12 Sol de Medianoche #3
—Llévalo a las mazmorras, Rinon.
El príncipe heredero se quedó desconcertado; estaba seguro de que Handir le daría una oportunidad para demostrar su valía. Miró de reojo a Macurian y vio su decepción con la misma claridad con la que vio su aceptación.
—¿Cuántos guerreros has traído, Rinon?
—Más de doscientos, todos ellos veteranos de combate silvanos.
Handir asintió lentamente. —No será suficiente. Necesitamos más guerreros, y tenemos a más de doscientos sentados en las mazmorras esperando sus sentencias.
—¿Doscientos? ¿Te refieres a los Ilícitos? ¿Qué les pasó a los demás?
—Murieron, junto con otros prisioneros. La causa sigue sin estar clara. Pero los que quedan no pueden quedarse languideciendo en las mazmorras cuando podrían luchar por nosotros.
—¡No puedes hablar en serio!
—Hablo con toda la seriedad del mundo. Estoy preparando un informe para el rey en este mismo momento. Pero para planteárselo, debo estar seguro de que es factible. Necesito saber si están arrepentidos.
Rinon miró fijamente a su hermano, al que apenas reconocía ya.
—Necesito una sombra en la oscuridad. Necesito ojos y oídos en las mazmorras para entender qué está pasando.
Macurian se sobresaltó y abrió la boca para hablar.
—Callad y escuchad. Tenéis una oportunidad para demostrar vuestra valía.
Si falláis, vuestra sentencia será la muerte.
Quiero que vigiléis y escuchéis, como sé que os han entrenado para hacer.
Decidme si se puede confiar en que esos Guerreros Kah Ilícitos regresen a las filas, si pueden ayudar en la guerra que se avecina.
—Handir…
—Rinon. Piensa. Si lo haces, sabrás que tengo razón al menos al investigar la posibilidad. Ya habrá tiempo de convencernos, de convencer al rey. Pero primero debemos conocer sus mentes y sus corazones.
—Os estoy agradecido, mi príncipe. No os fallaré. Tenéis mi palabra, tarde lo que tarde.
—Vuestra palabra no vale nada.
Macurian miró al suelo; no había esperado menos.
—Una cosa más, Macurian. La causa de estas muertes no está clara. La Lestari ha confirmado que no fue suicidio ni asesinato. No ha encontrado nada que sugiera juego sucio. Aun así, la muerte por causas naturales es poco frecuente. Que ocurra con el enemigo a nuestras puertas parece harto fortuito.
—Lo tendré en cuenta, príncipe.
Handir clavó la mirada en el ex-Sombra. —Traedme pruebas. —Vio cómo Macurian hacía una inclinación y luego volvió a su escritorio. Rinon lo siguió, mirando con fascinación a su hermano menor, ahora sentado.
—Nos vemos luego, príncipe.
Handir levantó la vista hacia su hermano mayor, asintió y reanudó su trabajo.
Fuera de los aposentos de Airen, Kristain observaba cómo sus sanadores limpiaban tras la oleada de pacientes que habían atendido aquel día.
Llyniel se había marchado, supuestamente para descansar hasta el día siguiente, pero si Kristain la conocía tan bien como creía, volvería para asegurarse de que todo estuviera listo para el turno de mañana.
Resopló, sacudió la cabeza y admiró a la mujer más de lo que quizá debería.
Entre aquel mar de túnicas blancas, azules y verdes, un guerrero llamó su atención.
—¿Jarabon? ¡Jarabon! Por todos los dioses…
El veterano silvano se giró ante el sonido improbable de su nombre en labios de alguien a quien no había visto en varias décadas.
—¡Kristain!
Jamás olvidaría aquella voz singular, como una rana ronca en medio de una espesa niebla. Kristain la había oído muchas veces en batalla. Se abalanzó hacia delante, con paso torpe, casi tanto como su antiguo hermano de armas.
El sanador y el guerrero se fundieron en un abrazo desesperado, y permanecieron así el tiempo suficiente para llamar la atención. Fue Jarabon quien separó a Kristain manteniéndolo a la distancia de sus brazos, con los ojos recorriendo las túnicas de un sanador jefe.
—¡Puedes caminar! —exclamó Jarabon con una rara sonrisa. Kristain se la devolvió, aunque fuera algo torcida.
—Casi tan mal como tú.
Jarabon resopló. —Quién hubiera pensado que volvería a servir. Y tú, un sanador jefe…
—Ambos nacimos para servir, Jara; de una forma u otra satisfacemos esa necesidad. Me alegra muchísimo volver a verte, hermano.
—Y a mí a ti. Son tiempos desesperados, pero tú y yo siempre hicimos grandes cosas juntos.
—Sí, así fue —murmuró Kristain.
Fiel a su intuición, Llyniel se deslizó hacia ellos, con la curiosidad asomando a sus ojos. Pero pronto se tornó en asombro al advertir quién era exactamente el que estaba ante Kristain.
—¡Jarabon!
El veterano guerrero sonrió con sorna e hizo una respetuosa inclinación.
—Has vuelto a filas…
—Sí, de momento bajo el mando del General Rinon, hasta que el Señor de la Guerra regrese.
Llyniel sonrió. —Y se alegrará mucho de verte, Jarabon.
—Y yo a él. Ha traído el cambio, ha enmendado los agravios que se nos hicieron. Y mientras espero su regreso, he oído que Kristain se había convertido en sanador, y nada menos que en sanador jefe.
