Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 12 Sol de Medianoche #2
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12 Sol de Medianoche #2

Rinon asintió y se dispuso a marcharse, pero un destello de cabello rubio captó su atención y se volvió a la derecha.

Sorei estaba allí sola, observándolo, y de pronto Rinon sintió cada moratón, cada latido de su dolorida cabeza.

Estaba cansado, totalmente agotado. Le llevó un tiempo comprender que no era solo el agotamiento del camino a casa, de los Sabuesos y de la vigilancia constante. Era mucho más que eso.

Eran los años de ira. Los años de resentimiento y amargura. Todas esas décadas pesaban sobre él ahora como una montaña, aplastándolo. Había culpado a todos por la pérdida de su madre, por la partida de Maeneth, porque nunca había entendido qué era lo que los movía.

Era el mismo poder que apartaría esa montaña ahora.

El peso se había ido y Rinon se sentía expuesto, vulnerable, tal como era en realidad, sin fingimientos, sin barreras, sin hielo para ocultar sus emociones mientras miraba a Sorei y ella lo observaba, sin rastro ya de acero en su propia mirada.

Príncipe de Hielo. Así era como lo llamaron una vez, y se lo había merecido. Se había pasado la vida fingiendo no tener sentimientos. Pero los tenía, por eso había estado enfadado durante tanto tiempo. Aun así, había engañado a muchos.

Pero nunca había engañado a Sorei, y ya no quería hacerlo.

Ella lo comprendía, veía bajo su subterfugio, el mismo que ella misma había construido a lo largo de los años para protegerse como la única mujer en un ejército dominado por hombres. Pero bajo esa capa de piedra, con qué brillo ardía ella.

Sorei dio un paso adelante, con el rostro ya no esculpido en piedra, sino abierto, vulnerable, suave. Rinon vio la pregunta en sus ojos.

El tiempo ya no importaba. El viento no soplaba y la luna había cesado su ascenso vespertino.

Todo sonido se desvaneció y Rinon recordó cómo Sorei había intentado ocupar su lugar en Puerto Helia, para que él estuviera a salvo.

Él se había negado, pero no se le había escapado la expresión de su rostro, la grieta en su fachada.

Se acercó a ella y vio cómo se le agrandaban los ojos. ¿Había respondido él a su pregunta?

Y entonces ella estuvo ante él, con los ojos buscando los suyos. Él extendió la mano, deslizando el dorso de sus dedos por la mejilla de ella, y permitió que la mano vacilante de Sorei rozara el vendaje de su cabeza.

Cuando la besó, fue dulce y tierno, delicado como nunca lo había sido antes, y en aquella primera muestra pública de sus emociones, Rinon supo cuál había sido la pregunta de Sorei.

El beso llegó a su fin y él la rodeó con los brazos, sintió los de ella alrededor de su cintura y se preguntó si ella podría oír su respuesta.

Te quiero.

Detrás de él, incapaces y poco dispuestos a moverse, Thargodén, Maeneth, Handir, Sontúr, Aradan y Turion observaban, totalmente silenciosos y estupefactos.

—Vaya, vaya. A que al final iba a tener razón —murmuró Maeneth. Sontúr sonrió, con su imagen de Rinon totalmente hecha añicos.

Aradan sonrió y Thargodén observó. Maldijo al mundo por la guerra que se avecinaba, justo cuando su familia se estaba uniendo; justo cuando el amor había honrado a tres de sus hijos.

Todo lo que podía hacer era rezar, con todo su ser, para que sobrevivieran y pudieran vivir una vida de dichosa compañía, tal como él mismo la disfrutó una vez.

Con su dolorida cabeza envuelta en un vendaje limpio, Rinon cruzó el patio a grandes zancadas, bajo la mirada curiosa de guerreros y refugiados. A su lado le seguía una figura alta, arropada y encapuchada.

Se alegraba de que Turion no le hubiera preguntado por Macurian; sabía que lo había hecho para priorizar, para que Rinon pudiera ir a las Salas y luego descansar.

Pero también sabía que tendría sus respuestas la próxima vez que se vieran.

Eso le daba tiempo a Rinon para hablar con Handir y ordenar sus pensamientos.

—Lo que el príncipe Handir decida será lo que hagamos, sin importar mi propia opinión. Él juzga mejor el carácter, es el experto en leer las intenciones de los demás. No podéis engañarlo, Sombra.

—Esa no es mi intención, príncipe.

—Inteligente elfo.

Atravesando la entrada custodiada, subieron las escaleras y avanzaron por el pasillo real. El guardia ante la puerta del rey saludó.

—El príncipe Handir está en el escritorio del rey, mi príncipe.

Rinon asintió, arrepintiéndose al sentir los latidos en la cabeza. Tan pronto como la puerta se cerró tras ellos, los ojos de Rinon observaron cómo su hermano terminaba lo que estaba escribiendo y luego se ponía en pie.

El príncipe inmaculado y el general desaliñado se sujetaron por los hombros sobre el abarrotado escritorio.

—Padre prefiere estar en el campo, con sus capitanes y guerreros. Aradan y yo nos estamos encargando de la mayor parte de la planificación. ¿Cómo está esa cabeza de chorlito tuya?

—Intacta. Este es Macurian.

La mirada de Handir se desvió al lado de Rinon, observando cómo una mano subía y retiraba la amplia capucha que llevaba el desconocido.

No era lo que Handir esperaba. Con cicatrices y un ojo ligeramente caído por alguna herida de arma blanca, aquel elfo resultaba peculiar a la vista. —¿Os conozco?

