Derek
Me revolví en la cama una vez más, sudando, y las encías volvían a dolerme.
La luna llena brillaba en el cielo nocturno, elevando mis instintos vampíricos al máximo, tanto que me costaba mantener el control.
¡Sangre!
Había un dulce olor a sangre humana en el aire. La sangre de la mujer que había capturado esa noche.
¿Quién hubiera pensado que sería tan estúpida como para atacarme? Bueno, viendo cómo había acabado con el otro vampiro tras recibir solo unos cuantos golpes, el engañado fui yo al sorprenderme cuando lanzó su látigo hacia mí.
—Cazadores de vampiros, siempre tan creídos —pensé en voz alta.
Debería haber huido desde el principio, haber puesto toda la distancia posible entre nosotros.
¿Quién demonios enseñó a los humanos a ser tan audaces y valientes ante la muerte?
Cazadora o no, nuestros niveles de poder no eran ni de lejos iguales, y debería haberlo sabido desde el primer momento.
Mis ojos rojos deberían haberla hecho temblar de miedo, pero ahora aprendería la lección.
Me levanté de la cama y salí de mi habitación descalzo, dirigiéndome a la habitación donde había encerrado a la cazadora. No tenía ningún motivo en mente; me sentía como un juguete teledirigido, solo que en mi caso, lo que me guiaba era el hambre.
Tras detenerme unos segundos frente a la habitación, alargué la mano hacia la puerta, esperando encontrarla sentada en la cama, pero no. Estaba allí, tumbada tal como la había dejado.
Esta era solo una de las muchas habitaciones de la casa. La pequeña cama arrinconada era el único mueble del cuarto. Quizá debería haberla encerrado en una habitación mejor; pero, al fin y al cabo, era mi prisionera y me pareció justo tratarla como tal.
Recorrí su cuerpo con la mirada. Era delgada, de piernas largas. Su cabello pelirrojo le caía sobre el rostro y su piel aceitunada quedaba a la vista bajo unos pantalones ajustados y una chaqueta vaquera sin mangas.
Mis ojos se detuvieron en su cuello y el ansia me invadió. ¡Mierda! Tener a una humana cerca en una noche como esta había sido una idea estúpida.
Saber que debía detenerme no sirvió de nada. Me acerqué a ella con los ojos aún clavados en su cuello. Podía ver sus venas, y el flujo de sangre a través de ellas me enloquecía.
Mis colmillos ya habían salido y mi mente se nublaba con pensamientos sobre cómo sería volver a probar sangre humana: su sangre.
«Derek, ¿qué crees que estás haciendo?», me pregunté, tratando de controlar mis pensamientos. Había dejado la sangre humana desde aquella noche. No iba a volver a caer en eso, nunca más.
«Ella intentó matarte. Deberías hacérselo pagar. Aliméntate de ella y sáciate», susurró una voz en el fondo de mi cabeza, y por un breve instante, me descubrí obedeciendo, cediendo a ese pensamiento.
—No. No. No. No puedo hacer eso. No lo haré —me dije, paseando por la pequeña habitación.
Probablemente debería haberla dejado libre o haberla matado, ya que era una cazadora. Precisamente por circunstancias como esta evitaba a los humanos y todo lo relacionado con ellos.
Decidí salir antes de volver a perder el control, pero entonces oí un leve movimiento en el lugar donde ella yacía.
Mi oído era mucho más agudo de lo que cualquier humano pudiera imaginar; al fin y al cabo, era un vampiro.
Me di la vuelta, pero ella seguía allí en la cama, en la misma postura, inmóvil.
—Eh, ni se te ocurra hacer ninguna locura. Sé que estás despierta. Oigo tu respiración y los latidos de tu corazón. Siento la adrenalina correr por tus venas y sé lo que estás pensando.
Mis palabras fueron la señal que necesitaba: saltó de la cama hacia la puerta.
—¿Es que los humanos nunca escucháis? —espeté antes de lanzarme a cortarle el paso. Yo tenía una velocidad que ella no poseía. Pero aún me irritaba que creyera que tendría oportunidad de escapar.
