Destinada al vampiro (Pasiones oscuras nº 1) Camille
18%

Camille

Abrí los ojos cuando los rayos de sol se colaron entre las persianas y me dieron en la cara. Despertar y salir de la cama nunca había sido lo mío.

El techo era más alto de lo que recordaba. Las paredes tampoco tenían el mismo color.

Tampoco reconocía la colcha. ¡Algo andaba mal!

Intenté moverme, pero tenía las manos atadas a la espalda con algún tipo de tela.

Entonces los recuerdos del día y la noche anteriores me golpearon de lleno. Seguía en la misma habitación donde me había encerrado antes de que perdiera el conocimiento.

—Ese estúpido animal —murmuré.

Estaba furiosa por todo lo que había pasado en las últimas veinticuatro horas.

Sabía que venir a Nueva Orleans a cazar al asesino en serie no iba a ser fácil, pero jamás imaginé que acabaría como cautiva de un vampiro. Y peor aún, podría convertirme en su próxima comida.

No. No pensaba quedarme aquí sentada esperando a que me convirtiera en su cena.

Me arrastré hasta el borde de la cama y me asomé por la ventana.

La sorpresa y el pánico se apoderaron de mí al darme cuenta de lo indefensa que estaba.

Estábamos en algún lugar del bosque; lo único que veía era el cielo y el verde de los árboles.

Daba igual hacia dónde mirara, solo había vegetación.

¡Estábamos en medio de la nada! ¿A cuánta distancia de la ciudad nos encontrábamos?

Algo no encajaba, pero no lograba identificar el qué.

Pensé en escapar por la ventana, pero tras forcejear un rato con los barrotes sin que cedieran, desistí.

—Mierda. Tengo que salir de aquí —murmuré mientras me ponía de pie y me acercaba a la puerta.

Echar la puerta abajo haría demasiado ruido, y además, no había manera de que saliera viva de aquí si no podía correr bien o defenderme. Me ensartaría de nuevo.

Me acerqué a la puerta caminando de espaldas para apoyar la espalda contra la entrada de madera. Encajé la manilla entre la tela que me ataba y seguí tirando.

Al principio dolió, porque la fricción constante hacía que la tela se me clavara en la piel, pero tras unos cuantos tirones más, la tela cedió. Sacudí las manos, aliviada de tenerlas libres por fin.

Me dolían los brazos, pero era lo de menos. Ya me preocuparía de ellos cuando saliera de aquí, dondequiera que fuese este lugar.

Probé la manilla otra vez y me sorprendió que cediera. ¡Se abrió!

—¿Qué idiota deja a su presa en una habitación sin cerrar? Bueno, su estupidez me viene de perlas —salí sigilosamente de la habitación mientras trazaba un plan de huida.

Salir de la habitación me deparó otra sorpresa. La puerta daba a un amplio pasillo pintado de blanco, con inscripciones en griego que no entendía. Tampoco es que supiera griego.

Volví a tener la sensación de que algo no iba bien, pero esta vez la ignoré.

Había habitaciones a ambos lados y no pude evitar preguntarme si tendría a otras personas inocentes encerradas allí.

Abrí una puerta, luego otra, y otra, y otra más. Ni siquiera sabía si me estaba adentrando en el edificio o acercándome a la salida. No había forma de saber en qué dirección iba, pero seguí adelante.

Al final del pasillo, una gran puerta doble de roble se interponía entre mí y lo que hubiera al otro lado. Me detuve, respiré hondo y me preparé para cualquier cosa. Podía ser una salida al bosque o simplemente otra estancia.

Agucé el oído, pero no se oía nada al otro lado.

Tiré de ambas puertas a la vez, algo de lo que me arrepentí casi al instante. Crujieron con estrépito y el sonido resonó por todo el pasillo. Era imposible que el vampiro no supiera ya que había escapado, si es que no lo sabía desde el momento en que salí de la habitación.

De pronto recordé que me había dicho su nombre la noche anterior. Fruncí el ceño intentando recordar cuál era.

Algo que sonaba a hombre lobo...

—Te dije que era Derek —dijo una voz serena y ya familiar a mi espalda.

—¿Qué...? ¿Dónde...? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté.

Me había pillado desprevenida.

Me di la vuelta para encararlo. Seguía a varios metros de mí. Espacio más que suficiente para intentar huir.

—El tiempo suficiente —dijo con una sonrisa burlona en los labios.

Estaba disfrutando con esto. Era evidente que le producía placer observarme, y eso me irritaba tanto que se me tensó la espalda. De un movimiento rápido, giré el pomo de la puerta y me preparé para correr, si es que había adónde ir.

Al abrir la puerta, me sumí tanto en mis pensamientos que no lo vi pasar a mi lado. Había entrado en otra habitación, solo que no era una habitación cualquiera. Parecía un salón de baile donde se celebraban fiestas.

