CAPÍTULO 2 #5
Por eso comenzó a vender sus excesivos coches y puso a la venta su velero, un símbolo de libertad y de los buenos tiempos.
Lo puso a la venta por ciento cinquenta mil euros, un precio muy por debajo de su valor real de mercado.
Cuando le llamó un joven cántabro ofreciéndole cien mil euros, le pareció un insulto y rechazó la oferta.
Sin embargo, a medida que pasaban los días, tuvo que tragarse su dignidad.
Lo pensó, lo meditó, maldijo su situación incluso llorando en la intimidad de su hogar al ver cómo le había cambiado la vida en poco más de un año.
Finalmente, humillado y avergonzado, llamó a Pablo para aceptar su oferta.
Cuando los jóvenes profesores se desplazaron a Cataluña a recoger el barco, Andreu habló con ellos.
Pablo y Laura no eran dos lobos hambrientos que le morderían en la yugular aprovechando su deplorable situación.
Simplemente, no podían pagar más. Se avergonzaron al sentir la angustia del hombre, pero eran conscientes de que se habían alineado los astros.
Valoraban el Amel Súper Maramu, en no menos de doscientos mil euros; el estado era impecable y se veía poco usado.
Estos tiempos convulsos les permitieron acceder a un barco al que no aspiraban ni en sus mejores sueños.
Andreu, viendo el brillo en los ojos de los jóvenes fruto de la emoción, los escuchaba hablar entusiasmados sobre sus planes de dar la vuelta al mundo.
Logró reconciliarse con sus demonios; estaba malvendiendo el barco, lo sabía, pero la oferta no era para humillarle: si aquellos jóvenes profesores hubieran podido pagar más, lo habrían hecho, pero no podían.
Veía, por otro lado, que iban a aprovechar plenamente las cualidades de su velero: no tenían la intención de limitarse a navegar el Mediterráneo visitando las costas de Baleares, Grecia o Italia.
Estos jóvenes querían dar la vuelta al mundo.
30 DE JUNIO
Por fin ha llegado el día: Laura está de regreso de Maliaño, donde consiguió plaza fija como orientadora educativa en el CEIP Bahía de Maliaño.
El camino de vuelta lo hace por el carril bici de las marismas de Alday, que discurre en paralelo a la bahía de Santander.
Es un trayecto corto y llano hasta su casa, en el barrio de Nueva Montaña.
Su escuela, curiosamente, está más cerca de casa que la de Pablo, a pesar de que él sí trabaja en el mismo Santander.
Además, su trayecto es menos accesible para llegar en bicicleta.
Paradójicamente, fue Pablo quien insistió en comprar una nueva bicicleta con motor eléctrico para moverse por Santander y evitar un segundo coche, pero definitivamente el acceso para él resulta muy incómodo.
Para Laura, en cambio, es un placentero paseo.
No le hace falta la ayuda eléctrica del motor, pero, dado que no puede quitarla, la lleva siempre al mínimo.
Sin embargo, reconoce que los días en los que el viento del noroeste frena su avance es de gran ayuda, e incluso la ha llegado a poner a tope cuando le ha sorprendido alguna tormenta sin la ropa adecuada.
No hace falta, pero sube la potencia del motor con una sonrisa: hoy es el día.
El gran día, ese que llevan años esperando.
No se trata exactamente de la vuelta al mundo que aún ansían, pero han encontrado un término medio.
Ambos han solicitado un año sabático, acogiéndose al sistema de excedencia docente disponible en España.
El acuerdo es simple: una vez concedido el permiso, aceptan cobrar el ochenta por ciento de su sueldo durante los cinco años siguientes.
La clave es el último: ese quinto año cobrarán igualmente sin tener que acudir a trabajar.
Tuvieron, eso sí, que apretarse el cinturón y contener gastos al máximo durante cuatro años, más aún tras comprar el barco, pero el quinto año ya ha llegado; este año cobrarán lo mismo mientras navegan, una navegación que se extenderá durante catorce meses. Están entusiasmados.
Al llegar a casa, Pablo ya está allí. Por la tarde llegarán sus padres desde Santo Domingo de la Calzada; esta vez sí se han cogido unos días libres.
Su padre le aseguró que no vendría en el «Lambo».
Van a hacer una cena de despedida con la familia (con los amigos ya la hicieron el sábado anterior).
La de hoy es una cena más íntima, más familiar, antes del largo viaje al que se van a enfrentar.
Después de llevarles mañana al aeropuerto, los padres de Laura se quedarán una semana en Santander, disfrutando de la playa, algo que no han hecho tantas veces.
Su padre, siempre refunfuñón, preferiría volver a casa; no en vano es el periodo de mayor actividad para los cereales de invierno, y la cosecha de trigo y cebada está en pleno apogeo.
