Destino de un Príncipe (El Silvano 6) 1 Fuego Pelágico #3
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1 Fuego Pelágico #3

—Dije la verdad. Me quedaré por ti, al menos durante un tiempo. Aún tengo trabajo que hacer, cosas que prometí… que él me pidió que hiciera.

El alivio de Fel'annár debió de ser evidente, pues el corazón le martilleaba con un pulso frenético en la garganta. Con cuidado, despacio, abrió la boca, con la mirada aún fija en el perfil de Gor'sadén.

—¿Qué cosas? —La voz le había fallado, apenas un susurro jadeante.

Si Gor'sadén lo advirtió, no dijo nada.

—Prometí verte convertido en Maestro Kah. Realizarás la Danza de la Muerte Benigna a nuestro regreso.

Bulan asintió.

—Y otorgarte el brazalete de Maestro de Lanzas será un mero trámite. Tu habilidad con Harvest cuando te enfrentaste a los Nim'uán es prueba suficiente de que te lo has ganado.

El corazón de Fel'annár volvió a acelerarse.

Miró alternativamente a Gor'sadén y a Bulan.

Estarían en la ciudad en escasas semanas, pero la rodilla aún estaba dañada por el enfrentamiento con Key'hán.

¿Estaría lo bastante curada para aguantar el esfuerzo de la Danza de la Muerte Benigna?

Se sacudió mentalmente; necesitaba mantenerse concentrado en Gor'sadén.

—¿Qué más le prometiste?

—Me pidió que te guiara hacia la grandeza. —Gor'sadén se giró para encontrarse con la mirada de Fel'annár. El señor de la guerra lo estudió, examinó sus rasgos, vio las emociones cuidadosamente contenidas.

—La grandeza…

—Ya has superado la prueba de liderazgo.

Has guiado a este ejército en la guerra, has salido victorioso con la ayuda de Bulan.

Has cargado con el peso de la responsabilidad, has superado los recelos y las dudas, aunque sé que siempre estarán ahí.

Verás, Pan'assár decía que eras un gran guerrero, al menos tan grande como lo había sido Or'Talán, pero creo que se arrepentía de no habértelo dicho nunca.

Creo que no se atrevía a acercarse demasiado a ti.

Or'Talán había sido una especie de adicción, un impulso inexplicable que le obligaba a seguirlo, más allá de nuestra hermandad.

Tú eras un peligro para él, en cierto modo, y por eso me pidió que hiciera lo que él no hizo… lo que no podía hacer.

Fel'annár sabía por qué había sido así. Aquella adicción, como la había llamado Gor'sadén, no era sino el Mandato de Aria, el poder que ataba al Ber'anor con el Ber'ator. Pero aún no se lo había contado a nadie, así que mantuvo la boca cerrada.

—He de traer de vuelta el Kal'hamén'Ar, aquí en el bosque y luego en casa, en Tar'eastór. Cuento con tu ayuda para ello, si alguna vez puedes librarte de tus obligaciones aquí, una vez se haya cumplido tu propósito.

Fel'annár dudaba de que aquello llegara a completarse alguna vez. Aun así, la idea era tentadora.

—Sería bueno sentirse libre, al menos por un tiempo.

Si Turion puede prescindir de mí. —Observó cómo las manos de su padre reanudaban su trabajo y supo que debía contárselo: decirles a Bulan y a La Compañía por qué exactamente Pan'assár había tenido que seguir a Or'Talán.

Pero para eso necesitaba contarles lo que había sucedido en el Bosque Perenne.

Necesitaba explicarles que conocía su propósito.

Sabía lo que yacía dentro del Bosque Perenne y lo que debía proteger a toda costa.

Macurian se ocultaba tras una roca, casi en la base de la ladera de la montaña que se alzaba sobre Puerto Rosen, los muelles principales de Dan'bar.

Había visto y hecho muchas cosas en su vida, ciertamente azarosa, una de la que no siempre se sentía orgulloso.

La mente lo transportó a guerras pasadas cuando la vida era más sencilla, clara y agradable, a pesar de que su conciencia había sido tan ligera como su bolsa.

Décadas atrás, había servido en el ejército tar'eastoriano del rey Carenar junto con su hermano mayor, su capitán en la guerra y en la paz.

Sirvieron durante muchos años felices, pero entonces el rey Alpino cayó en combate, y con él el hermano mayor de Macurian, en defensa de la Madre Patria.

Había sido capturado y torturado hasta la muerte antes de que Macurian pudiera encontrarlo.

La muerte de Carenar y la de su hermano cambiaron a Macurian.

De algún modo, la mente había dado un vuelco y se había oscurecido.

Ya no sentía lealtad hacia el nuevo rey Vorn'asté, ya no le importaban las penurias de los demás, ni siquiera las suyas propias.

Y así abandonó el ejército y se adentró en el camino enjoyado del mercenario, capaz de cualquier cosa por una bolsa de monedas, orgulloso del renombre que se había labrado como una Sombra que siempre completaba sus tareas si la recompensa era suficiente.

Pero entonces se había cruzado en el camino del Lord Sulén, y Macurian había fallado en su primera misión.

No había matado al hijo bastardo del rey Thargodén de Ea Uaré.

Curiosamente, aquel primer fracaso fue el inicio de su redención.

El mismo elfo al que habían pagado para matarle había salvado el hogar montañoso de Macurian de una invasión de Desviados, y luego había salvado a Ea Uaré de la ruina.

Fel'annár le recordaba su vida anterior y le obligaba a mirar en lo que se había convertido.

No le gustó lo que vio.

Había aceptado las gemas de Sulén, pero se sentían como hielo en las manos, nada más que piedras de colores.

Quería más, no riquezas, sino algo intangible, algo que le hiciera sentir de nuevo.

Había algo en su alma de guerrero inmortal que suplicaba un retorno a los principios sencillos que una vez había defendido por encima de todo.

Y así había sustraído las misivas y los mensajes inacabados del escritorio de Sulén y los había colocado en el del príncipe Handir.

El hijo de Thargodén los había encontrado, había comprendido su contenido y sus implicaciones, y había convocado un regreso inmediato al bosque.

Macurian se enorgullecía de haber tenido algo que ver en aquella victoria.

Tras sus vicisitudes en Tar'eastór, sabía que habría una recompensa por su cabeza, así que se había marchado rumbo al oeste en busca de un nuevo comienzo.

No le habían faltado trabajos por el camino, pero ya no le satisfacían.

El oro y las joyas no significaban nada, se sentían como simples baratijas en la caja de juguetes de un niño, polvorientas e inútiles, olvidadas.

Y entonces tuvo noticia de un trabajo en Ea Uaré, la tierra del señor de la guerra al que casi había matado...

dos veces. Venir aquí era un riesgo que había estado dispuesto a correr porque, por algún extraño giro del destino, había llegado a admirar al hijo silvano del rey; incluso se lo había dicho a Sulén el día que le robó sus riquezas.

El Silvano había salvado a Tar'eastór de la ruina, se había enfrentado a la muerte tan valientemente como el rey Carenar, tan valientemente como su propio hermano.

Tal sacrificio le conmovía como ninguna otra cosa podía hacerlo.