35 Salto de Fe
Salto de Fe
Fel'annár se despertó justo antes del amanecer, con los recuerdos del Kal'hamén'Ar y del Baile de Lan Taria aún vívidos en la mente. Aquello le hizo sonreír y se giró para contemplar la figura dormida de Llyniel.
Debía levantarse, enfrentarse al día en que se convertiría en príncipe.
Apoyándose en un codo, observó a su amante dormir, resistiendo el impulso de recorrer el contorno de sus labios. Solo quería mirar cómo respiraba, dar gracias por la paz que veía en su rostro por primera vez desde su regreso del Bosque Perenne.
Podría haber muerto la noche anterior junto con Handir. Pero los árboles no lo permitieron, le habían avisado justo a tiempo.
Unos ojos color miel se abrieron, se centraron en él y sonrieron, solo para vacilar segundos después.
—Oh, dioses, es hoy.
La sonrisa de Fel'annár se convirtió en una risita. —¿Nerviosa?
—Claro que lo estoy, y ni se te ocurra decirme que tú no lo estás —le señaló con un dedo acusador, pero el rostro tras él sonreía—. Estarán golpeando a nuestras puertas en muy poco tiempo.
—No creo que te vea hasta que estemos todos engalanados y oliendo a flores.
—¿Es eso lo que nos harán?
—¿Cómo voy a saberlo yo? Nunca he visto una coronación —Fel'annár se levantó de la cama y caminó hacia la ventana.
Miró hacia la parte frontal de la fortaleza, observó el flujo constante de silvanos que ya a esa hora acudían en masa al lugar donde se celebraría la coronación.
Algunos incluso habían dormido cerca de la plataforma elevada que los carpinteros habían erigido en el patio, especialmente para la ocasión.
Este era el día de ellos también, tanto como el de Fel'annár y Llyniel, pues ¿acaso no le habían protegido cuando todavía era demasiado joven para comprenderlo?
¿No habían reclamado siempre a Fel'annár como su legítimo príncipe y, a su vez, declarado ante el mundo entero que Lássira había sido la legítima reina?
Sintió unos brazos rodeándole la cintura y ahuyentó los recuerdos no deseados de Telzorán. Se relajó al sentir el cuerpo de Llyniel presionarse contra el suyo.
—Han venido para verte. Han venido para ver cómo se hace justicia, por fin. Siempre fuiste su príncipe, incluso de niño. Por aquel entonces, nunca pudieron proclamarlo, no hasta ahora. Los días de fiesta serán largos, amor mío.
Fel'annár se apartó de la ventana y la miró sonriente. —Estamos en paz; por primera vez que yo recuerde, nuestro hogar forestal no se enfrenta a más enemigos que los Desviados. Ha llegado nuestro momento de hablar del futuro, de lo que nosotros queremos de esta vida.
—¿Exigirá Thargodén que vivamos aquí, en la ciudad?
—Creo que se llegará a un compromiso. Por mi parte, no quiero eso, y sé que tú tampoco.
Creo que él aceptará nuestros planes, siempre y cuando estemos lo bastante cerca de la ciudad.
Cuando terminen estos días de celebración, viajaremos a aquel lugar más allá de Sen Garay y construiremos nuestro hogar.
Llyniel le sonrió. —Nunca sabré qué te ocurrió en el Bosque Perenne, y sé que debo dejar de preguntártelo. Pero quienquiera que te ayudase, quienquiera que te curase lo suficiente como para regresar conmigo... siempre le estaré agradecida.
A Fel'annár se le empañaron los ojos mientras sonreía. Ella tenía razón. Nunca podría saberlo, no aquí en Bel'arán. La atrajo hacia sí, la rodeó con los brazos y, en su mente, vio a Or'Talán devolviéndole la sonrisa.
Te estaré observando, a través de las nieblas entre mundos.
El recuerdo más tenue de una promesa olvidada bordeó su conciencia, y él lo rechazó. Se había prometido seguir adelante, no mirar atrás. Unos golpes insistentes en la puerta le sacaron de sus pensamientos. Fel'annár frunció el ceño y sonrió al mismo tiempo, y Llyniel soltó una carcajada.
—Ha llegado nuestro momento.
Fel'annár la besó. —Aguantaremos, y esta noche, comenzarán nuestros propios sueños.
Thargodén y Rinon estaban en los aposentos del rey, aún sin vestir para las solemnes celebraciones del día.
La noche anterior había sido gloriosa en todos los sentidos posibles, pero Rinon advertía que algo perturbaba a su padre.
—Cuando caíste en las puertas, me pregunté si habías muerto. Yo estaba herido y Turion acababa de morir. Fel'annár pidió a Sorei y a Salo que me llevaran a las Salas de Curación. Fue Sorei quien prometió que te encontraría, y en ese momento, vi a una reina, Rinon. Vi a la futura reina de Ea Uaré.
Rinon se volvió hacia el perfil de su padre y lo estudió un momento. —Eso no sucederá hasta dentro de mucho tiempo.
—Thargodén se volvió para sostenerle la mirada—. Lássira se ha encontrado a sí misma. Ha vuelto a la vida en Naz'arán.
La comprensión fue rápida y una ola de dolor invadió a Rinon, tan fuerte que se tambaleó donde estaba. —No estoy preparado.
