CAPÍTULO 3
Donde termina el mundo, comienza la aventura
Ushuaia, a mediados de noviembre, está en plena primavera austral. El clima es agradable, pero fresco; no en vano, en la capital fueguina dicen que hay dos estaciones, el invierno… y la del tren.
Los profesores están ultimando los preparativos de su velero; mañana se abre por fin una ventana de tiempo favorable, por lo que pasado mañana iniciarán la parte más compleja de la navegación, pero hoy toca disfrutar del corazón de Tierra del Fuego.
Al día siguiente, deben preparar el barco con todo lo necesario para el desafío que les espera.
Ernesto llega justo a las nueve de la mañana al punto de encuentro.
En la explanada, varios todoterrenos esperan a los excursionistas.
Le asignan un asiento en el todoterreno número tres.
Se sienta con una pareja que charla animadamente.
Mientras se acomoda en su asiento y busca el cinturón de seguridad, la joven, con una voz cálida y extrovertida, le pregunta:
—Hola ¿primera vez en Ushuaia?
El cirujano, torpemente, responde que sí, pero sin dejar mucho margen para que la conversación se desarrolle, por lo que Laura retoma la charla con Pablo por donde la dejaron.
Laura está sentada detrás del conductor, en el centro está Pablo y Ernesto observa el exterior desde la ventanilla tras el copiloto. Detrás de ellos hay otra fila con tres asientos, pero sin nadie que los ocupe aún.
Al poco, entra el conductor, un hombre de unos cincuenta y tantos años con la piel curtida por el cortante viento patagónico y una mirada penetrante, pero amable.
Es probable que sea más joven de lo que aparenta; la vida en un clima tan hostil se cobra su precio.
Su voz es grave y resuena con autoridad.
—Hola, buenos días. ¿Son ustedes Ernesto Sanz, Laura Vallejo y Pablo Trueba? —pregunta mientras pasa lista.
—Sí —contestan los tres, aunque de manera mal sincronizada.
—Les doy la bienvenida. Mi nombre es Esteban Torres, aunque me llaman «el lobo», y voy a ser su guía hoy.
Iniciaremos la ruta con tres vehículos; en este iremos nosotros cuatro.
Nuestro vehículo es un Toyota Land Cruiser, el marcado con el número tres —explica mientras señala con el índice una en el lado derecho superior del parabrisas.
—Primero: la seguridad es fundamental, dentro del vehículo.
Por favor, mantengan siempre el cinturón abrochado.
Estos caminos pueden ser algo movidos y no queremos sustos innecesarios —continúa «el lobo», mientras los pasajeros asienten con la cabeza—.
Segundo: la naturaleza. Vamos a entrar en un santuario, así que, por favor, no dejen nada que no sea su huella y no se lleven nada más que sus recuerdos y fotografías.
Debemos respetar la naturaleza: cada árbol, cada piedra y cada animal que veamos hoy —informa mientras los observa—.
Tercero: prepárense para disfrutar. No vamos a dar un paseo por el parque.
Vamos a aventurarnos por caminos complicados.
Pondremos rumbo al lago Fagnano y terminaremos la ruta con un asado patagónico, antes de estar de vuelta aquí alrededor de las seis de la tarde. ¿Preparados? —añade «el lobo».
—Sí —contestan los excursionistas, esta vez de manera más sincronizada.
—Vamos allá —truena la voz de Esteban, que arranca el primero a pesar de que su vehículo lleva el número tres.
Un rugido de motor y un brusco acelerón los empujan contra sus asientos de improviso.
Los primeros kilómetros discurren por la Ruta 3, la carretera por la que Ernesto había llegado a Ushuaia hace cinco días.
Al poco, se desvían por caminos de ripio y barro; las ruedas con clavos y enormes tacos evitan que el vehículo patine mientras avanzan, a pesar de que el camino va empeorando.
El terreno irregular y la necesidad de agarrarse a lo que sea hacen que los tres turistas rían o se disculpen con la mirada cuando los baches los lanzan uno contra otro.
El vehículo parece una coctelera; Esteban les explica detalles de la flora, la fauna y la historia local.
En este punto, a pesar de su voz grave, resulta difícil seguir las explicaciones a causa de los continuos baches.
Esteban, por su parte, destila tranquilidad, como quien conduce a casa después de una jornada de trabajo, lo que contrasta con el esfuerzo que le exige un volante incapaz de mantener la misma trayectoria durante dos segundos.
Son volantazos continuos para avanzar entre baches por un camino que, en realidad, es recto.
—¡Mirad, un cóndor! —grita de pronto Pablo, señalando la ventanilla de Ernesto, quien se asoma y comparte su asombro por la envergadura de la famosa ave rapaz andina.
Laura, para su disgusto, no consigue verlo por más que se agache porque no tiene ángulo de visión suficiente.
