Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 34 La Serie Final #5
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34 La Serie Final #5

Los capitanes silvanos no tardaron en unirse al baile, mientras los sirvientes soltaban las bandejas en la mesa más cercana y corrían a bailar.

En poco tiempo, decenas de parejas se deslizaban y giraban en círculos, con túnicas y capas ondeando ante los alegres espectadores mientras el ritmo se aceleraba.

Reían, se daban palmaditas en los muslos mientras miraban, y cuando Sontúr y Maeneth bailaron frente a ellos, vitorearon con tanta fuerza como cuando Fel'annár y Llyniel pasaron volando.

Lentamente, aquella expresión de pavor y horror se había transformado en emoción y júbilo.

—¡Lo estás logrando! —gritó Fel'annár al pasar junto a Sontúr.

—¡He aprendido más de lo que pensaba! —le respondió gritando, y luego casi se cae. Maeneth lo sostuvo, pero no era fácil bailar un baile rápido y reír al mismo tiempo.

Vasanth apenas podía mantenerse en pie, de lo fuerte que era Ramien. Le dio varios puñetazos en el brazo para que parara. En lugar de eso, él rió con más ganas.

Idernon y Miren no eran más que pelo y túnicas mientras pasaban veloces ante Erthoron, Lorthil, Narosén, Ket'subá y Lerita.

—¿Lista para la Serie Final, sanadora?

—¡Haz lo que puedas, guerrero! —Su chula réplica se convirtió en un grito prolongado cuando Fel'annár la hizo girar y los pies le despegaron del suelo.

La multitud vitoreaba, pateaba el suelo y daba palmas siguiendo el ritmo. Silbidos y gritos acompañaron a las cuerdas y tambores cuando alcanzaron un ritmo frenético.

—¡Hwind'atór! —gritó Ramien.

Fel'annár reía y reía, mientras Idernon lanzaba a Miren al aire, la atrapaba y se alejaba luego en un giro. Fel'annár fue el siguiente, observando cómo Llyniel giraba hacia arriba. La atrapó con ambos brazos y la besó mientras los bailarines giraban a su alrededor, como un torbellino.

Terminado el beso, volvieron al baile, y Fel'annár los guio ante el rey, Bulan, Hobin y Vorn'asté. La falda de Llyniel rozó a estos mientras ella gritaba y luego reía histéricamente, apenas capaz de sujetarse a los hombros de Fel'annár.

Gor'sadén jadeaba de risa, inclinado hacia delante y dándose palmadas en los muslos. Aradan soltó una carcajada y Hobin alzó la copa en un saludo a los elfos danzantes.

La melodía terminó en una nota alta y los bailarines se detuvieron de un salto. La multitud gritó y vitoreó, y las parejas se sonrieron mutuamente, con el pecho agitado y los rostros iluminados.

Fel'annár tomó el brazo de Llyniel y luego tropezó con Sontúr. Estaba mareado, advirtió Fel'annár, y Maeneth reía mientras lo mantenía erguido.

—Podrías haberme avisado. —Con el labio curvado en un falso disgusto, Fel'annár echó la cabeza hacia atrás y rió.

Desde más lejos, Handir resopló hinchando las mejillas. —Bendita sea mi piel alpina, tengo que aprender eso.

—Te descoyuntarías, hermano.

Handir se encogió de hombros. —Tienes razón.

Rinon sonrió y apretó la mano de Sorei.

—Pero yo no. ¡Debemos aprenderlo!

Rinon palideció y dio un trago a su vino.

Al lado del príncipe heredero, Thargodén los observaba a todos. Había sonreído y reído, jadeado y vuelto a reír.

Cuánto amaba a sus hijos. Orgullo era simplemente una palabra insuficiente.

En su mente, Lássira le devolvía la mirada, y él alzó la mano y rozó con un dedo la trenza de unión. Vio la sonrisa de ella, los ojos de esmeralda líquida, el amor que le profesaban.

Una vez que sus hijos se hubieran asentado y su reino estuviera asegurado, Thargodén Ar Or'Talán abandonaría estas costas para siempre, y se preguntó si Alei se uniría a él.

Mañana hablaría con ella, y con Rinon.

—Vaya día —dijo Handir, reprimiendo a medias un gemido mientras se sentaba en su silla favorita ante el fuego en sus aposentos.

—¡Vaya noche! —dijo Llyniel mientras se sentaba frente a él. Fel'annár se apostó en el brazo de la silla de ella y le susurró al oído—: Aún no has visto nada.

Ella le dio un codazo e ignoró el gesto de fastidio de Handir.

—¿Tengo que levantarme y servirme yo misma, entonces?

