Destino de un Príncipe (El Silvano 6)
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1 Fuego Pelágico
Fuego Pelágico
Gor'sadén, Comandante General de Tar'eastór, el último Maestro Kah y único miembro superviviente de Los Tres, había cesado por fin su incansable trabajo a la orilla del río.
Había entrenado a los Discípulos Kah, trabajado con Lord Koldur de Abiren'á y con cuanto hubiera logrado encontrar para distraer la mente de esta nueva realidad. Se sentía entumecido por el dolor, y una extraña sensación de desubicación lo asaltaba.
Pan'assár, comandante general de Ea Uaré, su hermano en todo salvo en la sangre, estaba muerto.
Atardecía en Abiren'á, la que fuera capital de los elfos silvanos.
Gor'sadén estaba agotado por el trabajo y por incontables noches de insomnio en las que le asaltaban sueños vívidos, cosas inquietantes, oscuros presagios y desastres de una magnitud que solo los dioses podrían conjurar.
Necesitaba tiempo a solas, simplemente sentarse y dejar que el dolor se suavizara, en un lugar donde nadie lo viera.
Necesitaba recordar a Pan'assár, no sus últimos y jadeantes suspiros, sino la vida entera de hermandad que habían compartido.
Así pues, se había alejado de La Compañía en busca de un rincón tranquilo, adentrándose entre los árboles, lejos de la orilla del río. Había más sombra allí. Los peñascos salpicaban el suelo del bosque, medio cubiertos de un vibrante musgo verde, del mismo color exacto que los ojos de Fel'annár.
Encontró un roble acogedor y se sentó a su base. Soltó la hebilla del pecho, se quitó el arnés de las armas y lo depositó con cuidado en el suelo, recorriendo con los dedos los metales preciosos. No pasaría mucho tiempo antes de que Fel'annár viniera a buscarlo.
No volvería a ver a Pan'assár hasta que él mismo tomara el Camino Corto o Largo hacia la próxima vida. Se detuvo, cruzó las piernas y apoyó los antebrazos en los muslos.
¿Cómo funcionaba exactamente? ¿Recordaría Pan'assár su vida anterior? ¿Se acordaría de Gor'sadén? ¿Se reuniría con Or'Talán, recuperaría esa parte de sí mismo que había perdido y encontraría por fin la alegría? ¿O no era tan sencillo? ¿Ni tan idílico?
Decían que algunos elfos nunca se encontraban a sí mismos. Band'orán podría ser uno de esos casos raros. Pero seguro que Pan'assár no. Se había redimido, había dado la vida por el mismo pueblo al que había hostigado durante tantos años.
Merecía regresar.
Gor'sadén quería, necesitaba creer que todos volverían a reunirse algún día, al otro lado del Velo, porque si no fuese así, ¿qué sentido tendría la vida? ¿Para qué las aventuras, los éxitos y fracasos, el asombro y el dolor, la emoción y la desolación?
¿Cuál era entonces el propósito de la vida?
¿Podría ser de verdad que no hubiera propósito alguno? ¿Se disiparía todo tras la muerte? ¿Se desvanecería como las estrellas al alba?
Y sin embargo Lainon había muerto, se había convertido en Shirán y había regresado al Primer Mundo con los recuerdos intactos. Él era la prueba viviente de que había vida más allá de la muerte. Pero él era Ari'atór, Ber'ator. Pan'assár no había sido ninguna de las dos cosas.
Tomó el arnés y cerró la mano derecha sobre el pomo familiar de la espada larga de Pan'assár. La desenvainó, la apoyó con cuidado sobre las rodillas y pensó en la espada corta compañera, la que Pan'assár le había pedido que entregara a Fel'annár.
Espadas como estas se transmitían de generación en generación.
Este juego en particular había sido del padre de Pan'assár y del suyo antes que él.
Ahora que no quedaban descendientes a quienes legarlo, la espada corta pertenecía a Fel'annár, mientras que Gor'sadén blandiría la larga, al menos por ahora.
Sonrió, pasando el dedo por los diamantes, esmeraldas y zafiros que tachonaban la empuñadura; sintió la plata exquisitamente tallada, el acero hábilmente forjado que tanta sangre había bebido, que había danzado el Kal'hamén'Ar y girado en la Rueda de la Guerra.
Era un arma letal en las manos adecuadas, y Gor'sadén la usaría en memoria de su amigo más cercano.
La Capitana Sorei le había obsequiado su primera Hoja Synth, y la adoptaría como segunda arma para legar su propia espada Colanei a su discípulo, su hijo elegido, tan pronto como este hubiera realizado la Danza de la Muerte Benigna y se hubiera convertido en Maestro por derecho propio.
Sacó la piedra de afilar y se puso a pulir la hoja de Pan'assár. Mientras trabajaba, el raspado de la piedra sobre el metal guio su mente de regreso a los sueños de la noche anterior.
Esta vez, Fel'annár estaba rodeado de Señores de la Arena, pero todo lo que Gor'sadén había podido hacer era mirar, con las botas hundidas en un cenagal, gritando hasta que la garganta le quedó en carne viva.
Había tenido estos sueños desde que Fel'annár casi murió a manos de los Nim'uán en las laderas de la ciudadela de Tar'eastór.
A veces eran batallas; otras, un corrimiento de tierras, una avalancha o una inundación repentina en el Cor'hidén.
