Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 14 De Regreso de Naz’arán #2
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14 De Regreso de Naz’arán #2

Taniq miró fijamente a Alei y luego a Amareth, sopesando cuánto debería contarles del Consejo Mental al que había asistido. Había visto a Fel'annár con tanta claridad, de pie en la cima del mundo, con un ave de caza sobre el hombro.

—Los he sentido. Están bien y más cerca de la ciudad de lo que pensábamos. A esta gente le vendría bien saber que la ayuda está en camino.

—Sí, así es. Lo necesitan, pues de lo contrario mañana todos partirán hacia el bosque, sin importar los peligros.

—Eso no es necesariamente malo —murmuró Amareth, preguntándose por qué su madre parecía tan presente esta mañana—. ¿Te irás con ellos, Taniq?

—¿Yo? No. Puedo ayudar a nuestro comandante escuchando. No puedo irme ahora, justo cuando más me necesita.

—¿Y no hay nadie más que te necesite, Taniq? —Fue Alei quien hizo la pregunta, y Taniq se irguió en el banco.

—Perdóname. No tienes que responder a eso —murmuró Alei.

—Ya no. Tuve una hija una vez...

Amareth bajó la mirada, se volvió hacia su madre y vio la forma en que sus ojos se centraban en el mundo que tenía delante.

—Yo también. Fue asesinada.

Taniq observó, ladeó la cabeza. Sabía exactamente a quién se refería.

—Nuestra reina, sí. Lamento tu pérdida, Alei. Yo perdí a mi hija hace muchos años. Fue… secuestrada por los Señores de la Arena.

Los ojos de Amareth se abrieron de par en par, demasiado absorta en Taniq y su historia para advertir el cambio en Alei.

—Debe de haber sido difícil no conocer su destino, me refiero. —Y aun así, los ojos de Alei seguían enfocados, como si estuviera instando a Taniq a continuar.

—Lo fue. Pero los árboles me dicen que ya no está en este mundo. A veces me pregunto cómo fue para ella. ¿Llegó a Calrazia? ¿Vivió allí como esclava? Cómo murió y...

—... si sufrió. —El rostro pálido de Alei miró fijamente a Taniq, como si la desafiara a negarlo.

—Sí.

Alei se puso en pie bruscamente y, durante un rato, no se movió. Pero el ceño fruncido cambió poco a poco a una suave sonrisa y sus ojos volvieron a perderse en los recuerdos. —Buenos días, señoras.

Taniq la vio marcharse y luego se volvió hacia Amareth. —Sufre todavía.

—Por Lássira y por su alma gemela, Zéndar.

—Zéndar el Ber'ator, sí. Los Ari tienen mucha fuerza en tu linaje, Amareth. Pero dime, ¿por qué no emprende el Camino Largo? Zéndar es Ari'atór. Él estará allí cuando ella cruce...

—Lo sé, Taniq. Me gusta pensar que se queda por mí y por Bulan, y sin embargo algo me dice que hay algo más. Quizá sea simplemente esta tierra a la que ama tanto. Quizá sea su nieto, Fel'annár.

—Pasé muchos años preguntándome si mi hija seguía viva.

Eso es lo que me mantuvo aquí, en Bel'arán.

Cuando los árboles me dijeron que ya no estaba aquí, supe que emprendería el Camino Largo.

Pero luego me dijeron que una parte de ella aún camina por estas tierras.

—Se volvió hacia Amareth, insegura de por qué había revelado algo tan privado a alguien a quien apenas conocía—.

Creo que puede haber tenido un hijo, Amareth, y por eso ahora no puedo irme; no sin saber si es cierto, dónde puede estar él o ella.

—Pero… si fue secuestrada por los Señores de la Arena, ese hijo podría estar en Calrazia.

—No lo creo. Los árboles me dicen esto, y no creo que haya muchos en esas tierras desérticas. No. Creo que ese niño está más cerca; de lo contrario, ¿cómo lo sabrían ellos?

Amareth miró a la Oyente y sacudió la cabeza con consternación. —Sabes, lo siento por ti, pero si alguna vez encuentras al hijo de tu hija… qué bendición, Taniq. Una parte de ella seguiría contigo. Es como me pasa a mí con Fel'annár. Se parece tanto a su madre, tiene sus ojos.

—Sí, sí que los tiene. Lo echas de menos, ¿verdad?

Amareth desvió la mirada con una sonrisa pesarosa en el rostro. —¿Puedes hablar directamente con él?

—Sí. Su habilidad es muy superior a la mía.

Todavía no estoy acostumbrada; a hablar directamente, me refiero.

Es como si estuviera allí con él en ese lugar que ha evocado.

Curiosamente, tanto el comandante como yo vemos exactamente las mismas cosas.

No es mi imaginación, sino algún lugar que él ha creado en su mente. Es algo extraordinario.

—Si puedes, ¿le dirás a Fel'annár que se le quiere? ¿Que lo echo de menos?

Taniq sonrió. —Puedo intentarlo.

Amareth asintió a su recién descubierta amiga y la vio marcharse hacia el árbol del patio, supuso. Cuando no estaba ayudando a Amareth, casi siempre se la podía encontrar allí, con la mano contra la corteza, escuchando.

Amareth no se equivocaba.

Taniq se sentó de espaldas a la corteza, abrió su mente y buscó al Señor de la Guerra. Lo encontró antes de lo que había pensado. Estaba más cerca de lo que había creído.

