CAPÍTULO 3 #6
Mientras Laura les va señalando qué coger en el supermercado, Ernesto le pregunta sobre las propiedades de los alimentos desde el punto de vista de la nutrición.
Disfruta escuchando a Laura mientras le explica la importancia de la energía, alimentar al músculo, cuidar las terminaciones nerviosas...
Resulta muy interesante entender los aportes de la comida desde su perspectiva química, al margen de la parte meramente gustativa.
Cuando salen del supermercado, el carro incluye, fuera de la lista, mermelada de calafate para desayunar y chocolate de calafate para merendar. Tanto Pablo como Ernesto han insistido a la responsable de los víveres para que los incluyera en la compra.
Mientras abandonan la zona de cajas, Ernesto cuelga el teléfono. Acaba de llamar a un taxi para llevar las bolsas hasta el barco.
En cuanto llega el vehículo, montan y le dan la dirección del puerto.
El taxista muestra su desagrado sin palabras ante la corta carrera conseguida.
Los lleva sin abrir la boca. Al menos la parada de taxis está al lado del puerto.
Además, estos tres no le van a pedir que les suba las bolsas a casa, como sí lo hacen algunos ancianos sin ascensor a los que no puede negarse.
Con las bolsas de la compra ya en el barco, Pablo y Laura van indicando a Ernesto dónde va cada cosa. Consideran importante que sepa al menos dónde puede encontrar lo que busque. Él, por su parte, va interesándose por el funcionamiento del barco, para finalmente preguntar:
—Entonces, durante una navegación, ¿yo en qué puedo ayudar?
—A ver, para empezar, depende del tipo de navegación—responde Pablo, antes de cederla la palabra a Laura—.
El viaje lo vamos a comenzar por los canales patagónicos.
Tu labor más importante en este tramo será la de vigía: buscar rocas, islotes, boyas, balizas, troncos o pequeños barcos.
Avisar sobre cualquier cambio en el color del agua o si detectas patrones de olas inusuales.
—Laura toma el relevo y añade: Pablo o yo controlaremos la profundidad, especialmente cuando naveguemos por los canales más estrechos. También leeremos y confirmaremos en los aparatos que la velocidad y el rumbo corresponden con el recorrido que hemos trazado.
—Durante las maniobras de fondeo, primero estarás con nosotros aprendiendo a manejar el ancla o controlando la profundidad: eso lo iremos viendo. Pueden ser momentos críticos en estos primeros días y no podemos darte esa responsabilidad así de buenas a primeras —apostilla Pablo.
—Ah, perfecto. Mi intención es descargaros de trabajo, pero sobre todo no molestar ni llegar a cometer un error que dañe el barco —justifica Ernesto.
—Así es, hay ciertas tareas que no sería prudente encomendarte. Además, esta primera zona es la más complicada de navegar; si fuera el final del viaje, después de tantos días, tal vez sí podrías hacerlas. Ahora mismo es mejor que no —confirma Laura.
—Perfecto; también puedo ordenar y limpiar el barco, preparar las comidas... Nunca he cocinado mucho, pero me puedo encargar de ciertas tareas para liberaros así de ellas a vosotros —añade Ernesto.
—Tú tranquilo, iremos sobre la marcha. Cuando vayas conociendo dónde están las cosas y demás, no dudo de que vas a querer aportar tu granito de arena.
Nosotros nos las arreglamos para hacer todo, no necesitamos más manos.
Si pensáramos que vienes a que te paseemos, tampoco pasaría nada.
Ponemos un tablón en la cubierta, como los piratas, y saltas con las manos en la espalda.
Fin del problema —dice Laura, mientras sonríe irónicamente.
—¡Ja, ja, ja! — ríe Ernesto.
Aunque en ese preciso instante por su mente cruza la idea de que, en realidad, no conoce a la pareja. ¿Y si son una despiadada pareja de asesinos en serie? No lo parecen, ¿pero quién lo parece?
Debe fiarse de su intuición y de la conexión creada entre ellos, pero decide que debe estar atento durante el viaje por si observa rasgos de personalidades peligrosas. No recuerda si su camarote puede cerrarse con llave desde dentro. Durmiendo es el momento en que estará más indefenso.
La realidad es que va a estar alrededor de treinta días navegando con dos completos desconocidos, en su velero, en la inmensidad del océano Pacífico. Comienza a dudar de si ha sido una buena idea embarcarse en esta larga travesía.
Para más inri, solo tiene unos días para decidir si continúa o no hasta la Polinesia Francesa: tras dejar atrás el estrecho de Magallanes ya no habrá más escalas hasta esas remotas islas. Si la pareja tiene oscuros planes, no le costará disimular unos pocos días.
—Tranquilo, Ernesto, que era broma —le dice tranquilizadora Laura, al detectar cómo su sonrisa es más fingida que sincera.