Incluso había soñado con el Kal'hamén'Ar, con poderosas legiones de Guerreros Kah envueltos en coloridos jirones de luz.
Después había soñado con Pan'assár, por primera vez desde su pérdida.
Su amigo moría en sus brazos mientras el caos asolaba el mundo a su alrededor.
Estaban en el ojo de un huracán y, sin embargo, flotaban en un aire inmóvil, contemplando a cámara lenta la destrucción que los rodeaba, ajenos a su furia.
Pan'assár había hablado, pero no fueron las palabras que había pronunciado en aquel fatídico día, ni con aquella forma entrecortada y agonizante. Sonaba en paz, como un filósofo exponiendo su verdad, con la mirada libre de dolor clavada en Gor'sadén, instándole a escuchar.
No lo entendí.
Para su desesperación, Gor'sadén se había despertado.
¿Qué era lo que no había entendido? Pan'assár se había redimido, había tenido una muerte de guerrero. Había estado en paz con su último aliento.
La mano se apartó de la hoja que estaba afilando y contempló sus manos, ahora relajadas.
Podía ver cada línea, cada callo, y sabía exactamente cómo se habían formado.
Recuerdos de duros entrenamientos en noches gélidas.
Recuerdos de dolor y frustración, de repeticiones interminables mientras se esforzaba al máximo para dominar el Kal'hamén'Ar con Los Tres.
Y entonces la mano se desvaneció, el mundo parpadeó y luego estalló en luz.
El bosque giraba a su alrededor y se encontraba sentado de nuevo en la vorágine, con el peso del cuerpo muerto de Pan'assár en los brazos.
Solo que esta vez se sentía desapegado, desprovisto de emoción, y lo veía todo a cámara lenta, reparando en detalles que no había registrado en su momento.
Vio cómo los ojos de Pan'assár brillaban con fuerza, una luz interior que los hacía resplandecer, de forma no muy distinta a la mirada de Fel'annár cuando tejía el tapiz del bosque.
Pero entonces esa luz interior pasó al frente y se desprendió de la expresión de su amigo.
Flotó hacia él y quiso huir. Le temía, pero una vez más estaba atrapado donde estaba sentado.
La luz azul lo envolvió.
Debió de haber estado conteniendo la respiración, pues de pronto empezó a jadear. Se asfixiaba, tosía, balbuceaba y boqueaba, desesperado por meter aire en los pulmones. La vista se volvió de un blanco fundido; parpadeó con furia y respiró ruidosamente, con los recuerdos aún ardiendo.
Necesitaba calmarse. Respiró lenta y profundamente, sintiendo cómo el corazón se ralentizaba y recuperaba su ritmo habitual.
¿Qué le pasaba? ¿Se había quedado dormido mientras afilaba la espada? ¿O había sido un recuerdo repentino, detalles de los sueños que no había recordado esa mañana? Sacudió la cabeza y se pasó una mano por la cara.
Todo lo que necesitaba era paz, tiempo para sanar, espacio para ordenar los pensamientos y aceptar que estaba solo, a excepción de Fel'annár.
Él mantendría a Gor'sadén aquí en Bel'arán durante un poco más de tiempo, hasta que ya no fuera necesario, hasta que el camino de Fel'annár hacia la grandeza se completara y su viaje hacia su nueva familia terminara.
Y quizás fuera así de sencillo. No cabía duda de que eso era lo que los sueños significaban: un recordatorio de la promesa que había hecho a Fel'annár, que tenía intención de cumplir.
Una vez que Fel'annár fuera Maestro Kah y su lugar legítimo en el linaje de Or'Talán fuera reconocido, una vez que el Kal'hamén'Ar hubiera sido devuelto a los ejércitos élficos de Bel'arán, Gor'sadén de Tar'eastór se adentraría en el camino hacia un nuevo mundo, hacia viejos amigos.
Levantó la vista al cielo crepuscular y apoyó la cabeza contra el roble que tenía detrás. Se preguntó si el cielo se vería igual al otro lado del Velo, donde Pan'assár y Or'Talán aguardaban el reencuentro de Los Tres.
El Silvano había matado a dos monstruos: uno en las arenas empapadas de sangre de Calrazia, y otro en su mente.
Ambos se habían alzado inesperadamente; uno desde las profundidades del desierto y el otro desde las fértiles praderas de la mente de Fel'annár, coloreadas por los miedos y las dudas de su infancia.
Todos necesitaban tiempo para sanar, para reponerse, para guardar luto y aceptar que las cosas que le habían visto hacer no eran antinaturales.
Eran simplemente una parte inexplicable de la naturaleza que Fel'annár podía blandir.
Algunos lo llamaban magia, pero Idernon insistía en que no existía tal cosa.
Habían visto a las Tres Hermanas cargar a la guerra, visto a Fel'annár cabalgar sobre sus raíces gigantes y abatir a la Serpiente Madre. Habían visto cómo conjuraba una vorágine que casi había arrasado Abiren'á por completo, y habían visto runas bajo la piel, palabras del Libro de los Iniciados.
Una tierra en guerra.
Reprimió un escalofrío. No quería que nadie le temiera, no quería temerse a sí mismo, pero no podía evitar que la mente lo asaltara con la pregunta. ¿Era este todo el alcance de su don? ¿Había aún más por venir?