32 Al Otro Lado de la Frontera #2
Los árboles gritaban y el suelo retumbaba de forma sorda y prolongada. Las hojas revoloteaban agitadas, atrapadas en una brisa antinatural.
Una vorágine.
Vio a su madre corriendo entre los árboles con un bulto apretado contra el pecho. Tras ella, un asesino oscuro. Un olor a especias quedaba a su paso; Fel'annár podía olerlo desde donde yacía, bien por encima de ella, en los árboles cimbreantes. Recordaba aquel aroma.
No era un Ari'atór, sino un Señor de la Arena.
Él quería llorar, pero la dama le miró y sonrió mientras se ponía un dedo en los labios.
Silencio.
De algún modo supo que su madre se había ido, pero aun así no lloró, ni siquiera cuando voló a través de las ramas con el bosque como un borrón a su alrededor.
En su mente, vio el hermoso rostro de su madre, mirando sin vida hacia el dosel de su hogar forestal mientras las hojas se posaban lentamente tras la vorágine, cubriendo el cuerpo inerte. No había ningún bulto a su lado.
Cuando Fel'annár emergió de las profundas aguas de su sueño, advirtió que debía de haber gritado; de hecho, Gor'sadén estaba agachado ante él y la mirada se le posó un instante en el libro abierto sobre el pecho.
—¿Estás bien?
—Sí, perdóname —susurró.
Gor'sadén asintió y no le preguntó nada.
—Vuelve a dormir.
Fel'annár se puso de costado. No sabría decir si el sueño había sido su propia interpretación o si la verdad le había llegado de alguna otra forma.
¿Había provocado él de algún modo la vorágine siendo un bebé?
Incluso entonces, Aria había estado con él, le había salvado de ser descubierto. Aquel momento había quedado grabado en su joven mente, le había acompañado en su camino hacia la comprensión, hasta este mismo instante.
Él siempre había oído a los árboles y ellos le habían oído a él. Todo lo que había necesitado era aprender a usar ese don, aprender el Kal'hamén'Ar y elevarlo a su máxima expresión a través del Dohai.
Cerró los ojos y la comprensión llegó de golpe. Amareth creía que el asesino de su madre había sido un Ari'atór. Por eso no quería hablar de ello, por eso le había ocultado, lejos de la vista, lo más lejos posible de Abiren'á. El hogar de Bulan era la sede de los Ari'atór en Ea Uaré.
Ella se había equivocado.
Estaba tan agotado que los ojos se le cerraron por sí solos. Caía ya en un sueño profundo, pero una última escena acudió a él: detalles simples de su sueño anterior y, sin embargo, sus implicaciones eran profundas.
Mientras yacía en las ramas de los árboles, agitando gorditas manos y piernas alegremente, el bebé reía y gritaba con júbilo, estirando las manos hacia la ardilla que castañeteaba de forma cómica desde una rama cercana.
A su lado se posó un reyezuelo y, a lo lejos, un búho ululó indicando que todo estaba en calma, que el enemigo se había marchado.
Ya estaban cerca de la ciudad, con solo una noche más de camino antes de que Fel'annár se enfrentara a un mundo que le creía muerto. Su cuerpo aún estaba maltrecho, pero no sus recuerdos del pasado.
Volvería a ver a Llyniel, volvería a ver a La Compañía —o lo que quedaba de ella—. Tensári y Galdith se habían ido, pero Idernon y Carodel habían sobrevivido.
Aceptaría las órdenes de Llyniel de descansar, se sometería a los tratamientos que ella considerara necesarios y, en cuanto pudiera, se uniría a los esfuerzos de recuperación para asegurar la tierra.
Honraría a Galdith y a Tensári, y luego encontraría la forma de darle a su padre la misma paz que él había hallado en el diario de su madre. Solo debía asegurarse de que nadie le dijera a su padre que la bolsa y su contenido procedían del Bosque Perenne.
Y entonces, viviría el sueño que él y Llyniel habían imaginado para su futuro. Or'Talán le había dicho que aprovechara su don, que viviera su vida al máximo, que dejara su huella en este mundo.
Y Fel'annár lo haría, y luego quizá algún día llegaría a comprender qué le había sucedido tras su caída desde la meseta, daría sentido a aquellos días borrosos de semiconsciencia, momentos de lucidez y vagabundeos imprecisos, de dolor y de visiones.
Nunca lo comprendería del todo, pues aquellas eran tierras Shirán, un mundo que solo ellos entendían.
La incursión de Fel'annár había sido involuntaria, y Aria había creído conveniente sacarlo de allí lo mejor posible.
Era la única explicación que alcanzaba a encontrar, una que tendría que bastar por ahora.
En esta, su última tarde en el Bosque Perenne, los tres se sentaron en silencio ante el fuego chispeante.
Fel'annár acarició el diario con afecto.
Había leído sobre los últimos meses de su madre en Bel'arán, pero aún quedaban páginas que no había pasado.
Lo abrió por el final y entonces se sobresaltó, pues allí, en la mismísima última página, había un boceto.
La sangre se le congeló mientras los ojos recorrían aquel cabello rojo, los extraños ojos azules y la expresión de una madre que contempla a su creación.