Por esa razón, la hermana de Laura sí regresará al día siguiente; la máquina perfectamente engrasada que supone el negocio familiar puede seguir funcionando aunque sus padres estén fuera.
Es la prueba de fuego que la hermana de Laura esperaba para demostrar a sus padres su capacidad para hacer funcionar la empresa sin ayuda; no quiere que se jubilen —no saben hacer otra cosa—, pero sí que se tomen el trabajo con un poco más de pausa.
El velero Salitre y v iñas no está en el puerto deportivo de Laredo, donde lo suelen tener amarrado, básicamente para ahorrar en las tarifas portuarias.
Ahora les espera pacientemente en el puerto deportivo Radazul, en Tenerife, un lugar con una atmósfera más tranquila y personal que el enorme Puerto de Las Palmas y, cómo no, también con tarifas de amarre más bajas.
El cercano aeropuerto de Tenerife Norte opera, además, con vuelos directos a Santander.
El barco lo llevaron durante las vacaciones escolares de Semana Santa, una navegación placentera, pero conocida y, como quieren estrujar todo lo posible los catorce meses, decidieron empezar desde allí el salto del océano.
10 DE JULIO
El día amanece soleado en el velero, como es de esperar.
En el interior de la isla, los vientos alisios del noroeste chocan contra las laderas para elevarse, enfriándose y condensándose en altura, lo que crea una espesa muralla de nubes que ocultan las cumbres y laderas comprendidas entre los seiscientos y los mil ochocientos metros de altitud.
Este fenómeno habitual es lo que los lugareños llaman el mar de nubes, pero, a medida que avanza el día, las nubes se irán disipando, hasta desaparecer completamente en torno al mediodía.
Desde que llegaron a la isla en avión, sus labores se han centrado en hacer las últimas revisiones al barco y el aprovisionamiento completo de todo lo necesario, principalmente todo lo seco y enlatado; algunas cosas, como la ropa y demás, las dejaron ya en el barco cuando lo llevaron hasta allí.
La brisa salada de julio acaricia sus rostros; el sol de media mañana ya promete un día de intenso calor.
Desde el puerto Radazul, el imponente velero de dieciséis metros de eslora, en perfecto estado de revista, parece ansioso por soltar amarras.
Pablo revisa el sistema de fondeo con meticulosidad.
A su lado, Laura ultima los preparativos en la bañera central, comprobando los winches y el estado de la driza de la mayor.
La tensión de años de preparación, de contención de gastos, mezclada con los sueños de una planificación exhaustiva del viaje, crea un momento de excitación palpable.
Son poco más de las once de la mañana cuando sueltan las últimas amarras.
La tripulación vive el momento con un nudo en la garganta y una sonrisa radiante.
El suave ronroneo del motor Perkins, tan familiar, los aleja lentamente del pantalán de Radazul.
La bocina del barco retumba un par de veces a modo de despedida.
Saben que pasarán muchos meses hasta que vuelvan a pisar suelo europeo de nuevo.
Desde la cubierta, mientras surcan las primeras olas, miran hacia atrás: las casas de Radazul se van haciendo pequeñas y el majestuoso Teide les despide con su icónica silueta, la silueta perfecta de un volcán dormido.
Una vez fuera de la protección del puerto, con el océano Atlántico ante ellos, Pablo apaga el motor.
Un silencio instantáneo, profundo y casi reverencial envuelve el velero.
El sonido del océano es lo único que les rodea.
«¡Venga, la mayor!», exclama Pablo con emoción desbordada mientras se despliega la vela mayor enrollable.
Los vientos alisios del noroeste, su gran aliado, comienzan a soplar suavemente, pero de manera constante, inflando las velas. Su fuerza los impulsa hacia el sur.
Luego viene el génova, la inmensa vela de proa que, al desenrollarse, atrapa el viento al instante, haciendo que el barco se incline ligeramente y acelere claramente su marcha.
Las olas pequeñas y juguetonas del principio se hacen más largas y suaves, meciendo al Salitre y viñas con una cadencia hipnótica.
A medida que entran en la corriente canaria, van ganando velocidad.
Más al sur les tocará cambiar a la corriente ecuatorial del norte.
Con el rumbo fijo, el piloto automático zumba suavemente. Pablo y Laura se sientan en la protegida bañera. Sus miradas se cruzan; la felicidad de sus rostros es plena. No hay prisas, no hay obligaciones, solo navegar hacia el horizonte que, esquivo, se aleja de ellos a medida que avanzan.
La navegación a Cabo Verde, con el viento siempre a favor, permite ajustar las velas para un rumbo estable. Contrasta con las borrascas atlánticas o las calmas del Mediterráneo. No se puede pedir nada más para el inicio de su gran viaje.
Alcanzan Cabo Verde, tras diez días de navegación. Es una parada común para reponer agua y productos frescos antes de lanzarse a cruzar el Atlántico.