4 La Vieja Bruja #2
La mano derecha de Fel'annár acarició el suelo a su lado y los dedos rozaron una textura desconocida. Al bajar la vista, distinguió una pequeña planta que no reconoció.
El tallo era largo y larguirucho, demasiado grácil para el peso del capullo. Se preguntó qué clase de flor surgiría de aquel pesado botón. Retiró la mano, se frotó los dedos y notó en ellos una especie de polvillo. Se los frotó en los calzones y volvió a acomodarse.
Idernon la examinaba con los ojos entrecerrados, pero no dijo nada; seguramente andaba perdido en su océano personal de conocimientos, buscando un nombre o alguna planta similar con la que pudiera estar emparentada.
Galdith rebuscó en la mochila, sacó su ración de carne seca, mientras Carodel abría sus propias existencias de fruta y frutos secos. No era mucho. De haberse quedado con los demás, habrían tenido pescado fresco hecho al fuego. Con suerte, Bulan les habría guardado una ración para más tarde.
Se acomodaron en círculo, mientras el fuego ardía con más fuerza y compartían la comida en silencio.
Al desvanecerse la nostalgia, la mente de Fel'annár buscaba una vez más el origen del mensaje.
¿Quién había pronunciado aquellas palabras?
Seguramente solo un Oyente sería capaz de algo así, pero estaba seguro de que no había sido Yerái.
—Toma. Come —instó Carodel, poniendo un trozo de carne seca en las manos de Fel'annár. Lo cogió distraídamente; ni siquiera miró al guerrero bardo mientras empezaba a masticarlo lentamente.
Rezo… el enemigo en el norte. Peligro.
La mente se le detuvo bruscamente, casi olvidando que estaba masticando.
Algo había cambiado. Tragó lentamente y luego dejó el resto de la carne a un lado, pero la mano se detuvo antes de tocar el suelo.
Un sonido crecía en la mente, un lejano torrente de agua y luego el rugido de las olas rompiendo contra la piedra.
No lo entendía. Aquella voz, los sonidos que invadían los pensamientos de Fel'annár estaban lejos, tan distantes que no podía estar seguro de haber oído bien. Y no había mar en el norte, solo desierto.
Estés donde estés.
Agujas gélidas le ardían en la piel, sentía los ojos calientes y secos. El mensaje estaba emergiendo.
Rezo… el enemigo en el norte. Peligro. Estés donde estés.
El norte… ¿entonces por qué podía oler el mar? ¿Por qué podía oír el siseo del agua espumosa sobre los guijarros y las rocas? ¿Sentir el sabor de la sal en la lengua?
Una puntada de ansiedad le atravesó el estómago; la piel le hormigueaba con incomodidad.
Fel'annár se incorporó, haciendo una mueca ante el tirón de los músculos de la espalda magullada.
Forzó la mente hacia el norte, estuvo allí en un instante, sintió a Las Hermanas, su silencio tenso.
Luego dirigió los pensamientos hacia el sur, esforzándose por empujar más allá de la ciudad, tras la cual el mundo se aquietaba.
Fel'annár miró de reojo a Ramien, vislumbrando el Saltarísco Arcoíris tallado en el cabello.
—Fel'annár. ¿Qué está pasando?
Giró la cabeza más hacia la izquierda, alejándose de Idernon, de la distracción. Con un gruñido de frustración, se puso de pie con dificultad y se alejó cojeando. Intentó captar las palabras dispersas, pero no eran más que ecos distantes, con una luz verde reflejándose en la roca bajo los pies.
Fel'annár sacudió la cabeza, mirándose los pies.
Allí, cerca de la entrada de la cueva, había un matorral de enredaderas.
Frunció el ceño, se agachó y ladeó la cabeza.
Las hojas eran grandes, de un color verde intenso que hablaba de sombra y humedad.
Grandes flores rojas estaban abiertas, a pesar de que era de noche.
¿Era esta la misma planta que el pequeño brote que había encontrado hacía solo unos momentos en el campamento?
Alargó la mano, frotando una hoja entre el pulgar y el índice.
Ahí estaba: esa misma textura polvorienta.
Le preguntaría a Idernon qué eran en cuanto regresara junto al fuego.
Lanzó un suspiro largo y pesado y se puso en pie.
Agua fluyendo sobre la piedra, luces extrañas en el cielo nocturno, como el aliento abrasador de un dragón.
Escúchalos, óyeme…
Volvió a sacudir la cabeza, como si algún insecto se le hubiera metido en el oído. Podía sentir la presión del agua contra la orilla, contra la tierra en la que habitaban las raíces del bosque.
Peligro.
Ramien abrió la boca para hablar, pero la mano de Idernon en el antebrazo lo detuvo. Observaron a Fel'annár donde estaba frente a la boca de la cueva, con los ojos brillando con tal intensidad que podían verlo desde donde estaban sentados.
Trae a nuestros guerreros de vuelta a casa.
Un dolor agudo en la rodilla llevó la mente de Fel'annár de vuelta al momento en que había matado al Nim'uán sobre las arenas de Calrazia.
Recordó estar frente a él, con la lanza de Zéndar atravesando al enemigo de parte a parte.
Vio sus últimos alientos, lentos y superficiales; recordó las palabras que habían compartido.
Has perdido.
¿Ah, sí?
