CAPÍTULO 8
Ecos de un secreto helado
Pablo se sobresalta a consecuencia del golpe de la puerta, que se cierra bruscamente tras él.
Es un pesado portón con un muelle que la empuja con violencia; su función es evitar que el viento penetre al interior del hospital.
El gélido aire patagónico azota su cara.
No es una brisa marina cualquiera: es un viento helador, constante y salvaje, que barre la pequeña población encaramada sobre el acantilado que domina el canal.
Las calles caen serpenteando pendiente abajo y conectan la zona alta del pueblo con la actividad portuaria, a orillas del agua.
Las edificaciones son un testimonio de la dureza del lugar y la determinación de sus habitantes por plantar cara a la adversidad.
Pequeñas casas de madera, muchas con techos inclinados a dos aguas y pinturas de colores —grises, verdes oscuros, blancos—, se agolpan unas contra otras buscando protegerse de los rigores meteorológicos.
Son, principalmente, estructuras prácticas y resistentes.
Los pocos edificios públicos son construcciones sólidas, pero sin rastro de opulencia.
Las calles están convertidas en senderos embarrados por la frecuente lluvia y las flanquean farolas bajas que luchan por perforar la temprana penumbra de la tarde, alargando y retorciendo las sombras.
Pablo, demacrado por fuera pero sonriendo por dentro, observa a su alrededor: dos calles con un fuerte desnivel parecen descender hacia el puerto.
Dirige su mirada a la derecha y, entre la oscuridad y la tenue luz de una farola, intuye un callejón.
Se encamina hacia allí con decisión; en esa dirección está el restaurante que le han recomendado para cenar.
A pesar de su alta médica, sus pasos aún son lentos y pesados.
Su rostro refleja tristeza y cada pisada parece un esfuerzo.
En su interior, en cambio, irradia felicidad.
Es evidente que aún necesita algunos días más para estar al cien por cien, pero no le hace ningún mal dejar el hospital; además, la mejor cura la tendrá en Santander.
En Santo Domingo de la Calzada, por el contrario, le espera un trago amargo y duro, pero es algo que le debe a la familia de Laura.
El viento racheado aúlla por momentos, a la vez que arrastra el salobre aroma del mar y el leve olor a leña quemada del humo que se disipa al asomar por las chimeneas.
Avanza sin prisas y sus pisadas resuenan en la grava mojada.
De pronto se detiene, como si dudara de la dirección a seguir.
Tras un instante, reanuda la marcha para terminar desembocando en una pequeña plaza.
Allí, un edificio exhibe un cartel que dice: Taberna El Yagán.
Del interior procede una luz amarillenta que le permite entrever a varias personas en su interior.
Es la única construcción de la plaza; el resto del perímetro lo conforma un pequeño muro de piedra.
Se acerca con curiosidad al murete y escucha el rugir de las olas chocando violentamente contra el acantilado.
El fuerte desnivel le impide ver el mar, pero mirando a su izquierda, allí abajo, a lo lejos, ve las luces del puerto, las cuales le ayudan a calcular la altura de la caída.
Recuerda que tras desembarcar había subido una gran cuesta, pero ahora le sorprende ver de manera tan clara el fuerte desnivel.
Un repentino crujido de su estómago le recuerda el motivo por el que está ahí, por lo que se da la vuelta y se dirige a la taberna.
Empuja la puerta con suavidad y entra al local.
Al instante siente cómo las conversaciones se interrumpen y las cabezas de los clientes se giran hacia la entrada.
Después de dos incómodos segundos, cada uno vuelve a lo suyo.
Mientras se acerca a la barra, observa al hombre que la atiende, quien presenta una complexión robusta y compacta.
Es de altura media, tirando a baja. Su rostro es ancho y redondo, y sus pómulos, son marcados y prominentes.
—Hola, buenas noches. Querría cenar —dice Pablo.
—Bien. Siéntese donde prefiera, ahora le atiendo —le contesta el tabernero.
Tras girarse y observar el local, el joven se decide por un sitio en la esquina, al lado de dos amplios ventanales, y se dirige hacia allí, tras dar las gracias al camarero con una sonrisa.
