Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

Pablo la escuchaba extasiado; iban a ser el equipo perfecto.

Él se encargaría de reparar cualquier parte del barco; ella se encargaría de reparar cualquier aspecto de la tripulación, tanto psicológica como físicamente.

Sería una simbiosis única. A Pablo, solo pensar en Laura tumbada en la cubierta del velero tomando el sol, mientras él lo guiaba hacia ninguna parte, le hacía más feliz de lo que nunca lo había sido.

Podrían haber compartido una vida feliz incluso aunque a Laura no le gustara navegar, si estuviera dispuesta a esperarlo mientras él se aventuraba mar adentro.

La amaba tanto que ni siquiera necesitaba compartir su afición con ella.

Pero escuchándola, sabiendo el esfuerzo que iba a realizar para formarse en temas de utilidad en el barco, vio que no le dejaría navegar solo. Ella siempre estaría ahí, con él.

Hacía solo un año que se conocieron bailando en la campa de la Magdalena, pero en ese preciso instante tomó consciencia de que había encontrado a su alma gemela, una compañera para el resto de su vida.

Una ola de emoción arrasó su cuerpo terminando por derramarse en forma de lágrimas por sus mejillas.

Emocionado, la abrazó. Mientras le besaba le susurraba al oído lo mucho que la quería.

Un abrazo intenso, lleno de emoción, entre dos seres temblorosos que firmaban con lágrimas un pacto para viajar juntos a donde los caprichosos vientos quisieran llevarlos.

EL VELERO

Habían comprado ya su velero Salitre y viñas tras mucho esfuerzo y ahorro.

No sintieron privaciones ni estaban en casa encerrados con velas, simplemente habían encontrado cómo disfrutar de la vida con actividades por las que no había que pagar, especialmente mucho senderismo, curiosamente el antagonista del mar.

Los padres de Pablo les decían que se habían excedido, que era demasiado barco para ellos, pero en su mente seguía estando el realizar largas navegaciones y preferían privarse de salir a cenar o evitar gastos que ellos consideraban innecesarios a cambio de disponer de su flamante barco.

Lograron adquirir un Amel Súper Maramu 2000, del año 2005, un modelo icónico, famoso por su robustez, comodidad y su capacidad para travesías de larga duración.

Este enorme velero de dieciséis metros cuenta con dos habitaciones matrimoniales: la principal, que ellos utilizan, está situada a popa y es un amplio dormitorio con una gran cama central, armarios amplios y acceso directo a uno de los baños; el segundo baño tiene el acceso desde el salón.

A proa disponen de un segundo camarote doble con una cama a la izquierda y mucho espacio para almacenamiento, donde se alojan las parejas de amigos que les acompañan en pequeñas travesías.

Disponen también de literas adicionales en el pasillo de popa (cerca de la cocina), pensadas como literas de guardia, aunque ellos las usan más como camarote individual en casos puntuales.

En su mente está más enfocado como zona de almacenamiento extra de cara a su gran viaje.

El Súper Maramu está diseñado para la comodidad de la vida a bordo y la calidad de las zonas comunes es excelente.

El salón principal, el corazón del barco, es un espacio amplio y luminoso con grandes ventanas con vistas al entorno.

La calidad de la carpintería de caoba barnizada es un distintivo de los Amel, y la gran mesa central extensible, rodeada de cómodos asientos en forma de U, preside la estancia e incluso puede convertirse en cama en caso de necesidad.

Es el refugio perfecto para relajarse y guarecerse en los días fríos o de mal tiempo.

La cocina, situada en el lateral del salón, está diseñada para ser segura y eficiente incluso con el barco escorado.

Es muy funcional y está plenamente equipada: dispone de horno, fogones, nevera grande, doble fregadero y espacio para almacenar los víveres de uso diario.

A popa y a estribor del salón encontramos la sala de navegación, el cerebro del velero, donde se encuentra la electrónica necesaria para gobernar el barco, la radio, el ordenador y un cómodo asiento ante una robusta mesa, en la que trazan la ruta a seguir.

Tras ascender las escaleras desde el salón por la escotilla de acceso se accede a la cubierta, concretamente a la bañera central de mando.

Es un espacio profundo y muy protegido donde la rueda del timón es el rey.

Posee una excelente visibilidad gracias a su posición elevada al resguardo del mal tiempo, lo cual la hace perfecta para largas guardias o disfrutar de la tranquilidad en alta mar.

Todos los cabos de maniobra importantes (escotas, drizas, rizos) están reenviados a la bañera, lo que permite el control del velamen sin necesidad de salir de la zona protegida.

