Destino: el fin del mundo
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CAPÍTULO 1
Ernesto
En su camino hacia allí, observa todo a su alrededor.
Le resulta gracioso el contraste: si bien muchos se mueven a paso acelerado, no son pocos los que dormitan entre maletas.
Las posiciones son variadas: algunos dan cabezadas en los asientos y otros, tumbados en el suelo, apoyan la cabeza sobre una mochila o algo de ropa.
Ernesto presupone que les habrá tocado hacer algún transbordo.
El resto, que ni corre ni duerme, en su mayoría mira el móvil, aunque de vez en cuando encuentra a algunos leyendo un libro o contemplando el entorno, pero realmente son los menos.
Antes de darse cuenta, está ante el mostrador de Iberia.
Ha hecho tantas veces ese trayecto que no necesita prestar atención al recorrido.
Únicamente hay una persona delante de él, a la que atienden en ese momento.
Le llama la atención la diferencia con las colas de facturación, pero lo considera lógico; no serán muchos los que se presenten allí sin billete.
Él tampoco lo ha hecho antes y supone que, para hacer cambios de billete de última hora in situ, las aglomeraciones no serán habituales.
Espera con paciencia a la distancia que marca una línea en el suelo mientras atienden al joven que le precede.
El mate que apoya en la repisa lo delata como argentino.
Cuando le toca el turno, avanza con tranquilidad.
—Hola, buenos días. Quisiera un billete para el vuelo a Tokio de hoy —solicita.
—Un momento, señor. —responde el empleado de la aerolínea mientras teclea en el ordenador y dibuja una sonrisa.
—Claro.
—Disculpe, señor, pero el vuelo está completo —le informa el empleado con gesto de disculpa.
—Bien, ¿puede mirar si hay algún asiento para el vuelo a Sídney? —propone ahora Ernesto.
—Ahora mismo —contesta el trabajador con sorpresa—. Pues sí, hay plazas disponibles.
—Perfecto. ¿Es con escalas? —se interesa Ernesto.
—Sí, en Doha, con una escala de ocho horas y cuarenta y cinco minutos.
—Buff, me parece que igual no. —lamenta Ernesto mientras se visualiza durmiendo en el suelo del aeropuerto de Doha.
—Disculpe, señor, pero me ha preguntado por vuelos a Japón y Australia… ¿Adónde quiere ir usted? —pregunta el dependiente con curiosidad.
—Pues no lo sé. Quiero coger hoy un vuelo intercontinental, pero, sinceramente, he venido sin ninguna preferencia —contesta Ernesto.
—Lo he imaginado, y la verdad es que el uno de agosto no es el mejor día para venir con esa intención. Pero le comento: el chico que tenía delante ha cancelado a última hora un billete para el vuelo que sale dentro de tres horas con destino a Buenos Aires. Tal vez le pueda interesar.
—Pues… sí, me puede interesar. ¿Tiene escalas?
—No, en este caso es un vuelo directo.
—¿En qué clase está el billete? —consulta Ernesto.
—Turista.
—Bah, igual miramos otra cosa —objeta Ernesto, para acto seguido cambiar de opinión y desdecirse de manera apresurada—: no, perdone. Resérvelo, por favor.
—Como desee, señor. —responde el dependiente mientras teclea en el ordenador.
Después de unos minutos de intercambio de datos, Ernesto logra finalmente su billete. Se aleja caminando, ahora sí, en dirección a la zona de facturación. En tres horas estará volando a la pampa argentina.
Tras cumplir los trámites aeroportuarios, se acomoda en un asiento libre a la espera del embarque.
Aprovecha ese tiempo para buscar alojamiento en Buenos Aires.
Accede a una plataforma de contratación desde su teléfono y busca de manera mecánica, como hace siempre: filtra los hoteles de 4 o 5 estrellas.
Pero de pronto cambia de opinión y decide ceñirse únicamente a los de dos y tres estrellas.
No le agrada ninguno; es lógico, no está acostumbrado a ese tipo de establecimientos, aunque finalmente se decide por La Morada del Tango, un hostal de dos estrellas en el Barrio de San Telmo.
Como tiene que poner fecha de salida, no se complica mucho y reserva dos semanas completas; considera que es tiempo suficiente para conocer la ciudad, pero no tanto como para aburrirse de ella, por lo tanto, marca el 15 de agosto.
Mientras recibe la confirmación en su correo, se sobresalta al escuchar por megafonía que su vuelo comienza a embarcar; las horas han volado mientras elegía su hospedaje para sus próximos quince días.
Quienes acceden primero son los viajeros de la clase Business.
Ernesto, esta vez, tendrá que esperar a que suban, al igual que los Turistas Premium, y después llegará su turno.
Supone que el avión utilizado en esta ruta será probablemente el Airbus A350, por lo que mentalmente calcula que, desde el primer pasajero hasta el último de los más de trescientos usuarios, el proceso se puede dilatar alrededor de cuarenta y cinco minutos.
Siempre se le hacía larga la espera en la cabina mientras entraba y entraba gente.
Esta vez le toca esperar fuera, mientras los primeros están ya cómodamente sentados en sus butacones.
Al fin accede al avión por la puerta delantera y atraviesa la cabina de la clase Business, con sus amplias poltronas de cuero que se reclinan hasta convertirse en cama.
La distribución es de cuatro asientos por fila: dos individuales en las ventanillas y otros dos juntos en el centro.
El ambiente es sobrio y elegante, y la tenue iluminación proyecta una sensación de exclusividad y calma.
Tras cruzar un arco, accede a la zona de cocina y a los baños exclusivos de esa sección, los cuales desembocan en la cabina de Turista Premium.
Aquí, la distribución es de siete butacas por fila que, aunque aparentemente cómodas, son claramente más estrechas.
También se reclinan, pero el espacio no permite que se lleguen a hacer cama.
Al final del pasillo, cruza una gruesa cortina que da paso a la zona turista.
La sensación de agobio se hace patente al instante: la configuración pasa a ser de nueve plazas por fila —tres en las ventanillas y otras tres en el centro— y las hileras se sienten claramente más apretadas.
Al acomodarse en su sitio, comprueba su temor: sus rodillas tocan el respaldo delantero, lo que limitará mucho cualquier intento de descanso.
Sus piernas, además, deberán compartir ese espacio con su mochila de mano.
El ajetreo en el pasillo es incesante mientras sigue embarcando más y más gente.
Por suerte, los techos altos minimizan ligeramente la sensación de aglomeración, pero el barullo es constante.
A su lado, finalmente, se sienta una pareja de mediana edad: el hombre se coloca junto a Ernesto y la mujer ocupa el pasillo.
Son alemanes. Se saludan cortésmente en inglés y, tras ello, la pareja continúa su conversación en su idioma.
Ernesto los entiende, pero no lo dice; tiene ganas de despegar, leer un poco si es posible e intentar dormir la mayor parte del trayecto.
Para ello, se ayudará de unos tapones para los oídos, un antifaz y una almohada de viaje.