Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 22 Fuegos de Medianoche #2
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22 Fuegos de Medianoche #2

Caminaron lentamente a través de la carnicería; podían oír sus botas chapoteando y crujiendo bajo los pies. Galdith miró a Carodel y vio su tez pálida, con los ojos fijos al frente. Este se sobresaltó cuando Fel'annár habló.

—Y ahí lo tenemos. El motivo por el que vinieron esos escarabajos.

Los demás no tardaron en ver a Turion y a Bulan. Más allá de ellos había una imponente pila de madera astillada, cadenas rotas y cuerdas. Colgando del extremo mismo de lo que una vez fuera el brazo gigante de un fundíbulo, dos cuerpos se balanceaban con la suave brisa.

Gor'sadén, Fel'annár y La Compañía se situaron al lado del Comandante General, con la mirada pasando por el fundíbulo arruinado y dirigiéndose hacia arriba, hacia los cuerpos destrozados y desgarrados de dos elfos.

Sus formas semidesnudas estaban desencajadas, la piel de un blanco lechoso hecha girones, con jirones de carne ondeando al viento.

Aunque sus ropas casi habían desaparecido, estaban cubiertos de joyas.

Ostentosos collares de oro incrustados de gemas colgaban de sus cuellos rotos, anillos macizos cuajados de diamantes y esmeraldas —tantas esmeraldas— colgaban de dedos a medio cercenar.

Era un mensaje de Gra'dón, Fel'annár estaba seguro de ello.

—Ni siquiera ella se merecía esto.

Fel'annár se volvió hacia Turion, cuyos ojos seguían fijos en los cuerpos torturados sobre ellos.

—¿Ella?

—Lady Melu'sán, jefa del Gremio de Mercaderes.

—¿Y el otro?

—Es Nestar, creo. —Bulan no podía estar seguro. No quedaba mucho de su cara.

Fel'annár lo conocía de nombre, pero no podía recordarlo de sus propias visitas a las Salas de Curación.

—No son lo único que Gra'dón ha arruinado —dijo Gor'sadén al lado de Fel'annár.

Donde antes se alzaban seis fundíbulos, ahora no había más que restos, madera para las piras y hierro para las forjas. Fel'annár miró a su alrededor, con los ojos en las murallas. Las balistas estaban intactas, y el cadalso que albergaba el lanzador de bombas parecía no haber sido tocado.

Gritos desde fuera de las puertas hicieron que los comandantes, generales y guerreros se volvieran hacia un guardia que corría hacia ellos.

—¡Las trincheras... han desaparecido!

—Buscad cualquier otro daño.

—¿Deberíamos empezar a cavar las...?

—No. Es demasiado tarde.

Turion se volvió hacia Fel'annár, hacia la neblina que se había acumulado ante sus ojos.

Despidiendo al guardia, se dirigió al Señor de la Guerra con expresión alarmada.

—Ya estábamos en desventaja. Pero sin fundíbulos, no podemos defendernos desde lejos.

El enemigo estará al alcance de nuestros arcos antes de que podamos hacer nada para detenerlos.

Y sus máquinas de asedio avanzarán y tomarán nuestras murallas sin trabas.

El silencio siguió a sus palabras. Turion tenía razón. Estaban prácticamente indefensos. Toda posibilidad de forzar un asedio se había esfumado. Esta guerra sería corta, y sería violenta.

Turion cerró los ojos y se dio la vuelta.

—¿Cuánto falta para que las máquinas enemigas entren en el radio de alcance? —fue la escueta pregunta de Bulan.

—Una hora, más o menos —respondió Fel'annár.

Un guerrero corrió hacia Bulan y le saludó. —Señor. Han llenado las cubas con tierra. Se tardará más de una hora en vaciarlas y volver a llenarlas.

El capitán le despidió y luego se volvió hacia Turion. —Sin aceite para las murallas. ¿Qué más puede salir mal?

Con la mandíbula tensa, Turion supo que tendrían que pensar rápido para superar estas carencias. Abrió la boca y gritó lo suficientemente fuerte para que todo el patio le oyera.

—¡Encended las antorchas! ¡Traed las flechas! ¡Cargad el lanzabombas!

Los cuernos alpinos y silvanos bramaron desde las altas torres. El enemigo se movía y la batalla era inminente.

Los capitanes se volvieron ante la urgente orden de Turion, corrieron mientras gritaban sus propias órdenes y, en segundos, la ciudad se vio sumida en un caos apenas controlado.

Las murallas cobraron vida propia cuando guerreros y civiles corrieron hacia ellas con los brazos cargados de suministros.

Los carros traqueteaban sobre los adoquines mientras se transportaban lanzas Synth a las torres.

Una hora: era todo lo que tenían.

Sorei y Rinon corrieron al patio, cruzándose con los capitanes Salo y Henú. Al separarse, Sorei se dirigió a las balistas de las murallas, mientras que Rinon corrió hacia Turion. Fel'annár se volvió hacia Gor'sadén. —Invoquemos el Kah, Maestro.

