Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 3 #5
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CAPÍTULO 3 #5

Medita también en qué podría ser útil, pero, al desconocer las tareas que se encontrará en el barco, no se le ocurre de qué manera podrá ayudar.

Al menos siempre puede cocinar, aunque no es algo que se le dé bien, ya que no tiene destreza ni repertorio.

También podría limpiar el barco. Bueno, lo que tiene claro es que en algo ayudará: no se une a la expedición para tomar el sol mientras Laura y Pablo se encargan de todo el trabajo.

Una vez terminado el desayuno, sube a la habitación para prepararse y, tras ello, sale a la calle en dirección al puerto.

Aún es pronto. Dispone de más tiempo para llegar que distancia tiene que recorrer, por lo que decide ir dando un rodeo mientras se dirige a la dársena.

No conoce el barco ni dónde puede estar amarrado.

Por ello, han quedado en la puerta del Club Náutico a las nueve de la mañana.

Ernesto, que está impaciente, llega a las inmediaciones un cuarto de hora antes, aunque se mantiene a distancia para terminar de acercarse definitivamente al punto de encuentro cinco minutos antes de la hora acordada.

Allí no están ni Pablo ni Laura. Pero, claro, aún no es la hora.

Al cabo de unos minutos, ve a lo lejos, en el muelle, una figura trotando, aunque por la ropa no parece que esté haciendo deporte. Ernesto supone que será Pablo o Laura, por lo que da unos pasos en esa dirección. Cuando finalmente reconoce a Pablo, ya sí que camina decididamente a su encuentro.

—Buenos días, Ernesto —saluda Pablo al encontrarse.

—Buenos días, Pablo —responde Ernesto.

—Te he visto desde el barco; es aquel de allí —añade Pablo, señalando una zona con varios veleros amarrados en el puerto.

—Tranquilo, he venido antes de la hora —le señala Ernesto, quitando importancia al asunto.

—Venga, vamos, voy a enseñarte tu nuevo hogar —dice sonriendo Pablo mientras comienza a caminar por el pantalán.

Mientras avanzan por el muelle entre barcos de diferentes tamaños, Ernesto ve a Laura saludando desde la cubierta de un velero que, por cierto, es de los más grandes.

Le sorprende su eslora. Es cierto que le advirtieron de su tamaño, pero al verlo al lado de las otras embarcaciones atracadas, la verdad es que llama la atención.

Se sorprende pensando cómo lo pudieron comprar los profesores.

Probablemente con ayuda familiar, pero, conociendo a la pareja como la ha conocido, tal vez haya sido ahorrando y con una vida austera al extremo.

Aun así, en algo les habrán tenido que ayudar, opina Ernesto.

El barco destila calidad por los cuatro costados.

—Sube, Ernesto, que te enseñamos el barco para que sepas dónde te metes —le anima Laura.

—Perfecto, pero este velero es de los más grandes del puerto —señala Ernesto, elogiando la embarcación.

—Sí. Tuvimos muchísima suerte con la compra; se alinearon los astros. De otro modo, nunca hubiéramos podido comprar un velero de este nivel —asienten ambos, orgullosos.

—Pues vamos a verlo entonces —añade un animado Ernesto.

—Esta es la plataforma de popa; es el mejor sitio para disfrutar de la cubierta o desde donde saltar al mar para nadar.

Toda la cubierta, como puedes ver, está libre de obstáculos y es utilizable, pero la plataforma de popa es la más cómoda para descansar.

Todos los cabos operativos importantes para gobernar el barco se controlan desde la bañera, lo cual nos quita muchísimo trabajo y nos facilita una barbaridad la navegación.

Venga, ahora vamos a la bañera —le explica Pablo.

—Qué pasada. Yo estaba pensando que podría molestaros por la cubierta mientras domináis el barco, pero es verdad; nada sobresale de ella —añade Ernesto, asombrado.

—Así es. En este barco es difícil molestar, no te preocupes por eso.

Este espacio es la bañera. Está elevada para tener buena visibilidad y su profundidad sirve para estar más protegidos cuando hay mala mar.

Aquí tenemos la rueda y todo lo necesario para gobernar el barco.

Delante de la rueda del timón tenemos los instrumentos de navegación más importantes; imprescindibles, sin ir más lejos, en los canales y fiordos por los que vamos a navegar mañana —continúa detallando Pablo.

Desde la bañera bajan unas escaleras y acceden al salón.

Es un espacio amplio con grandes portillos por donde entra la luz del día.

A Ernesto le llama poderosamente la atención la carpintería, con una madera noble.

La protagonista de la estancia es una gran mesa central con unos cómodos asientos en forma de U.

La estancia le parece le parece un lugar mucho más acogedor de lo que se esperaba encontrar; le transmite la sensación de ser un agradable refugio, tanto para días soleados como lluviosos.

