CAPÍTULO 2 #3
Sus padres no se conformaron con la viticultura y supieron ver que con el recién construido embalse se hacía posible otro tipo de cultivos más dependiente de un bien tan escaso hasta entonces: el agua.
Ahora, esta se almacena durante el año para regar sin restricciones en los calurosos meses de verano, hasta casi agotar el pantano en cada ciclo.
Fueron pioneros en plantar los pimientos y tomates que han devuelto el renombre al pequeño pueblo a cientos de kilómetros de distancia.
Hoy en día, el negocio familiar se reparte entre las hortalizas y el viñedo.
Su padre no necesita trabajar la tierra; podría limitarse a supervisar las tareas con su Porsche Cayenne, pero insiste en conducir su «Lambo» por los campos de cultivo, como le gusta decir con socarronería.
Su madre se ha centrado en las labores de gestión y su hermana sigue los pasos familiares.
Esta última empezó desplomándose en la recogida de pimientos durante los infernales meses de verano para, poco a poco, dominar todas las tareas de la empresa.
Su padre no quería que pasase directamente de la Universidad a la oficina; se empeñó en que tuviera un conocimiento profundo del negocio y así se lo hizo saber.
Aunque al principio ella protestó, con los años entendió la importancia de tener una visión de trescientos sesenta grados de la empresa.
Laura, por su parte, nunca tuvo interés por el campo.
No le desagradaba ni le parecía un trabajo menor, simplemente no era su camino.
Tenía otras inquietudes. Sus padres habrían llevado muy mal que fuera una holgazana o una persona sin propósito intentando vivir de ellos, pero nada más lejos de la realidad: a ella le apasionaba la mente y el comportamiento humano, y por eso quería estudiar psicología.
Aunque podría haber cursado la carrera en Logroño, pidió estudiar fuera de la región.
Quizás el continuo trasiego de peregrinos que hacían escala en Santo Domingo de la Calzada en su viaje hacia Santiago de Compostela fuese lo que la impulsaba a querer conocer el mundo.
Sus padres la conocían bien y sabían que retenerla contra su voluntad no era una buena idea; al fin y al cabo, solo quería formarse fuera, era una estudiante brillante y siempre había sido una joven responsable.
Con la tristeza de ver partir a su pequeña, la dejaron volar en busca de su lugar en el mundo, orgullosos en su fuero interno de poder brindarle la oportunidad de estudiar Psicología en Santander, algo que ellos, en su juventud, no hubieran podido ni soñar.
Allí conoció a Pablo, en la Magdalena, en aquella inolvidable noche. Con él comenzó a navegar y descubrió una pasión inesperada. El barco se convirtió en su verdadero hogar, un refugio al que escapar en la menor ocasión; ni siquiera cuando se fueron a vivir juntos lograron cambiar esa sensación.
No podían navegar siempre que querían, pues el barco era de la familia de Pablo y, por ello, sus padres tenían preferencia.
La pareja lo aprovechaba realmente durante el periodo estival, especialmente en julio, dado que los padres de Pablo siempre disfrutaban de sus vacaciones en agosto.
Para ello se esforzaban en todo lo que hiciera falta durante el curso para poder disponer así del mayor tiempo posible en verano.
Con el trabajo hecho, disfrutaban de los puertos, playas y poblaciones bañadas por las olas del golfo de Bizkaia, mientras los padres de Pablo trabajaban.
En una de esas largas salidas de julio, aprovechando la pausa universitaria, Pablo le explicó a Laura su plan de vida; lo hizo bajo la intimidad de un atardecer en alta mar, mientras cenaban.
Ella ya sabía por qué había estudiado Ingeniería Mecánica, le había visto en acción, reparando diferentes averías del barco, ya que ni siquiera el mantenimiento más exquisito podía detener el implacable avance del envejecimiento del velero y, si bien no habían sufrido averías graves, continuamente había algo que hacer y Pablo siempre sabía solucionarlo.
En ese momento le explicó que no tenía intención de trabajar de ingeniero, él quería sacar una plaza de profesor para poder seguir navegando en julio y, cuando por fin comprara su propio barco, poder explorar aguas desconocidas en viajes de dos meses cada año, con el objetivo de dar la vuelta al mundo algún día, a poder ser antes de jubilarse.
Mientras le escuchaba, Laura lo imaginaba; quería ese futuro también para ella.
Solo imaginándose con Pablo, fondeados en una pequeña isla de fina arena, viendo cómo el sol desaparecía tras el coqueto bosque de palmeras, lo supo: eso era lo que quería hacer el resto de su vida.
