1 Fuego Pelágico #2
Tras despertar de su letargo de tres días, se había puesto a trabajar junto con el resto de los que aún podían mantenerse en pie.
Durante el día iniciaron la ardua tarea de restaurar la antigua ciudad silvana, aunque pasarían años antes de que brillara con tanto esplendor como antaño, de la forma en que Bulan se la había descrito con tanto cariño.
Los árboles caídos en Abiren'á se aprovecharían para reconstruir los talans aéreos y los edificios destruidos en la vorágine, y para construir las balsas que necesitaban para volver a casa.
Fel'annár y La Compañía se habían esforzado al máximo, y hasta habían llegado a disfrutarlo, pues la charla y las bromas de guerreros y ciudadanos por igual eran una señal de estos nuevos tiempos, en los que el optimismo y la esperanza regresaban a los silvanos del norte, a pesar del horror de los Segadores, el recuerdo de la Senda Macabra y el terror de la Madre.
Las balsas recién construidas flotaban en las aguas, amarradas a los muelles que bordeaban las orillas orientales del Calro.
Todavía no había suficientes para que todos regresaran por el río.
Dos, tal vez tres días más de duro trabajo y entonces la mayor parte del ejército partiría.
Más adelante, un segundo y tercer grupo saldrían bajo el mando de los capitanes Dalú y Eramor, en cuanto hubiera balsas suficientes.
Los heridos de gravedad se quedarían en Abiren'á por algún tiempo más, bajo el mando del Oyente, el capitán Yerái, a quien Fel'annár había asignado el nuevo Puesto Avanzado del Norte. No había prisa para que regresaran ahora que el enemigo había sido vencido.
Fel'annár y Yerái llevaban días trabajando en sus habilidades de comunicación.
Cada mañana el capitán se plantaba ante las Hermanas con la mano apoyada en uno de sus troncos, mientras Fel'annár intentaba comunicarse con él desde lejos.
Habían tenido cierto éxito, aunque por el momento Yerái era capaz de percibir emociones más que de oír palabras exactas.
Hasta ayer, cuando había ocurrido algo peculiar.
Yerái había oído palabras, y luego una frase entera.
Pero lo más importante era que Fel'annár había oído la voz de Yerái por primera vez: rota y tartamudeante, pero real, nítida como el cristal.
Era sin duda cuestión de tiempo que el capitán perfeccionara su capacidad de proyectar pensamientos en un diálogo.
Las posibilidades eran alentadoras, pues significaba que Fel'annár podría recibir informes diarios del norte desde cualquier lugar en que se encontrara.
A pesar de las tímidas esperanzas de que en el horizonte aguardaran tiempos mejores, Gor'sadén había permanecido en gran medida en silencio, el semblante rendido y grave casi a todas horas.
Fel'annár creía entenderlo. El trabajo extenuante le impedía pensar en Pan'assár, le impedía advertir que era el único miembro que quedaba de Los Tres.
Pero a pesar de su incesante actividad, se habían formado ojeras oscuras bajo los ojos insomnes de Gor'sadén, y Fel'annár no podía hacer más que observar, impotente, cómo este abandonaba la orilla del río en busca de un silencio reparador.
Eso había sido hace un rato, y ahora, mientras la oscuridad se aproximaba, hizo un gesto a La Compañía y a Bulan.
Cruzó la mirada con Hobin, preguntándose si los seguiría también.
El Comandante Supremo asintió y juntos fueron en busca del comandante alpino.
Con el río ya a sus espaldas y el bosque más denso frente a ellos, pasaron junto a un flujo constante de guerreros y civiles. Estos saludaban al señor de la guerra y a su propio capitán Bulan con orgullo en la mirada y palabras de elogio y aprobación en los labios.
Bulan dio una palmada en el hombro a su sobrino y Fel'annár se volvió hacia su tío con una sonrisa.
Aquel elfo podría haber sido su padre de no haber ocultado Amareth a Fel'annár, y no era casualidad que Bulan se hubiera vuelto cercano a Gor'sadén en los días que siguieron a la guerra: el mismo elfo que era un padre para él en todo salvo en la sangre.
Fuese por el mando y el renombre que compartían, por su mutua relación con Fel'annár, o simplemente por una empatía natural, no sabría decirlo; y sin embargo se alegraba de que así fuera. Eran su familia en todos los sentidos que importaban.
Fel'annár redujo el paso y se giró hacia la derecha, hacia una parte más espesa del bosque.
—Deberíamos llevarlo de vuelta a la Cúpula del Cielo. Ya lleva solo bastante tiempo.
—Gor'sadén necesita tiempo, Fel'annár. Siglos de amistad, más bien de hermandad, no pueden ignorarse. Con la muerte de Pan'assár, toda su vida ha cambiado. Apuesto a que desea abandonar estas tierras y, sin embargo, se queda por ti.
Fel'annár sabía que Bulan tenía razón. Aun así, se estremeció ante la perspectiva.
No dejaría a Gor'sadén solo demasiado tiempo porque, de algún modo, pensaba que cuanto más tiempo tuviera su padre para reflexionar, mayor sería la posibilidad de que cambiara de opinión y se marchara, no ya de Ea Uaré, sino de Bel'arán por completo.
