CAPÍTULO 2
Laura y Pablo
El S alitre y viñas es un velero que surca las suaves olas del Canal de Beagle.
En su cubierta están Laura y Pablo, con salitre en la piel y cansancio en los huesos, pero una chispa de emoción y alegría contenida llena sus ojos.
El viento patagónico, ya a estas alturas viejo conocido, sigue soplando, racheado y con fuerza, esparciendo las salpicaduras de la proa por toda la cubierta: pequeñas gotas heladas que danzan en el aire antes de acariciar los rostros de los navegantes.
A lo lejos, entre la persistente bruma y las impresionantes cumbres nevadas de la cordillera de los Andes que se asoman como centinelas ancestrales, la divisan.
No es una urbe que se imponga, sino que emerge a pesar de su considerable tamaño, humildemente, como pidiendo permiso a la naturaleza para que le deje compartir espacio con ella.
A medida que se acercan, van distinguiendo las primeras construcciones de las afueras.
En su mayoría son casas de madera, chapa e incluso unidades modulares de steel framing.
Los tejados, como es habitual en los climas fríos, son a dos aguas y las fachadas están pintadas con colores vibrantes (rojo intenso, azul cobalto), lo cual rompe la monotonía con los densos bosques de lengas y coihues que abrazan la ciudad y la empujan contra el agua.
El Canal de Beagle, que hasta ahora ha sido un lienzo de grises y azules fríos, se enciende ahora con los reflejos de Ushuaia, que bailan caprichosos en la superficie.
El aire se vuelve más denso, cargado con el agradable aroma de la leña quemada, imprescindible en estas latitudes para lograr un hogar acogedor.
A medida que Salitre y viñas se acerca a la zona portuaria, pueden ver los edificios del centro, más compactos, y muchos de ellos ya de hormigón o ladrillo. Están agrupados cerca de la costa, con sus luces brillando ya con intensidad. Los muelles bullen con una actividad incesante.
Es temporada alta en Ushuaia; destacan los enormes cruceros de las campañas antárticas, ciudades flotantes palpitantes de vida que probablemente están ultimando los preparativos para iniciar la temporada de viajes.
A su lado, pueden ver pequeños veleros y las embarcaciones de las empresas que surcan las aguas repletas de turistas.
Después, se agrupan los pesqueros de diferentes tamaños, probablemente los grandes estén destinados a la captura de merluza y los más pequeños a la famosa centolla de estas frías aguas.
Al fondo, amenazante o protectora, según los ojos con los que se mire, está la imponente silueta de una corbeta de combate de la Armada Argentina.
Es la nave utilizada para patrullar la zona.
El sector de los veleros, hacia donde se dirigen Pablo y Laura, parece la ONU por la disparidad de las banderas que el viento hace ondear con fuerza en los pabellones de los barcos.
La proa golpea las olas con un ritmo constante, cada vez más lentamente. El ruido del motor auxiliar, que ahora encienden para la maniobra de atraque, ronronea de manera familiar e hipnótica.
Cuando finalmente amarran y el velero se estabiliza contra el muelle, el silencio que sigue es ensordecedor.
Laura y Pablo se miran sonrientes, sus ojos cansados están desbordados por la euforia.
Han llegado a Ushuaia, la ciudad del fin del mundo, un destino soñado para cualquier marinero.
Para ellos, en realidad, no es más que un alto en su largo camino en una navegación de la que únicamente han completado un tercio.
Pero, en ese momento, significa mucho más.
Es la culminación de años de preparación y una larga espera.
Han conquistado un hito y el espíritu de los grandes marinos los envuelve en este mítico puerto ensalzado por la historia de la navegación.
A partir de aquí les espera lo desconocido. mares que nunca han navegado.
SALITRE Y VIÑAS
Laura y Pablo se conocieron en Santander, en la emblemática campa de la Magdalena, un espectacular espacio verde en la península del mismo nombre con la majestuosa silueta de su palacio al fondo, vigilando el horizonte.
Al otro lado de la explanada está la playa de los Bikinis, un arenal que recibe su nombre porque, en los años sesenta, fue uno de los primeros lugares de España donde las turistas y estudiantes extranjeras empezaron a lucir esta prenda de baño.
Desde la orilla se puede contemplar la impresionante bahía de Santander, pero ni Pablo ni Laura estaban allí por el mar.
Una multitud de jóvenes se congregaba por todo el recinto, la mayoría de pie y otros en los márgenes, sentados en la hierba.
Al fondo se recortaba un enorme escenario cubierto con la publicidad del Santander Music.
Los focos alumbraron la salida de unos pintorescos músicos, todos impecablemente vestidos con el mismo traje blanco y negro. Tras ellos, en la lona del fondo, se podía leer: The Hives. Pablo no los conocía; Laura, sí.
