Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 31 La Llamada #3
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31 La Llamada #3

La mirada se posó en la hoguera cercana. Colgada de una estructura sencilla, burbujeaba una olla de agua. Or'Talán había vuelto y el corazón le martilleaba en el pecho, con mil preguntas clamando por el primer puesto en la mente.

—Parece que estás un poco mejor hoy.

Dio un respingo y miró por encima del hombro; no se le escapó la sonrisa sardónica en el rostro de su abuelo.

—A veces olvido lo joven que eres.

Fel'annár frunció el ceño y observó cómo Or'Talán se agachaba y frotaba algo entre las manos. Cayó como nieve en el agua hirviendo. Estaba preparando algún tipo de té.

—Toma. Esto ayudará. —Le tendió una taza. Fel'annár la cogió, se la llevó a la nariz y aspiró.

—Necesitarás ayuda para volver a casa. No se me permite pasar del lago… no por lo general.

—¿Por qué no?

—Desde ese punto, el Refugio se desvanece hacia Ea Uaré. Algunos Connates, incluso las almas gemelas, pueden sentirnos.

—Alei…

Or'Talán miró a Fel'annár con un leve ceño fruncido. —¿La madre de Lássira?

—Sí. Ella permanece en Bel'arán porque dice que, a veces, puede sentir a Zéndar.

—Eso es lamentable. Sería mejor si tomara el Camino Largo. Al menos entonces lo vería en carne y hueso.

—Es todo tan confuso. Lo entiendo y, sin embargo, cuando intento imaginar un mundo en el que todos han muerto, donde los Divinos de este mundo se convierten en Shirán, viven entre mundos… ¿Por qué? ¿Cuál es el propósito de tales seres?

—Eso no te corresponde saberlo a ti, todavía no. Naz'arán es para los muertos de Bel'arán, y para los nativos de esas tierras, nuestros descendientes. Una vez llegues a esas costas, te adentrarás en un camino de aprendizaje, uno que a algunos les lleva años comprender.

Fel'annár observó a Or'Talán beber el té; seguía sin poder creer que estuviera allí. Frunció el ceño y miró hacia el Lago de Cristal a lo lejos. —¿Cómo… por qué se me permite siquiera estar aquí, pasado el lago?

—Necesitabas ayuda. —Or'Talán se encogió de hombros y bebió un sorbo de té. Fel'annár ladeó la cabeza, sabiendo que no diría nada más.

—Una vez te odié. Eras todo lo que había hecho de mi vida una miseria. Eras Alpino. Le prohibiste a mi madre estar con mi padre. Arruinaste su vida y, en cierto modo, la mía.

Or'Talán apretó los labios, se cruzó de piernas y puso las manos sobre las rodillas.

—No eres el único que me odió. Mi propio hijo me detestaba por lo que percibió que hice. Y luego, al parecer, encontraron mi diario.

Fel'annár asintió. —Sulén lo tenía. Lo recuperamos de su cadáver destrozado por los Desviados. Pan'assár lo leyó y luego se lo dio a Thargodén.

—Entonces él entenderá por qué hice lo que hice.

La traición acechaba en cada esquina, Fel'annár.

El peligro para ella era real, demasiado real al final.

Intenté ayudarla y fracasé, ayudé a mi hijo.

Incluso la carta que le escribí desapareció, dejándole pensar que le traicioné, que su corazón no significaba nada para mí.

Ese es mi mayor pesar, uno con el que espero que puedas ayudarme.

—¿Cómo puedo ayudarte?

Or'Talán rebuscó en la bolsa de tela y sacó un sobre. —Cuando regreses, espera hasta que estés totalmente curado, hasta que el impacto y las preguntas se desvanezcan. Y entonces, dáselo. Dile que lo encontraste en algún lugar, quizá en el Bosque Profundo.

Volvió a rebuscar en la bolsa y sacó otro objeto. Lo miró, sonrió con tristeza y se lo tendió. Fel'annár lo reconoció de inmediato.

—Es la otra mitad de su anillo.

—La mitad de Lássira, sí. Ella querría que él la tuviera, e imagino que incluso Aria encontraría consuelo. Verás, creo… creo que con la unión de las dos mitades, ella podrá encontrarse a sí misma por fin.

Fel'annár respiró hondo para calmarse y bajó la vista hacia la esmeralda rota y la carta. No tenía dónde guardarlas.

—Te dejaré esto. —Or'Talán señaló la bolsa de tela, pero se sobresaltó ante la siguiente pregunta de Fel'annár.

—¿Cómo era ella?

Or'Talán apartó la vista de la bolsa y miró a su nieto. Fel'annár se maravilló ante el peso de aquella mirada ahora azul, preguntándose cómo podía soportar los años de duelo y pesar.

—Era una reina para su pueblo, incluso antes de su relación con Thargodén.

El suyo fue siempre un linaje fuerte, igual que el mío.

Somos líderes porque somos apasionados. Sentimos profundamente, vemos lo que otros no ven.

Creemos en la armonía y creemos en la justicia.

Fuimos hechos para gobernar, no con mano de hierro, sino con un puño misericordioso.

Tú eres la unión de esos linajes. Es por lo que eres especial.

Era Lássira, mi mejor amiga… mi mayor pérdida.

Corregiría ese error, Fel'annár, con tu ayuda.

Fel'annár cerró los ojos. Cómo anhelaba conocerla. Incluso ahora, el rostro silvano de su madre lo miraba, con el amor de una madre en la expresión. Era todo lo que tenía de ella.