A un lado de la estancia, varios muebles se alineaban en orden. Pero justo en el centro del salón había una única silla. Un pequeño trono, y él estaba sentado en él. Tenía un aspecto... regio y terriblemente sexy, con una pierna cruzada sobre la otra.

Me tensé al verlo moverse, pero me relajé en cuanto vi que no iba a atacar. Solo cogió una jeringa de la mesita que no había visto junto a la silla.

—¿Qué es eso?

—Nada que deba preocuparte —y al terminar de hablar, se clavó la aguja en el brazo e inyectó el líquido marrón pálido en su organismo.

Observé horrorizada cómo gritaba de dolor. Su cuerpo, antes pálido, se oscureció y las venas empezaron a brillar en un tono marrón bajo la piel.

Corrí hacia él cuando cayó de la silla.

—¿Estás bien? —pregunté, preocupada.

Ni yo misma sabía por qué me preocupaba. Mi cuerpo se había movido solo. Cuando reaccioné, ya estaba demasiado cerca de él.

O quizá debería acabar con él ahora mismo.

—Ni se te ocurra. Te mataré antes —me gruñó.

—Eh, ¿qué te pasa? —insistí, dándole un toque con la bota.

De pronto parecía débil y sin vida.

¿En qué estaba pensando? Este hombre había intentado matarme.

—No intenté matarte. ¿Por qué crees que dejé la puerta abierta? Solo quiero respuestas.

—¡Joder! ¡Estás leyendo mis pensamientos!

Su piel recuperó el color pálido habitual. Las venas volvieron a la normalidad y dejaron de brillar.

Ojalá no hubiera estado tan cerca cuando se incorporó. Estábamos tan cerca que pude ver que sus ojos ya no eran del rojo intenso del primer día, sino marrones. Tenía el rostro y la mandíbula perfectamente cincelados, con una barba incipiente en las mejillas.

—No estoy leyendo tus pensamientos. Al menos, no a propósito. Piensas demasiado fuerte, no puedo evitar oírlos —dijo, mirándome desde arriba.

—Claro. ¿Qué te inyectaste? —me apresuré a cambiar de tema mientras retrocedía para poner distancia entre nosotros.

—Suero de ajo.

Arqueé una ceja.

—Tienes que estar bromeando. ¿Qué te crees que soy? ¿Tonta?

—Tal vez. Pero te estoy diciendo la verdad, y no tengo ni idea de por qué.

Tenía que estar mintiendo. Era imposible que se inyectara ajo. Los vampiros odiaban eso.

Debió de husmear en mis pensamientos otra vez, porque siguió hablando.

—Lo tomo para calmar el hambre de sangre humana. No me alimento de humanos, como crees.

—¡Mentiroso! Maldito mentiroso. ¿Me estás diciendo que preferirías sufrir este dolor atroz antes que alimentarte de cualquiera? —aún no podía confiar en él lo suficiente como para bajar la guardia. Los colmillos de Derek todavía le sobresalían de la boca.

—Cálmate, es por el ajo. Desaparecerán pronto —se dirigió hacia la silla de metal, que supuse era una especie de trono, y se sentó—. Y sí, preferiría soportar el dolor.

Exhaló profundamente antes de continuar. Desvió la mirada hacia otro punto de la habitación, y sus ojos se llenaron de un dolor evidente.

—Una vez amé a una humana y murió en mis manos. Por culpa de mis colmillos. Tuve que matarla porque era la ley de los vampiros: hay que matar al humano del que te alimentas. Intentamos huir, pero el consejo nos dio alcance y me obligó a matarla delante de todos.

—Lo siento. Lo siento mucho —no sé por qué, pero sus palabras me dolieron.

«No confíes en él», susurró una voz en mi cabeza, y mis instintos volvieron a ponerse en alerta.

—Puedes confiar en mí. No tengo motivos para mentirte.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—¿Recuerdas cuando me atacaste con el látigo?

—Sí, ¿y qué tiene que ver eso?

—No me hizo daño porque no soy como el resto de mi especie. Las armas de plata no me afectan, y puedo caminar bajo el sol sin quemarme. Todo eso lo conseguí manteniéndome alejado de la sangre, aunque casi me costó la vida.

¡Entonces lo entendí! ¡Eso era lo que fallaba!

A diferencia de todas las guaridas de vampiros en las que había estado, la casa de Derek parecía normal.

Y este salón también: el techo era de cristal transparente y dejaba entrar la luz del sol a raudales.

Había luz de sobra en esta habitación, algo nada bueno para los vampiros.

El sol podía matar a los vampiros, pero él era diferente. Derek no era un vampiro corriente. Ningún vampiro podía hacer nada de esto.

Y podía leer la mente.

¿Qué más sería capaz de hacer este vampiro tan atractivo?