Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 3 #4
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CAPÍTULO 3 #4

—Qué pasada; Nueva Zelanda es un país que siempre me ha llamado especialmente la atención. Pero la ruta en general tiene muy buena pinta, la veo completa y variada —señala Ernesto, boquiabierto.

—Tenemos intención de pasar alrededor de treinta días recorriendo las costas de Nueva Zelanda.

De allí partiremos hacia la Melanesia francesa, donde queremos visitar Nueva Caledonia para, posteriormente, hacer la última navegación larga para llegar a Australia donde dejaremos amarrado el barco y cogeremos el avión desde Brisbane a Barajas el 20 de agosto —le explica Pablo.

—¿Pero vais a dejar el barco en Australia? —pregunta sorprendido Ernesto.

—Así es. Nuestro plan es casarnos en junio del año que viene y aprovechar así la luna de miel y sumarla a las vacaciones de verano para navegar desde Australia hasta el Mar Rojo, para ya después acercar el velero entre las vacaciones de Navidad y Semana Santa.

Nuestra intención es intentar tener familia por esas fechas.

Por lo tanto, según la situación, valoraremos si traemos el barco entre los dos o lo hago yo solo —responde Pablo.

—Madre mía, tenéis todo perfectamente planeado. Pero, en el caso de que Laura se quedara embarazada, ella no daría la vuelta al mundo —señala apenado Ernesto.

—Sí y no. En realidad, el trayecto que dejaríamos pendiente ya lo hemos hecho; teniendo en cuenta que estamos dando la vuelta al mundo por etapas, y esa prácticamente la completamos el año pasado, yo por mi parte la daría por realizada —explica Laura, sonriente.

—Qué bien pensado, no se os escapa nada —les dice Ernesto, admirado.

—Y tú, Ernesto. ¿Cuál es tu próximo destino? —pregunta Laura, cambiando de tema.

—Pues la verdad es que no lo tengo del todo claro; seguramente iré a El Calafate y desde allí me moveré a Torres del Paine y El Chaltén. Pero, sinceramente, todavía no lo he decidido. Me gustaría irme pasado mañana, que es hasta cuando tengo reservado el hotel.

Laura lo mira con interés, y él continúa, encogiéndose de hombros:

—Argentina me está encantando, pero después de tres meses aquí, estoy sopesando cambiar de aires.

Probablemente vaya al aeropuerto y, si no estoy convencido de ir a El Calafate o a ningún otro sitio concreto, cogeré un billete a Buenos Aires y desde allí elegiré uno de los vuelos de salida internacional, para viajar a donde me lleve el destino.

Por ahora me ha ido muy bien —reconoce Ernesto, dudoso.

—Claro, es verdad. Todo tu viaje ha sido improvisado y sin nada planeado. Yo no sé si sería capaz de viajar así —señala Pablo, admirado.

—Sí lo serías, Pablo. Yo, a lo largo de mi vida, he estado siempre cumpliendo un programa; nunca hasta ahora había hecho algo así.

Es verdad que a veces vuelvo a ser yo, planificador y poco sociable, pero, cuando me siento aparecer, hago lo contrario de lo que me dice mi voz interior.

Si yo he sido capaz de viajar así, estoy seguro de que tú también podrías —afirma Ernesto, convencido.

—No lo sé, no me veo —le replica dudoso Pablo.

—Sí, lo único que hace falta es un motivo por el que decidir cambiar —manifiesta con seriedad Ernesto.

—Tal vez —responde Pablo, pero sin terminar de creérselo del todo.

—Si me disculpáis, voy a ir al baño antes de que nos traigan el postre —dice Ernesto, mientras se levanta.

La pareja se queda hablando mientras Ernesto se dirige al baño. Lo hacen de forma animada, seguramente sobre su nuevo amigo o tal vez acerca de los preparativos que les esperan mañana antes de partir para continuar su emocionante viaje.

—Vaya, ya nos han traído el postre, qué bien —señala sonriente Ernesto, mientras separa la silla para sentarse.

—Sí, ahora mismo —contesta Laura.

—Me encantan los dulces hechos con calafate; desde que los descubrí, siempre los busco —señala Ernesto.

—Sí, a mí también me gustan mucho —añade Pablo, sonriendo.

—Oye, Ernesto. Ya que no tienes un destino claro, ¿te animas a venir con nosotros en el velero?

La verdad es que, si te apetece la idea y cambias de opinión durante la navegación, podrías bajarte en Punta Arenas, pero, a partir de ahí, hasta las islas de la Polinesia Francesa será imposible desembarcar.

Estamos hablando de una navegación de alrededor de un mes.

Luego hay nuevamente otras dos navegaciones largas hasta llegar a Nueva Zelanda y a Australia, respectivamente —le pregunta Laura, mientras le mira fijamente a los ojos.

En el interior de Ernesto, una voz chilla. «Quita, quita ¿cómo vas a meterte un mes en un barco con una pareja que acabas de conocer hoy? Venga, diles que no, déjate de líos».

—Pues a mí me parece una estupenda idea —responde Ernesto, contradiciendo a su voz interior.