—Compartir tu rostro fue una vez una maldición. Después de que Lainon me dijera quién era, ni siquiera podía mirarme sin recordar la trágica vida de mi madre.

—¿Y ahora?

—Ahora es un honor.

Or'Talán se irguió, endureciendo las facciones, con la mirada brillando a la luz de la mañana, más azul de lo que había sido antes. Le recordó a Fel'annár que no era totalmente elfo. Frunció el ceño, ladeando la cabeza. —Tus ojos…

—Te están confundiendo. A mí también me confunden a veces.

Pero ven, están cerca. Es hora de que parta.

En esa bolsa hay cosas que aliviarán el dolor del pasado, quizá incluso marquen el regreso de la legítima reina de Ea Uaré, pues tú siempre fuiste el príncipe heredero.

Ahora ese deber recae en Rinon, y sé que no querrías que fuera de otra forma.

—Or'Talán se puso en pie y esperó a que Fel'annár se le uniera.

—Y en cuanto a ti, mi extraordinario pariente, tú y yo nos volveremos a encontrar cuando tu vida aquí termine. Hasta entonces…

Or'Talán dirigió la mirada a lo lejos y luego de nuevo a Fel'annár.

—Hasta entonces, Aria doblega las mismísimas fuerzas de Ea Uaré por ti.

Vive esta vida al máximo. No te arrepientas de nada.

Vive tus sueños, hijo. Guarda esos recuerdos, manténlos a salvo, pues son tu legado, tu huella en este mundo, la razón misma de tu existencia.

Fel'annár buscó en los ojos de su abuelo y solo encontró la verdad, eso y la certeza de que no respondería a más preguntas; de que quizá ya había respondido a demasiadas.

Aun así, la mayor de las preguntas de Fel'annár ya había sido satisfecha. Siempre había sido amado por su madre y su padre, por Amareth y Bulan. Había conocido a sus dos abuelos y sabía que estaban orgullosos de él.

Se sentía más ligero, el alma más brillante, casi a punto de estallar en el pecho dolorido. Viviría su vida plenamente con Llyniel, haría realidad sus sueños de paz. Su única duda era qué decidiría cuando acabara su tiempo en Bel'arán. Si elegiría la Orden de Shirán.

Sonrió a Or'Talán, esperando que pudiera ver todas aquellas cosas en la expresión, pues nunca podría expresarlas de la misma forma en que las sentía. La sonrisa de respuesta de su abuelo fue todo lo que necesitó.

—Te estaré observando a través de las brumas entre mundos.

Seguiré tus pasos, veré a tus hijos, reiré contigo y lloraré contigo.

Te veré defender este lugar como yo hice una vez, y contaré los días para nuestro reencuentro, proclamando nuestro parentesco ante los mismísimos dioses.

Has servido bien. Ahora es momento de descansar un poco.

La sonrisa de Or'Talán se ensanchó y se dio la vuelta, no sin antes dejar ver un destello de luz dorada en la mirada, como luciérnagas en un cielo de verano.

Luciérnagas…

La impactante verdad sobre la identidad de Or'Talán no podía negarse.

Él era Shirán, él era el Liminal —el gran guiverno—, defensor del Bosque Perenne al otro lado del mundo.

Serenidad, una paz como ninguna de las que cualquiera de los dos hubiera sentido jamás.

Gor'sadén y Hobin caminaron por altiplanos, descendieron por valles verdes.

Se detuvieron en salientes rocosos, testigos de la belleza de aquel lugar virgen mientras recordaban las palabras de asombro de Fel'annár.

Él había intentado explicarlo: los colores, lo sobrenatural de aquel sitio y otras cosas que solo él podía percibir.

Egoístas en su indulgencia, los Shirán ocultaron bien estos senderos. Pero no lo suficiente como para que los dos Ber'anor no pudieran encontrarlos, incluso si no hubieran contado con la ayuda de la rapaz de caza.

Pero esta mañana, no se la veía por ninguna parte.

Se hallaban sobre una meseta verde, contemplando las tierras que se extendían abajo. El Lago de Cristal quedaba a sus espaldas; ante ellos, un mar de pinos. Sobre sus cabezas, un dosel de nubes blancas en ciernes, tan cerca que Gor'sadén pensó que podría alargar la mano y tocarlas.

—Nuestro camino continúa sin obstáculos —murmuró Hobin.

—Entonces somos privilegiados de ver tales cosas. No somos Shirán.

—Todavía no.

Gor'sadén se giró hacia él. —¿Elegirías ese camino?

Hobin sostuvo la mirada. —Lo más probable. Nunca encontré a mi Connate. Me pregunto si quizás no están en este mundo, si el amor me aguarda en algún otro lugar. ¿Y tú, Gor'sadén? ¿Dónde reside tu corazón?

No respondió porque, en realidad, no lo sabía.

Nunca lo había pensado de esa manera. ¿Dónde sería más feliz, más allá de los dictados del deber?

¿Como Comandante General de Tar'eastór? ¿Viajando por el mundo, enseñando el Kal'hamén'Ar?

¿O pertenecía al lado de Los Tres? ¿Con Fel'annár, dondequiera que estuvieran ahora?

Siguieron adelante en silencio, a través de un mundo lleno de colorido que no estaba ni aquí ni allá, y mientras la mañana se deslizaba hacia la tarde, Gor'sadén divisó una figura en la distancia. Se detuvo y esperó a que Hobin lo advirtiera, con la vista forzada hacia la colina lejana.

Frunció el ceño; la postura poderosa y el cabello plateado le detuvieron la respiración.

—Dioses, ¿es Fel'annár?