Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Es fruto de la mano del hombre. En 1946, el gobierno argentino consideró que traer veinticinco parejas de castores de Canadá sería una buena idea para desarrollar aquí una industria peletera, ya que su piel, de altísima calidad, estaba muy valorada en esa época, lo que se esperaba que supusiera un empujón para la maltrecha economía local.

—Vaya, no parece que haya funcionado muy bien — comenta Laura.

— El problema es que en Canadá el castor tiene al lobo y al oso como depredadores naturales, pero aquí, en Tierra del Fuego, no tiene ninguno.

El resultado fue una explosión demográfica: se calcula que en estos setenta y ocho años su población ha aumentado de los cincuenta que trajeron entonces a los más de cien mil que se estima que hay actualmente.

Ernesto sigue las explicaciones con gran atención.

—Estos animales son ingenieros de obras naturales: talan los árboles y construyen sus diques; el gran problema es que los árboles fueguinos, a diferencia de los de Canadá, no rebrotan de la cepa y, una vez cortado, no vuelve a crecer.

Sus diques, además, alteran el ecosistema, convirtiendo pequeños arroyos en vastas extensiones de humedales, ahogando así los bosques y alterando el curso del agua, lo que erosiona el suelo en una región tan frágil como es Tierra del Fuego.

Mientras los tres turistas observan apesadumbrados tanta destrucción, Esteban se va alejando en dirección al claro en el que están aparcados los todoterrenos, después de decirles que disponen de cuarenta y cinco minutos para investigar la zona por su cuenta.

Para entonces, los tres excursionistas se han ido conociendo; han descubierto que coincidieron en fechas en la península Valdés. Ernesto les cuenta emocionado cómo consiguió ver el ataque por varamiento de una orca, un espectáculo que recordará toda su vida.

Pablo y Laura le relatan por su parte el incidente con las orcas en alta mar y el miedo que pasaron. Ernesto asiente empático, imaginándolo: él vio el ataque desde la seguridad de tierra firme, pero sentir que una orca te ataca en el agua debe ser estremecedor.

Por respeto, decide evita enseñarles el video del ataque que guarda en su móvil.

Mientras vuelven caminando hacia el coche, el trío continúa con su animada charla. Ahora hablan sobre los lugares visitados en su viaje antes de llegar a Ushuaia. No han coincidido en ningún otro destino, lo que les permite señalar las características más interesantes de cada sitio visitado.

Cuando el vehículo vuelve a iniciar la marcha, la conversación se vuelve más lenta debido a los silencios provocados por la observación del entorno. El trayecto termina cuando llegan a una pequeña cabaña en un claro del bosque.

Nada más bajar del vehículo, los recibe un fabuloso olor a carne asada; sus estómagos protestan de hambre y gula. El sabroso olor de la carne les indica el camino hacia la parte trasera de la cabaña, donde encuentran unas rústicas mesas de madera, maltratadas por el implacable clima fueguino.

A unos metros, pueden ver la parrilla de la que se desprende el delicioso aroma.

No es una barbacoa prefabricada; en realidad, es un gran agujero en el suelo, rodeado de piedras que hacen las veces de muralla para contener al fuego dentro del recinto.

Cuando llegan, no hay rastro de llamas, lo que encuentran es un mar de brasas incandescentes.

La parrilla, apoyada en cuatro piedras algo más altas, se encuentra repleta de chorizo y de diferentes cortes de carne de vaca. En las largas mesas que hay detrás de la cabaña, varias botellas de agua, vino y cerveza esperan a que se sienten. Los vasos de plástico están apilados en una torre.

Mientras van llegando los demás grupos, el volumen de las conversaciones aumenta; se siente la alegría de los turistas.

Termina siendo un barullo multilingüe en el que se escuchan conversaciones en portugués, francés y castellano.

La excursión ha sido muy interesante y ahora, con la llegada a la cabaña, por fin se han juntado los tres grupos de pie, observando el apetecible asado mientras conversan.

Cuando la carne está lista, «El lobo» y los otros conductores comienzan a llevar las bandejas de la humeante carne a las mesas, donde los turistas ya se han acomodado, sentado cada uno con sus compañeros de todoterreno. Pablo y Laura están en un banco y enfrente tienen a Ernesto.

Con la comida y la bebida las barreras terminan de caer.

Los profesores preguntan a Ernesto sobre su año sabático.

Él, sorprendiéndose a sí mismo, se abre con sus compañeros de excursión más de lo que él mismo esperaba, y comparte fragmentos de su vacío interior y la necesidad de dar un giro a su vida, pero sin entrar en los detalles de la sentencia.

Aún siente mucho dolor al pensar en ella.

Es una de esas charlas distendidas, con personas que escuchan de manera activa, en las que termina abriendo su alma.

