Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Cuando llegan al establecimiento que les han recomendado en el puerto, el local no es el más bonito, pero hay que reconocer que el enorme ventanal con vistas al canal Beagle es una maravilla; en sus negras aguas se reflejan las luces de las farolas que iluminan la noche de la ciudad.

Cenan centolla patagónica, la especialidad de Ushuaia, que Ernesto y Pablo acompañan con una jarra de cerveza Beagle de un litro. Laura, por su parte, se pide un Sauvignon blanc patagónico de Neuquén.

Ernesto le pregunta a la pareja por la ruta que van a seguir en lo que les queda de viaje; han hablado largo y tendido sobre los sitios visitados, pero no tanto sobre los planes futuros.

—Pues nuestra intención es dedicar el día de mañana a preparar el barco, comprar provisiones… para, así, pasado mañana, partir en dirección al océano Pacífico —explica ilusionado Pablo.

—¿Habéis navegado alguna vez por esas aguas? —pregunta Ernesto con curiosidad.

—Nunca —le confirma Laura con un brillo de emoción en los ojos.

—Pero yo siempre he entendido que el cruce del océano Atlántico al Pacífico es un paso tremendamente complicado. ¿No lo es? —se interesa Ernesto.

—Sí, sí, el paso es famoso por ser uno de los más difíciles del mundo.

Sobre todo el cruce por el cabo de Hornos; ese es territorio de los «cincuenta aullantes», una región con olas gigantescas y conocida por sus vientos extremadamente fuertes, que llegan a alcanzar velocidades huracanadas.

El nombre de «aullantes» es por el sonido que el viento hace al soplar con tanta fuerza —le explica Pablo.

—¿Y no os da respeto el paso por el cabo de Hornos? —pregunta Ernesto impresionado.

—Por supuesto; si te soy sincero, lo valoramos dado que nos hacía ilusión cruzar por ahí, pero después de mucho pensarlo llegamos a la conclusión de que el riesgo de sufrir desperfectos en el barco al enfrentarnos a una navegación tan peligrosa no merecía la pena para nosotros.

No queremos vernos obligados a entrar a puerto durante semanas por posibles averías en el velero; es algo a lo que no nos queremos arriesgar, tenemos un planning que, en la medida de lo posible, queremos poder cumplir —le confirma Pablo.

—¿Y entonces cómo lo vais a hacer? —pregunta Ernesto mientras les mira expectante.

—Pues nuestra intención es cruzar por el no menos mítico estrecho de Magallanes, un lugar algo más protegido del viento, pero sobre todo sin las olas gigantes.

Para llegar a él debemos cruzar por los fiordos y canales chilenos, muy peligrosos por las repentinas corrientes y los fuertes cambios de los vientos que bajan de las montañas —sigue explicando Pablo.

—¡Pero también parece muy peligroso! —exclama Ernesto.

—Sí, lo es; es una navegación milimétrica siguiendo las cartas y prestando mucha atención a los vientos, las profundidades y demás.

Pero hemos venido a través de ellos para llegar a Ushuaia.

Además, en este entorno tenemos la sensación de que tenemos más control que con los cincuenta aullantes.

Desde que llegamos a Ushuaia estamos a la espera de una ventana de buen tiempo, que se abrirá mañana.

Además, esta es la mejor época del año para hacer el paso.

Una cosa es que no queramos enfrentarnos a los cincuenta aullantes, aunque algo de marcha sí que queremos, pero de una manera controlada —le aclara Pablo.

—Ah, entiendo; básicamente queréis hacer el cruce al Pacífico por una zona mítica de navegación, con cierta dificultad, pero controlando los riesgos asumidos —señala Ernesto.

—Exactamente como lo has descrito, Ernesto —apostilla Laura.

—¿Y después cuál es vuestra ruta? ¿Hacia dónde os dirigiréis? —se interesa Ernesto.

—Pues nuestro siguiente destino serán las islas Gambier, que son las primeras islas de la Polinesia Francesa. Allí nos espera un clima tropical, lagunas turquesas y palmeras —le dice Laura con una radiante sonrisa de felicidad.

—Pero la Polinesia… estará lejísimos, ¿no? ¿Cuánto esperáis tardar? —vuelve a preguntar Ernesto.

—A ver, en el mar nunca sabes a ciencia cierta lo que vas a tardar, pero calculamos que nos llevará un mes de navegación llegar hasta allí —explica Pablo.

—Tendréis que llevar muchísimas provisiones para un mes, ¿no?— señala Ernesto.

—Sí, pero eso no es un problema. Ya te hemos dicho que el barco es enorme para nosotros y tiene muchísimo espacio de almacenamiento; nunca hemos sido capaces de llenarlo, ni siquiera navegando con el velero lleno de amigos.

Laura es la encargada de elegir las provisiones que necesitamos; sus conocimientos en nutrición valen su peso en oro.

Ella sabe cuándo debemos tomar Omega-3, vitaminas, magnesio, probióticos o lo que sea.

También conoce lo que nos aportan los diferentes alimentos disponibles —presume Pablo con un orgullo que no puede ni quiere disimular.

—Jo, es verdad, el no disponer de ciertos alimentos puede llegar a ser un problema —añade Ernesto pensativo.