El discreto cambio en el rictus de Ernesto hace que Laura se replantee si invitarlo a bordo ha sido una buena idea.
No saben demasiado sobre él. Conocen cómo la vida lo llevó hasta Ushuaia y su periplo en el país, y han conversado sobre el viaje que les espera a partir de ahí.
Pero la realidad es que lo conocieron hace escasamente veinticuatro horas.
Saben que es cirujano y que colabora con bufetes de abogados en calidad de médico, pero eso es sólo lo que él les ha contado.
¿Y si no es cierto? Ellos no pueden saberlo.
Saben, por él, que algo pasó en un juicio que lo impulsó a tomarse un año sabático, aunque no dio mayores explicaciones.
¿Y si era él el asesino al que juzgaban y huyó a la Argentina escapando de la justicia?
Tal vez han sido unos imprudentes al invitarle a esta navegación.
Es cierto que la conexión creada y la fluidez de las conversaciones han forjado un clima de cercanía inesperada.
Laura no ha detectado ninguna señal de alarma.
Su formación en psicología y su intuición son de enorme ayuda para entender a las personas; rara vez se equivoca al valorarlas, aunque no es infalible y algunas decepciones sí se ha llevado a lo largo de su vida.
Aún así, todo le hace pensar que están ante un gran hombre; está segura al noventa y nueve por ciento, lo que logra disipar las nubes negras que por un momento han ensombrecido sus pensamientos.
Prestará atención a sus acciones, obviamente, pero desde la premisa de que va a ser un buen acompañante.
Por eso lo han invitado a viajar con ellos.
—Sí, tranquila —le contesta Ernesto, mientras su sonrisa crece levemente.
Sin terminar los preparativos, Ernesto insiste en invitarlos a comer un cordero patagónico asado, un plato que no podrán replicar en el velero. Centollas, en cambio, sí han comprado varias para los primeros días, pero el punto del cordero asado va a ser más complicado de conseguir.
Utilizan la larga sobremesa no tanto para planificar el próximo viaje, que también, sino porque les interesa más preguntar sobre la vida e inquietudes tanto de Ernesto como de la pareja.
La sombra de la duda va y viene por las mentes de los tres.
Hay que aprovechar todas las ocasiones para conocerse mejor.
Ernesto les habla sobre las dificultades sufridas en su niñez, como la perseverancia ha regido toda su existencia para escapar de la pobreza a la que estaba destinado.
El destino ha dado muchas vueltas y, quizás, si se hubiera quedado en el pueblo, hoy en día tal vez hubiera progresado allí y no sufriría tantas carencias materiales como creyó.
Tal vez tendría una vida con menos preocupaciones que las que tiene en Madrid.
Incluso en Cobos podría ser más feliz. Pero el futuro que avistaba durante su niñez, era muy sombrío.
Les explica también los pormenores del juicio y el dilema ético que le había supuesto ser «responsable» de dejar en libertad a un insensible asesino; además, sabiendo que este siempre salía indemne de sus fechorías, Ernesto daba por seguro que volvería a matar.
Laura y Pablo escuchan atentamente a Ernesto mientras les cuenta su vida. Todo encaja, aunque, a decir verdad, el viaje que ha realizado por Argentina durante estos meses no les cuadra con la personalidad de alguien con la vida que les ha descrito.
Es cierto que un juicio así puede causar una crisis existencial, pero, en el entorno de la abogacía, es lógico estar rodeado de casos así: la fiscalía acusa y los abogados defienden a los acusados.
En su labor de asesor forense, obviamente, no iba a participar en juicios sobre disputas por terrenos.
Su participación, además, requería que hubiera daños físicos; por lo tanto, era lógico pensar que su función hubiera sido generalmente defender al acusado de los daños físicos causados a otra persona.
Tal vez, en la mayoría de los casos, la ley hubiera sido justa y castigado al culpable, pero seguro que los bufetes para los que dijo trabajar tenían una alta tasa de éxito librando a sus clientes de la condena.
Por eso son tan caros los buenos abogados, no porque sirvan un café en una cómoda sala de espera.
A medida que la hora de partir se acerca, las dudas aumentan en la pareja: lo que ayer les pareció una estupenda idea, hoy por la mañana ya no lo era tanto y, para la tarde, incluso les parece una idea imprudente.
Con todo lo que el cirujano les ha contado de su vida, embarcarlo resulta una excelente idea: sus conocimientos, su conversación, incluso el giro de mentalidad en su vida.
Pero ¿y si todo es una enorme mentira tejida minuciosamente?
Su viaje no será un trayecto de veinte minutos con un autoestopista.
Por su seguridad, Laura decide que los primeros días quizás no sea mala idea dejar la puerta de la habitación atrancada con la silla del escritorio mientras duermen; él no tiene por qué saberlo, pero así ellos conciliarán mejor el sueño.