Una vez sentado, observa que es una agradable estancia de madera, bastante envejecida.
No está ni nueva ni muy limpia, pero se siente una taberna muy acogedora.
La luz, de tonalidad amarillenta, colabora para crear una atmósfera más hogareña.
Los tres clientes que están sentados en taburetes en la barra son los más ruidosos.
Llevan ropa de trabajo, aunque por el tono al hablar y los vasos vacíos ante ellos, da la impresión de que hace ya bastantes horas que terminó su jornada.
Las otras áreas son más silenciosas. En la primera mesa hay cuatro personas, tres de ellas con una taza de café y la cuarta con una cerveza.
Están hablando, aunque no consigue entender ninguna palabra, en parte porque el volumen de la conversación de los clientes de la barra silencia todo lo demás.
La segunda mesa es la más silenciosa; en ella están sentados tres adolescentes, dos de ellos con vasos vacíos ante sí y, frente a la chica, uno con Coca Cola aparentemente sin tocar.
Los tres están en silencio, ni siquiera se miran.
En sus rostros se dibujan tímidas sonrisas; una tenue luz azul, que proviene de los móviles que sujeta cada uno en sus manos, les ilumina las caras.
Este efecto le recuerda a cuando, en su juventud, se alumbraba con una linterna desde abajo para contar cuentos de miedo en las acampadas con sus amigos.
De pronto se sobresalta por un ruido. Es el tabernero, que se encuentra ante él ofreciéndole la carta. Estaba tan absorto observando su alrededor que no le había visto acercarse.
—¿Qué quiere para beber?—le pregunta con una cálida sonrisa.
Pablo duda unos segundos, pero finalmente se decanta por una botella de agua.
Tras quedarse a solas, abre la carta para leer con detenimiento.
Es un listado reducido, más o menos lo que esperaba acorde al local: algunas ensaladas, platos de cuchara, pescado y carne.
Sin haberse decidido aún, llega el camarero con el agua, el pan y los cubiertos.
Le pide más tiempo para elegir el segundo plato, el que acompañará a la ensalada que quiere de primero.
Mientras lee las opciones, le llama la atención el «estofado Austral».
Busca al camarero con la vista. Está ante los tres clientes de la barra, a quienes escucha atentamente, aunque no participa mucho de la conversación. El hombre, desde la barra, se da cuenta al instante de que Pablo quiere llamarlo y, sin que haga falta hacerlo, se dirige hacia la mesa.
—¿Ha decidido ya lo que quiere cenar?
—Sí, una ensalada mixta de primero. Y de segundo… ¿Qué es el estofado austral? —pregunta Pablo.
El camarero lo mira con sus ojos rasgados y oscuros. Lo hace como lo haría alguien que es plenamente consciente de que está cometiendo una ilegalidad.
—Es una receta ancestral de la isla Navarino, un recuerdo de mis raíces y mis antepasados yaganes. No la encontrará en ningún otro sitio. Es un estofado de león marino — responde desafiante, anteponiendo a la ley las tradiciones de sus ancestros, que habitaron esas tierras hace ya seis mil años.
—Póngamelo, entonces —pide el cántabro, mientras su semblante palidece repentinamente. Debe su vida a la carne de león marino que Ernesto le cocinó en la isla. Un recuerdo triste, pero que le salvó la vida. ¡Qué mejor despedida de Puerto Williams!
—Ensalada mixta y estofado austral —murmura el tabernero mientras anota la comanda en una manoseada libreta.
Vuelve a quedarse solo y mira por uno de los ventanales que tiene detrás, pero no ve nada más que el vacío y el reflejo de su semblante en el cristal.
Nuevamente, un velo de tristeza cubre su rostro al recordar sus días en aquel islote: es algo con lo que tendrá que convivir el resto de su vida.
Por suerte, llega a la mesa una rebosante fuente de ensalada mixta con una ración, que en Santander sería para tres personas, lo cual agradece enormemente, ya que su estómago cada vez protesta más.
Mientras come los primeros bocados, se le ilumina la cara. Su expresión de satisfacción contrasta con un plato tan sencillo. Se la termina entera e incluso rebaña la fuente con el pan.