Por los altavoces empezó a sonar La cabalgata de las valquirias de Wagner mientras la banda iba tomando posiciones.
Al poco tiempo irrumpía un torbellino de energía: era Pelle, el cantante de la banda sueca, cuya obsesión consistía en implicar a los asistentes mediante largos discursos cargados de humor para convertirlos cómplices del espectáculo.
Pablo, abstraído por el baile y el carisma magnético del líder, se fue acercando a la barrera de sonido.
Sus amigos continuaban atrás, ajenos a la actuación.
En un momento dado, Pelle ordenó al público que se agachara para, acto seguido, hacer saltar a toda la campa en el instante álgido de C ome on!
. Se desató entonces la locura colectiva, un frenesí que se mantuvo hasta el final de la canción.
Durante el desenfrenado baile, Pablo chocó con una chica. Era Laura. Se miraron fugazmente a modo de disculpa y, tras el último acorde, volvieron a buscarse con complicidad mientras el vocalista comenzaba otro de sus motivadores monólogos:
—¡Escuchadme bien, criaturas del rock y de la noche!
Os veo ahí, quietos, como estatuas de sal.
¡Esto es un concierto de The Hives, no un funeral!
Mirad a vuestro lado. Sí, esa persona, la que acaba de bailar junto a vosotros.
Esa que comparte este bendito momento de sudor y gloria.
¡Quiero ver esa conexión! ¡Quiero ver el pulso de esta masa!
¡Ahora mismo, dadle la mano al de al lado!
¡Apretad! ¡Sentid el contacto humano! ¡Eso es el puto rock and roll!
¡Unión! ¡Fuerza! ¡Sentid la energía de vuestra gente!
Pablo y Laura buscaron a sus respectivos lados, pero sus amigos no estaban.
Ambos habían terminado bailando solos delante del escenario, por lo que encontraron en el otro un cómplice perfecto.
Pablo, vacilante, extendió la mano hacia Laura.
Ella, embrujada por la adrenalina y los decibelios, se la apretó con fuerza.
Juntos levantaron las manos al cielo cuando se lo pidió Pelle, rodeados por una marea vibrante de cuerpos con los dedos entrelazados.
Justo entonces estallaron los primeros y demoledores acordes de Hate to say I told you so , convirtiendo la campa en una danza salvaje.
La multitud se transformó en una bestia desatada, un torbellino desbocado que los succionó hacia su interior.
No había espacio para pensar; únicamente se dejaron llevar.
Sus cuerpos se movían al unísono con el resto.
No eran conscientes, pero sus manos continuaban firmemente unidas, como quien no quiere dejar escapar su destino.
Laura reía a carcajadas, una risa que era silenciada por el estruendo de los altavoces: la banda sonora perfecta para un caos desenfrenado.
En ese instante, bajo el cielo de Santander, el mundo exterior se desvaneció.
No había preocupaciones ni futuros inciertos, solo la potencia bruta del rock y una conexión inesperada entre dos almas que se habían encontrado en el epicentro de una tormenta.
Sus pies no tocaban el suelo; flotaban en una ola de euforia, libres, salvajes y completamente vivos.
El ritmo los poseía y la noche prometía ser larga. Como así fue.
Han pasado ya diez años desde aquel día.
Hoy viven juntos en Santander, en el barrio de Nueva Montaña, un antiguo sector industrial que en las últimas dos décadas ha experimentado una modernización acelerada.
Es un claro ejemplo de renovación urbana donde el legado fabril se va convirtiendo en un agradable entorno residencial.
EL SALITRE
Pablo Trueba nació hace treinta y cuatro años en Santoña, una villa cántabra famosa por su profunda tradición marinera.
Creció en una familia acomodada. Su padre era un afamado arquitecto con despacho en el centro de Santander.
No se sentían ricos, pero mantenían una vida en la que no faltaba de nada.
Su madre siempre estuvo en casa cuando él y sus dos hermanos eran pequeños.
Solo al crecer ellos retomó su afición y la convirtió en profesión, creando una academia de pintura en Santoña.
El tamaño de la localidad no daba para una gran Escuela de Bellas Artes con empleados, pero ella no la fundó por una necesidad económica; de hecho, no necesitaba trabajar.
Fue, más bien, el camino que encontró para dar rienda suelta a su pasión por el arte y ayudar a niños y mayores a desarrollar sus cualidades artísticas.
Sentirse pintora la llenaba de orgullo, después de muchos años de ser únicamente esposa y madre, más ahora que los hijos crecían y parecían no necesitarla.
Ansiaba la llegada de los fines de semana para, antes en familia y ahora en pareja, con su marido, salir a navegar y compartir con íntima complicidad lo acontecido durante la semana, mientras el mar Cantábrico los acunaba.
Esos días de descanso, después de tanto tiempo, les permitían sentirse como novios, tras años de conversaciones interrumpidas o pospuestas.