31 La Llamada
La Llamada
Algo iba fundamentalmente mal en él, como si todos sus huesos se hubieran roto y los hubieran vuelto a unir; no terminaban de sanar, pues sentía el cuerpo desencajado y sus movimientos eran extraños, torpes, como si hubiera perdido la capacidad de coordinar las extremidades.
¿Se habría dañado la cabeza? Había visto aquello en otros.
Algunos se recuperaban, otros nunca lo hacían.
Una mano temblorosa buscó la manta que lo cubría. La apartó y contrajo el gesto ante la brillante luz del día. Estaba tumbado en el suelo y, ante él, una pequeña hoguera ardía debilitada. Alguien había estado allí con él.
Se incorporó apoyándose en una mano, con los músculos ardiendo por el esfuerzo. ¿Cuánto tiempo llevaba allí tumbado?
Debía moverse. Debía saber qué le había pasado, cómo había llegado hasta allí.
Lo último que recordaba era haber caído desde la meseta del rey; vio a la Nim'uán muerta en la mano del Liminal y cómo este exhalaba fuego verde sobre la esfera de luz translúcida que había encerrado a las almas que huían.
¿Por qué había hecho eso Fel'annár?
Su propia pregunta suscitó una respuesta, todavía distante e incierta.
Gra'dón no había tenido la intención de cortar su propia y valiosa arma.
Fel'annár había atrapado las luces temporalmente, pero tarde o temprano habrían escapado.
Una brecha en el Bosque Perenne, en la propia Fuente, había sido inminente, y el Liminal había acudido.
La ansiedad amenazaba con abrumarlo. Demasiadas preguntas.
Estaba desorientado, no pertenecía a aquel lugar, estaba seguro de ello.
Pero ¿dónde era «aquí»? Los colores que lo rodeaban sugerían que estaba dentro del Bosque Perenne.
Pero si eso era cierto, entonces se hallaba más allá del Lago de Cristal, más lejos de lo que jamás había llegado.
Parpadeó, intentando despejar las imágenes brumosas de su entorno. Era como el verano en las tierras del norte; el mundo engañaba a su vista porque, por un momento, creyó que alguien caminaba hacia él.
Se frotó el rostro con la mano libre y se sobresaltó, como si no fuera su propia cara lo que estaba tocando, y aquel miedo profundo volvió a aflorar.
La figura vacilante estaba ahora más cerca. ¿Era Tensári? O tal vez Idernon. Pero no. Ellos no eran Shirán. Tenía que ser Lainon.
Ya podía oír los pasos y la vista, cansada, se esforzó por discernir la identidad de la figura. Cabello de plata hilada, casi hasta la cintura. Ojos de un ámbar brillante, con una inclinación tan similar a la suya.
La vista se le llenó de lágrimas y la vida de Fel'annár estalló de pronto en mil fragmentos de emoción.
Caminando lentamente hacia él, con la mirada firme, estaba el elfo al que primero había odiado y después respetado.
El amigo más cercano de Pan'assár, el hermano de armas de Gor'sadén.
La vida de Fel'annár siempre había estado gobernada por este elfo y el pasado que había vivido, el futuro que había forjado, fuera de forma involuntaria o no.
Se sentía indispuesto, quería levantarse pero sabía que se caería.
Con ambos brazos, tomó impulso desde el suelo e intentó detener el mundo que daba vueltas, pero se pondría en pie costara lo que costase.
Le ardían las piernas y el costado le tiraba con fuerza. Tenía alguna herida allí, no del todo curada, pero la mirada no parpadeó, pues estaba demasiado llena de asombro y de respeto. Ante él, bajo la capucha de un simple cazador, Or'Talán lo observaba, silencioso y expectante.
—Bienvenido a Refugio, Sol Verde.
Con esas primeras palabras, la mirada del gran rey fulguró en un tono dorado, ¿o era el mundo lo que se atenuaba ante su presencia?
No supo responder, no pudo hablar. Estaba ante su abuelo en el Bosque Perenne y, de pronto, no acertaba a comprender cómo había podido pasar desapercibido en el pasado, cuando aún era un bastardo, inconsciente de su herencia y su propósito.
—¿Te sentarás? He traído la cena.
La pregunta rompió su concentración. Dobló las rodillas y casi cayó sobre su manta con un gruñido.
Se sentía miserable, pero el dolor estaba mitigado por la conmoción.
Se quedó mirando mientras Or'Talán se daba la vuelta, dejaba con reverencia una sarta de conejos a un lado y se sentaba ante el fuego.
Fel'annár frunció el ceño mientras seguía observando al que fuera el gran rey ponerse a despellejar a su presa, preparándola para el fuego.
La mirada recorrió ese mismo cabello plateado y espeso, el perfil idéntico, la estructura de los pómulos y la nariz larga y definida.
La mandíbula también era fuerte, dando paso al cuello de un guerrero, el cuello de un espadachín.
Eran casi idénticos, salvo que los ojos de Fel'annár eran los de su madre.
Cuando Or'Talán volvió a hablar, se preguntó si le habría leído el pensamiento.
—Tienes los ojos de tu madre.
Fel'annár quiso reír. Aquello era absurdo. Estaba sentado en un bosque con su abuelo, hablando por primera vez; al menos lo hacía Or'Talán. Él no había logrado articular ni una sola palabra.
Or'Talán sonrió suavemente mientras trabajaba, mirándolo momentáneamente para luego regresar a su tarea.
