5 Cuatro Príncipes #3
El fuego chisporroteó. Un anillo tintineó contra el cristal.
—Es difícil ver el final del conflicto, pero está cerca. Con nuestra victoria en el norte, todo lo que necesitamos son unas semanas más. Con los Desviados bajo control, podremos mirar al futuro, a las muchas cosas que deben suceder en los meses venideros.
Handir miró a Maeneth, quien a su vez observaba al padre.
Thargodén bebió, alzó la copa ante los ojos y admiró su profundo color ámbar.
—Me esforcé al máximo por encontrar la carta que mi padre me dejó antes de ir a la guerra y no volver jamás.
Pero ni siquiera Lerita ha sido capaz de encontrarla.
Por mi parte, no creo que exista ya, por lo que debo tomar una decisión sin comprender plenamente lo que pasaba por la mente de mi padre en aquel momento.
—¿Una decisión? —incitó Handir.
—Mi vínculo con Canusahéi se rompió, como sabéis.
Ahora volveré a trenzar la Trenza de Unión Silvano en el cabello, la proclamaré intacta, aunque no pueda sentirla.
Lo tomo como una señal de que Lássira aún no se ha encontrado a sí misma, y solo los dioses saben por qué.
De ello se deduce que Fel'annár debería ser proclamado príncipe de Ea Uaré.
Llyniel se quedó mirando al rey, con los ojos muy abiertos y el rostro pálido. Thargodén se volvió hacia Handir y luego hacia Maeneth, y vio sus miradas pensativas. Sontúr, sin embargo, lucía una suave sonrisa.
—Se lo diré yo mismo a Rinon en cuanto regrese —dijo Thargodén con un tono quizá demasiado ligero.
—Deja que lo haga yo, padre. —Maeneth se inclinó hacia delante y dejó la copa en la mesa baja que tenía enfrente—. Ha empezado a aceptar a Fel'annár, pero esta decisión le llevará a pensamientos más oscuros sobre madre, sobre si estás considerando con justicia su posición como reina de Ea Uaré.
—¿Y lo estoy haciendo? ¿Crees tú que esto es justo para Canusahéi? ¿Para Fel'annár? ¿Para Lássira?
Maeneth sostuvo la mirada cortante del rey y, por un instante, fue Rinon quien le devolvió la mirada.
—Creo que debes dejarlo claro. Madre te liberó de tu vínculo. Cuando nacimos, ella era la reina de Ea Uaré, y cuando se marchó, dejó de serlo. Solo queda un vínculo. Debes dejarlo claro, padre.
Thargodén frunció los labios y miró a Handir.
—Propongo que lo plantees al Consejo Real. Habla con ellos. Explica lo que ocurrió y déjanos a nosotros decidir qué es lo justo y lo correcto, padre.
Thargodén enarcó una ceja y se inclinó hacia delante.
—Aún no tengo plena fe en mi Consejo, Handir. Se creó hace muy poco tiempo.
—A lo que me refiero, padre, es a que es un mero formalismo.
Solo necesitas una mayoría simple aunque, en cuestiones como estas, sería deseable el pleno consentimiento.
Pero será aprobado, con más o menos votos.
El hecho de que se lo plantees demostrará tu deseo de hacer lo correcto, y no solo lo que puedan percibir como una decisión partidista.
Thargodén supuso que Handir tenía razón. Con el Consejo formado ahora por una mitad de silvanos, el voto del rey más el de Handir sumaba una mayoría simple. Nada le impediría proclamar a Lássira su reina y a Fel'annár su príncipe.
—Entonces dejaré en tus manos y en las de Aradan el allanar el camino, una vez que nos hayamos ocupado de la amenaza inmediata que pesa sobre la ciudad.
—Por supuesto, padre. Pero has de saber que, para mí, Fel'annár es mi hermano y, por lo tanto, un príncipe de este reino. Me complace enormemente que sea reconocido como tal.
La sonrisa de Thargodén fue lenta y genuina. Se volvió hacia Maeneth cuando ella habló, escrutando los ojos de la hija.
—Regresé a casa porque finalmente acepté el pasado.
Comprendí la naturaleza de tu vínculo con mi madre, igual que comprendo que Band'orán fue responsable de tu vínculo con Canusahéi y no Lássira.
Fuiste una víctima, padre, y también lo fueron Lássira y Fel'annár.
No conozco bien a mi hermano silvano, mi hermano Ari, pero eso se remediará cuando regrese.
Sé por Sontúr que es honorable y humilde, como debe ser un príncipe.
No tengo recelos, padre. Si me fui fue porque no podía soportar ver tu dolor, tu descenso a las tinieblas.
Si proclamar tu vínculo con Lássira te trae por fin alegría, después de tantos años, celebraré esos días, cada uno de ellos, mientras duren.
A Thargodén se le humedecieron los ojos, pero no pudo apartar la vista del rostro decidido de la hija, de la lenta sonrisa que floreció en él. Cerró los ojos, contuvo las lágrimas de amor y alivio y luego se volvió hacia Llyniel.
—¿Y tú, hija? ¿Qué dices?
Thargodén veía cómo la conmoción afectaba a la capacidad de Llyniel para hilvanar una frase coherente, pero le dio el tiempo que claramente necesitaba.
