9 Una Vez Traidor #4
—Los lagartos pueden trepar muros... —continuó Fel'annár distraídamente, como si la idea acabara de ocurrírsele—. Me pregunto cómo se les puede impedir que entren en la ciudad. Los árboles están demasiado lejos, incluso sus raíces.
—Si Lainon puede localizar a los reyes, encontrar el Fuego, tal vez podamos idear una forma de transportarlo, de usarlo contra Gra'dón. Es probable que sea lo único que pueda equilibrar la balanza.
Gor'sadén lo había dicho en voz baja, sin mirar a nadie en particular. Idernon lo observó de cerca y luego se volvió hacia un Fel'annár igualmente pensativo.
Ramien encendió un fuego, Carodel hirvió agua y Galdith rebuscó en su petate. Gor'sadén desenvainó su espada Synth y sacó la piedra de afilar de la mochila.
Con los movimientos rítmicos del comandante, Bulan recordó la conversación que había tenido con Gor'sadén y Fel'annár en los bosques de Abiren'á, justo antes de que llegara el mensaje y partieran en las balsas. Los ojos perspicaces estudiaron el perfil fuerte, el ceño fruncido, la mirada cansada.
—Sigues soñando, ¿verdad?
Las manos de Gor'sadén se detuvieron y se volvió hacia Bulan, mientras Hobin observaba la interacción con atención. El resto de La Compañía no se volvió para mirar, sino que permaneció en silencio, preguntándose si Gor'sadén respondería.
—A veces. Y mis sueños siempre me dejan deseando poder decirle a Pan'assár lo que había sido, para aliviar su sufrimiento.
Bulan frunció los labios; no había tenido intención de disgustar a su amigo, así que se puso en pie, le apretó el hombro a Gor'sadén y se marchó.
Hobin lo vio irse; los brillantes ojos azules relucían bajo la luz menguante antes de posarse en Gor'sadén, que tenía la mandíbula tensa y los símbolos pintados en el rostro parecían casi cobrar vida.
—Ahora él lo sabe, amigo mío.
El comandante se volvió hacia Hobin como si se hubiera sobresaltado. Lentamente, el rostro se relajó. —Sí, sí, supongo que sí.
Hobin asintió. —Venid. Admiremos el Calro al anochecer, comandante. Hay cosas que me gustaría tratar.
Gor'sadén ladeó la cabeza; creía saber qué le preguntaría Hobin y, a decir verdad, no le molestaba en absoluto.
La Compañía los vio marchar, pero la mirada de Fel'annár se demoró en ellos. Sabía qué era Hobin, cuál era su propósito. Estaría vigilante, atento a las sutiles señales de que Gor'sadén era un Divino, tal como lo habían sido los otros de Los Tres.
Rinon, Jarabon y Macurian estaban sentados ante una pequeña hoguera, llenos de arañazos y magulladuras por el ataque de los sabuesos de la noche anterior. Aquello los había dejado a todos callados y pensativos.
Habían comido poco, sabiendo que debían continuar su viaje y alcanzar a Enar y a los refugiados, pues no se sabía si aparecerían más de aquellos infernales sabuesos.
Habían perdido a diecisiete guerreros en el ataque, muchos de ellos amigos de Jarabon desde hacía décadas. Los que habían sobrevivido cuidaban de los caballos, con las manos ocupadas y los ojos fijos en el príncipe heredero de Ea Uaré y sus dos compañeros.
Rinon revivía en la mente su experiencia cercana a la muerte.
Se había estrellado contra un árbol, completamente aturdido.
Vio al sabueso abalanzarse hacia él, pero las propias piernas no respondían.
Iba a morir, pero entonces una voz atravesó la niebla y la confusión.
Le dijo que se mantuviera despierto; lo llamó hermano.
Se volvió hacia Jarabon, que guardaba silencio ante el fuego. —¿Anoche, cuando me encontraste bajo aquel árbol, me hablaste antes de que el sabueso muriera?
—No. Mi intención era salvarte el pellejo, pero la bestia cayó antes de que pudiera disparar. Una rama entera le cayó sobre el cuello.
Rinon se quedó mirando al veterano guerrero, esforzándose por recordar las palabras que había oído.
Levántate, príncipe.
