CAPÍTULO 4
La sombra invisible
Ernesto se levanta de la cama justo en el instante que suena el despertador.
No lo hace porque el molesto sonido le haya sacado de sus sueños, ya que en realidad, lleva ya bastante tiempo despierto, pensando en el apasionante viaje que le espera.
Sin embargo, tampoco había necesidad de levantarse antes: aún son las nueve de la mañana y han quedado en el velero a las once.
Ha dormido a pierna suelta, como lo hace alguien con un objetivo claro, pero el ansia por zarpar lo llevó a meterse pronto a la cama y, por lo tanto, también se ha despertado pronto.
Pasó las horas en vela pensando y maquinando cómo se desenvolverá en el barco, pero, sobre todo, imaginaba las conversaciones, especialmente las nocturnas en el salón tras la cena, ansiando entender mejor la mente de la pareja de cara a su nuevo yo.
Pablo y Laura, por su parte, no han pasado una buena noche. Han dado muchas vueltas en la cama, aunque más en sus cabezas. No han detectado nada en Ernesto que respalde sus sospechas, aunque el recelo es cada vez mayor; pero ya no hay marcha atrás.
En cuanto Ernesto llegue, montarán en el velero y emprenderán un viaje sin retorno. En su viaje no tienen previsto pisar ningún asentamiento humano hasta las islas Gambier, ya en la Polinesia Francesa.
La última oportunidad para desembarcar a Ernesto será en Punta Arenas; sin embargo, eso sucederá dentro de apenas cinco días. No está exactamente en su ruta y requiere desviarse, si bien pasan razonablemente cerca.
A partir de ahí, los tres quedarán confinados dentro del recinto del velero —más amplio y cómodo que una celda de cárcel, pero una cárcel, al fin y al cabo—.
Aprovechan la oportunidad de desayunar en una cafetería cercana. No suelen hacerlo habitualmente, pues por lo general tienen rutinas consolidadas de desayuno a bordo, pero la densa sensación de desasosiego los empuja a salir a la ciudad para este último desayuno en la ciudad del fin del mundo.
Lo que toman, finalmente, no es muy diferente a lo que habrían desayunado en el barco. Lo han pedido sin pensar, mecánicamente, con la mirada perdida.
Cuando por fin llegan al velero, son alrededor de las 10:20. Ernesto no tardará mucho en aparecer; intuyen con temor que estará allí antes de las once.
Finalmente, Ernesto y su mochila se presentan ante Salitre y viñas a las 10:45. Saludos de rigor, ordenar las pocas cosas que le faltaban por traer e iniciar las tareas de soltar amarras para emprender la marcha y dar comienzo así a la aventura que se les presenta por delante.
Después de unos días de descanso y preparativos en Ushuaia, ha llegado el momento de partir hacia un nuevo y desconocido océano. Tan desconocido, en el fondo, como el pasajero que la pareja ha embarcado en su velero.
El sol del mediodía brilla con fuerza, aunque su calor lo disipa fácilmente el inevitable y siempre presente viento patagónico.
El mar está tranquilo y calmado, como es de esperar en una ventana de buen tiempo.
No hubieran partido de no ser así. Aun así, el bonito día que les despide de la ciudad del fin del mundo parece una bendición para el largo viaje que tienen por delante.
Únicamente les preocupan unas nubes negras enganchadas en los picos más altos de la cordillera de los Andes fueguinos. Pablo las observa atentamente; la ventana de buen tiempo que han esperado augura que no molestarán su navegación.
Al bajar la mirada desde los picos hacia las orillas del Beagle, encuentra fijo ante él el rostro de Ernesto, que le mira con una sonrisa imperturbable, clavada en él.
Con las velas izadas y el motor ronroneando suavemente, el velero abandona el puerto.
Pero en lugar de tomar el rumbo más directo hacia el Pacífico, Pablo da un giro de timón que sorprende a Laura, quien no se lo esperaba: ella conoce el plan de navegación y le pregunta a Pablo con gestos por qué ese cambio de rumbo.
—¡No podemos irnos de Ushuaia sin despedirnos del faro del fin del mundo! —exclama Pablo, señalando hacia el este.
El Salitre y viñas cabalga suavemente las olas hacia el famoso faro Les Éclaireurs que, majestuoso, se alza sobre un pequeño islote rocoso en medio del canal Beagle.
La estructura rojiblanca del faro, azotada a diario por el viento y por el mar en los días más duros, hoy se alza orgullosa bajo el sol.
Mientras el velero pasa lentamente a su lado, Ernesto les insiste con gestos para que vayan a su lado y hacer un selfie de los tres navegantes con el famoso faro de fondo.
