Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 4 La Vieja Bruja
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4 La Vieja Bruja

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La Vieja Bruja

Cincuenta balsas navegaban por el río Calro. Al timón de la primera embarcación, Bulan las guiaba por la parte más profunda del cauce. A su lado, Ramien observaba y aprendía.

Cada navío constaba de dos hileras de cinco remeros. Detrás de ellos había una amplia caseta de cubierta que se cubriría por la noche para proteger a los guerreros de la humedad y de los incesantes ataques de los mosquitos.

Fel'annár se apostó en la proa, con la mirada perdida en el horizonte y los sentidos proyectados hacia el exterior, atento a cualquier señal, a una razón que explicara por qué se sentía de aquella manera.

La Compañía solo le había permitido remar durante un breve periodo.

El descanso era una bendición para el cuerpo, pero la mente trabajaba a destajo, escuchando y analizando después el significado de aquel mensaje confuso.

Eran momentos como esos en los que sabía que era vulnerable como guerrero.

Con media mente en otra parte, solo podía dar gracias por La Compañía, por su silenciosa comprensión y su presencia inquebrantable a sus espaldas.

Fel'annár apartó la vista del cielo, que se oscurecía lentamente, y miró por encima del hombro.

Pronto llegaría la hora de atracar.

Los guerreros seguían cansados. Habían tenido poco tiempo para el descanso y la recuperación tras la guerra, y se preguntaban por qué el señor de la guerra no había esperado a que se construyeran más balsas para que todos regresaran juntos.

Tendría sus motivos, decían. La implementación de su nuevo ejército se había visto interrumpida por la invasión.

Seguramente querría seguir poblando el Círculo Interior, cimentando las nuevas divisiones y reforzando las defensas de la ciudad.

Ya habría tiempo de sobra para descansar y celebrar, suponían.

Solo La Compañía, Bulan, Gor'sadén y Hobin sabían por qué se habían marchado antes de lo previsto. No servía de nada inquietar a los guerreros tan pronto después de la batalla. De nada servía decirles que se habían ido por un pálpito.

Fel'annár se volvió hacia los bosques que pasaban a su lado. A su izquierda, el Bosque Profundo de Ea Uaré. A su derecha, el prohibido Bosque Perenne.

Oyó risas procedentes de una balsa lejana, se volvió y observó a algún guerrero bromeando mientras los demás aplaudían y sonreían. Apartó la mirada y, de pronto, se sobresaltó.

El enemigo en el norte.

El norte era un bosque xérico que daba paso a las arenas. ¿Por qué, entonces, podía oler el mar?

Sacudió la cabeza, parpadeó; sabía que los demás le observaban mientras remaban.

Se puso en pie, levantó una mano hacia las balsas que venían detrás y señaló hacia la orilla.

Una hora más tarde, Fel'annár observaba cómo sus guerreros montaban el campamento a lo largo de la orilla del río.

Miró hacia el cielo, ahora de un azul marino profundo, donde la media luna desdibujaba las estrellas más tenues al reflejarse en las aguas tranquilas con destellos plateados por doquier.

No ignoraba la belleza de aquella tarde extraña y cautivadora, pero el júbilo que le producía se veía empañado, pues se sentía como el principio del fin; una transición, una senda que conducía a un camino más ancho, con su destino asomando justo tras el horizonte.

No estaba seguro de cómo se sentía al respecto.

Estaba inquieto, necesitaba adentrarse en el bosque para pensar, escapar del ruido del campamento. Pero si creía que podría marcharse simplemente en busca de la soledad, estaba muy equivocado.

—¿A dónde crees que vas?

Fel'annár se volvió hacia Gor'sadén. Tras él estaba La Compañía. Le temblaron los labios.

—Voy ahí dentro —señaló el bosque con la cabeza—. A cualquier sitio que sea tranquilo. Necesito escuchar.

—Entonces nosotros también iremos. —La voz de Tensári sonó detrás de él.

Se dio la vuelta con brusquedad y se arrepintió cuando un dolor punzante le subió por la pierna.

Se le pasó el humor, se encogió de hombros, hizo una señal a Bulan y caminó bosque adentro mientras buscaba a Las Hermanas; su conexión era fuerte.

¿Qué va mal?

No lo sabemos.

Fel'annár respiró profundamente, olió el bosque, húmedo y terroso; el regusto salino que había notado por primera vez en Abiren'á había desaparecido, por fortuna.

—Deberíamos montar nuestro propio campamento en algún sitio —dijo Galdith—. Tengo hambre.

—Tú siempre tienes hambre, como si tuvieras las piernas huecas o algo así —dijo Ramien.

—Habló el indicado. Tú podrías comerte un jabalí entero en salsa con guisantes. Además, mejor tener las piernas huecas que la cabeza hueca.

Ramien resopló y Carodel dio una palmada victoriosa. Pero Gor'sadén frunció el ceño, se volvió hacia Idernon y negó con la cabeza. El guerrero sabio frunció el entrecejo y les hizo un gesto para que bajaran la voz.

Ruego que

El calor se acumuló en los ojos de Fel'annár, la sangre le corría más rápido por las venas, martilleándole las sienes.

El enemigo en el norte

Escuchaba con tal intensidad que le invadió una oleada de mareo y la vista se le nubló por un momento. Titubeó y sintió una mano bajo el codo.