—Solo de palabra, mi príncipe.

Handir se enderezó y levantó la cabeza cuando la sospecha empezó a hacer mella en él. —¿Quién sois?

Macurian dio un paso al frente y Rinon se tensó.

—Soy el elfo que dejó las misivas de Lord Sulén sobre vuestro escritorio en Tar'eastór.

Handir se echó hacia atrás, entornando los ojos. —¿Vos?

—Pensé que compensaría las cosas que había hecho, los crímenes que cometí contra vuestra familia… contra vuestro hermano, el señor de la guerra.

—¿Qué crímenes? —la voz de Handir era baja, peligrosa.

—Sulén me contrató para matarlo. Lo intenté dos veces, y fracasé otras tantas.

Las aletas de la nariz de Handir se dilataron y rodeó el escritorio hasta plantarse, colérico, ante Rinon. —¿Qué hace él aquí? —fue casi un gruñido que pilló al príncipe heredero por sorpresa.

—Tiene una historia que contar. Su destino inmediato está en tus manos. Escucha, hermano, y después danos tu veredicto.

Handir dejó que la información calara. La aparición de aquellas misivas había sido fundamental para la caída final de Band'orán, pero aquello nunca compensaría lo que este Macurian había intentado y fallado en hacer.

—Dejar esas misivas en mi mesa difícilmente compensa el intento de matar a nuestro hermano.

—Lo sé. Pero las cosas cambian, la gente cambia, y yo lo he hecho.

Perdí el rumbo debido a… circunstancias que no deseo revivir.

Pero después de haber intentado matar al señor de la guerra, vi cómo defendía tierras que no eran las suyas.

Oí los relatos de una valentía de las que forjan leyendas y, aunque he sido un traidor, amo la tierra que me vio nacer; siempre estaré agradecido a Fel'annár y a La Compañía por lo que hicieron.

—Admiración pasajera. Se desvanecerá tan rápido como el oro en vuestro bolsillo. —Handir se acercó a Macurian, observando sus ojos, cada tic de sus músculos.

—Le seguí hasta Ea Uaré, preguntándome cómo podría redimirme.

Conseguí un trabajo para la Maestra del Gremio Lerita.

Me contrató para buscar una carta de cierta importancia para el propio rey.

Busqué, investigué, pero no pude encontrarla.

Tuve suerte de no ser reconocido por La Compañía ni por los Lestari.

—¿Sabía Lerita lo que habíais hecho?

—Si lo sabía, no dijo nada.

Handir levantó la cabeza y Macurian lo interpretó como una señal para continuar.

—Inseguro sobre qué hacer, partí hacia la costa. Fue entonces cuando vi los barcos serpiente.

Handir arqueó las cejas y ladeó ligeramente la cabeza. —Continuad.

—Crucé el estrecho, vigilé Puerto Rosen, vi la llegada de esa bestia a la que llaman Gra'dón. Estaban ejecutando prisioneros, guerreros en su mayoría, pero había un capitán entre ellos. No podía dejarlo morir.

Handir entornó los ojos. —¿Por qué no?

—Busqué las lanzas de fuego que habían interactuado con el Fuego Pelágico y la Arena Negra que usan para fabricarlas. Y después puse a salvo al capitán Airen antes de que lo mataran.

—¿Cómo os encontrasteis con la columna del príncipe Rinon?

—Íbamos con retraso. Me costó algún tiempo salir de la isla y encontrar un transporte adecuado para el capitán.

Finalmente lo conseguí y alcancé a los refugiados.

El capitán Airen se había quedado en Puerto Rosen para conseguir una lanza de fuego para que pudiera ser estudiada, tal vez incluso reproducida por nuestros aliados, y darnos ventaja en la guerra que se avecina. Yo simplemente le ayudé a conseguirlo.

Handir bajó la vista y se apartó de Macurian.

—¿A qué os dedicabais antes de convertiros en mercenario?

Silencio.

—¿Y bien?

—Era teniente en las fuerzas del rey Carenar. Era una Sombra.

Handir no pareció sorprendido, pero se tomó su tiempo antes de formular la siguiente pregunta.

—¿Por qué no pudisteis permitir que el capitán Airen muriera?

Macurian le devolvió la mirada al príncipe; creía que lo había distraído al continuar con su historia, pero Rinon ya le había advertido sobre la astucia de su hermano, ¿verdad?

—Mi… mi hermano era capitán. Fue capturado y torturado hasta la muerte.

Handir volvió a observarlo de cerca y pronto sus preguntas fueron más rápidas y afiladas.

—¿Qué representaba vuestro hermano para vos?

—Yo… él…

—¡¿Qué representaba vuestro hermano para vos?!

Macurian se encogió. —Era… mi protector.

—¿Eso es todo? ¡¿Esa es la razón por la que salvasteis a Airen?!

—Él era mi héroe. —Macurian flaqueó, desvió la mirada y, cuando volvió a hablar, lo hizo de forma más queda y calmada—. Caminé a su sombra por voluntad propia y, cuando él se fue, yo seguí siendo eso: una sombra. No era nada sin él. Tendría que haberle salvado, pero llegué demasiado tarde.

Los ojos de Handir brillaron y Rinon se maravilló ante lo hábil que era su hermano. Había empujado a Macurian hasta sus límites y había extraído lo que creía que era la verdad.

Se dio la vuelta y se sentó pesadamente en su silla.