Recordaba haber oído un golpe sordo justo antes de que el sabueso se desplomara en el suelo frente a él. Frunció el ceño y miró hacia un lado.
—¿Qué pasa? —preguntó Macurian, mirando de Jarabon a Rinon.
—Ha sido una coincidencia de lo más afortunada, ¿no creéis? —Rinon centró la vista en Macurian, buscando cualquier señal de que pudiera estar pensando lo mismo que él.
—¿Afortunada? No creo en la suerte, príncipe. Si el Señor de la Guerra hubiera estado con nosotros, no tendría dudas de cómo ha ocurrido.
—Pero no estaba... —la voz de Rinon se apagó mientras revivía el momento una vez más.
Aquella voz que le había instado a levantarse, a permanecer despierto, y que luego lo había llamado hermano.
¿Era posible que los poderes de Fel'annár llegaran hasta ese punto?
¿Podía comandar los árboles desde tal distancia?
¿Sin tocarlos? ¿Podía dar órdenes a un solo árbol en todo un bosque?
Y si podía, ¿por qué iba a hacerlo, después de cómo lo había tratado Rinon?
Era cierto que Rinon se había esforzado recientemente por conocerlo, que lo había invitado a la mesa familiar y que el mundo no se había acabado por ello.
Pero por primera vez, sentía los lazos invisibles de su sangre compartida, un nuevo hilo en el alma que se engrosaba y se extendía, volviéndose fuerte.
Y así como había escuchado a Fel'annár, también había visto a Sorei.
Su rostro había sido el ímpetu para moverse, para no rendirse.
Ella hizo que él quisiera vivir en lugar de simplemente cumplir con su deber como príncipe heredero.
En aquel preciso momento en el que se había convencido de que iba a morir, se había desesperado por no haberle dicho... decirle que había intentado no amarla.
Pero lo hacía.
En cuanto estuviera de vuelta en casa, buscaría un momento de tranquilidad a solas con ella. Se lo diría y rezaría para que no lo rechazara. Solo entonces podría morir en paz en esta guerra, si es que ese iba a ser su destino como príncipe de Ea Uaré.
Cerró los ojos ante la oleada de emociones, obligando a la mente a centrarse en las circunstancias inmediatas.
—Deberíamos alcanzar a la caravana principal a última hora de la tarde. Eso nos sitúa a un día y medio de la ciudad.
Jarabon asintió. —Mis exploradores deberían estar cerca, detrás de nosotros. Entonces sabremos más sobre el enemigo.
Macurian miró de Rinon a Jarabon; decidió que alguien tenía que abordar el tema que hasta ahora habían ignorado.
—Miles de Señores de la Arena, un número indeterminado de Lagartos de Gas y ahora esto: sabuesos.
Esos arneses son la prueba de que alguien planea utilizarlos.
¿Los están entrenando? ¿Incluso criándolos?
Nací y me crié en Tar'eastór; sé tanto sobre sabuesos como cualquier otro guerrero de aquellos lares. Estos no son normales.
—¿A qué te refieres con que no son normales? —preguntó Jarabon, poco convencido de la lealtad de Macurian, o quizá de su honestidad.
—El sabueso más grande que he visto mide más o menos esto —explicó el ex-Sombra, extendiendo la mano a un lado—.
Pero las cabezas de estas criaturas quedaban casi a la altura de la mía.
Son más fuertes, más agresivos, mucho más difíciles de matar.
Esta jauría acabó con diecisiete de nuestros guerreros en solo unos minutos.
Macurian y Jarabon miraron el rostro singular de Rinon, tan parecido al de su padre y, sin embargo, más afilado, más frío.
—¿Es posible que estos animales hayan sido criados selectivamente?
La pregunta del príncipe quedó flotando en el aire hasta que Macurian se inclinó hacia delante. —Posible, sí. La cuestión es ¿por quién? ¿Dónde?
—¿Podrían haberlos traído los Señores de la Arena cruzando el mar? —preguntó Jarabon.
—Supongo. Si pueden transportar Lagartos de Gas, ¿por qué no sabuesos? Sin embargo, una criatura como esta parece más adecuada para estos climas que para los áridos desiertos de Calrazia.
—Bueno, si no es obra de los Señores de la Arena, ¿qué hay de los humanos?