La carne de Fel'annár se volvió de hielo, sentía agujas clavándosele en la piel, mientras la mente luchaba por encontrar el factor común, la clave.
Estés donde estés, rezo.
Escúchalos, óyeme.
Trae a nuestros guerreros de vuelta a casa.
Era una advertencia. Había hecho bien en marcharse cuando lo hicieron. Pero ¿cuál era el peligro?
Silencio, salvo por el sonido de la armadura de cuero de Tensári mientras se ponía lentamente de pie y caminaba hacia Fel'annár, aparentemente incómoda con la distancia que la separaba de su Ber'anor. Los demás la siguieron, despacio para no sobresaltarlo.
Trae a nuestros guerreros de vuelta a casa, hacia el enemigo en el sur.
La mente de Fel'annár estaba de nuevo en las arenas, viendo morir al Nim'uán bajo el sol del desierto.
Has perdido.
¿Ah, sí?
Y luego estaba sentado en los bosques de Tar'eastór, escuchando a Idernon mientras traducía los grabados en la hoja del Nim'uán.
Ab, en, or, di: uno, dos, tres, cuatro.
Cuatro príncipes.
Vio a un Nim'uán, ensartado en una rama en las laderas de Tar'eastór. Vio a otro, con la sangre brotando del cuello, con Pan'assár colgando de la espada. Finalmente, su último enemigo, doblado hacia atrás, con Harvest atravesándole el pecho.
Conmoción. Desesperación. Pavor. Los ojos verdes relampaguearon, y La Compañía retrocedió instintivamente.
Cuatro príncipes. Idernon había hablado de cuatro… había otro Nim'uán, y venía del mar.
—Dioses benditos… —se dio la vuelta bruscamente, abriendo la boca para hablar.
Peligro.
Un sonido de latigazo, el tirón de algo fuerte alrededor de las piernas. Miró hacia abajo con asombro, viendo enredaderas verdes retorciéndose alrededor de las botas, la cintura, deslizándose por el cuello.
Intentó gritar, pero todo lo que consiguió fue un chillido ahogado mientras era arrastrado hacia el interior de la cueva.
—¡¡No!! —Tensári se lanzó hacia delante, forcejeó con la capa de Fel'annár, pero la tela se le resbaló de las manos y una gran bola de vides y hojas se estrelló contra ella, lanzándola hacia atrás.
—¡Fel'annár! —la voz de Idernon resonó mientras La Compañía cargaba hacia el interior, con las espadas centelleando mientras tajaban y cortaban el muro de vegetación serpenteante que los separaba del señor de la guerra.
Mientras Fel'annár era arrastrado por el suelo, miró hacia la boca de la cueva; vio a La Compañía al otro lado de la enredadera que se había aferrado a él, aparecida de la nada.
El suelo bajo él desapareció y se vio cayendo a la oscuridad, volando a ciegas. Se preparó para el impacto que, a buen seguro, le rompería la espalda.
La caída pareció eterna, pero el impacto rompehuesos que esperaba nunca llegó.
En su lugar, las enredaderas se tensaron a su alrededor, amortiguando la caída de Fel'annár, y se encontró de rodillas en la oscuridad, con las vides deslizándose como serpientes ante una llama, solo que allí no había luz alguna.
El recuerdo de Abiren'á lo sobresaltó.
Se quedó sentado en la oscuridad absoluta, con los cortes y moretones escociéndole en la espalda y en las palmas de las manos.
Cerró los ojos, preguntándose si podría obligarlos a brillar.
Parpadeó y los abrió; una tenue bruma verde, apenas suficiente para ver lo que tenía justo delante.
Aquí abajo estaba aislado de la luz de las estrellas y de la luna, de los árboles, la fuente de su don.
Exploró la oscuridad, mientras el pánico empezaba a apoderarse de él. Se había caído en algún agujero, ¿pero por qué las enredaderas habían frenado la caída? No eran amigas suyas, ni del bosque. Su ayuda no había sido intencionada, ¿verdad?
El eco de un aliento. Giró la cabeza bruscamente hacia el sonido, pero no pudo ver nada, solo la brumosa luz verde ante él.
Un chasquido, algo húmedo, acercándose. Se puso en cuclillas, con ambas espadas en las manos; el sonido de la propia respiración agitada le resultaba excesivamente fuerte.
No estaba solo.
Un quejido, un gemido lastimero de alguna criatura afligida. Contuvo la respiración, concentrándose en el sonido, su dirección, su proximidad. Estaba aquí, demasiado cerca. El aire a su alrededor se tornó más cálido de pronto.
Ya había estado ciego una vez, y los árboles le habían prestado la vista. Cerró los ojos, recordando las líneas de colores que una vez le salvaron la vida. Pero esta vez no había color, ni luces que revelaran lo que lo acechaba. Estaba encerrado en la roca, sordo a la voz del mundo.
Algo le rozó la oreja y se dio la vuelta, abrió los ojos brillantes y se encontró cara a cara con una cabeza calva, un rostro pálido y unos ojos rojos y abiertos que lo miraban fijamente.
Unos labios púrpuras se entreabrieron lentamente, revelando dientes amarillos y mellados, vagamente familiares.
Se quedó mirando, demasiado conmocionado para moverse, observando con horror cómo las pequeñas fosas nasales se movían olfateando el aire.
Una mano ganchuda salió disparada hacia él.