Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 3 #7
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CAPÍTULO 3 #7

Laura continúa poniendo en práctica sus habilidades profesionales de psicóloga al formular cada una de las preguntas, aunque no logra detectar ninguna señal de alerta en las respuestas.

Aun así, su percepción de que Ernesto es una buena persona ha descendido ahora hasta situarse alrededor del setenta por ciento.

No es suficiente como para negarle el viajar con ellos, pero ciertamente sus dudas aumentan, al igual que las de Pablo.

En lo que respecta a Ernesto, tras haber satisfecho el mal disimulado interrogatorio del que ha sido objeto, siente que lo ha hecho proporcionando respuestas de una manera tranquilizadora.

Al mismo tiempo, él quiere aprovechar la ocasión para conocer mejor a la joven pareja y entablar una relación más estrecha con ellos.

Al cirujano, la historia de la vida de sus nuevos amigos le resulta muy interesante: la joven riojana y el chico cántabro se conocieron en un festival musical de rock.

Los gustos de Laura se han suavizado un poco desde el punk que escuchaba durante su juventud en Santo Domingo de la Calzada hacia un rock algo más calmado.

Tal vez por ser un término medio con el pop que le había gustado siempre a Pablo.

Cada uno mantiene sus preferencias, pero, cuando ponen música juntos, procuran poner canciones que no desagraden al otro en exceso, o al menos lo intentan.

Nunca faltan los momentos de intimidad en los que escuchar esas melodías.

Tenían gustos musicales bastante diferentes, pero, si se quiere, siempre se pueden encontrar grupos «agradables» para ambos.

Pero si algo envidia Ernesto de la pareja es su determinación para perseguir sus sueños, para anteponer la felicidad en su vida, pero siendo conscientes de que todo tiene un precio. Ellos lo pagan gustosos porque saben que la recompensa que les espera merecerá la pena.

Se esfuerzan tanto como haga falta por sus sueños. Prueba de ello es que han podido comprar el velero y su casa en Santander, a su edad y con su sueldo. Su férrea disciplina para estudiar, que enfocaron hacia algo útil para su pasión: su vida marinera.

La fortuna, obviamente, también les ha ayudado a conseguir tan rápido la plaza fija en educación; lograrlo requiere su ración de buena suerte: una cosa es que salgan plazas a concurso y otra bien distinta es lograrla sin esforzarse lo suficiente.

Sin olvidar la solvencia económica de sus familias, algo con lo que Ernesto nunca contó.

En su vida conoce dos tipos de mentalidades.

Por un lado, la de los que buscan el dinero ante todo, como él mismo: el miedo a la pobreza lo impulsó a buscar un bienestar económico, incluso a costa de restar importancia a su propia felicidad.

Este tipo de personas suelen vivir una vida que no deja huella a su alrededor, pasando casi inadvertidas; una vida desperdiciada.

La otra mentalidad que Ernesto ha conocido es la de quienes buscan ser felices ante todo, pero pretenden lograrlo sin esfuerzo: creen que se lo merecen todo en la vida, aunque no están dispuestos a esforzarse para conseguirlo.

A menudo, la vida de estas personas suele ir de más a menos, y, en sus últimos años, las dificultades económicas pueden impedirles ser felices mientras sus días se apagan, lenta y silenciosamente, convirtiéndolos en una sombra difusa de lo que fueron. Otra vida desperdiciada.

Es como la fábula de la hormiga y la cigarra: una vivía para trabajar; la otra, para cantar. El acierto fue juntarse y disfrutar así cantando gracias al trabajo realizado.

Pero ante él tiene a una pareja que ha sabido combinar lo mejor de las dos mentalidades: se esfuerzan, trabajan y ganan dinero para cumplir sus sueños, pero ni lo malgastan ni lo acumulan porque sí.

Ambos van contentos a sus escuelas —obviamente, no todos los días del año—, porque tienen profesiones que les gustan.

