32 Al Otro Lado de la Frontera
Al Otro Lado de la Frontera
—Al ritmo que vamos, deberíamos estar en casa en poco menos de dos días.
Había sido otro día agotador, meciéndose y tambaleándose dentro del carro, a pesar de que Fel'annár se había fijado en que el caballo que tiraba de él sorteaba los baches y las piedras del camino.
Se preguntó quién sería, quién habría sido este Shirán en su primera vida.
Quería preguntar a los árboles, pero no le respondían.
¿Podían oírle todavía? ¿Seguía siendo siquiera un Oyente?
Los pájaros entonaban sus cantos crepusculares mientras Gor'sadén cogía una taza, servía un poco de agua tibia en ella y luego rebuscaba en su fardo las hierbas que Llyniel le había dado. Fel'annár le observó echarlas en la taza y poco después percibió el olor a medicina.
Inspirando profundamente, metió la mano en su bolsa y sacó el diario; bajó la vista hacia él. Había sufrido algún que otro viaje y el paso del tiempo, pero seguía siendo bastante flexible. Se preguntó cómo habría llegado Or'Talán hasta él.
Abrió la portada y leyó la única frase de la primera página.
Lássira Ara Zéndar Ar'Alei.
Cerró los ojos ardientes. Le asaltaban tantas emociones que no era capaz de identificarlas todas. La voz pausada de Gor'sadén le sobresaltó.
—Lee, Fel'annár. Te dejaremos solo un rato.
Fel'annár quiso decirles que estaba agradecido, quiso retenerlos y suplicarles que se lo quitaran de las manos.
¿De verdad deseaba saber qué ocultaban aquellas páginas?
Or'Talán había dicho que aliviaría los dolores del pasado, de modo que observó a los dos Ber'anor marcharse y luego volvió la primera página.
«Creo que me han adoptado. Me protegen, resguardan mi hogar de todo aquel que pasa.
Cómo lo hacen, no sabría decirlo, pero sé que tiene algo que ver con luces y sombras, ilusiones que engañan a la mente y, por eso, aunque esté atada a este lugar solitario durante los próximos meses, no me desagrada la idea, y apuesto a que a ti tampoco, mi pequeño espíritu del bosque… »
Fel'annár apartó la mirada, con los ojos rebosantes y lágrimas calientes resbalando por el rostro. Su madre; estaba leyendo las palabras que ella le dirigía a él, su hijo no nato.
Con mano temblorosa, tendió el brazo hacia el té que Gor'sadén le había dejado delante. Bebió, se aclaró la garganta y continuó leyendo.
«Siempre recordaré a mi amigo Orta —así es como le llamaban Los Tres—.
Una amistad tal Bel'arán nunca ha visto, salvo quizá la que él compartía con Pan y Gorsa.
Deseo poco más que volver a verte, contarte cuánto te amaba tu padre, decirte que no te traicionó, que quizá su muerte fue planeada.
Siempre he sospechado que así fue, que un rey tan amado como lo era Orta nunca se encontraría en semejante situación. »
Pan'assár había dicho lo mismo, conocía la amistad entre Lássira y Orta. Pero parecía que nunca se habían conocido en persona. Fel'annár no pudo evitar preguntarse cómo habrían cambiado las cosas de haber sido así.
«La vida aquí es sencilla, solitaria a excepción de Amareth y Erthoron, que me visitan de vez en cuando con las provisiones que necesito.
Traen noticias también de la corte y de las maquinaciones de esos elfos intrigantes y confabuladores que no buscan más que su propio beneficio, su propio poder.
Los odio, odio sus espíritus negros e insensibles por el daño que te causaron, mi amor; por la vida que nos han obligado a vivir a ambos: separados de lo que más amamos, apartados de lo que más ansiamos.
¡Los odio por manchar mi apellido, la familia Norhad que solo buscaba atraparte, alejar a todo lo demás para que su hija pudiera casarse con un rey!
Al menos ahora lo tengo a él, una parte de ti que siempre será mía, siempre será tuya. »
Fel'annár se cubrió la boca con un puño y apartó la vista con los ojos fuertemente cerrados. Su madre le hablaba a su padre a través de este diario. A buen seguro nunca pensó que sería leído por su hijo adulto, y mucho menos por Thargodén.
Pero ¿quién era Norhad?
Volvió al diario, pasó la hoja hasta la siguiente entrada.
«Le llamaré Sol Verde, y sé que tú sabes por qué. Sé que aún lo guardas en algún sitio, pues eres tan sentimental como yo bajo esa apariencia de puro alpino que muestras. Conozco tu corazón, Thargodén, pues es mío, como el mío es tuyo, por rotos que estemos ahora.»
Amareth le había dicho que le habían puesto el nombre de Sol Verde por el matiz de sus ojos. Pero ¿a qué se refería Lássira aquí? Pasó la página, ignorando su cuerpo dolorido.
«Un elfo extraño ha pasado hoy por aquí y me inunda la aprensión.
Pensé que quizá era un Ari, pues su piel era oscura.
Pero su pelo era tan liso como las crines de un caballo y olía a especias.
Se lo he dicho a Erthoron y él hará indagaciones, pero debo permanecer alerta.
