Destino: el fin del mundo CAPÍTULO 2 #2
8%

CAPÍTULO 2 #2

La infancia de Pablo discurrió feliz. En verano disfrutaba los días en la playa de San Martín, mucho más pequeña que la de Laredo, que estaba justo enfrente.

Su tamaño la convertía, a su vez, en un arenal menos concurrido y más familiar.

Con la adolescencia, para escapar de la supervisión familiar, se desplazaba con sus amigos a la Playa de Berria, que esparce su fina arena a los pies del penal de Dueso.

Nunca le gustó ir a la Reserva Natural de las Marismas de Santoña: en los meses cálidos había demasiados mosquitos y en los meses lluviosos, demasiada lluvia.

Prefería perderse en el Monte Buciero, especialmente desobedeciendo a sus padres y explorando los fortines napoleónicos abandonados.

Estas estructuras se diseñaron para defender la población tanto de ataques marítimos como terrestres.

Además de los famosos fuertes de San Martín, del Mazo y del Águila, les gustaba escudriñar la montaña en busca de baterías o polvorines que la vegetación abrazaba hasta hacerlas desaparecer.

También disfrutaba en sus laderas con la excursión al faro de Caballo; tras descender con facilidad sus más de setecientos escalones esculpidos en la roca, nunca olvidaría el golpe de realidad al darse la vuelta y contemplar la empinadísima salida: la única vía de regreso significaba tener que desandar el camino por el que había llegado.

Pero si tuviera que elegir un recuerdo de su niñez, este sería, sin lugar a dudas, el mar, un mar que lo atraía desde los impresionantes acantilados del monte Buciero y sus espectaculares caídas verticales, hasta hundirse bajo las aguas del frío Cantábrico.

Desde su cima divisaba la inmensidad, mientras en su interior se imaginaba en lugares lejanos, prometiéndose a sí mismo que los visitaría durante su vuelta al mundo en barco.

La llamada y el amor por el mar probablemente se la transmitieron sus padres, apasionados marinos que salían a navegar con la embarcación familiar a la menor ocasión, en realidad casi todos los fines de semana que no hacía mal tiempo.

Veían innecesario asumir riesgos si el agua no estaba en buenas condiciones.

Los días de excursión discurrían entre visitas a calas inaccesibles, pesca submarina, snorkel o simplemente saltando con sus hermanos desde la borda.

Pero lo que de verdad se mantiene imborrable en su memoria son los picnics, las barbacoas y las horas jugando a las cartas, recordando por encima de todo la conexión familiar creada en esas salidas.

Después, ya de adolescente, como cualquiera en esa edad, mostraba desgana por aquellas salidas y se aislaba de las conversaciones familiares, hasta ir espaciando las salidas con sus padres y hermanos pequeños.

Aunque si pudiera quedarse con un solo día de su niñez, sería uno de tantos que vivió cenando una barbacoa de pescado recién capturado y jugando a las cartas mientras conversaban, con el sol desapareciendo en un horizonte teñido de colores rojizos. Nunca olvidará esa sensación.

Partiendo de la base de que tenía claro que el mar era su pasión, y unido a la exigencia incontestable de su padre de que debía cursar un grado universitario, Pablo optó por Ingeniería Mecánica.

Pero lo cierto es que, a pesar de que en el instituto planeó exactamente hacia donde quería que fuera su vida, nunca entró en sus planes trabajar de ingeniero.

Lo cual contrastaba con lo aplicado que fue siempre en sus estudios.

Sus padres estaban gratamente sorprendidos, ya que inicialmente Pablo se mostró muy reacio a ir a la Universidad, al contrario que sus hermanos; pero ellos nunca supieron que su plan estaba trazado y sacarse la Ingeniería era el primer paso: su meta era dar la vuelta al mundo en barco y, para poder hacerlo, quería ser autosuficiente y poder solucionar en alta mar problemas en los motores y en las transmisiones, así como conocer los fundamentos de electricidad, dinámica de fluidos, termodinámica, materiales, estructuras.

Entendió que si aprendía cómo funcionaba la mayor parte de los componentes del barco, le resultaría de un valor incalculable en sus travesías.

Nunca pretendió trabajar fabricando o diseñando nada, pero se aplicó con esmero en sus estudios.

Una vez con el título universitario en su poder, comenzó con la segunda parte de su plan: matricularse en el Máster del Profesorado.

Un año académico, en el que, en esencia, le enseñaron a enseñar y que es obligatorio para presentarse a las oposiciones de educación.