—Bueno, sí, pero nosotros no hacemos la navegación de hace quinientos años; nuestros medios materiales y la disponibilidad de alimentos no tienen nada que ver hoy en día —señala Laura, restando importancia a los comentarios de Pablo.

—Sí, Laura. Pero si por mí fuera, compraría únicamente cosas ricas y de preparación sencilla. Y en estos años me ha quedado claro lo importante que es la nutrición —afirma Pablo mientras mira fijamente a los ojos de Laura, que se sonroja levemente.

—Es verdad; sin tener ni idea de navegación, supongo que lo más complicado en alta mar debe ser la alimentación y el agarrotamiento por falta de movilidad —señala Ernesto pensativo.

En ese momento, Laura se levanta bruscamente haciendo chirriar su silla, informándoles de que se va al baño mientras se pone más colorada de lo que ya estaba.

—¡Ja, ja ja ja! —ríe divertido Pablo mientras la ve escabullirse rápidamente entre las mesas.

—¿Qué he dicho? —pregunta sorprendido Ernesto.

—Nada malo, tranquilo. Tienes razón; hay tres cosas tremendamente importantes en una navegación. Has dicho nutrición y ejercicio físico. Yo te añado la fortaleza mental —señala Pablo, sonriente y orgulloso.

—Ah, claro, la fortaleza mental también tiene que ser muy importante; ya me habéis comentado lo agobiante que fueron los días de calma al cruzar el Atlántico. ¿Pero qué tiene que ver con la reacción de Laura? —dice Ernesto descolocado.

—Pues muy fácil; Laura estaba incómoda cuando he dicho lo importantes que son sus conocimientos de nutrición; supongo que te has dado cuenta —señala Pablo.

—Sí, se la veía nerviosa —confirma Ernesto.

—Pues resulta que Laura es licenciada en Psicología y, después, de cara a las navegaciones, estudió todo lo relacionado con el ejercicio físico, la nutrición…

Vamos, que Laura, ella sola, cumple todas esas funciones tan importantes en una navegación.

Por eso ha escapado rápidamente mientras se ponía colorada —le explica Pablo, hinchado de orgullo.

—Menuda joya tienes; como me habíais dicho que trabajaba en una escuela infantil, he supuesto que era profesora —contesta descolocado Ernesto.

—Sí, bueno, trabaja de orientadora educativa, aprovechando su formación psicológica —le informa Pablo.

—Chicos, que mi copa sigue vacía. ¿Ninguno me la ha rellenado? —interrumpe Laura, volviendo del baño en un intento de cambiar de tema.

—Ahora mismo —dice Ernesto mientras rellena la copa con vino blanco.

—Muchas gracias —agradece Laura.

—Sinceramente, me tenéis asombrado con vuestra capacidad para perseguir vuestros sueños y cómo cuidáis todos los detalles.

Ahora conociendo los esfuerzos de Laura para formarse en temas necesarios para navegar, estoy seguro de que Pablo ha estudiado mantenimiento electromecánico pensando en el barco, ¿verdad? —les pregunta.

—Pues…. sí —contesta Pablo mientras mira a Laura con sorpresa. Nadie se había dado cuenta, o al menos, nadie se lo había dicho abiertamente.

—Entonces, Pablo se encarga del velero y Laura de la tripulación. Qué buen equipo habéis hecho. Enhorabuena. —afirma Ernesto, mientras Laura y Pablo se ruborizan.

—Bueno, después de las islas Gambier, nuestro siguiente destino es explorar a fondo la Polinesia Francesa.

Tenemos intención de continuar hacia las islas Tuamotu, un archipiélago de atolones de coral, pequeños trozos de tierra que apenas sobresalen del mar.

Allí queremos hacer inmersiones de buceo —continúa Laura para intentar cambiar de tema cuanto antes.

—Jo, tiene pinta de ser un destino superbonito —añade Ernesto, sinceramente admirado.

—Sí, Ernesto, la verdad es que la Polinesia Francesa está compuesta por diferentes paraísos. Gambier, por ejemplo, es un grupo de islas volcánicas dentro de una inmensa laguna protegida por un anillo de coral, como un atolón —explica Laura.

Pablo asiente y toma el relevo con entusiasmo:

—En Tuamotu, en cambio, hay muchos atolones formados por estrechos anillos de coral que rodean una laguna central; son islas planas, con poca o ninguna elevación sobre el nivel del mar.

Luego están las islas de la Sociedad, nuestro siguiente destino.

Allí nos esperan islas volcánicas con grandes montañas, vegetación tropical, cascadas y ríos.

¡Es donde están las famosas islas de Tahití y Bora Bora!

—No sabría situar en un mapa Tahití ni Bora Bora, pero son islas que he escuchado nombrar desde mi adolescencia. ¿Y desde ahí, hacia dónde vais? —pregunta Ernesto, cada vez con más interés.

—Pues desde las islas de la Sociedad, tras otros diez días de navegación, esperamos alcanzar las islas Cook.

Siguen siendo unas islas polinesias de tipo volcánico, pero aquí la influencia es neozelandesa.

Es menos turístico, pero tendremos que hacer escala para recalar posteriormente, a los veinte o veinticinco días de navegación, en Nueva Zelanda —detalla Pablo.