya sabían, el estrecho es una ruta vital en el comercio marítimo.

Ernesto observa con atención el paso de los monstruosos portacontenedores, gigantes de acero que ocupan todo su campo de visión cuando se acercan.

Especialmente después de que uno pase más cerca de lo necesario.

Ernesto, absorto, observa desde el pequeño y vulnerable velero de dieciséis metros cómo el gigante pasa a su lado con sus más de doscientos metros de longitud.

Sin embargo, lo más estremecedor es ver los veinticinco contenedores apilados en su cubierta, creando un muro de casi cien metros de altura; una pared que, a primera vista, parece simplemente una pila hecha como cuando se amontonan ladrillos sin cemento que los una.

Lo primero que escucha es el sonido de su enorme casco rompiendo las olas y, mientras pasa, el estruendo de sus gigantescos motores, motivo por el que a duras penas consigue entender a Pablo y Laura, que le chillan para que se agarre con fuerza a alguna parte fija del velero.

Por suerte, les entiende antes de que el pequeño barco reciba la estela del enorme mastodonte metálico, un oleaje como Ernesto no había sentido jamás.

Se agarra a la barandilla con la mayor fuerza que puede ejercer con sus manos, mientras sufre las bruscas subidas y bajadas de un oleaje surgido de la nada.

Laura, que era quien estaba al mando en ese momento, maniobra con habilidad para no perder el control.

Ernesto, preocupado por no caer de la borda, ni se da cuenta; bastante tiene con agarrarse para mantenerse en cubierta.

Han sido unos breves minutos, pero ¡qué minutos!

A partir de ese momento, Ernesto mira a las moles que navegan junto a ellos con recelo, avisando a Pablo y Laura en caso de presentir que puedan pasar demasiado cerca.

Siguen fondeando para dormir; es un riesgo innecesario navegar entre el tráfico durante la noche.

Tampoco tienen prisa, y esas cenas con sus largas tertulias son un placer para los navegantes, quienes conversan sobre la historia de sus vidas y sus hobbies.

Hablan durante horas, con fluidez y escuchando con atención los comentarios del otro.

Laura y Pablo han entendido ya que los miedos que tenían con respecto a Ernesto antes de partir eran una reacción lógica, aunque sin fundamento.

Ernesto es tal cual les cuenta —no han detectado ninguna incongruencia en sus relatos, y eso que Laura ha empleado a fondo sus conocimientos de psicología con él—.

Pero la realidad es que Ernesto es la persona con la que conversaron en la cabaña de Ushuaia mientras comían aquel delicioso asado.

Los temores a embarcarlo han sido más por una ansiedad situacional de Laura y Pablo y su imaginación, que por una sospecha sustentada por hechos reales.

Se sienten como amigos de toda la vida, a pesar de haberse conocido hace escasamente una semana.

A medida que las costas y montañas de ambos lados se van acercando a ellos, se adentran en los pasos más estrechos del Magallanes, serpenteando entre islas montañosas.

Son pasos más anchos que los fiordos, pero, entre el tráfico y los cambios de velocidad que sufren tanto los vientos como las mareas, no dejan de ser días de navegación estresante.

El estrecho paso Tortuoso se convierte en eso, como su propio nombre indica en una navegación tortuosa.

29 DE NOVIEMbrE

Después de siete días de emocionante navegación, la parte final discurre por canales cada vez más estrechos, pero al fin llega el momento de salir a mar abierto.

La brisa, protegida tras el último giro, se va convirtiendo en un viento constante del oeste.

Poco a poco, el Salitre y v iñas va dejando atrás las últimas rocas del continente americano.

Cuando finalmente pierden de vista tierra firme, las corrientes se han suavizado; las olas irregulares y de crestas afiladas del estrecho se han convertido en largas y potentes olas oceánicas.

Es un espectáculo relajante para Ernesto, que disfruta con el pausado subir y bajar del velero sobre estas colinas en continuo movimiento.

La nueva fase del viaje ha comenzado. Las caras ilusionadas de los tres navegantes así lo atestiguan.

Incluso el viento se alía con ellos, empujándolos hacia el oeste con una fuerza firme y constante.

Con el alba, el mundo se dibuja en dos únicos colores: el azul oscuro del mar y el gris del cielo.

No hay nada más a la vista alrededor del barco.

En el interior comienzan las rutinas de desayuno, revisión de cartas náuticas y demás tareas de a bordo.

La navegación sorprende a Ernesto; no están las prisas ni el estrés de los días precedentes, todo es más calmado y sosegado.

Laura y Pablo se mueven despacio y en silencio, y él piensa que no había sentido esa sensación de paz ni en los fiordos ni en el estrecho de Magallanes.

Una agradable sensación de paz, solo rasgada por el rítmico movimiento del barco en unas olas que parecen acunarlo.

A media mañana, Laura les llama desde la cubierta. Mientras ellos se asoman, ella les dice:

—¡Vamos, chicos! Es la hora de desentumecer los músculos —exclama sonriendo y con el pelo alborotado por el viento.

Pablo lleva muchos días sin ejercitarse a bordo del velero.

El médico ni siquiera recuerda ya la última vez que hizo deporte.

Laura les guía por una variada rutina de mantenimiento físico.

Pablo los conoce, pero a Ernesto debe corregirle la postura varias veces.

Trabajando con el peso corporal, una persona desentrenada no tiene la posibilidad de empezar con menores pesos; lo único que puede hacer es reducir las repeticiones o el tiempo, lo que provoca que un exhausto Ernesto, tumbado en el suelo, observe malhumorado cómo Pablo y Laura continúan repitiendo el ejercicio.