En un lateral está la cocina. No hay lujos como lavadora o lavavajillas, pero, de lo importante, no falta nada. En la parte delantera del salón hay una puerta a la que se dirigen y tras abrirla…

—Este será tu camarote. Hemos vaciado los armarios para que puedas meter todo lo que necesites —le muestra Laura.

El camarote cuenta con una cama doble amplia lateral, con una curiosa forma de V debido al estrechamiento de la proa. Dispone también de numerosos armarios a lo largo de las paredes y de una mesa de escritorio plegable, más que suficiente para garantizar momentos de cierta intimidad.

Después de cerrar la puerta de su camarote, abren la de al lado.

Es un completo baño que será para Ernesto.

Cruzan el salón hacia la popa y se dirigen a una puerta a su izquierda.

En el trayecto, Pablo le indica la trampilla que da acceso al motor y al generador, aunque no le da excesivas explicaciones al respecto, ya que han llegado a la siguiente zona.

—Esta es la mesa de cartas. Realmente es el cerebro que controla el barco. Aquí es donde tenemos un espacio para la electrónica de navegación: ordenador, radio... —continúa explicando Pablo.

—Solo queda nuestro camarote para ver todo el barco —añade Laura.

El dormitorio de popa ocupa toda la parte trasera del barco.

Al ser más ancha que la proa, se aprecia claramente que es un espacio más amplio.

Ernesto lo mira sin demasiado detenimiento, incómodo al sentirse invasor de los dominios privados de la pareja.

El orden del camarote le suaviza la sensación de incomodidad.

En el centro, una gran cama preside la estancia, que, al igual que la suya, está provista de armarios, un pequeño escritorio integrado y una puerta que da acceso al baño que utilizará la pareja.

Mientras vuelven por el pasillo de popa, le explican que ahí tienen las literas de guardia, las cuales se pueden utilizar como camarote individual, aunque ellos las usan como zona de almacenaje extra.

Ernesto está encantado y así se lo hace saber a la pareja. Le ha sorprendido la calidad de los materiales; desconocía cómo era un barco de este estilo y se imaginaba algo más «básico», similar al mobiliario de una autocaravana.

Ellos le explican que los Amel son, entre los veleros, como los Mercedes-Benz de gama alta, famosos por sus cuidados acabados.

Además, las autocaravanas deben sacrificar en muchas ocasiones la calidad del mobiliario para estar por debajo de los 3500 kilos.

El interior del velero está hecho para perdurar: el Super Maramu es del año 2005, pero no lo parece.

Hoy, como tienen tiempo y para integrar a Ernesto, irán los tres a comprar los suministros para el viaje.

La idea es ir andando al Carrefour grande de la calle Doce de octubre, hacer la compra y luego volver en taxi al barco.

Hay otro supermercado más cerca, pero por lo que les han comentado tiene menos variedad.

Mientras caminan, Laura le explica a Ernesto en qué se basará su alimentación durante el mes de navegación.

Las proteínas principales serán la carne de buey o cordero patagónico y las centollas fueguinas, todo congelado para prolongar su consumo.

Para la despensa, llevarán latas de atún, sardinas y otros pescados, junto con los porotos y garbanzos, unas legumbres altamente nutritivas y fáciles de almacenar. Los huevos tampoco faltarán, al menos durante las dos primeras semanas de viaje.

En cuanto a los hidratos de carbono, los obtendrán a base de arroz, pasta, avena y quinoa.

Son productos básicos para una dieta en alta mar, puesto que proporcionan mucha energía y son muy fáciles de almacenar.

Además, no tienen problemas de caducidad.

También llevarán algo de pan fresco para los primeros días y de molde para algunos días más.

Después, le explican que a bordo siempre tienen harina para elaborar tortitas incluso algún pastel.

Respecto a las frutas y verduras, las manzanas, naranjas, limones y pomelos son esenciales para obtener vitamina C y prevenir el antiguamente temido escorbuto.

En cuanto a las verduras: patatas, cebollas, ajos, zanahorias y calabazas.

Por otro lado, también habrá una selección de enlatados: tomates en conserva, maíz, guisantes y espinacas.

En cuanto a los frutos secos: nueces, almendras, pasas y orejones. Son una excelente fuente de energía.

De todos modos, Laura siempre tiene un botiquín con suplementos en el caso de que sufran alguna carencia.

—¿Y agua? Supongo que será lo más importante, ¿no? —pregunta preocupado Ernesto.

—A ver. En principio, el agua no nos hace falta.

Antes de salir del puerto llenaremos el depósito de agua potable: el barco tiene una capacidad de mil litros.

Con eso tenemos alrededor de cuarenta y cinco días de agua para tres personas.

Además, lo podemos ir rellenando con la desalinizadora.

Siempre llevamos algunas garrafas por si hubiera un problema, pero nunca las hemos utilizado; las vamos renovando de vez en cuando para que no se queden viejas —aclara Laura.