Destinada al vampiro (Pasiones oscuras nº 1) Camille
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Destinada al vampiro (Pasiones oscuras nº 1)

Destinada al vampiro (Pasiones oscuras nº 1)

Por Lexie K. Stone

© inepub.com

Camille

—¡Ayúdenme!

Mis instintos reaccionaron antes de que pudiera pensar, y pisé a fondo el freno de la Chevrolet Silverado roja que conducía. Me quedé escuchando un momento, tratando de descifrar si el sonido provenía del bosque a la derecha o del de la izquierda del viejo sendero.

—¡Ayúdenme! ¡Alguien!

Esa fue toda la confirmación que necesitaba.

Agarré mi látigo de plata y un revólver hecho a medida, me los guardé en los bolsillos y salté del coche.

Una parte de mí rezaba en silencio para no estar persiguiendo otra pista falsa. Ya estaba cansada de creer que me acercaba, solo para descubrir que iba por el camino equivocado.

Ser cazadora de vampiros me había entrenado para detectar el más mínimo cambio en el ambiente, y en ese momento lo único que me guiaba era el denso olor a sangre y el fuerte crujido de hojas secas bajo pisadas.

Dos personas, al menos por lo que oía. Podría tratarse de algún adolescente borracho enrollándose con su novia, pero hasta yo sabía que eso era casi imposible. La carretera por la que había estado conduciendo era un sendero viejo y abandonado. Esto era otra cosa. Algo siniestro.

Tras correr lo que pareció una eternidad, salí de entre los árboles a un claro, aún rodeado de bosque.

La escena que tenía delante habría traumatizado a cualquier humano normal, pero yo no lo era; no después de todo el entrenamiento y las misiones que había vivido.

Allí, en el suelo del bosque, había un hombre, un vampiro, alimentándose de una mujer joven, con el rostro hundido en el hueco entre la cabeza y los hombros de ella.

Levantó la vista de su comida y, por un momento, pareció sorprendido. Quizá se preguntaba qué hacía una humana allí, en el bosque. Quizá era otra cosa.

Llegué demasiado tarde. La voz que había escuchado antes debía de ser la de esta mujer.

Su cuerpo se había vuelto pálido y flácido.

Sabía que no debía dejarme engañar por su apariencia.

Solo estaba inconsciente. Despertaría convertida en neófita, una nueva vampira.

No importaba si sería diferente. Mi trabajo como cazadora de vampiros implicaba ocuparme de TODOS los vampiros que me cruzara.

Saqué el revólver, apunté rápido y disparé hacia el vampiro y su almuerzo.

La sonrisa burlona que se le había formado en el rostro al ver el arma desapareció en cuanto la chica se disolvió en ceniza.

—¡Oh, mierda! ¡Balas de plata! —exclamó antes de saltar hacia mí, con los colmillos al descubierto y los ojos llenos de rabia.

Hizo bien en intentar desarmarme. Me golpeó con la palma abierta y el arma salió volando de mi mano: un movimiento hábil que no esperaba de un vampiro de aspecto tan tosco.

Logré desviar el golpe a tiempo. Le asesté un puñetazo en el costado del cuello y conseguí aturdirlo unos segundos.

—Humana, ¿cómo te has vuelto tan rápida? —ladró mientras se tambaleaba para ponerse en pie.

Atacó de nuevo, más rápido esta vez, con la precisión de una cobra. Oí crujir mis costillas antes de sentir el dolor agudo que me atravesó el cuerpo cuando su patada me alcanzó de lleno.

Eso es. Sígueme, patético imbécil.

Luché contra el dolor abrasador en los huesos mientras me arrastraba por el barro hacia el rincón apartado que había localizado antes.

—Por favor —supliqué, volviéndome para enfrentarlo. No se molestó en acercarse; se estaba deleitando con el placer de la caza. Él era el depredador y yo su presa.

—No hace falta que supliques, interrumpiste mi cena con tus estúpidas armas. Es justo que ocupes su lugar —sus colmillos brillaron peligrosamente bajo la luz de la luna mientras me siseaba—. No te preocupes, me aseguraré de que tu muerte sea rápida.

Me reí de sus palabras, dejando caer la máscara de miedo fingido. Se detuvo y dio un pequeño paso atrás para observarme mejor.

—En realidad, la que va a matar aquí soy yo —dije mientras agarraba el látigo y me ponía en pie para enfrentarlo.

