31 La Llamada #2
Or'Talán se volvió hacia el corazón del bosque, señalando con el pequeño cuchillo que tenía en la mano. —En algún lugar de por allí, aprendiendo a vivir de nuevo.
—Y... ¿qué hay de Galadan? ¿Qué hay... qué hay de mi madre?
Or'Talán respiró hondo y se sentó sobre los talones.
—De Galadan no sabría decirte. Su camino no es el del Ari'atór, y tampoco lo es el de tu madre.
Para ellos, no hay ninguna garantía de que la vida continúe de inmediato.
Puede que pase el tiempo, por razones que no siempre están claras.
Pero con Lássira, no creo que se haya encontrado a sí misma todavía.
Me gustaría pensar que es por misericordia.
Si regresara y recordara, solo sufriría por la ausencia de su alma gemela y de su hijo.
—¿Qué... qué pasó realmente?
—Hay tanto que decir y tan poco tiempo. Debes regresar tan pronto como seas capaz. Creen que estás muerto.
—Llyniel...
—Fel'annár. Debo dejarte pronto. Solo tenemos esta humilde cena juntos.
No puedo responder a tus preguntas, no del todo, porque tú y yo pertenecemos a mundos diferentes.
Le robo tiempo prestado a un dios complaciente.
Pero podemos comer juntos, beber juntos, compartir este lugar entre mundos y vidas y recordar que un día viviremos en el mismo mundo, seremos abuelo y nieto, como siempre debería haber sido, en un lugar donde la guerra no sea más que una parte del pasado.
Ese lugar existe, Fel'annár. Solo debemos encontrar nuestro camino hacia esa puerta.
—¿Has encontrado el tuyo, abuelo?
—No. Todavía no. Toma. —Sonrió mientras le tendía un plato de conejo humeante; parecía satisfecho y enternecido por cómo lo había llamado Fel'annár.
Por primera vez, a pesar de su desorientación, de su conmoción y del mar embravecido de preguntas y dudas, Fel'annár advirtió que tenía hambre.
Alargó la mano, tomó el plato y vio la línea ondulada y el punto en la cara interna de la muñeca de su abuelo.
Levantó la vista hacia la expresión cómplice de un Shirán.
—Creo que podré saber si Lássira se encuentra a sí misma.
Bendeciré ese día cuando llegue. Era una mujer extraordinaria, Fel'annár.
Habría sido la reina más grande que Ea Uaré jamás hubiera visto.
Solo desearía que mi hijo hubiera podido conocer mis pensamientos en aquel entonces.
Ha vivido con esa duda. Ahora, con tu llegada, surge una oportunidad única.
—No entiendo ni la mitad de lo que dices. Mi mente es como una red rota. Recuerdo algunas cosas, solo para que se escapen de mi alcance y regresen inesperadamente.
Or'Talán apoyó las palmas sobre las rótulas.
—Lo harás, Fel'annár. Lo harás cuando el tiempo haya templado tu sufrimiento y tu mente y tu cuerpo regresen a Bel'arán.
Recordarás las palabras que hemos compartido y, con esos recuerdos, comprenderás la magnitud y la belleza de estos, nuestros mundos élficos.
Y aunque a veces puedan parecer crueles, injustos, exasperantemente incomprensibles, violentos...
hay un significado en todo lo que hacemos, en cada lugar al que vamos.
Nada es por nada y, sin embargo... Aria dobla las mismísimas reglas de su mundo por ti.
Acepta este regalo, Fel'annár, pero no hables de nuestro reencuentro a nadie que no sea Shirán. Debes prometérmelo.
Fel'annár tomó el plato y lo mantuvo en equilibrio sobre el regazo.
Le vino un recuerdo parcial de una promesa que ya había hecho pero, por más que lo intentó, no lograba retenerlo.
Era como un sueño vívido que se desvanece nada más despertar.
Sacudió la cabeza. —Parece cruel que no pueda revelar tu presencia aquí a Gor'sadén, a mi padre. Les daría paz.
—Gor'sadén sabe lo que es, lo que Los Tres eran. Sabe que vivo, que volverá a verme. En cuanto a Thargodén, ¿te importa que él encontrara la paz?
Fel'annár se encontró con la mirada firme de su abuelo y notó la expresión que vacilaba entre la pena y la alegría. —Sí me importa. Ahora que lo entiendo.
Or'Talán sonrió, con la mirada cargada por las cosas que había hecho y visto. —Entonces ayúdalo si puedes. Por ahora, come, descansa y piensa en las cosas que hemos dicho. Mañana volveré; te deseo lo mejor en tu viaje de regreso a tu mundo, al que todavía perteneces.
—No te vayas. Yo… tengo preguntas. Necesito saber cosas…
—No puedo responderlas, Fel'annár. Aún no. Recuerda. Necesitas tiempo para comprender, para aceptar, y cuando salgas de nuevo del Bosque Perenne, tu vida habrá cambiado para siempre. Verás las cosas bajo una luz distinta, tal como haces dentro de este bosque.
Fel'annár quiso ponerse en pie, llamarlo, suplicarle que se quedara, pero en lugar de eso, se limitó a observar cómo el cazador encapuchado recogía la bolsa de tela, se la colgaba al hombro y se marchaba.
