1 Fuego Pelágico #4
Sabía que el camino de vuelta no sería fácil, que no podría quedarse en Ea Uaré tras completar su encargo para la maestra del gremio Lerita. El peligro de ser reconocido por los amigos de Fel'annár era excesivo. No creerían que estaba arrepentido y lo arrojarían a las mazmorras sin más.
Así era como había terminado aquí en Pelagia, sentado tras una roca, observando cosas que nunca antes había presenciado.
Nunca había visto grandes lenguas de fuego aniquilar a toda una flota de barcos de guerra élficos.
Todavía estaban lejos, mar adentro, fuera de alcance y, sin embargo, no lo estaban.
Nunca había visto a un Nim'uán, un gigante que le doblaba en estatura y, seguramente, también en fuerza.
Nunca había visto una ostentación tan obscena, la obediencia servil que aquella criatura evocaba... exigía.
Había observado, impotente, cómo los Señores de la Arena degollaban a los guerreros pelágicos; a todos excepto a uno, a quien el Nim'uán había ordenado mantener con vida.
Era un capitán; había mirado valientemente a los ojos al comandante enemigo, negándose a ser intimidado antes de que se lo llevaran a rastras.
Macurian sabía por qué el Nim'uán no lo había matado.
Lo interrogaría sobre el Fuego Pelágico, uno de los secretos mejor guardados de Bel'arán.
El Fuego, destinado a proteger Pelagia, había sido al final su propia ruina, pues había algo en las lanzas de fuego del enemigo que lo había transformado, convirtiéndolo en un arma de devastación masiva incontestable.
El Nim'uán sería un necio si no buscara aquel secreto.
Los recuerdos de la captura y tortura de otro capitán le asaltaron.
Su hermano también había sido capturado e interrogado hasta sucumbir a la muerte.
Macurian no había podido salvarlo, pero podía y quería salvar a este capitán pelágico.
¿No era acaso para eso para lo que había venido? ¿Para retomar una vida de honor?
Su hermano no iba a volver, pero Macurian al menos podría hacer que se sintiera orgulloso, para cuando se reencontraran en el otro mundo, si Aria alguna vez consideraba que merecía encontrarse a sí mismo tras la muerte.
El humo era denso y amargo, y los ojos lagrimeaban y escociían. Era hora de moverse, de acercarse al puerto ocupado. Se frotó la mano por el suelo cubierto de ceniza y luego por el rostro. Se incorporó en cuclillas, comprobó los alrededores y avanzó.
Se abrió paso entre cajones, se mantuvo agazapado, pasó sigilosamente junto a guardias acorazados que olían a especias y sudor. Al llegar a los barcos, se arrastró por el borde del muelle y se encajó en un pequeño hueco destinado a alojar cuerdas.
Fue entonces cuando lo oyó. Un gruñido bajo lo dejó paralizado.
Buscó el origen en la oscuridad y la mirada se posó en la proa del barco que tenía delante.
Un fuerte sonido de rascado le hizo saltar.
Había algún animal en la bodega de carga, algo grande, algo que arañaba los confines de su prisión exigiendo libertad.
La sospecha se convirtió en pavor. Había un Nim'uán aquí, como lo había habido en Tar'eastór. Recordó los humos que habían flotado sobre aquel campo de batalla, el aliento tóxico de un Lagarto de Gas. ¿Era posible que aquel Nim'uán hubiera traído su propia bestia a través del mar?
No podía quedarse allí. La bestia delataría su posición, así que desandó sus pasos y recurrió a sus recuerdos de aquel lugar.
Se dirigió a los hangares de suministros, pasando junto a Señores de la Arena con armadura de batalla completa, señoriales y orgullosos.
Pero donde normalmente sus rostros estaban ocultos, aquí se veían parcialmente a través de sus yelmos primorosamente forjados: piel canela y cabello negro, ojos azules y ambarinos.
Podrían haber sido Ari'atór de no haber sabido él lo contrario.
Encajándose entre una montaña de cajas y el lateral de un hangar, Macurian vigiló y esperó.
Si este enemigo pensaba invadir el reino de Thargodén, y a Macurian le parecía obvio que así era, los elfos no tenían ni la más mínima esperanza en los ardientes pozos del tormento de Galomú, no después de la batalla que se decía que se libraba en el norte.
Se verían forzados a un asedio, necesitarían a todos los soldados que pudieran reunir, todas las provisiones que pudieran procurar y cualquier ventaja que una antigua Sombra pudiera ofrecerles.
Le parecía de justicia ayudar de algún modo a Fel'annár, ayudar a su pueblo mientras él todavía estaba en el norte luchando contra este mismo enemigo.
Nada podría compensar jamás lo que había hecho, por haber estado a punto de matar al señor de la guerra, y no pensaba pedirle perdón.
Todo lo que quería de verdad era perdonarse a sí mismo, volver a sentirse orgulloso de sí mismo una vez más.
Sabía qué camino tomaría.
Descubriría el secreto de las conflagraciones, lo robaría si podía encontrarlo, rescataría al oficial cautivo y se dirigiría a Ea Uaré. Era un plan ambicioso, incluso para él.
Si lograba llevar a cabo esto, se sorprendería incluso a sí mismo.