—¿Servisteis juntos entonces?
—Muchas veces —explicó Kristain—. Hemos luchado en muchos lugares, en nombre de muchas cosas. Ambos salimos de aquello con los cuerpos maltrechos, pero seguimos aquí, después de tanto tiempo.
Llyniel sonrió y Kristain se volvió hacia ella, cruzándose de brazos. —¿No se suponía que ibas a descansar?
Ella se encogió de hombros. —Ya me conoces, solo comprobaba que todo estuviera en orden para mañana.
Kristain puso los ojos en blanco y la siguió mientras ella hacía una última ronda por las Salas. —Espérame aquí, Jara.
Los ojos de Llyniel recorrieron las mesas a lo largo del pasillo central, vio los viales y frascos ordenados, los morteros, las superficies limpias y los vendajes enrollados.
—¿Satisfecha?
—Por supuesto. No dudo de ti, Kristain. Es simplemente que no puedo dormir si no lo veo con mis propios ojos.
—Maníaca del control… —murmuró él.
Ella sonrió, sintiendo que su ánimo mejoraba, incluso ahora, con el enemigo a solo cinco días de distancia.
Pero Fel'annár estaba aún más cerca. Podía sentirlo.
Fel'annár y setecientos cincuenta guerreros se habían detenido al mediodía. Un descanso y una bebida caliente junto al embravecido río, unos pocos frutos secos y bayas para alimentar sus cuerpos; era todo para lo que tenían tiempo.
Miró a las tropas exhaustas, ojos cansados, músculos fatigados, mandíbulas apretadas y miradas que albergaban mil preguntas.
Necesitaban descanso. Necesitaban dormir en una cama blanda, merecían una bienvenida de héroes después de todo lo que habían soportado en el norte. Ojalá pudiera concederles unas pocas horas más.
Pero lo que estaba en juego era demasiado importante, las consecuencias de demorarse eran demasiado grandes.
—Para cuando caiga la noche, todavía estaremos a medio día de Sen Garay —dijo Fel'annár distraídamente, sosteniendo el té con ambas manos.
—Hemos progresado bien —dijo Gor'sadén—. Estás forzando a las tropas todo lo que puedes.
—No es suficiente. A este ritmo, llegaremos a la ciudad unos tres días antes que el enemigo. Tres días para planear nuestra defensa en un asedio, Gor'sadén, si no dormimos.
El comandante no dijo nada. Seguían estando en una inferioridad numérica abrumadora, incluso aunque Tar'eastór llegara antes del ataque.
Su única posibilidad de victoria dependía de su resistencia, de su estrategia para desgastar al enemigo durante un largo periodo de tiempo.
Pero con los números que Gra'dón había traído, Gor'sadén dudaba que un asedio fuera siquiera posible. Serían arrollados en cuestión de horas.
Tensári se calentó las manos alrededor de su taza humeante y bebió un sorbo. Idernon, Galdith y Carodel miraban al suelo, demasiado cansados para hablar, y Ramien se frotaba sus manos recién encallecidas.
Un chillido muy por encima de ellos hizo que Fel'annár levantara la vista, con mirada esperanzada escudriñando el cielo de la tarde. Tensári se puso a su lado, con los puños apretados a los costados. Y entonces lo vio: el azor blanco y negro que era Azure.
A su alrededor, los guerreros se pusieron de pie y señalaron al cielo, mientras un murmullo recorría todo el campamento.
Azure traería noticias. Él sabría a qué distancia estaba el enemigo, cuánto tiempo tenían antes de que los Nim'uán cayeran sobre las puertas de Ea Uaré.
El ave estaba más cerca ahora, pero aún a gran altura sobre sus cabezas. Describió un círculo, lanzó un último grito y luego se lanzó en picado hacia abajo.
El pájaro se convirtió en una línea brillante de llama plateada, y su cola en abanico se separó, el cuerpo se alargó y las plumas se transformaron en cuero y metal.
Azure era Lainon una vez más; sus poderosas alas batieron hacia delante hasta que quedó suspendido sobre el suelo y luego aterrizó lentamente sobre sus dos pies calzados con botas.
El corazón de Fel'annár se ensanchó al ver a su hermano, con los ojos tan brillantes y algún poder de otro mundo pulsando justo bajo su forma élfica. Pero así como la presencia de Lainon le daba esperanza, también le traía pavor por las noticias que iba a entregar.
Las tropas vitorearon, tendieron las manos hacia el Ari'atór alado, sabiendo que traía noticias. No entendían qué era, cómo era posible regresar de entre los muertos, pero en ese momento nada de eso importaba, salvo que estaba aquí, que lucharía con ellos una vez más.
—Noticias de urgencia, Señor de la Guerra. Las fuerzas enemigas son vastas. El Nim'uán trae al menos diez mil. Tiene maestros de bestias que cabalgan Sabuesos, y cada caudillo monta un Lagarto de Gas. Están cerca de la frontera, Señor de la Guerra, a solo cuatro días de la ciudad.
—He visto brujas, o quizá magos, no sabría decirlo. Sus rostros están… mutilados de alguna forma. Sus mandíbulas son alargadas, tienen más boca que cara. Son temidos, tanto como lo eran los Segadores. Pero por qué han venido y qué poder ejercen sobre los guerreros es todavía un misterio.