Pronto desapareció en el bosque crepuscular y Fel'annár bajó la vista hacia el plato de conejo que tenía en el regazo. Cogió un trozo, se lo metió en la boca y comió. Y mientras masticaba, repetía las palabras de Or'Talán en la mente.
Aquella noche durmió bajo las brillantes estrellas de Bel'arán, en ese lugar que su abuelo había dicho que estaba entre mundos, entre vidas.
Lo había llamado Refugio.
Qué equivocado había estado respecto a Or'Talán. Qué joven e inexperto había sido. Había visto el mundo con ojos de niño, con su propia vida como centro. Ahora, como Ari'atór, como Ber'anor —como guerrero—, solo podía ver el sufrimiento de los demás.
Se conectó con el bosque, recordó cómo este lo había aceptado finalmente mientras viajaba por el Calro de regreso a casa. Pero ahora los árboles guardaban silencio.
Quería decirle a Llyniel que estaba vivo, que no había muerto al caer desde la meseta desmoronada; no podía sino preguntarse si los Liminales lo habían salvado al final.
Dos elfos se internaron más allá de los primeros árboles del Bosque Perenne, en la orilla occidental del río Calro.
Los árboles no se movieron para detenerles, el viento no agitó sus ramas y el suelo bajo las botas era llano, sin raíces que les hicieran tropezar.
Justo delante, un ave de presa se posó en una rama, observándoles con brillantes ojos azules.
—¿Es Azure? —preguntó Hobin, pero Gor'sadén pudo notar su escepticismo.
—No. Pero es Arimal. Los Shirán nos están guiando.
—¿Hacia Fel'annár? ¿Crees que está vivo?
—No lo sé, Hobin. Ni siquiera deseo pensar en las posibilidades.
Bien podría ser que sus armas estén aquí en alguna parte, o tal vez haya un mensaje para nosotros.
Solo nosotros escuchamos la llamada. Quizá esto sea simplemente para indicarnos el camino a seguir.
El Kal'hamén'Ar y la revelación de su asociación con la luz que Fel'annár blandía.
—Pero tú ya estabas decidido a recuperar el Kah.
—Fue una promesa que le hice a Pan'assár. No puedo dejar este mundo sin cumplirla. Dime, ¿se enseñó alguna vez el Kah en Araria, Hobin?
—Antes de mi época, sí. Los muros de nuestro Santuario Interior están plagados de pinturas y símbolos que no comprendemos, ni siquiera hoy en día.
Se menciona en el Libro de los Iniciados como un arte divino, un regalo de los dioses, pero ese conocimiento está envuelto en mitos y leyendas.
El paso del tiempo ha nublado nuestros recuerdos al respecto.
Pero después de todo esto, estudiaré las escrituras, buscaré cualquier referencia que pueda encontrar.
—Me uniría a ti, Hobin, viajaría contigo a Araria si se me permite.
Juntos, quizá podamos desentrañar la verdad; el estado definitivo del Kal'hamén'Ar puede que no sea el de un maestro, sino algo más.
Fel'annár puede haber sido el primero de su clase que conocemos.
Pero quién puede decir que no hubo otros, cuya existencia se perdió en el tiempo.
Gor'sadén miró a Hobin mientras caminaban por el bosque, fijándose en las facciones imperturbables. Estaba claro que no le convencían sus volubles intentos de arrojar luz sobre por qué estaban allí.
—No crees que esa sea la razón por la que estamos aquí…
—No. Tal conocimiento vendría de sueños de revelación, incluso si fueran necesarios, que no lo son. Debemos estar presentes físicamente.
Era una deducción lógica, y la esperanza volvía a arañar la puerta que Gor'sadén había cerrado obstinadamente.
El silencio se extendió entre ellos mientras avanzaban, cada uno perdido en la historia de su primer mundo, en los misterios del pasado y en lo que significaban para el futuro.
Se detuvieron en un saliente que les regalaba una vista que se extendía leguas hacia el oeste.
Un denso dosel forestal se expandía hacia una cresta de roca que se alzaba hacia el cielo.
Su silueta parecía recién forjada. ¿Era de allí de donde había venido el dragón?
¿Yacería vigilante, esperando a que dieran un paso en falso?
A medio camino hacia la cordillera, un lago de un azul brillante centelleaba bajo el sol de la tarde. Gor'sadén se volvió hacia el perfil asombrado de Hobin.
—Este es el lugar que Fel'annár me describió una vez. Aquí tejió el Dohai. Fue entonces cuando vio por primera vez una bola de luz en las manos. Habló de este lugar con asombro, de colores que ni siquiera podía describir.
—Los veo. Hay algo sobrenatural en este lugar, como si caminara en sueños.
Gor'sadén volvió a mirar hacia adelante, al lugar que sabía que se llamaba Lago de Cristal.
—Acampemos en las orillas. A Fel'annár no se le permitió ir más allá, pero me pregunto si debemos continuar tras pasarlo… qué encontraremos si lo hacemos.
Fel'annár se despertó sobresaltado, capeando las olas de dolor que sacudían el cuerpo. ¿Era así como se sentían los decrépitos mortales? ¿Vivían con ese dolor constante en los huesos?
Luchó por incorporarse, se pasó una mano por la cara y notó el pelo revuelto a su alrededor. Se lo alisó como mejor pudo.