Liberé mi cabello del pañuelo que lo aprisionaba y cayó en ondas rojas por mi espalda.

Sujeté la base del látigo y lo chasqueé a mi lado.

Mis ojos verdes brillaron con malicia cuando vi su mirada recelosa hacia el revestimiento de plata pura.

—Maldita cazadora —gruñó y se dio la vuelta, echando a correr. Debía de haber oído bastante sobre los de mi clase y lo buenas que éramos con el látigo como para negarse a pelear. Pero yo también estaba preparada para su cobardía.

Mi látigo cortó el aire, creando el suave silbido que había llegado a amar, pero el sonido se interrumpió en seco cuando el látigo se enrolló alrededor de su cuello antes de que se alejara demasiado.

La plata le quemó la piel en cuanto lo tocó.

Cayó de rodillas y soltó un grito agonizante que resonó en el bosque.

—¿A qué viene tanto drama? Hace un momento sonabas tan arrogante y seguro de ti mismo —sonreí con suficiencia mientras tiraba del látigo, obligándolo a arrastrarse hacia mí.

El cordón de plata le derretía la piel del cuello como un cuchillo caliente atravesando mantequilla; un minuto más así y ni siquiera tendría que tirar fuerte para decapitarlo.

—¿Conoces al vampiro responsable de esto? —grité y le metí las fotos en la cara.

Soltó un chillido aún más fuerte mientras agarraba el látigo intentando liberarse, y retiró la mano de golpe cuando le quemó.

—Vale, a la mierda —espeté y tiré del látigo, convirtiéndolo en el sexto neófito que decapitaba desde que había llegado a Nueva Orleans esa tarde en busca de respuestas.

—Parece que me perdí el espectáculo. ¿Qué tenemos aquí, una humana matando a otro de mi especie? —preguntó una voz desde arriba, y oí un golpe sordo a mi espalda: alguien acababa de aterrizar entre las sombras de los árboles.

¿Otro vampiro? ¿De dónde salen estas cosas?

Lancé el látigo con tanta rabia y fuerza que habría partido un ladrillo en dos y decapitado a un neófito en el acto, pero en lugar de eso se enrolló en la mano que interpuso entre nosotros, apenas causándole un rasguño.

—Bonito truco —dijo, y pude oír la arrogancia en su voz.

Las sombras a su alrededor parecían casi conscientes, uniéndose para ocultar su cuerpo de modo que solo la mano envuelta en el látigo quedaba a la luz—.

Aunque vas a tener que esforzarte un poco más si quieres separarme del cuello. Le tengo mucho cariño.

—Muéstrate —dije entre dientes.

Cuando salió de las sombras, con los ojos brillando en un rojo intenso, cada célula de mi cuerpo me gritó que huyera lo más lejos posible si quería seguir con vida.

En ese momento, tuve que aceptar que mi cuerpo tenía voluntad propia, independiente de las células que lo formaban. De otro modo, ¿cómo explicar mi repentina incapacidad para moverme, ni siquiera un dedo?

No iba a admitir que aquel hombre me daba miedo. El aura que emanaba de él alteraba tanto la atmósfera que hasta respirar se volvía una molestia.

—¿Recuerdas esto? —preguntó mientras señalaba con la mano derecha hacia la izquierda, aún atrapada por el látigo.

Abrí los ojos de par en par cuando se arrancó el látigo con la mano desnuda. ¡Algo no estaba bien! ¿Qué clase de ser era este hombre?

De pronto sentí que ya había visto más que suficiente.

Solté el extremo del látigo y eché a correr, aunque sabía que si decidía darme caza, jamás podría escapar de él.

—¿Adónde crees que vas? —lo oí decir, y de pronto ya estaba frente a mí.

No solo había recorrido una gran distancia en una fracción de segundo, sino que además me estaba estrangulando. Su mano derecha se había cerrado en torno a mi garganta y me arrancaba la vida a cada segundo.

Sus ojos rojos y brillantes estaban fríos, rebosantes de rabia. Mientras me retorcía y luchaba por liberarme, él esbozó una sonrisa de suficiencia y apretó aún más.

—Por favor, suéltame. Por favor.

Empecé a sentir cómo la vida se me escapaba. No podía respirar y la vista se me nublaba.

¿Así se sentía la muerte? ¿Iría al cielo? ¿Existía siquiera el cielo?

Esos fueron mis últimos pensamientos antes de hundirme en la oscuridad. En la muerte, quizá.