—Lo estás, Rinon. Sorei te presta la estabilidad que necesitas. Ella te ancla. Deja que reine a tu lado, como una igual, como Lássira siempre debería haber hecho al mío. Lidera a nuestro pueblo, mantén esta paz por la que tanto hemos luchado y deja que Handir, Maeneth y Fel'annár te ayuden.
Rinon tardó un rato en articular su siguiente pregunta, y cuando habló, fue con una derrota silenciosa, pues por primera vez había visto esperanza en los ojos de su padre.
Vio una llama inextinguible, una necesidad insoportable de encontrar a Lássira.
La culpa le asaltó, incluso mientras su padre tomaba la coronada cabeza entre las manos y le besaba la frente.
A través de la niebla del pesar, Rinon recordó sus rencorosas palabras hacia su padre, palabras que pretendían herir, tal como su padre le había herido a él sin querer.
¿Tú qué sabrás?
¡No te metas en mi vida!
Haré lo que crea que es correcto
Bastardo silvano
No lo aceptaré
¡Eres débil!
Una vez te quise
Aún te quiero.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. Debía perdonarse a sí mismo por los años que había pasado arremetiendo contra su padre. Incluso por las veces que había rechazado a Fel'annár. Siempre se había tratado de herir a su padre, porque sabía cuánto significaba Fel'annár para él.
Ahora, con la sabiduría que otorgan la guerra y el amor, le sonrió al niño que llevaba dentro y le dijo que lo comprendía.
Se fundió en el abrazo de su padre, sabiendo que un día cercano se convertiría en rey.
Las campanas repicaban por toda la ciudad, mientras los Ashorns silvanos bramaban sobre las almenas.
Los reyes de Tar'eastór, Pelagia y Ea Uaré aguardaban coronados y ataviados con largas túnicas vaporosas que se derramaban por el suelo alrededor de sus exquisitas botas; cabellos de trigo estival, plata y negro medianoche brillaban como ríos de seda sobre los mantos de gala.
Todo el patio era un mar de color, con los elfos alzando la vista hacia la plataforma donde los reyes esperaban a quienes iban a ser coronados, a aquel a quien muchos de ellos habían protegido para que sobreviviera y viera este día.
Las puertas, aún no del todo restauradas, permanecían entornadas. Más allá de ellas, el Gran Cinturón Forestal permanecía totalmente inmóvil.
Gor'sadén, Bulan y Hobin estaban cerca de la familia real y de sus distinguidos invitados; entre ellos, La Compañía, engalanada con sus uniformes de ceremonia.
Los guerreros los miraban, permitían que aquellas leyendas les ensalzaran, les hicieran creer que podían lograr cualquier cosa que se propusieran. Entre ellos, el capitán Yerái estaba junto a Lord Koldur de Abiren'á y otros que habían querido asistir. Sonreían, erguidos y orgullosos.
—Los árboles entonan un heraldo para el señor del bosque, nuestro príncipe silvano.
—Como siempre fue, Yerái —dijo Koldur.
Amareth, Erthoron, Lorthil y Narosén, los ancianos silvanos que habían luchado por sus derechos, por su libertad, y la habían visto dar sus frutos a pesar de que trajera la guerra; una guerra que silvanos y alpinos habían luchado finalmente juntos, contra los verdaderos enemigos que habían sido Band'orán y luego los Nim'uán.
Sontúr buscó la mano de Maeneth, Sorei buscó la de Rinon, y Thargodén puso una mano sobre la suya, con la esmeralda completa que aún brillaba con el mismo verde intenso de los ojos de Lássira, de los de Fel'annár.
Cuando los cuernos sonaron una vez más, todas las miradas se volvieron hacia las puertas principales y la gente se apartó para dejar paso al señor de la guerra y a los Lestari.
Una voz se alzó en una canción y el primero de los tambores del bosque marcó un ritmo que era a la vez alegre y poderoso. Mientras las voces se elevaban en un canto nativo de celebración, Fel'annár se volvió hacia Llyniel.
—¿Juntos?
Llyniel sonrió, le tendió la mano y la puso sobre la suya.
La larga capa de Fel'annár, de un verde vibrante, descansaba sobre una túnica azul cielo, con el cuello abierto hasta la base de la garganta. El vestido de Llyniel se ajustaba a la figura para luego abrirse hacia fuera, rozando el camino alfombrado hacia la plataforma.
Los cabellos de ambos contaban la historia de sus vidas y, esta mañana, había sido Handir quien le había hecho el honor a Fel'annár.
Había investigado, por supuesto; su fuente principal de información había sido Amareth, de quien decían que había derramado una lágrima cuando le dijo a Handir que tejiera la trenza del linaje, una que ella misma nunca le había hecho de niño.
Todas las piedras de honor estaban de nuevo en el cabello de Fel'annár.
La de Alféna, la de Pan'assár que Lássira le dio a Or'Talán.
Pero una nueva descansaba junto a ellas, una que Galdith solía llevar.
Fel'annár juró llevarla en memoria del Guerrero Feroz.
Sonrió ante el recuerdo de Carodel mientras colocaba con cuidado el cuchillo de hierbas de Galadan dentro de la bota, sabiendo lo que había significado para su querido amigo Galdith.
Caminaron por la senda alfombrada entre la multitud y luego subieron las escaleras hacia la plataforma principal.