—Tómate tu tiempo, Sol Verde. Aún no eres tú mismo. Pero lo serás. Necesitas comer y sanar. —Se echó hacia atrás mientras buscaba las palabras—. Necesitas tiempo para recordar.
—Recordar... ¿qué?
Podría haberse dado una patada a sí mismo por ser tan torpe. Su voz no había sido más que un susurro ronco. Se aclaró la garganta.
—Estos últimos días han sido duros. Tus heridas eran persistentes, tu dolor demasiado grande para ser recordado al instante. Debes asimilarlo poco a poco y luego llorar si es necesario.
Unas agujas frías le pincharon la piel del cuello y se le dio un vuelco el estómago. Algo se le escapaba. ¿Qué dolor?
Miró a su alrededor, con la visión más clara ahora, y buscó a los árboles. Pero lo único que escuchó fue su silencio.
—No puedo oírlos.
Or'Talán lo miró mientras ensartaba el primer conejo. Lo colocó sobre el fuego y empezó con el siguiente.
—¿Recuerdas la guerra, Fel'annár?
—La guerra... sí. Recuerdo a las Huestes de Gharzakan...
Fel'annár siempre había sabido que había resultado herido en la guerra, pero solo al hablar pareció convertirse en un recuerdo real. Discernir la realidad del sueño había sido imposible la primera vez que despertó.
—¿Y qué más?
—Recuerdo el látigo...
Las manos de Or'Talán se congelaron y la mirada se desvió del conejo hacia algún otro lugar.
—La Nim'uán lo cortó y vi cómo explotaba en estrellas plateadas.
Supe que eran almas, que algunas eran mortales, pero aun así brillaban con la misma intensidad.
Las atrapé, y recuerdo que eso me puso triste.
Maté a Gra'dón y luego... llegaron los Liminales, destruyeron la red de almas resplandecientes antes de que la meseta se fracturara. Recuerdo volar...
Fel'annár frunció el ceño al sentir las lágrimas rodando por el rostro. Estaba cerca de una verdad que aún no había reconocido. Era algo que no le gustaría, alguna pérdida terrible, estaba seguro de ello. Pero si Or'Talán lo sabía, no dijo nada, ocupándose una vez más de la cena.
Fel'annár se preguntó brevemente si era por eso por lo que los árboles permanecían en silencio.
—Gorsa lo ha hecho bien. Te has convertido en un gran guerrero, casi un Maestro Kah. Y Bulan también merece su reconocimiento.
De repente se le ocurrió a Fel'annár que sus armas no estaban por ninguna parte. De hecho, no había nada suyo en ningún sitio. Incluso la ropa que llevaba le era extraña. Alargó la mano, buscó las piedras de honor, la trenza de unión.
Nada.
—Tengo tus cosas, Sol Verde. Todo excepto a Harvest.
Fel'annár forzó la mente, sobresaltándose ante el recuerdo del fuego verde. —¿El guiverno la destruyó?
—Lo hizo. Zéndar se disgustará conmigo.
Quemada. La lanza que había heredado de Zéndar se había quemado. Fel'annár frunció el ceño y se volvió hacia el afilado perfil de su abuelo. —¿Qué quieres decir con que Zéndar se enfadará...?
Or'Talán se volvió, encontrándose con la mirada de Fel'annár de frente, pero no dijo nada; no era necesario. Fel'annár sabía quién era... qué era.
Respiraba demasiado deprisa, una oleada de recuerdos y certezas lo asaltaban con demasiada rapidez, con demasiada fuerza. Jadeó, se apartó del fuego, se cubrió la boca con la mano y, aun así, su compañero permaneció en silencio.
—Tensári ha muerto.
—Murió con valentía.
Sintió que las comisuras de los labios caían. Intentó forzar una sonrisa, pero la agonía era demasiado grande y las lágrimas gotearon sobre el suelo ante él. Cerró los ojos con fuerza.
—Idernon.
Or'Talán frunció el ceño. —Él vive, Fel'annár. Él y Carodel resultaron gravemente heridos, pero viven. Galdith no tuvo tanta suerte. Él y Carodel fueron los primeros en cruzarse en el camino de Gra'dón.
Galdith, el Guerrero Feroz, el mejor amigo de Galadan, también había partido. Deseó de todo corazón que se encontraran en Naz'arán. Le consoló saber que su amigo volvería a tener a su pequeño en brazos.
Se obligó a concentrarse en el sonido de la carne chisporroteando sobre el fuego y se secó las lágrimas con la manga. No podía hablar, todavía no.
—Todavía recuerdo el día en que yo morí.
Recuerdo la cara de Pan, el momento en que comprendió que nunca podría llegar a tiempo hasta mí.
Le sonreí para que no recordara mi trágico final, sino la belleza de nuestra amistad.
No funcionó, no durante muchos años. Tengo que daros las gracias a ti y a Gorsa por su regreso.
Fel'annár exhaló lentamente mientras permitía que las muertes de Tensári y Galdith ocuparan su lugar en el alma.
—¿Se ha encontrado Pan'assár a sí mismo?
Or'Talán sonrió mientras alargaba la mano, retiraba el primer conejo del fuego y casi lo lanzaba sobre un plato.
—Él es Ber'ator. Deberías conocer la respuesta a eso.
—¿Dónde están ellos? Me refiero a Pan'assár y Tensári.