Encontraron a Gor'sadén sentado con las piernas cruzadas en el suelo, la espalda apoyada contra un roble imponente. Pero incluso desde lejos, la mirada de Fel'annár se vio atraída por la belleza de la hoja larga que su Maestro Kah estaba afilando.
Había sido de Pan'assár, lo sabía.
Fel'annár, Bulan y Hobin se sentaron ante el pensativo Maestro Kah mientras Idernon guiaba a La Compañía un poco más lejos, consciente de su necesidad de privacidad.
Fel'annár hizo una mueca al sentir una punzada en la rodilla aún en proceso de curación; el dolor le bajó por la pierna hasta el pie.
Gruñó, estiró ambas piernas ante sí y observó a Gor'sadén mientras este seguía afilando la espada.
El comandante no dijo nada, pero Fel'annár sabía que era consciente de su presencia, de dónde habían estado y, muy probablemente, de lo que estaban pensando.
La vista le bajó hasta la hoja y advirtió los grabados a lo largo del acero brillante por primera vez.
Honor por encima de la vida.
Alargó la mano, soltó la hebilla del pecho y se liberó con cuidado del arnés de armas. Al depositarlo en el suelo a su lado, pasó la mano sobre la espada corta a juego y la extrajo despacio.
Era la segunda arma que heredaba. Bulan le había dado Harvest, la lanza que su abuelo Zéndar había empuñado una vez. Ahora era Pan'assár quien le había legado aquella hoja.
—Es un honor haber recibido esta espada. Pensaré en Pan'assár cada vez que la tome en la mano.
—¿Y qué evocará su recuerdo, Fel'annár? —La voz de Gor'sadén era distante, algo distraída, no del todo en el presente.
—Tenacidad. Valentía. Humildad. Una lección de vida: la de no rendirse nunca, por muy adverso que se vuelva el mundo. Su recuerdo me impulsará, me sostendrá en los momentos de debilidad.
Las manos cesaron su trabajo y, de pronto, Gor'sadén regresó con ellos de dondequiera que se hubiera ido.
Miró a Fel'annár y lanzó una breve ojeada a Bulan.
El capitán silvano había respetado a Pan'assár antes de despreciarlo y abandonar el ejército, pero no había rechazo en su expresión por lo que su sobrino había dicho.
Poco a poco, una sonrisa asomó a los labios de Gor'sadén por primera vez desde que Pan'assár había muerto.
Fel'annár volvió a guardar la hoja corta en el arnés y levantó la vista cuando Gor'sadén habló por fin.
—Sé que se ha ido. Sé que no hay vuelta atrás del Camino Corto, que el único sentido es hacia adelante. Aun así, sueño con él y, extrañamente, sueño contigo y con el Kal'hamén'Ar.
—No estás durmiendo.
—No. —Las manos revolotearon sobre el acero brillante—.
Demasiados sueños. A veces te veo en peligro mortal y soy incapaz de ayudar.
Y luego veo a Pan'assár, oigo sus últimas palabras y cada vez me dice que no lo entendía.
—La mirada se posó con pesadez en Bulan, Fel'annár y, por último, en Hobin, a quien observó de cerca—.
He aconsejado a muchos guerreros tras una guerra, les he hablado del alivio que supone compartir sus experiencias.
Nunca pensé encontrarme a mí mismo en tal situación, no después de todos estos años de batalla.
—Nunca antes habías presenciado la muerte de tu mejor amigo —dijo Bulan—.
Es lógico que te afecte de esta manera. A medida que el recuerdo de su muerte se desvanezca y el de su vida brille con más fuerza, los sueños cesarán.
Es seguramente lo que el propio Pan'assár te está diciendo en esos sueños.
Sufrió durante muchos años después de Or'Talán, e hizo sufrir a otros por ello.
Pero finalmente lo entendió, fue capaz de perdonarse a sí mismo y de expiarlo.
Fel'annár sabía que Bulan tenía razón en cierto sentido. Pero había mucho más que eso. Pan'assár se había estado refiriendo a Or'Talán y a sí mismo como su Ber'ator. No lo había comprendido hasta el mismísimo final.
Gor'sadén asintió a Bulan y volvió a dirigirse a Fel'annár.
—Sus últimas palabras fueron en parte para ti.
He de admitir que me ha resultado difícil llegar a este momento, hablar de su muerte.
—La voz se fue apagando mientras las manos acariciaban el metal por última vez—.
Mi vida ha cambiado de un modo fundamental, Fel'annár.
Su significado, sus mismos cimientos se han desplazado y asentado de forma distinta.
Fel'annár permaneció en silencio, sin que la mirada llegara a encontrarse con la de Gor'sadén.
Había prometido quedarse a pesar de la muerte de Pan'assár, ¿pero habría cambiado de opinión ahora que había tenido tiempo para reflexionar más profundamente?
¿Se habían hecho realidad los mayores temores de Fel'annár?
La mirada de Gor'sadén estaba fija en él, ya no empañada por el duelo sino clara, más brillante de lo que Fel'annár la había visto jamás.