Aria… tal como la había visto, tal como la había dibujado.
No cabía duda; no habían soñado con la elfa del árbol.
Aria se les había aparecido a ambos, había velado por ambos, lo había salvado, protegiéndolo de una muerte segura, a pesar de que su madre finalmente se hubiera perdido.
Aria le había dicho una vez que no podía intervenir directamente en Bel'arán. Solo a través de sus Divinos podía ejecutarse su voluntad. ¿Había mentido entonces?
Por ti, doblaría las reglas de este mundo.
La respiración se le aceleró y pasó la hoja de izquierda a derecha.
Thargodén le devolvía la sonrisa, solo que más joven, más despreocupado, más radiante de lo que Fel'annár lo había visto nunca.
Los ojos miraban con adoración, con una suave sonrisa en el rostro y, aunque sabía que era su padre, el rey estaba irreconocible.
Volvió a pasar la página; le temblaba la mano cuando los ojos se posaron en el siguiente dibujo. Era Amareth y, en la página opuesta, Erthoron.
Sonrió y, sin embargo, temblaba de asombro y anticipación al pasar otra página, para luego quedarse petrificado. Un bebé con ojos verdes que brillaban de forma extraña, con una mano regordeta estirada para tocar lo que había más allá del observador. Era él mismo, intentando alcanzar el árbol.
Dejó el diario y alzó la vista hacia las estrellas, sabiendo que sus salvadores lo observaban en silencio.
Se puso en pie con torpeza y caminó como mejor pudo hacia un arroyo cercano.
Nadie lo siguió.
Se dejó caer de rodillas y contempló el reflejo en el agua cristalina.
Recordó otra ocasión, no hacía tanto tiempo, en la que había hecho exactamente lo mismo.
Había visto un rostro alpino, unos ojos de un verde brillante, unos ojos jóvenes.
Ahora, lo único que alcanzaba a ver era el rostro cansado de un guerrero roto. Parecía viejo, casi mortal.
La vida le había arrojado demasiado en estos últimos años. Curiosamente, había sobrevivido, pero ahora, al contemplar el reflejo, podía ver el precio que había pagado. Podía ver la sabiduría y las preguntas, la alegría y el dolor.
¿Quién soy? ¿Qué soy?
Se echó hacia atrás sobre los talones, pero le dolió demasiado y se sentó, con las piernas solo medio flexionadas hacia un lado.
Una vez se había hecho esa pregunta y, visto en perspectiva, todos los días de su búsqueda por hallar la respuesta se le vinieron encima. Su camino lo había traído hasta aquí, destrozado pero satisfecho por saber que no podría haberlo hecho mejor.
Sabía quién era, qué era.
Su camino estaba completo. Siempre albergaría preguntas, nunca hablaría de lo que había aprendido con nadie que no fuera Shirán. Se lo había prometido a Or'Talán. Pero el recuerdo jironado de otra promesa acechaba en la oscuridad de la mente.
Debía recordar; se preguntaba si alguna vez lo lograría.
Era hora de volver al campamento, de regresar a casa.
Se incorporó, emitió un quejido de miseria y se apoyó contra un árbol. Recobró el aliento y regresó a duras penas a la hoguera. Gor'sadén y Hobin seguían despiertos, observando con paciencia mientras se acercaba.
—Has terminado el diario.
—Sí.
—¿Y estás en paz, Fel'annár?
Tardó un momento en responder. Los acontecimientos de su infancia seguían encajando en su lugar, incluso mientras hablaba.
—Sé lo que pasó, por qué pasó. Sé que el rostro de mi madre no fue un invento de mi imaginación, y sé que ella vio a Aria, el mismo rostro que vi yo.
—Sé que amaba a mi padre, el sacrificio que hizo por mí. Sé que una vez conjuré los árboles cuando era un bebé, algo de lo que no tenía recuerdo alguno. Y sé que Aria vino a mí, me mantuvo en silencio mientras mi madre era asesinada.
—Ella te salvó la vida.
Fel'annár miró a Hobin.
—Sí, igual que lo ha hecho ahora. Alguien me curó, os llamó para que me ayudarais.
Miró el diario cerrado.
—Debo encontrar una forma de satisfacer las preguntas de mi padre sin romper mi promesa. Él necesita ver esto, para que pueda encontrar su propia paz.
Cayó en la cuenta entonces de que debía hablarle a Gor'sadén sobre la carta, porque una vez que Thargodén la tuviera, se enteraría.
Se giró, sacó la carta y la joya, y se las ofreció a su padre de elección.
—Hay otras cosas que revelarle. La otra mitad de su joya, y… la carta que buscó pero no pudo encontrar.
Gor'sadén se quedó petrificado a medio gesto, luego alargó la mano hacia el sobre lentamente, con los ojos fijos en el texto.
Príncipe Heredero Thargodén.
La mirada saltó hacia Fel'annár.
—Conozco esta caligrafía. —No fue más que un susurro, y Hobin se inclinó hacia delante, leyendo la llamativa caligrafía.
—No es la original, pero esta joya perteneció una vez a mi madre.
—Tu amigo. El Shirán que te ayudó…