Abrió los ojos, se puso en pie y luego palmeó el árbol con cariño.

Al salir del gremio, cruzó el patio en dirección a las oficinas de Turion, porque más tarde, ese mismo día, el Señor de la Guerra llegaría por fin.

—Dime, Sombra. ¿Por qué estás aquí, en aislamiento?

—El carcelero llamado Kalan me pilló hablando con uno de los Ilícitos. Por alguna razón, sintió la necesidad de prohibirlo.

Rinon enarcó una ceja y guardó la información para más tarde. Abrió la boca para preguntarle a Macurian qué había averiguado, pero Macurian levantó una mano, se volvió hacia el fondo de su celda y se acuclilló ante la pared trasera. Cuando habló, su voz sonó innecesariamente alta.

—Príncipe. Suplico clemencia. Mi traición está probada, pero por favor, tengo familia en Naz'arán.

Aquel tono servil no encajaba en absoluto con Macurian, y los ojos de Rinon se deslizaron hacia la pared donde había habido una sombra pocos instantes antes. Levantó la cabeza y asintió para indicar que comprendía.

No estaban solos.

—¡Kallan!

El carcelero apareció con las llaves en la mano, desconcertado. Rinon acababa de llegar.

—¿Mi príncipe?

—Encadenadlo y llevadlo a la sala de interrogatorios.

Kalan abrió la boca, volvió a cerrarla y asintió; en cuestión de instantes, Macurian estaba encadenado. El carcelero hizo amago de sacarlo a rastras, pero Rinon levantó la mano. —Yo me encargaré de ello personalmente.

—Mi príncipe. Es peligroso. Tengo instrucciones estrictas de…

—¿Me cuestionáis, carcelero? —Rinon se volvió hacia él, plantándose tan cerca que sus narices casi se rozaban. Kalan se estremeció y retrocedió un paso.

—No, mi príncipe. Perdonadme.

Rinon hizo un gesto a Kalan para que se retirara y luego se volvió hacia Macurian. Con una inclinación de cabeza, príncipe y Sombra recorrieron el pasillo, bajaron por otro y entraron en una habitación alejada que Rinon sabía que nunca estaba cerrada con llave.

Cerrando la puerta tras de sí, se volvió hacia Macurian. —¿Draugolé estaba escuchando?

Macurian asintió, recorriendo la estancia de arriba abajo con la mirada. —Tengo noticias.

Rinon dio un paso adelante para poder oírle.

—Después de que me encerraran, un compañero de prisión me preguntó por qué estaba encarcelado.

Se lo dije, y él me contó que era un Guerrero Kah Ilícito.

¿Recordáis, príncipe, cuando hablamos de ellos el otro día junto a la hoguera?

Dijisteis que vuestro padre aún no los había sentenciado, que su deseo era exiliarlos.

—Sí, lo recuerdo.

—A estos traidores se les dijo que habían sido sentenciados a muerte. Decidme, ¿quién se lo dijo? Y lo que es más importante, ¿por qué?

Rinon miró fijamente a la Sombra, con el ceño fruncido mientras hurgaba en su mente, y pronto encontró la respuesta.

—¿Draugolé? —susurró.

Macurian asintió lentamente. —No puedo estar seguro, y tampoco lo están estos guerreros…

—Traidores —corrigió Rinon.

—Llamadlos como queráis.

—Debe de estar usando a uno o más guardias para comunicarse con el mundo exterior.

—A Kalan, al menos. En cuanto me oyó hablar con el Ilícito, me trasladó a aislamiento, justo al lado de la celda de Draugolé. Oí al guardia diciéndole que su comida había llegado, y algo sobre misivas que no llegaban. Hay un agujero en la pared que puede abrirse desde ambos lados.

—Creo que ese Draugolé está creando una ficción en la que él es el salvador de estos…

traidores y, por tanto, los usa para su propio beneficio, con un propósito que aún no alcanzo a comprender.

No quieren ser ejecutados, por miedo a no volver a encontrarse a sí mismos en la próxima vida.

Y se niegan a comer. Dicen que los que murieron fueron envenenados a través de la comida.

Tal como ellos lo ven, no les queda más remedio que seguir al mentiroso.

El miedo los hace vulnerables a sus artimañas.

La mente de Rinon trabajaba a toda velocidad ante lo que la Sombra le había revelado, ante cómo había formado esa teoría tras solo una noche en las mazmorras. Se dio la vuelta y vio a Macurian bajo una luz diferente.

—¿Cuál es tu propuesta? —susurró.

—Seguidle la corriente a Draugolé. Dejad que crea que su pacto con los Ilícitos es sólido, que ellos creen que sus ejecuciones son inminentes.

Podría hablar con ellos si lográis que me devuelvan a mi celda original.

Podría decirles que los han engañado, que si luchan por el rey, sus sentencias podrían conmutarse por algo… menos drástico.

—No puedo confiar en ellos, Macurian. ¿Cómo sabría que no volverían a traicionarnos?

—¿No es eso lo que vuestro hermano se esfuerza por comprender?

—Yo no soy Handir.

Macurian enarcó una ceja y Rinon le lanzó una mirada sombría; solo podía imaginar la réplica que la Sombra había estado a punto de soltarle.

—¿Dijeron alguna vez por qué traicionaron al rey?

—Sus juicios fueron ante el Consejo Real. No creo que se les diera la oportunidad de hablar —dijo Rinon.