Los árboles me protegen, pero si descubren que estoy aquí, con nuestro hijo aún por nacer, temo las consecuencias. »
Fel'annár respiró hondo y dio un mordisco distraído a la carne seca que apareció ante él.
«Ya está aquí, Thargodén. ¡Si pudieras verle! El niño es una joya, igual que nuestra piedra. Y más que eso, sus ojos brillan como el mismísimo Fel'annár de El Bosque Profundo, nuestra planta favorita. Es un nombre tan apropiado. Estoy tan eufórica que no tengo palabras…»
Fel'annár se presionó el entrecejo con el talón de la palma. Había visto a su padre tocando su extraño anillo, haciéndolo girar en el dedo, absorto en sus pensamientos. Debía mantenerse despierto para poder seguir leyendo. Pero su cuerpo le estaba fallando de nuevo.
Cuando despertó, estaba tumbado boca arriba con el diario abierto sobre el pecho.
Se incorporó con torpeza, se frotó el rostro cansado y se encontró con la mirada pétrea de Hobin.
—Gor'sadén ha ido a por agua. Nos marcharemos pronto.
Fel'annár asintió y volvió a su lectura.
«He tenido un sueño esta noche: tan vívido, tan real que me pregunto si no habrá sido alguna visión que me han dado los árboles.
Una dama me miraba con amor y protección —¡oh, pero era hermosa, Thargodén, como una diosa!
—. Su pelo era de un rojo ardiente y sus ojos de un azul tan profundo y penetrante que me hicieron llorar.
El musgo crecía sobre su cara y luego se derretía como la escarcha en una mañana de primavera.
Se inclinó, cogió a nuestro hijo en sus brazos y le miró como solo una madre podría hacerlo.
Una enredadera se alargó y se enroscó en sus manos.
Nuestro bebé estiró el brazo y acarició su longitud con su dedito. »
El sueño, su sueño, reflexionó Fel'annár con asombro.
Su madre había tenido el mismo sueño, tal vez al mismo tiempo.
Quizá ella tuviera razón y no fuera un sueño, sino Aria, reclamándolo incluso de bebé.
¿Lo sabría su madre? Sonrió con pesar y maravilla.
Desde que tenía uso de razón, siempre había buscado el contacto con la hierba o una raíz cuando necesitaba consuelo, cuando debía calmarse o, simplemente, pensar.
Su viaje continuó y, al caer la noche una vez más, se detuvieron para acampar. Un reconfortante apretón en el hombro y Gor'sadén puso una bebida caliente en sus manos todavía frías. Levantó la vista con gratitud, sonrió brevemente y observó cómo su padre se ocupaba de sus asuntos.
«Orta me dijo que aún debía hablarte de sus planes, y sé cuánto sufriste pensando que había abandonado tu corazón.
No lo hizo. Él sabía, amor mío, vio la división en los ojos de su hermano, conoció su engaño, su retorcida percepción.
Buscó una forma de ayudarnos sin ponernos en peligro.
Se empeñó en que siguieras ignorándolo. Si conocieras sus planes, Band'orán lo vería. »
Ahí estaba la prueba que el propio Or'Talán había escrito en su propio diario. A Thargodén le traería paz verlo confirmado en las palabras de su alma gemela, aquella que aún permanecía entre la muerte y la vida, todavía por encontrarse al otro lado, o eso había dicho su abuelo.
Sonrió y pasó la hoja con avidez, recorriendo con los ojos las líneas de la escritura de su madre.
«El niño está hipnotizado con nuestro árbol, amor mío, es tan gracioso verlo porque arruga la carita y luego abre bien los ojos, y sonríe, y luego se ríe locamente, estirando los brazos hacia algo que yo no puedo ver…
y sin embargo hay una luz en sus ojos que no llego a comprender, una luz que creo que solo él puede ver.
Es extraño… quizá sean las enredaderas lo que busca tocar, pues le hacían reír, como si le hablaran. »
Le pusieron comida delante una vez más y picoteó distraídamente mientras leía, con la mente casi totalmente desconectada de su entorno, sumergida en el pasado de su madre. Pero la siguiente entrada se sentía diferente; la escritura ya no era cuidadosa sino apresurada e incompleta.
«Los dioses le protegen. Es Ari'atór en la piel de un alpino. Debería haber zarpado antes de que él naciera. Debería haber dejado este lugar y haber dado a luz donde ellos no puedan alcanzarle. Pero ahora, nunca podré llevarle a Araria. Él es Ari'atór. ¡No puede tomar el Camino Largo!
Me han encontrado…»
Los ojos de Fel'annár, bien abiertos, se alzaron del diario. Aquel había sido, sin duda, su último día, el día en que había sido asesinada por un sicario de Band'orán. Se preguntó si habría tenido alguna relación con ese clan Norhad.
Cerrando los ojos de dolor, inclinó la cabeza y permitió que el aluvión de emociones le bañara; de hecho, no lo ocultó, sino que dejó que fluyera a través de él, fuera de él, hacia los árboles.
Se durmió entonces, con el libro una vez más encima.
Pero esta noche, sus sueños no fueron meras reminiscencias del pasado que se desvelaba ante él.
Era una escena que su madre nunca habría podido narrar.
Era, quizá, su propia interpretación de cómo había muerto ella.