La instrumentación se completa con un panel ante el timón con los instrumentos de navegación más relevantes (velocidad, viento, piloto automático, etcétera).

El mástil, robusto y bien arbolado con dos pisos de crucetas, es enrollable, lo que permite izar o arriar la vela mayor desde la propia bañera.

El resto de la cubierta, como es habitual en los Amel, está libre de obstáculos, con muchos cabos y sistemas ocultos.

Los pasillos laterales son anchos y disponen de asideros sólidos para un tránsito seguro, incluso con mala mar.

Los tambuchos y escotillas, integrados y a ras de la cubierta aumentan la sensación de limpieza y líneas fluidas.

La estilizada cubierta se completa con la plataforma de popa, un lugar ideal para disfrutarla contemplando el mar, leyendo, pescando o incluso durmiendo una siesta con el relajante sonido del mar.

Bajo el nivel principal, concretamente debajo del salón, a pesar de ser un velero se encuentra la sala de máquinas, un compartimento estanco donde se ubica el motor, el generador, los sistemas de baterías, la desalinizadora, las bombas y demás equipos importantes.

Más abajo está la sentina, donde se acumula cualquier entrada de agua o condensación antes de ser achicada.

No cabe duda de que los padres de Pablo tenían razón: el barco era demasiado.

Ellos lo sabían, pero no pudieron dejar pasar la oportunidad.

A finales de dos mil veintiuno contactaron con Andreu, un acaudalado empresario catalán con un olfato innato para el ocio nocturno.

Había logrado tejer un potente entramado con varias discotecas y una conocida sala de conciertos con aforo para ochocientas personas.

Andreu era muy conocido en la noche catalana y también habitual en los programas del corazón.

La facturación de sus locales suponía un río constante de dinero.

Las barras repletas, el ambiente efervescente y el cartel de «entradas agotadas» eran lo habitual.

Ganaba más dinero del que era capaz de gastar, por más que lo derrochara.

No tenía una disciplina económica con vistas al largo plazo, ni planes de contingencia para posibles imprevistos.

Los beneficios los reinvertía en mejoras del local, equipos de sonido de última generación o en traer mejores bandas; pero, por encima de todo ello, en disfrutar de un estilo de vida impulsivo y lleno de excesos.

Andreu tenía un don para el negocio nocturno y él lo sabía.

Era como el rey Midas de la noche, convertía en oro todo lo que tocaba.

Pero llegó marzo de 2020 con su maldita pandemia de Covid-19, un potente tsunami que arrasó el mundo.

Las discotecas y las salas de conciertos fueron los primeros negocios en cerrar y los últimos en reabrir e incluso entonces tampoco pudieron hacerlo con normalidad.

La aglomeración de personas, el baile e incluso las distancias se convirtieron en una amenaza sanitaria.

De la noche a la mañana, los ingresos de Andreu desaparecieron totalmente.

En sus locales no se vendían entradas, no se vendían consumiciones, las risas y el baile desaparecieron; se convirtieron en lúgubres locales, oscuros, vacíos y con la persiana bajada.

Pero los gastos sí permanecían; los alquileres mensuales no eran baratos, y también había que pagar la seguridad, los servicios básicos, el mantenimiento de los equipos y la plantilla de los diferentes locales.

Había ayudas, pero también la obligación de mantener al personal.

Su negocio fue uno de los más estigmatizados y, paradójicamente, más excluidos de muchas líneas de ayuda directa.

Los bares tuvieron más apoyo y facilidades para trabajar en el exterior, al menos a medio gas, pero los locales nocturnos no encontraron ninguna posibilidad.

Las ayudas a las que pudo optar eran mínimas.

Los créditos ICO eran una trampa, puesto que únicamente aumentaban sus deudas, —una simple patada hacia adelante propuesta por los políticos, pero no una solución real—.

Andreu veía que no tenía dinero en el banco ni para el día a día, los pagos básicos del negocio le ahogaban y las deudas aumentaban mes a mes.

La angustia se apoderó de él. El rey Midas de la noche no veía una salida.

Llevaba más de un año con los locales cerrados y no sabía cuándo ni cómo podrían volver a abrir; pero él no sabía hacer otra cosa.

La carrera por la búsqueda de la vacuna era una esperanza, sí, pero totalmente incierta.

Necesitaban tiempo, y el tiempo era justo lo que a Andreu se le estaba terminando antes de tener que declararse en concurso de acreedores.