—¿Qué ocurre?

—El… mensaje —respondió él, parpadeando para despejar la vista mientras el mundo recuperaba el enfoque—.

No consigo captarlo del todo. Llega en palabras sueltas que no tienen sentido.

—Un estallido de risas estrepitosas de los guerreros junto al río hizo que Fel'annár cerrara los ojos con frustración.

Ramien habló en voz baja, como si estuviera conspirando.

—Podríamos subir hasta la Vieja Bruja. Es un sitio tranquilo.

—¿La Vieja Bruja? —preguntó Gor'sadén.

—Es un afloramiento rocoso, un punto elevado desde el que se divisa Lan Taria a lo lejos —explicó Idernon—. Al subir por la roca, se recorta en el cielo el perfil de una vieja bruja, de ahí el nombre. Hay una mina allí. Es principalmente…

—Muy bien, capto la idea, Idernon —dijo Gor'sadén, levantando una mano hacia el guerrero sabio. Galdith sonrió mientras Idernon ponía mala cara.

—No vamos a entrar en esa mina, ¿verdad? —preguntó Carodel, reprimiendo un escalofrío. Galdith sonrió de medio lado.

—¿Tienes miedo?

—Soy un guerrero, Galdith.

—Pues sí tienes miedo.

Carodel torció el gesto, pero no fue capaz de sostener la mirada de su amigo.

—No tengo intención de entrar, Carodel. No puedo escuchar en las cuevas.

—La voz de Fel'annár era suave, como si no estuviera presente del todo, lo cual no sorprendió a nadie.

Llevaba días luchando con aquel extraño mensaje nuevo y seguía sin estar más cerca de comprender qué significaba o quién lo había enviado.

La situación le llevaba a la desesperación.

El terreno iba ascendiendo, pero aun así, los árboles se alzaban majestuosos sobre ellos. El mantillo dio paso a la roca mientras la mente de Fel'annár se concentraba una vez más en el mensaje medio resuelto.

Aquí había menos árboles y el aire era más fresco a medida que el paisaje empezaba a abrirse a su alrededor.

Abiren'á quedaba oculta a la vista, pero pronto el río Calro brilló bajo la media luna, y siguieron su curso serpenteante hacia donde sabían que se alzaba Lan Taria.

Un poco más adelante estaba Ea Nanú, la tierra de los árboles gigantes.

Peligro

Ya sabía que aquel mensaje auguraba algo terrible. Por eso había dado la orden de abandonar Abiren'á antes de tiempo. Algo estaba ocurriendo, alguna amenaza que necesitaba comprender.

Al coronar el afloramiento, la vista se abrió ante ellos y contemplaron la majestuosidad de Ea Uaré, iluminada solo por la tímida luz de la luna.

La mente de Fel'annár se quedó en blanco y, por un instante, lo único que pudo sentir fue la tierra donde nació, respirando y latiendo bajo sus pies, a su alrededor.

—¿Te acuerdas? —preguntó Idernon en voz baja.

Y así era, en efecto. Aquel había sido el lugar perfecto para unos jóvenes aventureros, su primer campo de batalla donde habían peleado con palos y piedras, subidos a cajas que eran poderosos corceles, con cañas de pescar por arcos y juncos de río como flechas mortíferas disparadas con una precisión inconcebible.

La Vieja Bruja había estado demasiado lejos para que vagaran solos, pero Amareth había permitido que los padres de Idernon llevaran a los tres chicos de campamento. Casi siempre venían aquí, pues era lo máximo que ella les había dejado alejarse jamás.

Fel'annár se apartó de la conmovedora vista de su patria para mirar hacia la boca de la cueva que había detrás.

El padre de Idernon les había dejado jugar a su sombra, pero no les permitía pasar de las primeras rocas que yacían esparcidas por la entrada.

Era más que suficiente para los tres niños, porque desde allí se veía el interior.

Para ellos no era una mina de minerales en declive, sino un mundo mítico de madera y metal.

A veces era Calrazia, otras la Pradera o Tar'eastór, pero siempre luchaban por lo más sagrado, peleando junto a los mejores guerreros.

Miró a Carodel, le vio el blanco de los ojos y sonrió.

—Acamparemos bajo las estrellas, ¿os parece bien?

—Sí, buena idea —dijo el guerrero bardo mientras empezaba a buscar leña. Galdith se rio entre dientes mientras iba a ayudarle, y Fel'annár se dejó caer sobre una roca. Tensári se sentó a un lado y Gor'sadén al otro, y por un momento, este último se limitó a estudiar el perfil de su hijo.

—Es un lugar hermoso.

Fel'annár sonrió con ternura pero no apartó la vista de Lan Taria.

Ruego… el enemigo en el norte… peligro.

Tensári se calentaba las manos ante el fuego creciente, con los ojos de un azul brillante clavados sin ver en la tímida llama, y Gor'sadén se volvió hacia ella, fascinado por el ligero centelleo de sus ojos Ari.

Le recordó a su sueño, a la luz azul que le había envuelto, a las palabras de Pan'assár en su sueño que ahora comprendía.

Su amigo había sido Ber'ator, igual que Or'Talán había sido Ber'anor.