—Llyniel miró a su amigo con falso enfado, desviando la vista hacia el aparador.

Había traído vino de moras de su reserva personal, para usar solo en ocasiones especiales como aquella.

—Eres un incordio para mi real trasero —masculló él, levantándose de la silla.

Fel'annár rió al ver a Handir abrir la botella con experimentada soltura.

—¿Entonces Miren no tuvo problemas cuando le dijisteis que ya estabais casados por el rito silvano?

—Es mi madre, por supuesto que tuvo problemas —respondió Llyniel con leve exasperación—. Ella quería la gran boda alpina, pero con la coronación en marcha, simplemente no nos pareció necesario ni práctico. Me resulta difícil justificar el gasto tan pronto después de la guerra.

—La mayoría ya nos considera una pareja casada —añadió Fel'annár—. Solo unos pocos alpinos estirados intentaron armar ruido, pero mi padre acalló sus quejas. Luce su trenza de unión con orgullo y les dejó claro que eso era prueba suficiente.

—Le cambiaste la vida el día que le regalaste esos objetos que le trajiste. Hay en él una alegría que no he visto desde que éramos niños.

—Es un cierre. Leer las últimas palabras que su padre le dirigió, saber que era amado, que su padre no lo abandonó. Y luego las palabras de Lássira, su regreso. Por fin tiene algo que esperar con ilusión. —Fel'annár sonrió y observó cómo Handir servía el vino.

—¿Fel'annár?

—No. He tenido suficiente.

Handir sirvió dos copas de vino y caminó pausadamente hasta donde estaba sentada Llyniel. Le entregó una copa, sostuvo la otra y volvió a sentarse.

Elevando la copa a la altura de los ojos, admiró el profundo color rubí y se la llevó a los labios. Llyniel observaba con fascinación, esperando su veredicto antes de tomar ella también el primer sorbo.

Fel'annár estaba cansado. Las actividades del día, la alegría que regresaba a su vida, el vino, la comida y el calor del fuego… cerró los ojos y disfrutó de la cómoda compañía de sus amigos.

Peligro.

Abrió los ojos.

Veneno.

La mirada se le desvió hacia Handir, viéndolo sorber el vino.

—¡Para! Escúpelo, Handir. ¡Escúpelo ya!

Un chorro de color rojo brillante explotó de la boca de Handir, manchando las ropas principescas, salpicando el rostro y el cabello. Handir se quedó helado, mirándose las manos cubiertas de vino y la túnica arruinada.

Llyniel y Fel'annár se pusieron en pie, mirándolo con asombro. —¿Tragaste algo? —preguntó Fel'annár.

Handir se volvió hacia él, con los ojos entornados y brillantes. —¿Qué crees tú?

Llyniel arrastró a Handir al cuarto de baño. —¡Enjuágate la boca ahora mismo!

Momentos después regresaron, viendo cómo Fel'annár cogía la botella y la olía.

—¿Crees que el vino está envenenado? —preguntó Llyniel.

—Sé que lo está —dijo Fel'annár, desviando la mirada hacia un lado, con un leve fulgor en los ojos.

—¿Qué dicen ellos? —preguntó Llyniel.

—Hablan de los Ilícitos. ¿Por qué harían eso? —Fel'annár se volvió hacia Llyniel y luego hacia Handir.

—Debe de ser el mismo veneno usado en las mazmorras. Sospechábamos que Nestar había preparado una toxina indetectable, pero no pudimos encontrar pruebas.

—Analizaré la botella mañana —dijo Llyniel, quitándosela a Fel'annár y metiendo el corcho—. Y destruiré el resto de botellas. Pero ¿por qué querría Nestar envenenar mi vino?

—Venganza, por ocupar su puesto como Lestari.

—Y… —continuó Llyniel—, Nestar sabía que tú y yo somos buenos amigos, que a menudo compartimos vino. Seguramente pensó que también podía vengarse de ti por haberlo desenmascarado y deshonrado frente al rey.

El labio de Fel'annár se curvó. Su esposa y su hermano casi habían sido envenenados, y el recuerdo de los restos torturados de Nestar y Melu'sán acudió a la mente. —Sentí lástima por su final. Ahora, estoy tentado de decir que se lo merecía.

—Me debes una túnica nueva —dijo Handir, mirándose con asco—. Esta era mi favorita. Jamás sacaré estas manchas.

Handir estaba más preocupado por el destino de la túnica principesca que por haber escapado por los pelos de una muerte espantosa.

Fel'annár y Llyniel lo miraron, luego se miraron entre sí. A Llyniel le temblaba la barbilla mientras los labios de Fel'annár se crispaban y luego se torcían. Pero fue inútil y, juntos, estallaron en ruidosas carcajadas.