9 Una Vez Traidor #5
Rinon miró a Jarabon un momento mientras sopesaba la posibilidad.
—En otras circunstancias, aconsejaría a mi padre que enviara Sombras a la Pradera y a Tar'eastór para determinar dónde los tienen.
Tal como están las cosas, debemos estar preparados para la posibilidad de que haya más, y de que participen en la guerra que se avecina.
Es un motivo más para regresar, con tantos días de ventaja sobre el enemigo como podamos.
El comandante Turion necesita saber lo que viene.
Esa lanza de fuego que recuperó Macurian podría ser trascendental si logramos reproducirla...
si logramos encontrar a los reyes y usar el Fuego. Pero eso llevará tiempo...
El antiguo combatiente silvano y el ex-Sombra de Tar'eastór se habían ganado el puesto la noche anterior.
Jarabon había querido salvar la vida a Rinon y después este le había devuelto el favor, mientras que Macurian había liderado la lucha en ausencia de ambos.
Cuando todo terminara, Rinon enmendaría cualquier mal que se hubiera hecho y se aseguraría de que el valor de ambos fuera debidamente reconocido.
Jarabon hizo una mueca, incapaz de ocultar el dolor. Estiró el cuello hacia un lado y hacia el otro. —Lo que sí sabemos es que sin la ayuda de Tar'eastór, esta guerra está prácticamente perdida.
—Puede parecerlo, Jarabon —dijo Rinon—. Pero yo, por mi parte, he visto cosas extrañas últimamente, cosas improbables.
No perderé la esperanza mientras tengamos una oportunidad, por remota que sea.
—Bufó entonces y sacudió la cabeza—. Es extraño que haya trescientos de nuestros mejores guerreros encerrados en las mazmorras.
—¿Cómo es eso? —preguntó Jarabon. Fue Macurian quien le respondió.
—Traidores al rey. Guerreros Kah Ilícitos entrenados por Band'orán.
Rinon asintió a la Sombra, nada sorprendido de que lo supiera todo sobre el asunto.
—Vaya, pues es una lástima. Serían de gran ayuda, eso seguro.
—Previsiblemente serán condenados al exilio, Jarabon. Al menos ese es el deseo de mi padre, aunque dudo que se haya presentado aún ante el Consejo Real. No ha habido tiempo.
—Quien es traidor una vez, lo es para siempre —gruñó Jarabon.
Macurian lo miró fijamente. De pronto, todas sus deliberaciones, todas las promesas que se había hecho a sí mismo, afloraron con fuerza.
Era ahora o nunca, porque una vez que regresaran a la ciudad, para Macurian no habría donde esconderse.
Jamás podría alcanzar esas nobles metas si las cimentaba sobre la falsedad.
Ya no quería la vida innoble de una Sombra renegada, una existencia gobernada por la riqueza. No se escondería más; se enfrentaría a su castigo si eso era lo que hacía falta. Tenía toda una vida para expiar lo que había hecho.
—No estoy de acuerdo.
Rinon y Jarabon se volvieron hacia la Sombra.
—No estoy de acuerdo porque yo también fui una vez un traidor.
Rinon lo miró de arriba abajo, con los ojos azules centelleantes exigiendo una explicación.
Para cuando Macurian terminó, Jarabon estaba de pie, de espaldas a la Sombra, pero Rinon seguía sentado frente a él, con una mirada implacable que no lograba obtener ningún resultado satisfactorio del mercenario.
—Tienes agallas, Macurian.
—Soy una Sombra.
—Un ex traidor, según tú.
—Quien es traidor una vez... —gruñó Jarabon desde donde estaba, todavía de espaldas a ellos.
—Intentaste matar a mi hermano, secuestraste a mi hermana política. ¿Qué esperabas que hiciera, Macurian?
—Hagáis lo que hagáis, príncipe, aceptaré mi destino.
Rinon hizo una mueca de desprecio. —Tal vez debería arrojarte en medio de La Compañía y permitir que ellos decidan tu castigo.
Macurian sostuvo la mirada del príncipe. —Me matarían.
—Lo sé.
La Sombra asintió.
—Si esa es vuestra voluntad...
—¡No lo es, insensato!
Rinon se puso en pie de un salto. —Me pones en una situación difícil.
Debería cortarte el cuello aquí mismo. Pero salvaste a Airen, y él te ha llamado hermano.
Has recuperado una lanza de fuego, has rescatado al capitán y lo has traído aquí.
Nos ayudaste a derrotar a los sabuesos, a proteger a esa gente.
¡No puedo arrojarte a las mazmorras y olvidarme de ti, pero tampoco puedo confiar en ti, y mucho menos perdonarte!
—Permitidme ayudaros.
—¿Cómo puedo hacerlo, si dudo de ti? ¿Sabiendo de lo que eres capaz? ¿Cómo puedo darte la espalda y simplemente creer que no me traicionarás a mí también si la recompensa es lo bastante alta?
Macurian no tenía respuesta para eso, así que asintió y apartó la vista.
—Te quedarás a mi vista en todo momento. Una vez estemos en casa, decidiré qué hacer contigo. Pero si huyes, te daré caza y te mataré yo mismo.
—No huiré, aunque podría desaparecer sin dejar rastro, de tal forma que ni siquiera el señor de la guerra podría encontrarme. Elijo quedarme.
Rinon torció el gesto y se dio la vuelta. Mientras caminaba con paso rígido hacia el caballo, gritó por encima del hombro:
—Nos vamos en cinco minutos.
Jarabon lo siguió. —Quien es traidor una vez...
Macurian los observó a ambos, se puso en pie lentamente y los siguió a una distancia prudencial.
La conversación había ido exactamente como había predicho, incluso mejor. Rinon no lo había matado, y dio gracias a los dioses por esa pequeña muestra de misericordia.