En ese momento, el vehículo se detiene bruscamente, tomando de improviso a los turistas, quienes, tras recomponerse, miran hacia delante.
Ante ellos, el camino desaparece sumergido en el agua, como si un río hubiera decidido que estaba allí antes que la carretera y reclamara su sitio.
Pero no, no hay corriente; es agua estancada, es solo un charco. Pero ¡vaya charco!
Esteban les indica que el Toyota se va a dar hoy dos «bañitos» y que este será el primero.
Les recomienda que en este se baje Ernesto y que les haga fotos desde fuera a Pablo y Laura para, en el siguiente vadeo, hacerlo al revés.
Los tres acceden y, mientras le desbloquean el móvil y le abren la cámara de fotos, Ernesto se va desabrochando el cinturón y saliendo del vehículo.
Con el móvil en la mano, pulsa la pantalla de manera insistente para que no se bloquee mientras, avanza por un estrecho y desdibujado sendero de hierba pisada.
Se ve que este es uno de los alicientes de la excursión.
Cuando Ernesto se prepara y encuadra el vehículo, le hace una señal a Esteban, quien lentamente deja caer el todoterreno por la pendiente.
Justo en el momento en el que el parachoques toca el agua, Ernesto comienza a disparar fotografías.
Laura lo había configurado previamente en modo ráfaga, por lo que casi va a terminar pareciendo más un video, pero la ocasión lo merece.
Ver cómo el capó del voluminoso Land Cruiser va desapareciendo bajo esa agua marrón sin fondo impresiona.
Cuando el agua está llegando a la altura del parabrisas, escucha un grito femenino.
Es entonces cuando se da cuenta de que Laura está sentada en el asiento del copiloto; tiene una sonrisa de oreja a oreja, pero se le nota la tensión de ver el agua subir y subir.
En ese preciso instante llegan al punto más profundo y comienzan la subida para ir emergiendo del agua.
Cuando abren la puerta y Ernesto monta en el vehículo, los tres turistas hablan de manera atropellada; la experiencia ha sido espectacular para los tres, tanto para Ernesto, viéndolo desde fuera, como para Pablo y Laura, que veían cómo las aguas engullían el enorme todoterreno.
En el siguiente «charco » , se intercambian los papeles y Ernesto les deja su cámara réflex a los cántabros para que lo inmortalicen en el asiento del copiloto.
Su siguiente parada los lleva a la zona de los lagos.
Esteban detiene el coche en una explanada con capacidad de sobra para una docena de vehículos.
Justo después van llegando los otros dos vehículos todoterreno que les acompañan durante la excursión.
Los cuatro integrantes del automóvil bajan mientras se abrigan: el luminoso sol patagónico engaña y la chaqueta se hace necesaria al salir al exterior, aunque desde dentro no lo parezca.
Esteban les explica que la excursión de hoy miércoles la han dividido en tres coches: el número uno con un grupo de brasileños, el número dos con un grupo de franceses y ellos, en el tercero.
Para no armar mucho follón ni tener que levantar la voz, cada grupo hará un recorrido diferente por las orillas del lago Fagnano, que es donde están.
Una vez terminada la explicación, se inicia un agradable paseo.
—Estamos a orillas del majestuoso lago Fagnano, o lago Khami, como lo llamaban los antiguos habitantes de esta tierra, los Selk'nam.
Este es uno de los lagos más grandes de Sudamérica con más de cien kilómetros de longitud, pero su anchura varía entre dos kilómetros y medio y los nueve kilómetros en su zona más ancha.
Sus orillas están pobladas por lengas, árboles caducifolios que empiezan a brotar ahora que estamos en plena primavera austral.
También podemos ver ñires y en menor medida coihues de Magallanes; este último es de hoja perenne.
Las tres son especies del género Nothofagus , también conocidas como las «hayas del sur».
Mientras habla, Esteban se ha detenido al lado de un tocón de madera; al quedarse en silencio, señala a su alrededor.
El espectáculo es dantesco; ante ellos, cientos de tocones salpican el suelo; sus troncos caídos están despojados de ramas y hojas.
Troncos y ramas yacen en montones desordenados y enmarañados; otros flotan como fantasmas en las turbias aguas.
El verde vibrante de las lengas y ñires se ha ido extinguiendo, siendo reemplazado por el gris pálido de la madera muerta.
El aire es diferente. En lugar del frescor del bosque, en este paisaje respiran un desagradable olor a humedad estancada y descomposición.
El agradable sonido del viento entre las hojas de los árboles ha sido sustituido por el siseo del agua, que se mueve con dificultad entre tanto obstáculo.
Ocasionalmente se oyen algunos chapoteos.
—Esto que tenemos ante nosotros no es obra de la fuerza de la naturaleza. Tampoco lo ha hecho ninguna inundación ni avalancha de nieve —dice el guía señalando la zona.
— ¿Y qué ha pasado? pregunta Pablo, intrigado.