Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 22 Fuegos de Medianoche #3
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22 Fuegos de Medianoche #3

El sol ya había salido. El Dohai que tejería esta mañana no sería un protocolo ordinario, tanto por el momento en que él, Gor'sadén y los Discípulos lo bailarían, como por su propia naturaleza.

Incluso ahora, Fel'annár sentía crecer fuerzas opuestas a su alrededor, de forma similar al amanecer en que lo había realizado junto a Gor'sadén en la meseta del rey.

Pero esta vez, su comprensión era casi total.

El Bosque Perenne le había reconocido, las Hermanas seguían creciendo en su mente y su conocimiento de la luz —sobre cómo canalizarla a través del Dohai— tenía sentido por fin.

No había una sola luz, sino tres.

La luz del Bosque Perenne, la del Bosque Profundo y la de los Originales. Si podía manejarlas, fundirlas y crear algo nuevo, crearía lo que ahora comprendía que era la luz de la profecía: la luz en el bosque.

De pie sobre la plataforma, a los que estaban en las murallas les parecía que flotaban en el cielo; elfos guerreros desafiantes, valientes, con los ojos ardientes, un mensaje silencioso para los Nim'uán.

Estas son nuestras tierras. No nos las quitaréis. Venid a luchar si os atrevéis.

Thargodén, Handir, Maeneth y Rinon miraban sus perfiles, y a su alrededor, La Compañía, los capitanes y los arqueros contenían el aliento, casi podían verse allí arriba, sentir la exaltación del momento y, por primera vez esa mañana, la esperanza se filtró en sus mentes llenas de pavor.

Si ese iba a ser su último día en Bel'arán, harían que fuera el más hermoso y glorioso que jamás hubieran vivido.

Los estandartes en las altas torres ondeaban con la brisa. Brillante y orgulloso, el blasón de Or'Talán ondulaba justo a su lado, verde y dorado bajo la luz matinal.

El ejército de Gra'dón se detuvo en seco, y el estruendo de tantas ruedas, pies y pezuñas cesó. Una suave brisa jugaba con ellos, y los estandartes bailaban en ella, brillantes y orgullosos.

La mirada de Fel'annár se posó en la figura gigante de Gra'dón, que montaba en la silla del Lagarto de Gas más grande que jamás hubiera visto.

Sobre su cabeza, un imponente yelmo de serpiente, con dos serpientes curvándose hacia arriba y hacia afuera.

Reprimió un escalofrío ante la oleada de inquietud que sacudió el cuerpo.

Había algo extraño en él, un aura a su alrededor que no era natural. Airen lo había dicho, y también Lainon.

¿Era Telzorán lo que podía sentir?

Desde lo más profundo del alma de Fel'annár surgió la ira, ardiendo en la sangre. Levantando un brazo, señaló directamente a Gra'dón y luego abrió la boca; la voz resonó sobre las llanuras que les separaban, penetrando en el corazón palpitante del enemigo.

—¡Gra'dón!

El brazo extendido de Fel'annár se tensó y la palma se volvió hacia donde había salido el sol. Suavemente, se deslizó hacia los lados, y Gor'sadén y los Discípulos imitaron el gesto.

Mismos movimientos, misma precisión, pero con una fuerza y una velocidad que hablaban de guerra, no de paz.

El Kah se movió como uno solo y un ritmo comenzó a tomar forma. Era un ritmo de tres. Tres notas, la primera de ellas más fuerte, su movimiento correspondiente más rápido, más duro, más letal.

Uno, dos, tres.

Era el ritmo de la Rueda de la Guerra, el ritmo de Los Tres: Or'Talán, Gor'sadén, Pan'assár. Gor'sadén, Pan'assár, Fel'annár…

Tres luces: el Bosque Profundo, las Hermanas, el Bosque Perenne.

Fue el capitán Bulan el primero en golpear su escudo con la espada, en la primera nota de la secuencia. Otro se le unió, y luego otro más. Espadas relucientes chocando contra la bellota y la esmeralda, el blasón de su mayor rey.

El Kah se movía al unísono, las manos trazando patrones en el cielo, las piernas desplazando unos cuerpos que parecían flotar sobre un mar en calma.

Justo tras las extremidades de Fel'annár seguía la luz, y mientras bailaban, los suaves tonos de verde, púrpura y azul parecían crecer alrededor de todos los Kah, envolviéndolos en un halo de color centelleante.

Se arremolinaba y giraba en espiral alrededor de manos y pies mientras avanzaban, se movían de lado, hacia atrás y luego en círculo.

Se atenuaban y brillaban, brillaban y se atenuaban y, de pronto, una suave brisa sopló desde la izquierda.

Fel'annár siguió bailando, incluso cuando se volvió hacia el origen de la brisa, ignorando los gritos de asombro y temor de los guerreros, los capitanes y su propia familia real.

La tierra se movió bajo el Gran Cinturón Forestal con un estruendo sordo, como un trueno de verano, y la línea de árboles se elevó; la tierra se onduló y arqueó, como si una bestia gigante nadara debajo.

Desde las murallas, los guerreros gritaban al ver las raíces brotar del suelo, lanzando terrones de tierra a lo alto.