Gor'sadén se irguió, creyendo saber lo que su hijo iba a hacer.

Eran minutos desesperados que requerían medidas desesperadas.

Fel'annár hacía bien en ponerse a prueba, en infundir en el Kah toda la energía que fuera capaz de conjurar a partir de su incipiente comprensión de la luz.

Se alejó a toda prisa en busca de los otros siete Discípulos.

Fel'annár se situó sobre la balaustrada, oteando el horizonte. Tras él, La Compañía aguardaba en silencio. A poca distancia, el rey Thargodén permanecía junto a los príncipes Handir y Rinon, Turion y Bulan, con los ojos clavados en la masa de calrazianos y bestias que marchaban hacia ellos.

A la vanguardia, poderosas balistas y fundíbulos rodaban por el terreno. En cuanto se acercaran más, nada les impediría alcanzar las mismas murallas si Gra'dón así lo deseaba.

Sabuesos y Lagartos se revolvían y chillaban en primera línea, y detrás, fila tras fila de Señores de la Arena. Al fondo, todavía como simples amenazas titilantes, las torres de asedio se alzaban hacia el nebuloso cielo matutino.

La batalla era inminente.

En el patio de abajo, ante las puertas selladas, las divisiones de Montaña y Bosque formaban en perfecta formación.

Lanzas y escudos en mano, arcos y espadas a la espalda, yelmos firmemente encajados en la cabeza y las máscaras colgando a un lado.

Tras ellos, los restos destrozados de los fundíbulos; los cuerpos arruinados de Melu'sán y Nestar ya no estaban allí.

En las murallas, dentro de cadalsos construidos especialmente, las balistas estaban cargadas con lanzas Synth, y el lanzabombas apuntaba hacia el sur, de nuevo totalmente armado. Se estaban transportando más bombas, depositándolas con cuidado junto a la máquina que las propulsaría.

Tantas despedidas, abrazos desesperados, palabras destinadas a calmar, otras destinadas a curar, a dar esperanza donde apenas la había.

Fel'annár había visto a guerreros silvanos arrodillados ante una pequeña estatua de Aria, con la cabeza inclinada y los labios moviéndose en una plegaria.

Los alpinos se agrupaban en pequeños corrillos, miraban hacia el este y hacia la Madre Patria con las manos sobre sus corazones palpitantes.

Últimas palabras, dirigidas a una diosa a la que suplicaban misericordia, una ayuda en la batalla venidera.

No sabían que Aria solo podía actuar a través de sus Divinos, que por sí sola no tenía poder para intervenir.

Pero sí sabían que esta batalla estaba prácticamente perdida a menos que Eramor y Vorn'asté lograran llegar antes de lo previsto.

Incluso entonces, las probabilidades estaban en su contra, y las mareas de la desesperación chocaban contra la frágil esperanza a la que se aferraban.

Solo el bosque permanecería, decían, y en ello residía su única esperanza.

Aún podrían retirarse al Gran Cinturón Forestal.

Pero primero, lucharían. Era el valor de los aterrados ante aquello que aterra.

Fel'annár ya distinguía los colores, y en medio de la masa de rojo y plata, colosales balistas eran arrastradas por Sabuesos, azotados por sus maestros de bestias para ganar velocidad.

Detrás, jefes montados cabalgaban sobre sus monturas impías, que aullaban y chillaban ante la anticipación de lo que estaba por venir, con armaduras finamente forjadas cubriéndoles el pecho y las patas.

El ejército de Gra'dón se extendía hasta el mismísimo horizonte, y al final del todo, unas construcciones imponentes empezaron a perfilarse. Eran efigies, ofrendas pintadas a sus dioses, con forma de serpientes, escarabajos y otros insectos que Fel'annár nunca había visto ni deseaba ver jamás.

Un movimiento a su izquierda hizo que Fel'annár se volviera hacia Gor'sadén, que se acercaba lentamente con sus penetrantes ojos azules fijos en él. Detrás, los Discípulos esperaban.

Por un momento, el fragor del enemigo que se aproximaba se desvaneció y todo lo que Fel'annár podía oír era su propio corazón y los suaves susurros del bosque. Incluso el Bosque Perenne se unió a la voz del Bosque Profundo y las Hermanas.

Muéstrales la luz.

Fel'annár no sabía qué diferencia podría suponer para sus guerreros, si podría elevar sus almas desde donde se habían desplomado, o si podría mostrar a Gra'dón y a sus demonios que ellos también tenían motivos para temer.

Pero debía intentarlo. Bailarían el Dohai en el único lugar donde serían visibles para el enemigo: en lo alto de un mirador que colgaba sobre las murallas, hacia el este, sobresaliendo como una nube de madera en el cielo.

Fel'annár subió los peldaños, con Gor'sadén a su lado y los Discípulos detrás, con los fajines morados y grises ondeando alrededor de las botas al detenerse y contemplar al ejército enemigo.

Guerreros Kah, guardianes del arte antiguo, maestros del Dohai que les permitía proyectar fuerza y precisión en su combate.

Pero Fel'annár y Gor'sadén esperaban algo más.