El móvil capta la imagen de tres personas felices, ilusionadas y con el pelo alborotado, no por la velocidad del barco, sino por el continuo e insistente viento.
Como van en dirección contraria, utilizan el islote como si de una rotonda se tratara y, tras girar, se hacen más fotos con el faro al otro lado.
Cuando Pablo despliega todas las velas, el velero pega un tirón para ir ganando velocidad poco a poco.
Al fondo, el faro se alza ahora a sus espaldas como un símbolo solitario, imprescindible en las peligrosas navegaciones antiguas.
Para ellos, hoy en día es más el recuerdo simbólico de un mito para los navegantes.
Es curioso: se despiden del fin del mundo, pero, aunque no lo saben, dicen también adiós a la vida tal y como la conocen.
La primera parte es sencilla y servirá a Ernesto como toma de contacto con el barco. Navegan con facilidad por el canal Beagle, rodeados por las nevadas montañas de Tierra del Fuego, con el icónico monte Olivia en primer plano.
En esa parte, mientras Pablo guía el timón en cubierta, Laura enseña a Ernesto a leer las olas, identificar marcas en la costa y distinguir faros y balizas. Es el mejor momento para comenzar el aprendizaje, ya que a partir de mañana se adentrarán en el laberinto de fiordos y canales chilenos.
La cena es distendida y agradable. Están fondeados en un recodo del canal, pues han preferido no navegar de noche. El bonito día ha dado paso a una noche igualmente bonita, pero fría. La cena en el salón del barco con los grandes portillos es un placer para los sentidos.
La emoción de Ernesto es palpable; ha disfrutado de la navegación y no se ha mareado como temía. La pareja, por su parte, se ha encontrado con un voluntarioso grumete que es extremadamente observador y que aprende rápido, registrando cada uno de sus movimientos.
El segundo día amanece soleado y calmado; la ventana de buen tiempo les asegura al menos tres días de climatología benigna —a partir de ahí la previsión pierde fiabilidad—.
Es la mejor época de todo el año para hacer este paso, pero se trata de una zona con alteraciones climáticas abundantes y, a menudo, bruscas.
Mientras el velero va dejando atrás el canal Beagle, se adentra en los complicados canales chilenos.
Es la parte más llamativa de la navegación.
Pablo y Laura los conocen de cuando llegaron a Ushuaia; Ernesto, no.
Los paisajes le impresionan: glaciares colgantes que caen al mar, cascadas que se precipitan desde grandes acantilados y montañas que emergen bruscamente desde el fondo del canal.
La perspectiva desde el velero le deja sin palabras.
En esta parte, la navegación se vuelve ya muy técnica y el barco se ve obligado a un constante baile con los cambiantes vientos y las mareas.
Laura y Pablo luchan por mantenerlo en el rumbo correcto.
Ernesto, por su parte, actúa de vigía, escudriñando con una mirada fija e implacable lo que hay ante ellos en busca de boyas, troncos flotantes o pequeñas embarcaciones.
Ha aprendido, además, a detectar cambios de color en el agua y en los patrones de las olas.
No ve todo lo que hay, pero al menos sí está todo lo que ve, lo cual ya es una valiosa ayuda para los esforzados marineros.
Con el sol ya descendiendo, encuentran una pequeña caleta en la que echar el ancla.
El silencio de la noche únicamente lo rompe, como no, el sonido de los vientos catabáticos de las montañas, corrientes de aire frío que bajan violentamente por las laderas.
Pero en la caleta, resguardados, el barco descansa tranquilamente.
Así continúan los días, con navegaciones complejas y noches resguardadas llenas de largas charlas donde Ernesto no desvía los ojos de sus anfitriones. Ernesto ha conseguido que Laura y Pablo le miren con menos recelo.
Mañana abandonarán por fin los fiordos para adentrarse en las aguas del estrecho de Magallanes. Ernesto observa discretamente las cartas de navegación mientras Pablo y Laura trazan la ruta.
Sabe que, una vez allí, podrían desviarse hacia Punta Arenas y bajarlo del barco. Solo si consigue que sigan adelante eso ya no será posible, ya que les espera la inmensidad del Pacífico. Es consciente de que tiene hasta mañana para asegurarse de que lo lleven con ellos.
La pareja, por su parte, ve en Ernesto un hombre que está entusiasmado por los fiordos y lo que está viendo.
Presta atención a todo e intenta ayudar, aunque tiene mucho cuidado en no molestar.
La pareja está ya más tranquila; siguen durmiendo aún con la puerta atrancada, pero sienten menos recelo hacia Ernesto.
Están muy a gusto conversando con él, disfrutan de su compañía, pero para dormir…
Continúan bloqueando el acceso a su camarote, por si acaso.