Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 35 Salto de Fe #2
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35 Salto de Fe #2

Allí, justo al comienzo de ese camino hacia el rey y su destino, estaba Carodel con el uniforme de ceremonia de teniente.

Fel'annár le sonrió, mientras afloraban los recuerdos del día en que conoció al Guerrero Bardo.

Su ingenio, su lengua lírica, sus travesuras y el corazón que tan celosamente guardaba; Fel'annár había enfrentado muchas pruebas a su lado.

A continuación, Fel'annár pasó junto a Idernon y Ramien, a quienes había conocido de niño. Los tres habían sido siempre hermanos y siempre lo serían. Hicieran lo que hicieran ahora él y Llyniel, dondequiera que se aventuraran, Fel'annár sabía que estarían cerca.

A su lado, Gor'sadén estaba con Hobin y Bulan.

Los tres comandantes habían forjado una amistad singular desde que se unieron a Fel'annár en el viaje al norte, hacia la segunda Guerra de los Nim'uán que pensaron que sería la última. Su padre elegido, su tío, su guía espiritual; nunca podría olvidar lo que habían hecho por él.

Handir, Rinon y Maeneth se inclinaron ante Fel'annár y Llyniel mientras se acercaban al rey.

Eran los tres hermanos que nunca había imaginado tener.

Pero era Handir con quien siempre estaría más unido, el hermano que casi siempre le había aceptado, comprendiéndole como pocos otros podían hacerlo.

El vuelo sobre las Cataratas del Horizonte había consolidado ese vínculo de verdadera hermandad. Ninguna fuerza lo desharía jamás.

Finalmente, el rey aguardaba solo, pero Fel'annár casi podía imaginar a Or'Talán a un lado y a Lássira al otro. Deberían haber sido tres, pero solo quedaba uno.

Incluso en su soledad, Fel'annár sentía su poder. Con todas las galas reales, la corona enjoyada se asentaba baja sobre las orejas, cayendo más allá del cuello de la capa azul oscuro.

Pero eran los ojos las joyas más brillantes de todas, ojos que portaban la luz de la vida, la misma luz que parecía emanar de la esmeralda del dedo: Fel'annár. Su padre ya no estaba perdido, ya no estaba de duelo.

—Fel'annár Ar Lássira, Ar Thargodén. ¿Aceptáis el deber que se os ofrece de servir al reino de Ea Uaré como príncipe?

—Lo acepto.

Thargodén se volvió.

—Llyniel Ara Miren, Ara'dán. ¿Aceptáis el deber que se os ofrece de servir al reino de Ea Uaré como princesa?

Ella miró a Fel'annár y sonrió. —Lo acepto.

Handir y Maeneth dieron un paso al frente con sendos cojines en las manos. Thargodén coronó a su hijo y a su alma gemela, y luego retrocedió.

—Príncipe Fel'annár, princesa Llyniel.

Se giraron para mirar al mar de silvanos y alpinos sonrientes y a un puñado de Pelagianos. Amareth lloraba y Lorthil fingía que no lo hacía, mientras Alféna asentía con satisfacción y Eloran saludaba y luego se sonrojaba.

Macurian se mantenía erguido al hombro de Handir e hizo una reverencia ante los recién coronados príncipe y princesa. Justo detrás de él, el general Airen y los capitanes Enar y Xiané hicieron lo mismo.

Un coro silvano comenzó un canto de celebración y ni siquiera flaqueó cuando un estallido de sonido llegó desde el bosque.

Era un sonido del norte que los guerreros recordaban —las Hermanas— enviando sus propias palabras de celebración.

Más allá de las puertas de la ciudad, los árboles se mecían suavemente mientras estallaban en flores.

Era otoño pero, solo por ese día, los colores de la primavera florecían en sus corazones.

Aquello hizo sonreír a Fel'annár, que se volvió hacia Llyniel y vio su alegría reflejada en el rostro de ella.

Pétalos de rosa caían desde los balcones, tamborileando suavemente sobre ellos como una lluvia perfumada, y entonces una luciérnaga se posó sobre la corona de Llyniel. En efecto, Or'Talán los estaba observando.

Desde una alta aguja, tres Shirán contemplaban la coronación.

—Tantos años después...

Ket'subá se volvió hacia Lerita. —Demasiados. Esta misión fue declarada fracasada casi por completo en muchas ocasiones.

—Y, sin embargo, aquí estamos, al final de la misma, aunque el resultado no sea exactamente lo que esperábamos.

Ket'subá asintió hacia Narosén. —En efecto. Pero, por otro lado, hemos presenciado el nacimiento de un portador de la luz, tal como Aria predijo. El resultado merece los sacrificios que hicimos.

Lerita frunció los labios. —Unos más que otros. Aun así, debemos esperar que la recompensa para los caídos sea igual de grande.

Ket'subá rara vez sonreía, pero lo hizo en ese momento. —Narosén, has sido mis ojos en el bosque, tal como Lerita ha sido mi mente en la ciudad, la comandante de mis fuerzas en Ea Uaré. Lo has hecho bien, mereces descansar un tiempo.

—Volveré a Sen'oléi hasta que me llames de nuevo, señor Ket'subá.

El líder de la Orden de Shirán asintió y se giró hacia Lerita. —¿Y tú, Maestra del Gremio?

Ella sopesó la pregunta cuidadosamente. —Fel'annár necesitará ayuda. No podemos abandonarlo ahora.

—Para eso tiene a Lainon, Lerita. Tú no puedes hacer nada más.

Una sonrisa triste transformó las facciones habitualmente gélidas. —Será difícil dejarlo ir, pero, por otra parte, tal vez mi próxima misión me lleve al Refugio.