Intenté agarrarle la mano para detenerla, pero en lugar de sentir que la sujetaba por la muñeca, ella giró y me lanzó un puñetazo al costado. Me doblé al sentir cómo me sacaba el aire cuando su puño impactó en mis costillas.
—¿Cómo te atreves? —rugí, enfurecido.
—Eres un vampiro. ¡Mi trabajo es matarte a ti y a los de tu especie!
Lanzó otro golpe, pero esta vez estaba preparado. Le atrapé la mano en el aire, se la retorcí y le barrí las piernas.
Ejecuté el movimiento tan bien que se estrelló con fuerza contra el suelo de madera.
—Pegas fuerte, pero no soy de los que se dejan tumbar por golpes tan flojos —dije con los dientes apretados. Aún estaba furioso.
—Una razón más para que tú y los de tu especie no existáis.
—¿Qué has dicho?
Ya le había inmovilizado ambos brazos a la espalda y mi paciencia se estaba agotando. Arranqué un trozo de tela que había tirado en el suelo; no parecía gran cosa, pero serviría. Ella forcejeó y gritó mientras le ataba las manos a la espalda.
—Hablas demasiado para ser tan débil —me burlé. Ella forcejeó aún más, dejando escapar breves gruñidos mientras se retorcía en el suelo.
La arrastré de vuelta a la cama con una sonrisa arrogante. Mi sonrisa se ensanchó aún más cuando dejó de forcejear. Por fin debía de haber comprendido lo indefensa que estaba.
—De verdad que no quiero matarte. No me obligues.
Mi tono volvía a ser firme y supe que por fin había controlado mi sed de sangre.
—¿Acaso no es eso lo que hacéis todos vosotros?
El veneno en su voz era más que evidente.
Opté por ignorarla. No merecía mi tiempo ni mi energía, y cuanta más energía gastara hablando con ella, más probable sería que mi sed de sangre volviera a imponerse.
Finalmente le pregunté:
—¿Cuántos sois y qué queréis?
—¿Y a ti qué te importa?
Sonreí con suficiencia.
—Así que quieres hacerte la dura, ¿eh? Podemos hacer esto por las buenas o por las malas —dije, haciendo crujir los nudillos.
—Haz lo que quieras, bestia —dijo, y me escupió.
Al final resultaba que sí era valiente. La rabia en sus ojos verdes me decía lo luchadora que era.
—Todos lo somos —respondí con una sonrisa astuta—. Asesinaste a una persona e intentaste hacer lo mismo conmigo —no sabía por qué, pero estaba disfrutando cada momento. No solía acosar a nadie, pero con ella me sentía como un depredador. O quizá era el efecto de la luna llena.
—La muerte es lo único que merecen los vampiros. Vosotros sois los verdaderos asesinos, que os alimentáis de humanos.
—Eres cazadora. ¿Qué haces aquí sin tu grupo? —ignoré también eso y pasé a la siguiente pregunta—. Sabes lo peligroso que es Nueva Orleans para los cazadores de vampiros, ¿por qué arriesgaste tu vida?
La observé, esperando una respuesta, pero solo me recibió el silencio. Un silencio absoluto, ensordecedor.
—¡Eh! —dije, acercándome a ella con pasos lentos y medidos.
—No doy respuestas a los animales.
—Dejaré pasar eso. Tienes una última oportunidad, habla.
—Mira, no voy a hablarte de mi misión, y trabajo sola. Fin de la historia.
Una sonrisa irónica se dibujó en mis labios, un gesto que había usado muchas veces para desestabilizar a mis presas y obligarlas a soltar cualquier información que necesitara.
—¿A qué viene esa sonrisa? —preguntó la cazadora con expresión fatigada.
—Bueno... viendo que no me estás diciendo nada, supongo que serás mi invitada durante mucho tiempo —mostré mis colmillos antes de añadir—: Y si sigues empeñada en ser terca, solo el cielo sabe cuánto más podré contener el hambre que tengo de tu sangre.
Sonreí con satisfacción cuando el miedo se abrió paso en su rostro. Era realmente placentero atormentar a esta mujer.
—Ah, y llámame Derek, si alguna vez tienes ocasión —dije, deteniéndome en la puerta antes de salir de la habitación.