No se lo dijo a Pablo esa noche, pero decidió que ella también iba a ser profesora.
En realidad, ahora que se iba acercando el final de su carrera de Psicología, no se sentía atraída por ejercerla.
La mente y el comportamiento humano seguían apasionándole, pero algo dentro de ella gritaba que no quería que fuese su profesión.
No lo entendía, pues era un tema del que podía hablar durante horas.
Comprendía la importancia de entender las reacciones de las personas de su entorno para ayudarles y comprenderles; es decir, era algo que disfrutaba haciendo gratis, pero cuando pensaba en hacerlo por dinero, le chirriaba.
Además, la de psicóloga es una profesión bien remunerada y, por eso, Laura no quería decepcionar a sus padres echando a perder años de esfuerzo y abandonar su título en un cajón para perseguir un futuro incierto.
Esta lucha interior le provocaba un profundo desasosiego.
En esa íntima cena lo vio claro: ella también quería dar la vuelta al mundo en barco.
Pero las largas travesías de navegación tienen dos precios.
Por una parte, se necesita dinero y, por otra, tiempo.
Lo vio claro; la opción de ser profesora podría cumplir ambas.
Sí, probablemente estaba sacrificando un mayor salario, pero también, seguramente, dispondría de más tiempo libre.
Gastan poco en alta mar, sí, pero los gastos operativos del velero lo convierten en una afición cara.
A la vuelta de ese fin de semana, ya en la soledad de la habitación de su piso compartido, analizó de qué manera podría compatibilizar sus estudios con la enseñanza; la opción más lógica sería impartir Psicología o Filosofía en el instituto, pero ella preferiría ser profesora de Educación Primaria.
Le gustaban más los niños pequeños, por lo tanto, analizaría antes esa posibilidad.
En primer lugar miraría lo que más le gustaba y le convenía; ya habría tiempo de adaptarse en caso de necesidad.
En consecuencia, decidió que quería trabajar con niños menores de doce años; ahí no podría aprovechar sus estudios para dar clase, pero ella tampoco quería hacer otros cuatro años de Magisterio.
De pronto, como si de un cartel de neón se tratara, su mente empezó a mandarle señales: orientadora educativa.
No dejaría de trabajar de «lo suyo», pero por alguna razón que no lograba entender, ser orientadora le parecía una muy buena idea.
Pudiera ser por trabajar con niños, tal vez por el hecho de intentar detectar en ellos las necesidades educativas especiales (TDAH, dislexia, altas capacidades o problemas emocionales y de conducta).
Pero definitivamente la detección y evaluación de necesidades educativas especiales le resultaba un reto mucho más motivador que el tratamiento a personas ya diagnosticadas.
Para poder ejercer iba a necesitar un máster en Psicopedagogía.
Después tocaría cruzar los dedos para lograr plaza en una oposición.
En resumen, si todo salía según lo previsto, trabajaría de lo que había estudiado y no tendría que decir a sus padres que su grado universitario había sido una pérdida de tiempo.
Con la decisión de intentar conseguir plaza de orientadora ya tomada, tocaba la siguiente: ¿qué conocimientos le podrían ser de utilidad a bordo?
Son las mismas preguntas que se hizo Pablo años antes, pero entonces él se las formuló en el orden contrario.
Pablo dibujó su futuro en una hoja en blanco.
Ella, en cambio, debía utilizar los mimbres de los que disponía y, además, el tiempo corría en su contra.
Tras romperse la cabeza, en su último año de carrera trazó su plan.
El siguiente fin de semana, aprovechando que los padres de Pablo habían salido a navegar, ella le detalló su plan mientras tomaban un café: ese año terminaría el grado de Psicología y el curso siguiente se matricularía en el máster.
Tras él, cuando estuviera ya trabajando de orientadora, se dedicaría a aprender todo lo posible sobre Educación Física de cara a las navegaciones.
Especialmente quería aprender sobre nutrición (dieta saludable, complementos y suplementos), rutinas de ejercicio (peso corporal, estiramientos y yoga), así como entender la importancia del descanso, la recuperación de las lesiones y la biomecánica de los movimientos.
Lo bueno de estas formaciones es que se trata de cursos semipresenciales y existe la posibilidad de ir bloque por bloque sin necesidad de hacer todo de tirón; con eso se aseguraba pausar la adquisición de esos conocimientos para preparar las oposiciones.