—¿Cómo? ¿En serio? ¿Te vienes con nosotros? —pregunta sorprendida por su rápida respuesta; además, la cara de Ernesto parece decir todo lo contrario a lo que había salido de sus labios.

—Sí, si no cambiáis de idea. —confirma él—.

Me parece una idea estupenda, un cambio de aires brutal.

Creo que tal vez es lo que estaba buscando.

En serio que he disfrutado muchísimo de Argentina y me encantaría ver el Fitz Roy, el Perito Moreno o el Cerro Torre; y me dará mucha pena haber estado aquí y perdérmelos, pero creo sinceramente que necesito ya un cambio de aires.

Hace una breve pausa, asimilando sus propias palabras antes de continuar:

—No sé si hace seis horas lo necesitaba, pero con lo que me habéis contado sobre la Polinesia Francesa, creo que ha sido entonces cuando lo he visto más claro, aunque, si os digo la verdad, en ningún momento había pensado en ir a visitar una isla de ese tipo.

Pensaba, más bien, en un viaje a América del Norte, África o algún país asiático.

—Pero ahora que me habéis ofrecido acompañaros, lo veo claro. —concluye Ernesto, con una sonrisa que empieza a dibujarse en su cara—. Sí de verdad la propuesta sigue en pie, lo haré encantado.

—Sí, la propuesta es sincera. Lo hemos estado hablando y ambos estamos de acuerdo —le confirma Laura.

—Además… solo nos falta un médico en el barco —dice bromeando Pablo.

—¡Ja ja ja ja! —ríen Laura y Ernesto.

—Perdón, pero ¿y el espacio? ¿No será un problema que vayamos tres en el velero? ¿Hay espacio para las provisiones de tres personas para cruzar el Pacífico hasta la Polinesia? —pregunta Ernesto, dándose cuenta de que tal vez sea un problema su presencia a bordo.

—Qué va, tú tranquilo. El velero tiene dieciséis metros de eslora, es un Amel Súper Maramu 2000; tenemos dos habitaciones dobles, una a cada lado y también hay dos baños. Actualmente usamos los dos, pero te dejamos uno para ti y nosotros utilizamos el otro, no hay ningún problema —le dice Pablo.

—A ver, el barco es grande, muy grande solo para nosotros, que siempre hemos navegado en embarcaciones más pequeñas.

Pero sí, la convivencia prolongada en un espacio tan reducido no es para cualquiera.

El problema en este caso es que, en el momento en que salgamos al Pacífico, no tenemos ninguna escala hasta las islas Gambier, donde sí hay un pequeño aeropuerto —le explica Laura.

—Yo creo que hace seis meses no me vería a mí mismo compartiendo espacio en un barco, pero después de este viaje, durante el que me he alojado en pequeños establecimientos y socializado en las zonas comunes con infinidad de personas desconocidas, lo veo como un paso más y no como una barrera insalvable —responde Ernesto.

—Disculpen, pero vamos a cerrar —dice una voz femenina que los sobresalta a los tres.

Es la camarera, que está ante ellos, aunque ninguno de los tres se ha percatado.

Miran a su alrededor y se dan cuenta de que están completamente solos en el local.

Todas las sillas están ya subidas del revés encima de las mesas para barrer más fácilmente el comedor.

Han estado tan absortos en su conversación que ni se han dado cuenta.

Se disculpan de manera apresurada mientras se levantan torpemente.

La camarera tiene una expresión malhumorada no disimulada.

Probablemente, de no ser por ellos, hace tiempo que hubieran cerrado el restaurante.

Con las chaquetas y los gorros puestos, salen a la fría noche de Ushuaia.

A pesar de la animada conversación, bruscamente interrumpida, la temperatura exterior del local no invita a continuarla, por lo que acuerdan quedar el día siguiente en el puerto para hacer los últimos preparativos entre los tres, explicar a Ernesto los entresijos del velero e instruirlo en todo lo necesario para el viaje.

Tienen tiempo de sobra, por lo que, tras despedirse, emprenden rápidamente el camino a sus respectivos refugios.

En tan solo unos minutos, el frío de Tierra del Fuego ya atraviesa sus chaquetas.

21 DE NOVIEMbrE

El reloj finalmente da permiso a Ernesto para levantarse de la cama. No ha dormido mucho, preso de los nervios por su próxima aventura. Lleva tiempo despierto, pero no tiene sentido abandonar la cama antes de que sirvan el desayuno en el hotel.

Los minutos, aunque lentos, avanzan. Se dirige al baño y, tras ducharse tranquilamente, baja a desayunar. Las opciones son reducidas, pero, tras casi una semana, ya tiene su menú definido: dos cafés, dos tostadas con mermelada y algo de fruta.

Mientras come una manzana sin prisa, piensa sobre su nuevo desafío: nunca ha navegado. Ha montado en barcos, de esos turísticos a motor, especialmente en la Argentina; pero navegar, propiamente, nunca.

El riesgo de marearse le viene a la mente. Decide que pasará por una farmacia para comprar una caja de Biodramina o como se llame en Argentina el medicamento para prevenir los síntomas del mareo.