Ket'subá enarcó una ceja. —Y bien sé que disfrutarías de ello. Por ahora, es hora de que me marche. Tendrás noticias mías pronto.

Lerita y Narosén alzaron un ala y una pata a modo de despedida, observando cómo la luz rodeaba a su líder. Con un destello y el sonido de pies correteando, Ket'subá partió hacia Tar'eastór y más allá.

—De vuelta al trabajo, pues, Ari'atór Espiritual. Pronto habrá un nuevo rey al que instruir.

Narosén sonrió mientras los ojos azules destellaban. Entre gorjeos, desapareció en un estallido de pelaje.

Esa noche, Fel'annár se despidió de La Compañía y de su princesa. Se lo habían permitido; de algún modo habían percibido su necesidad de soledad.

Al otro lado del patio, se inclinó ante quienes lo vitoreaban, cruzó las puertas y caminó, sin dirigirse a ningún lugar en particular.

El suelo bajo las botas estaba carbonizado por el Fuego Pelágico, y se dirigió al este, hacia las colinas que descendían suavemente. A leguas de distancia, marcarían el comienzo de las estribaciones de las Montañas Medianas.

En el punto más alto de una de esas colinas, se detuvo a contemplar el mundo ante él.

Detrás quedaba la ciudad, la nueva torre de piedra y la meseta rota desde la que había caído, donde Tensári y Galdith habían muerto, donde Idernon y Carodel casi lo hicieron.

Todo había cambiado desde su Despertar en el Bosque Perenne. En efecto, había visto el mundo bajo una luz diferente, tal como Or'Talán había dicho que haría. Le había prometido a su abuelo no hablar de las cosas que había visto y oído a menos que fuera ante un Shirán.

Nunca había recordado la otra promesa que sabía que había hecho, y quizá fuera mejor así. Y aun así, ¿cómo podría cumplir esa promesa si no era capaz de recordarla?

Se sentó sobre una gran roca y se pasó una mano por el rostro.

—Es una noche hermosa.

Fel'annár se puso en pie de un salto y se dio la vuelta, solo para encontrarse con los brillantes ojos azules de Lainon.

Lo escudriñó, buscó en ese rostro oscuro que tan bien conocía, con el corazón retumbándole en los oídos mientras buscaba señales de que Lainon estuviera enfadado con él por no haber estado con Tensári al final.

—No puedo quedarme mucho tiempo.

Fel'annár soltó un largo suspiro, intentando calmar los nervios. —¿Responderás a mis preguntas, hermano?

Lainon se volvió hacia él, con esa extraña luz del Bosque Perenne en los ojos. —Sí, sí que responderé a tus preguntas, Fel'annár.

Se preguntó si habría oído bien. Lainon nunca había respondido a sus preguntas, al menos no con palabras. Siempre había tenido que leer la verdad en sus expresiones. Algo había cambiado, pero no pensaba desperdiciar el poco tiempo que tenía con esa cuestión.

—¿Se ha encontrado Tensári a sí misma?

—Sí.

—¿Y? ¿Ha elegido a los Shirán?

Las facciones severas de Lainon se suavizaron al responder. —Sí. Es una novicia, y lo será hasta que esté del todo bien, hasta que haya aprendido la realidad de su nuevo ser, de su nuevo mundo.

—Lo siento, Lainon. No pude ayudarla. Murió mientras yo estaba inconsciente. No pude…

—Lo sé. Los tres sabíamos que esto ocurriría, tarde o temprano.

Fel'annár asintió, dejando que el alivio lo sosegara. Incluso logró esbozar una sonrisa. —¿La verás más a menudo ahora?

Lainon se encogió de hombros. —Eso depende de mi próxima misión. Tu cometido se ha cumplido; ya no hay razón para que yo venga más por aquí.

Fel'annár apartó la mirada. —Te echaré de menos, hermano. Dile a Tensári… dile que la queremos, que la extrañamos, que nunca la olvidaremos.

—Cuando la vea, se lo diré.

—Y otra cosa, Lainon. Turion quería que te quedaras con su espada. Si no puedes venir a por ella, la llevaré al gremio académico.

—La encontraré.

—Lo sé —Fel'annár sonrió, pero el gesto se desvaneció pronto y la mirada, turbia, se le fue hacia el Bosque Perenne, a sus espaldas. No podía decirle adiós, no a Lainon. Ni siquiera sabía qué decir. Fue Lainon quien habló primero.

—Prométeme que encontrarás la felicidad que mereces, Fel'annár. Prométeme que aprovecharás el tiempo que se te ha concedido.

Fel'annár contempló a su amigo, a su hermano, a ese extraordinario elfo al que había conocido cuando más lo necesitaba.

—Promesas… le prometí a Or'Talán que no hablaría de nuestro encuentro y… prometí algo más. Pero por mucho que lo intento, no logro recordarlo. ¿Cómo puedo cumplir esa promesa si no recuerdo cuál era?

El ceño de Lainon se frunció, y luego se dio la vuelta y se acercó al borde de la colina. Abajo, la ciudad brillaba con la luz de miles de velas y la música seguía sonando en las salas del rey. Se sobresaltó cuando Fel'annár habló.

—¿Tú lo sabes? ¿Sabes qué fue lo que prometí? ¿Puedes responder a esa pregunta, Lainon?

Fel'annár no creía que fuera a responder; estaba a punto de decir algo banal para que la despedida no fuera tan dolorosa, cuando Lainon contestó, de espaldas a él.

—Me hace desear que las cosas no hubieran sucedido como lo hicieron, para no tener que responderte.