—Uy, perdón. ¿Le he traído la fuente vacía? —dice el camarero en tono burlesco.
—Estaba muy rica, muchas gracias —contesta Pablo, agradeciéndole la broma.
El hombre le devuelve la sonrisa mientras le retira el plato. El joven mira nuevamente a su alrededor. Esta vez sí se da cuenta de que el camarero llega con el segundo, se lo pone delante y se aleja en silencio.
Mientras baja la mirada hacia el plato, se ve claramente cómo la tristeza se apodera de él. El recuerdo de la isla es doloroso, pero quiere acometer esa cena como una despedida de esos horribles días y un homenaje al animal que lo salvó in extremis de la muerte.
La comida tiene muy buena pinta; es una carne estofada con una salsa densa y concentrada. Sin embargo, la observa con tristeza, con la mirada perdida, en una actitud similar a la de quien reza a su dios.
Después de un rato de meditación y recuerdo, coge los cubiertos y, tras otra pausa, comienza a cortar la carne suavemente, sin prisa. Aquí empieza su nueva vida, una etapa en la que deja atrás el sufrimiento en la prisión de hielo en la que estuvo encerrado.
Con lentitud se la lleva a la boca y, mientras la mastica, su expresión cambia: la mirada, antes perdida, se vuelve pensativa; el sabor es muy rico pero fuerte, nada insípido, probablemente por la cuidada salsa.
En su rostro, la tristeza da paso a un rictus serio.
No. Esa carne definitivamente no es la que él comió en la isla.
Aquella era más cercana a un filete; esta, en cambio, se asemeja al hígado, pero con sabor a pescado.
Tras meterse dos trozos en la boca, deja los cubiertos cruzados en el plato, No necesita más para saber que la carne que le dio Ernesto en la isla no era de león marino. Le mintió, pero ¿por qué? En la isla no había ningún otro animal, si acaso algún ave o pingüino. Claramente le mintió.
El camarero, a pesar de estar enfrascado en la conversación cada vez más bulliciosa de la barra, observa por el rabillo del ojo a Pablo.
Es la primera vez que lo ve en el pueblo.
Obviamente no es de Puerto Williams; probablemente sea algún científico de alguna expedición.
Por cómo ha dejado los cubiertos, intuye que ya ha terminado, por lo que se dirige hacia la mesa.
—¿No le ha gustado nuestro estofado? —le pregunta, entre molesto y entristecido.
—Sí, estaba muy rico, pero me he debido llenar con la ensalada —contesta el joven. Aunque esas palabras no concuerdan con su semblante, su interior es un mar de dudas e ira.
—¿Quiere un café o postre? —pregunta el camarero, sin creerse realmente que el plato le haya gustado.
—No me entra nada más. ¿Me trae la cuenta, por favor? —le pide de manera robótica.
—Enseguida —responde el camarero.
Mientras este se aleja, a mitad de camino vuelve a mirar a la mesa, sin entender muy bien lo que ha pasado.
Pablo paga la cuenta. Al levantarse, deja sobre la mesa una más que generosa propina y se despide del camarero. Mientras se dirige hacia la puerta, siente el silencio del local en su espalda. Supone que están todos mirándolo, excepto los adolescentes, que continuarán abducidos por sus móviles.
Sale al exterior. La oscuridad se ha intensificado y las farolas cada vez alumbran menos.
Avanza con paso decidido, pero no va hacia el pueblo: se dirige nuevamente al murete de enfrente.
Al llegar, se detiene frente a él, escuchando vagamente el rugir de las olas, un sonido casi silenciado por los aullidos del viento.
Se sube al muro y mira hacia arriba. Ernesto le mintió, pero ahora todo cuadra; por fin entiende algunas incongruencias de su vida en la isla. Ata cabos: esa carne que le cocinaba con cara de amargura y que él mismo no llegó a probar. Ernesto le aseguró que sí, pero en ningún momento lo vio comer.
Eran pequeños trozos de Laura. Se había comido a Laura.
Horrorizado, sin dudarlo, Pablo salta al vacío.