Sonidos de crujidos y latigazos, enroscándose y entrelazándose.

Esas raíces se juntaron, se trenzaron y se tensaron.

El suelo que antes era verde se volvió marrón; la tierra se movía como el agua, como una ola gigante de lodo suspendida en el aire.

—¡Dioses santos! —masculló Turion. Bulan le puso una mano en el antebrazo.

—Ellos protegerán a nuestro pueblo.

Turion miró bruscamente al capitán silvano. —Tiene que vivir, Bulan. Puede que la ciudad caiga, pero el Señor de la Guerra tiene que vivir.

Los árboles se mecían de un lado a otro, cambiando de dirección con cada primer compás.

Era un reflejo de la danza, una que Fel'annár recordaba haber visto en sus sueños de revelación.

En aquel entonces no lo había entendido, incluso le había parecido tierno, mientras que ahora le dotaba de poder, le elevaba.

Las luces brillaron sobre la copa oscilante, centelleando y destellando a medida que los movimientos se aceleraban y las luces envolvían el Bosque Profundo. Fel'annár sabía que no se detendrían.

Se volvió hacia los bosques del sur, medio diezmados, con los ojos encendidos mientras extendía ambas manos, en un gesto para que se unieran a él. Se mecieron suavemente pues estaban heridos, quizá de muerte, pero aun así lucharían, matarían a cualquier Señor de la Arena que pretendiera huir.

Los guerreros cayeron de rodillas, con las manos sobre el corazón mientras veían al segundo bosque obedecer a su Señor, y luego se estremecieron.

Con los ojos desorbitados, se volvieron hacia el norte justo cuando las trompetas de los Originales bramaron por toda la tierra, haciendo que la piedra temblara bajo los pies y vibrara en los pechos.

Quedaba un bosque más por convocar, uno del que Fel'annár no podía estar seguro de que le obedeciera.

Se volvió hacia el oeste, hacia el Bosque Perenne, y por un momento mantuvo la postura, sabiendo que Gor'sadén y los Discípulos aún seguían su señal.

Las luces que irradiaban del bosque prohibido parecieron atravesarles, entrar en ellos. Fel'annár sonrió al sentir que la luz se asentaba.

Ya tenía su respuesta.

Nunca había sentido tal poder; incluso podía sentir su peso en las manos. La tríada de luz que se había convertido en una, en algo completamente diferente.

Una ráfaga de aire caliente se expandió hacia el exterior, sacudiéndole al pasar a su lado. Se aceleró y él se volvió hacia el ejército invasor. El muro de aire caliente chocó contra el enemigo, haciendo que sus poderosos tótems y efigies se tambalearan peligrosamente.

Los Señores de la Arena gritaban, luchando por evitar que se estrellaran contra el suelo.

Los ojos de Fel'annár se abrieron de par en par. ¿Era esta la etapa final de su poder, su alcance definitivo? ¿O todavía había más?

Gra'dón permanecía rígido, con expresión desencajada mientras se retiraba el catalejo de la cara.

Poco antes, el comandante Zoobon le había informado de que los elfos habían descubierto cómo repeler a sus escarabajos.

Les había llevado tiempo, el suficiente para que los espectros destruyeran los fundíbulos enemigos, nivelaran el terreno y causaran todo el daño que habían podido.

Habría poca resistencia una vez que se tomaran las murallas.

Ahora, era el mago quien ocupaba el primer plano de su mente. Gra'dón había visto ese mismo rostro que le tenía fascinado desde que lo viera por primera vez en el retrato inacabado que encontró en Pelagia. Había sobrevivido a la batalla del norte. Estaba aquí; por fin.

El príncipe bastardo había invocado a sus bosques, ¿pero qué le importaba eso a Gra'dón?

Había arrasado la zona. Incluso ahora podía ver sus distantes y patéticos intentos de moverse.

Demasiado lejos, quizá demasiado enfermos incluso para intentarlo.

Pero una vez que el mago estuviera muerto y hubiera tomado la ciudad, entonces entraría en los bosques inertes y colonizaría estas tierras.

Nadie para invocar a los árboles. Nadie para ponerlos en su contra y en la de su ejército.

Nadie que le detuviera.

Gra'dón solo podía rezar para que las circunstancias le permitieran luchar contra el mago él mismo. Tenía preguntas que hacerle antes de arrebatarle la vida, antes de ver cómo el aliento se le cortaba en la garganta y su vida inmortal se extinguía lentamente.

Sonrió, pero en su mente vio a Ankelar, con los labios azules y el pecho inmóvil. Y luego vio a Taniq, con ojos vidriosos; ojos tristes. La sonrisa se desvaneció y una ira terrible le asaltó. Temblaba mientras esta le llenaba las venas y alimentaba los músculos.

Finalmente, el momento había llegado. Era la hora de los Nim'uán.

Era el momento de la venganza, pero, por encima de todo, era el momento de la justicia para los inmortales desterrados, para aquellos que vivirían para siempre y, sin embargo, nunca escaparían de esta prisión que llamaban Bel'arán, el Primer Mundo, el único mundo que se le permitía conocer.

Era el momento de que los condenados se rebelaran, de que tomaran lo que siempre debió ser suyo.

La libertad.