A los veintiocho años ya había cumplido su objetivo y tenía plaza fija en el IES Santa Clara, en la zona de Valdecilla, una zona céntrica y concurrida de Santander.

Daba clases de Formación Profesional a jóvenes de entre dieciséis y veinte años, impartiendo Mantenimiento Electromecánico de Automoción y Motores Térmicos.

LAS VIÑAS

Laura Vallejo nació en la localidad riojana de Leiva hace treinta y dos años, en el mismo año en el que se celebraron la Expo de Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona y un hecho no menos importante para la comarca: la inauguración del embalse de Leiva.

Su llegada supuso el nacimiento de una nueva generación de una familia dedicada a cultivar la uva de la zona.

Los orígenes de Leiva se remontan a la prehistoria, como lo demuestran algunos hallazgos arqueológicos, aunque no hay asentamientos identificados con claridad.

La llegada de los romanos dejó una huella más evidente.

Sin embargo, fue en la Edad Media cuando se forjó la identidad de la población; su estratégica posición la convirtió en un territorio de frontera y disputa constante entre los reinos cristianos del norte y las tierras bajo el control musulmán, cambiando de manos con frecuencia.

Posteriormente, en el siglo XV, la familia Zuñiga, Señores de Leiva, levantó el emblemático Castillo de la villa, una fortificación crucial para controlar el territorio y las rutas comerciales.

Con la unificación de los reinos tras siglos de batallas se inició un periodo de paz, lo que le restó importancia militar, pasando a depender más de la agricultura.

En las décadas de 1980 y 1990, el municipio sufrió importantes transformaciones, especialmente con la especialización y tecnificación del cultivo de la vid.

Al formar parte de la Denominación de Origen Calificada Rioja, se consolidó como una zona de producción de uva de alta calidad.

Los agricultores modernizaron sus prácticas y maquinarias, lo que aumentó el rendimiento de las cosechas pero, por el contrario, redujo la necesidad de mano de obra.

Así, mientras se garantiza la viabilidad económica de las explotaciones, disminuía el número de trabajadores, lo que empujó de manera lógica al éxodo de la juventud.

La familia de Laura estaba impregnada de la tradición vitivinícola.

La niña creció escuchando conversaciones sobre el estado de las viñas, las condiciones meteorológicas o el cambiante precio del fruto, que fluctuaba según la oferta y la demanda.

Sus padres, que en su juventud, habían sufrido la dureza de este medio de vida, supieron aprovechar la ola de prosperidad que acompañó al crecimiento exponencial del vino de Rioja.

Gracias a ese esfuerzo constante, la familia vivía con holgura.

No eran ostentosos; no les faltaba de nada, pero tampoco disponían de mucho tiempo para el ocio.

Las jornadas en el campo siguen siendo hoy en día de sol a sol, aunque al menos ahora su padre las afronta a bordo de un tractor Lamborghini con aire acondicionado y una confortable suspensión.

Al poco de nacer Laura, cuando su hermana ya tenía tres años, el matrimonio tomó una drástica decisión.

Viendo el declive demográfico del pueblo y tras generaciones y generaciones de olivenses, se mudaron a la cercana Santo Domingo de La Calzada.

Buscaban para sus hijas los servicios que allí se ofrecían y de los que ya carecían en Leiva, mientras ellos continuaban desplazándose para trabajar la tierra con la empresa familiar.

Se trasladaron a una urbanización de chalés y casas adosadas donde los habitantes disponen de amplias áreas comunes y deportivas con piscinas, pista de tenis, frontón y zonas de juego.

El complejo fue levantado por un exfutbolista del Athletic Club, reconvertido en constructor, quien consiguió atraer a antiguos compañeros y otras personalidades.

Allí creció Laura, en un ambiente muy distinto al de su antigua casa en Leiva.

Su grupo de amigos, al contrario que el caudal del río Oja a su paso por Santo Domingo, aumentaba en verano con la llegada de los veraneantes de diferentes procedencias, aunque en su mayoría eran vascos.

Muchos de ellos, con el paso de los años, fueron espaciando sus visitas hasta desaparecer; otros, en cambio, terminarían echando raíces en La Rioja de manera definitiva.

Laura guardaba recuerdos imborrables de aquellos tiempos de vino y rosas, siguiendo al «maño» y su grupo de rock por las fiestas de los pueblos.

Algunos de sus amigos perdían la cabeza con el hachís y las cervezas; ella, en cambio, lo hacía con la música, una pasión que descubrió durante la adolescencia.

Fueron veranos de risas, diversión y primeros amores.

Definitivamente, guardaba un recuerdo muy feliz de su juventud, especialmente los veranos.