Probablemente, como le ocurrió con Valeria, lo hace por la comodidad de saber que son personas con las que no se volverá a encontrar.

Le asombra escuchar las palabras que van saliendo de su boca.

Los navegantes, por su parte, le cuentan su filosofía: han antepuesto disfrutar de su paso por este mundo e intentar disfrutar cada día como si fuera el último. A ambos les gusta su trabajo, disfrutan de él la mayoría de los días pero lo consideran un medio para alcanzar sus metas.

Ernesto ha tenido una vida totalmente diferente; el trabajo era el fin, sin tiempo nunca para disfrutar. Es cierto que, desde fuera, ha cumplido con creces su objetivo de progresar en una vida a la que llegó con malas cartas en su natal Cobos de Fuentidueña.

Pero ahora, después de un supuesto periplo de éxito, siente el vacío de no saber quién es. No tiene hobbies. Ha creído ser feliz mientras conseguía todo lo que se proponía, pero no; ahora sabe que no ha tenido una existencia feliz.

Se ha conocido mejor a sí mismo y ha disfrutado más de sus días en este viaje sin rumbo que a lo largo de toda su trayectoria.

Siente envidia de estos jóvenes sentados ante él, que han tenido claro el rumbo a seguir, siempre en busca de la felicidad, pero trabajando duro para conseguir su sueño.

Años de esfuerzo y privaciones han terminado en la vuelta al mundo que siempre soñaron.

No la van a hacer de tirón, como inicialmente habían planeado, sino que han adaptado el plan a su realidad.

Su idea, según le explican, es hacer un largo viaje este año, disfrutando del trayecto y las escalas.

El año que viene planean casarse en junio para así poder navegar durante otros tres meses, ya que el siguiente paso será formar una familia, abandonando temporalmente los largos viajes por peligrosos mares.

Ernesto queda totalmente embaucado por cómo los jóvenes adecúan sus objetivos y los van adaptando a sus nuevos intereses, pero sin renunciar a ellos, como ha visto a lo largo de los años que les ocurría a muchos conocidos.

Él, en cambio, siempre ha tenido claras sus metas y las ha puesto por encima de todo y de todos.

Pero en su caso era el trabajo; nunca se ha parado a pensar en su felicidad, ni siquiera cuando sus éxitos laborales parecían cumplidos, dado que siempre buscaba mejorar su ya exitosa carrera.

Enfrascados como están en su conversación, el trío no se ha dado cuenta de que todos están ya levantados; incluso algunos se están ya dirigiendo a los vehículos.

Es «el Lobo», quien debe sacarlos de su burbuja para indicarles que deben encaminarse hacia el vehículo, puesto que emprenderán el regreso a Ushuaia.

En la vuelta a la ciudad, la charla vuelve, pero en esta ocasión el tema de conversación es la excursión, así como el paisaje inhóspito que los rodea y la flora y fauna que observan desde la batidora en la que están montados.

Con la tripa llena y los rayos de luz que se filtran en el coche, se podrían llegar a dormir mirando por la ventanilla si no fuera por la rigidez del todoterreno, un vehículo pensado para seguir adelante independientemente del estado del camino, en el que la comodidad es una concesión necesaria, lo que lo convierte en una máquina de tortura andante.

Mientras descienden de las montañas en dirección a la ciudad, el sol los acompaña con su caída, tiñendo el cielo de colores cálidos.

El día, si bien se les ha pasado rápido, ha sido largo e intenso.

Por fin pasan de los senderos a la carretera asfaltada; la suavidad de la marcha del vehículo es una sensación extremadamente placentera y agradable después de todo el día de baches.

Son las 18:10 cuando la caravana de los todoterrenos llega por fin a la explanada que, nueve horas antes, había sido el punto de encuentro para la excursión.

Al bajar de los vehículos, los tres dan las gracias a «el Lobo», su conductor, por un estupendo día por las montañas de Tierra del Fuego.

De pie en la explanada, los nuevos amigos charlan por última vez.

Luego, cada uno emprende su camino: Ernesto, a su hotel; Pablo y Laura, a cenar.

Mientras Ernesto se aleja tranquilamente, a su espalda escucha:

—¡¡Ernesto, Ernesto!!

Al girarse, ve a Laura, quien, mientras le llama, avanza rápidamente en su dirección.

—Ernesto, ¿te apetece que vayamos a cenar los tres? —le propone a bocajarro.

—Pues me apetecería mucho —acepta alegremente Ernesto.

—Nos han recomendado un local en el puerto para comer centolla patagónica —propone Pablo, que viene andando detrás de Laura.

—Perfecto, ya la he probado, pero está riquísima —señala Ernesto.

En el paseo hasta el restaurante, la conexión creada entre ellos hace que las conversaciones fluyan con facilidad, discurriendo además sobre diferentes temáticas, lo que la enriquece enormemente.