—Estoy... asombrada ante la perspectiva, insegura de hasta qué punto es necesario. Él es un lord por derecho propio. Es el señor de la guerra, ya respetado por su pueblo. ¿Para qué necesitaría una corona sobre la cabeza, Thargodén?
La pregunta no era desafiante ni rebelde en modo alguno. Era sincera, tanto como lo sería la propia respuesta del rey.
—Porque esa corona lo señalará como sangre de mi sangre, de la casa de Or'Talán y Zéndar. Dirá a nuestro pueblo que fue deseado, que pertenece aquí y que es amado. Simbolizará mi reclamo sobre él, tan ciertamente como simbolizará su servicio incondicional a este reino.
Llyniel miró fijamente a Thargodén con los ojos muy abiertos, dejando que las emociones salieran a la superficie.
—Sentirse querido —dijo, con una voz que no era más que un susurro—.
Pertenecer y ser amado... era todo lo que siempre deseó de niño.
Debéis tener paciencia con él cuando llegue el momento.
Debéis hablar con él en privado antes de anunciarlo.
No sabrá cómo aceptarlo. Ha pasado toda una vida creyendo que no era digno del amor de sus padres.
No podéis cambiar eso con una sola y sencilla ceremonia.
—No. Pero puedo empezar a cambiarlo, y con el paso del tiempo quizás...
quizás me acepte porque quiera hacerlo, sin sentirse débil o vulnerable.
Porque ese es su dilema, ¿verdad? —Recordó las palabras de Fel'annár el día que se conocieron en las mazmorras de Analei—.
Fel'annár me dijo una vez que Amareth no era su madre.
Sé que ella lo había amado, protegido y cuidado, y que lo hizo bien.
Pero en la mente de Fel'annár, ella nunca había sido capaz de reemplazar a Lássira.
Ese vínculo inexplicable entre una madre y su hijo se había formado de algún modo, incluso antes de que Fel'annár supiera quién era Lássira.
Creo que Amareth lo sabía; puede que incluso se culpara a sí misma.
Una lágrima cayó de los testarudos ojos de Llyniel porque Thargodén comprendía mucho más de lo que ella jamás le había reconocido.
—Entonces todos debemos ayudarle a comprender lo que significa realmente la familia.
No es afecto forzado, ni palabras que deben decirse porque se esperan, ni cosas que deben hacerse porque se le debe algo a la familia de alguna manera.
Debemos guiarle por el camino hacia el amor verdadero e incondicional, no del tipo que compartimos él y yo, pero verdadero de todos modos. Nunca ha sentido eso.
Handir miró a la amiga, de acuerdo con ella en su mayor parte. Pero se equivocaba en una cosa.
—Él sí que lo ha sentido, el día que soltó un bote que era su tabla de salvación para seguirme por los rápidos.
Aquella decisión fue ilógica. Todo lo que sabía era que yo moriría si no me seguía.
Se aferró a mí, mantuvo la cabeza fuera del agua y luego me protegió del impacto mientras caíamos por las Cataratas del Horizonte.
Deberíamos haber muerto juntos aquel día, yo estuve a punto de hacerlo, y aquello casi acaba con él. Pero nunca lo admitirá.
Thargodén contuvo las emociones, pues ¿acaso no había visto él mismo ese amor?
—Hizo lo mismo conmigo, en los pozos de inundación de Analei.
Tú estabas allí, Sontúr. Viste lo que pasó.
No es que no haya sentido el amor de una familia.
Lo ha hecho y, sin embargo, le aterra sucumbir a él por cómo le hace sentir.
Debe aprender a desvincular el amor familiar de la debilidad y la vulnerabilidad, porque así es como le hacía sentir de niño, cuando no lo tenía, y por eso se decía a sí mismo que no lo necesitaba, que debía ser fuerte, que podía sobrevivir sin ese amor.
—Y lo hizo. Pero este es el precio. —Llyniel se secó las lágrimas y Handir le tomó la mano mientras Maeneth los observaba, empezando a darse cuenta en ese momento de cuánto ignoraba, de cuánto había sufrido la familia estos últimos meses. Deseó que Rinon estuviera allí para verlo.
—Entonces está decidido —dijo Maeneth—. De un modo u otro, Fel'annár será un príncipe del reino. No necesitáis el consentimiento de vuestros hijos, pero lo tenéis de todos modos.
Llyniel gimoteó y luego soltó una risita.
—Cientos de heridos regresan de la guerra y Rinon cabalga en busca de un ejército mientras Fel'annár vuelve del combate. Y aquí estamos nosotros, hablando de amor.
—¿Y por qué te sorprende eso, hija? ¿No es el amor la razón por la que nuestros guerreros yacen heridos o acuden en masa al Camino Corto?
¿Porque darían sus vidas por amor a su familia y a su tierra?
¿No es el amor lo que impulsa a Rinon a buscar protección para esta ciudad?
¿No es la razón por la que Fel'annár regresa de una guerra sangrienta?
El amor lo abarca todo, Llyniel. Lo tiñe todo, nos hace más grandes, más audaces, más sabios y mejores.
Impulsa al espíritu a aspirar a grandes cosas.