31 La Llamada #4
Gor'sadén negó con la cabeza, pero una sonrisa tentativa tiró de los labios y caminó más rápido.
La figura en la distancia desapareció tras un bosquecillo de árboles, pero cuando Hobin y Gor'sadén llegaron, la figura se había ido.
Intercambiaron una mirada perpleja y continuaron su búsqueda hasta que salieron de la linde del bosque. Justo más allá, una forma encapuchada y encorvada estaba sentada en el suelo. A un lado, un caballo y un carro. ¿Era este el poderoso guerrero que habían visto de pie en la ladera?
El corazón de Gor'sadén le retumbaba en los oídos porque este era el momento en el que no había querido pensar. Puso un pie delante del otro, despacio al principio, pero a medida que se acercaban a la figura sentada, el paso se aceleró hasta echar a andar a grandes zancadas.
—¿Fel'annár? —llamó Hobin a su lado.
La cabeza inclinada se levantó y, de debajo de una amplia capa, emergió una mano blanca, se alzó y echó hacia atrás la capucha.
Gor'sadén sintió que el mundo se inclinaba hacia un lado, para terminar desvaneciéndose ante la vista incrédula. Allí, mirándolo desde el suelo, de la misma manera que lo había hecho ante el fuego en Tar'eastór, estaba Fel'annár.
Gor'sadén caminó torpemente, con los brazos extendidos a los costados por miedo a caerse. Hobin le siguió en silencio. Pronto estuvo de pie ante su hijo, aquel que creía que había muerto a manos del dragón, o tal vez antes, cuando la meseta se había astillado y caído.
—Pensamos que habías muerto. —Fue un susurro ronco, uno que le pareció demasiado alto, incluso mientras se preguntaba si Fel'annár le habría oído.
—Yo también.
No había humor en aquel tono, solo asombro y… confusión. Gor'sadén se agachó mucho, buscando en la mirada alguna pista de lo que había sucedido. Sintió a Hobin arrodillarse a su lado.
No había trenzas en el apagado cabello plateado y los ojos, aunque seguían siendo verdes, parecían desvaídos, casi opacos.
El semblante juvenil estaba pálido, cada línea del rostro visible, y unas sombras oscuras permanecían bajo una mirada vacilante.
Gor'sadén resistió el impulso de estrecharlo en los brazos, de consolar al niño que habitaba dentro de aquel caparazón de guerrero.
—¿Qué ha pasado?
Un leve movimiento de cabeza. —Telzorán se rompió, sus almas atrapadas huyeron.
Las envolví en luz y entonces vinieron los Liminales.
Maté a Gra'dón, pero era demasiado tarde para salvarme.
Estaba —estoy— herido, no pude evitar caer.
Lo último que vi fue al Liminal. Desperté aquí, en el Bosque Perenne.
—¿El Liminal es el dragón? —preguntó Hobin. Fel'annár se volvió hacia él y asintió.
—Había alguien contigo hace un momento.
Fel'annár volvió a mirar a Gor'sadén, casi pareciendo balancearse sobre los talones. —Un Shirán. Me ha ayudado.
Gor'sadén estaba frustrado y confundido, pero el corazón se ensanchaba; el conocimiento de que Fel'annár seguía vivo crecía en su interior. Se permitió sentirlo, incluso sonrió.
—No entiendo cómo has llegado hasta aquí, y tus palabras son tan vagas como lo fueron siempre las de Lainon. Pero que a los dioses les den, Fel'annár. Estás vivo. Sigues vivo, tal como Llyniel intentó decirnos.
—Llyniel…
Algo en el tono de Fel'annár hizo que Gor'sadén se detuviera. Había pronunciado su nombre como si no pudiera recordarla.
—Tu alma gemela.
Frunció el ceño, apartando la vista como si intentara hacer memoria. Gor'sadén y Hobin intercambiaron una mirada de preocupación.
—No estás bien —dijo Hobin. Fel'annár lo miró, como si estuviera sorprendido. Pero luego se le alisó el entrecejo y habló en voz baja.
—No. He despertado hace poco. No recordaba mi nombre, ni cómo había llegado aquí. Ni siquiera estoy seguro de poder caminar.
—Pareces confundido, Fel'annár.
Soltó una risa soplada, un gesto que a Gor'sadén le resultó tranquilizador. —Tanto como vosotros dos. No os puedo decir cómo llegué aquí ni quién me ayudó. Solo sé que debo regresar, tan pronto como me lo permita este cuerpo maltrecho.
A Gor'sadén le temblaron los labios, quería que se ensancharan en una sonrisa, pero la mirada era la de un elfo desesperado, uno que intenta pero no logra ocultar la enormidad de sus emociones.
Se inclinó hacia delante, tan cerca que el rostro de Fel'annár se volvió borroso, pero no necesitaba verlo.
Apoyó la frente contra la de su hijo y lo encontró frío al tacto.
—Por un momento me quedé solo. Por un momento, esa figura arrodillada ante mi fuego en Tar'eastór se desvaneció y mi vida dejó de tener sentido. Un Ber'anor solitario que había perdido su causa.
Fel'annár sonrió con sinceridad ahora; parecía recordar que él había dicho eso no hacía tanto tiempo.
—Me alegra mucho veros, y me siento aliviado porque no sabía cómo iba a regresar. ¿Cómo habéis sabido que debíais venir?
—Alguien nos llamó a ambos. Me resulta extraño, porque no somos Shirán y, sin embargo, aquí estamos, dentro de sus tierras protegidas, más allá del Lago de Cristal.
Fel'annár estaba recordando algo que Aria le dijo una vez.
Por ti, quebrantaría las mismísimas reglas de este mundo.
Fel'annár se preguntó si lo había hecho, y entonces recordó que Or'Talán le había dicho lo mismo hacía apenas unos minutos.
Las emociones amenazaban con abrumarlo, haciéndole sentir como un niño; pequeño, humilde, confundido y, a la vez, profundamente agradecido. Estaba vivo, frente a su padre adoptivo, y en unos pocos días estaría de vuelta en casa, con Llyniel, con su familia y con lo que quedaba de La Compañía.
Cerró los ojos, se inclinó hacia los brazos abiertos de Gor'sadén y lloró en silencio.
El caballo Shirán de ojos azules los observó serenamente, esperando a que los dos Ber'anor acomodaran a Fel'annár en la parte trasera del carro cubierto. Dentro hallaron un antifaz. Alguien había pensado en todo, advirtió Gor'sadén.
Su avance era más lento de lo que habrían deseado.
Ir sentado en el carromato le producía tirones en la herida del costado a Fel'annár, haciéndole doler el cuerpo entero, como si hubiera sido hecho pedazos y luego vuelto a armar.
Al caer la noche, todavía estaban a dos días de la frontera entre el mito y la realidad.
Hobin había estado en silencio durante la mayor parte del día, e incluso Gor'sadén había hablado poco.
Pero le observaba de cerca, y Fel'annár lo había permitido, comprendiendo su confusión.
Pero si Gor'sadén estaba confundido, Fel'annár estaba estupefacto.
Agradecía el silencio para poder ordenar los pensamientos dispersos, hallar sentido donde parecía no haber ninguno. Ojalá Lainon estuviera allí.
Pero sabía que no era así. Estaría allí donde residiera el espíritu de Tensári, quizás esperando a que ella tomara su decisión.