Podrían haber accedido a puestos mejor remunerados —sí, ambos—, pero quizás entonces acabarían yendo al trabajo arrastrando los pies cada día.

Saben esperar para recibir más adelante una recompensa mayor, en lugar de conformarse con la dopamina que generan los pequeños y continuos premios.

Es una pareja que ha sabido tomar lo mejor de la hormiga y lo mejor de la cigarra para aplicarlo en su vida.

A Ernesto le gusta la joven pareja y mira con envidia su vida y entusiasmo. Lamenta no haberla conocido antes. No puede cambiarse por ellos, pero sí puede aprender de Pablo y Laura. Esa idea ocupa su mente ahora, absorber sus estilos de vida. ¿Sería ese su destino? Ese propósito llena su cabeza.

Después de la comida, Pablo y Laura se van en dirección al barco.

Ernesto se encamina hacia el hotel. Los tres quieren descansar después de la copiosa comida: han comido cordero como si fuera la última cena de un reo.

Acuerdan que, tras una pequeña siesta, Ernesto irá al barco con su maleta para ir ordenándola en su camarote; dejará en el hotel lo imprescindible para así, el día siguiente, llevar únicamente su mochila.

La pareja no llega a dormirse. Hacen el amor sabiéndose solos en el barco, algo que no volverá a pasar en al menos un mes. Pero, incluso así, relajados y desnudos en la cama, la sombra de la duda acerca de su nuevo compañero vuelve a sus cabezas.

Creen haberla disipado en el momento en que entran al barco y empiezan a desnudarse mutuamente de manera apresurada. Allí, en ese momento, en el mundo solo existen ellos dos.

Es después, desnudos bajo el edredón, con el cuerpo y la mente completamente relajados, cuando un peligroso Ernesto emerge en sus cabezas.

Ninguno lo dice en voz alta, pero ambos imaginan las maldades que un sádico cirujano les podría hacer dentro de las paredes del barco, solo rodeados de un infinito océano.

¿Es una buena persona o todo lo que les ha contado es falso? El tiempo corre en su contra. Si es una persona peligrosa, deben darse prisa en desenmascararlo, pero cada vez queda menos tiempo para hacerlo.

Ernesto, por su parte, se duerme imaginando todo lo que va a aprender sobre el planteamiento de vida de la pareja.

Quiere ir a la Polinesia, sí. Le parece un destino muy prometedor, pero su obsesión ahora es conocer más y mejor a Pablo y Laura y tomar lo que pueda de ellos.

Así, con ese propósito y la digestión del asado, se duerme con una sonrisa de felicidad.

A la tarde, Ernesto llega al barco. Les ha avisado antes de salir del hotel para no pillarlos desprevenidos.

Continúan con los preparativos del viaje, ordenándolo todo.

Pablo y Laura le explican todo lo posible sobre la navegación y las peculiaridades de la vida a bordo.

Ernesto los siente algo distantes; no se lo dicen directamente, pero intuye en sus ojos la sombra de la duda de llevarlo en su viaje.

Ernesto, consciente de ello, evita preguntarles directamente si están seguros de querer que les acompañe.

No quiere perder la ocasión de compartir con ellos la estrecha convivencia que supondrá el viaje en barco durante un mes, los tres solos por el océano Pacífico.

Laura y Pablo quieren cenar juntos nuevamente para continuar su interrogatorio de tercer grado.

Pero Ernesto los convence de cenar cada uno por su lado: les espera un mes de convivencia forzada inevitable.

Les induce a pasar la última noche en intimidad; además, presiente las dudas de la pareja en cuanto a llevarlo y prefiere no sacar el tema y ganar tiempo.

No quiere arriesgarse a quedarse en tierra; él quiere navegar en ese barco.

Se despiden. El médico da un relajado paseo hasta el hotel.

La próxima vez que se vean será ya para partir hacia la Polinesia Francesa, «encerrados» los tres en el velero.