19 Logan
LOGAN
—Espera. ¿Qué? —Rowan relaja su agarre mortal en mi camisa y se escurre hasta el suelo, alejándose tanto de mí como de Nyx, con las palmas de las manos en el aire—. ¿Qué compañera?
Frunzo el ceño, echando de menos de inmediato el contacto de su cuerpo en mis brazos. Entonces mi mente procesa lo que acaba de preguntar. Se me oprime el pecho. —¿Qué compañera? —le devuelvo el eco, intentando sonar inocente.
Ella me lanza una mirada fulminante.
Así que no ha sido un desliz. Mierda. Porque la única razón por la que haría esa pregunta es si… — ¿Has oído a Nyx? Eso es imposible.
—No sé a quién he oído. Con la cantidad de voces que se han instalado últimamente en mi cabeza, está resultando un reto llevar la cuenta. Pero alguien acaba de referirse a mí como tu compañera. Y una defectuosa, además. ¿Qué quiere decir ese alguien con eso?
Maldita sea. Cierro los ojos y los mantengo así un momento con la esperanza de que, al volver a abrirlos, todo esto haya sido una especie de espejismo. Un sueño febril sin fiebre. Cualquier cosa menos la muy, muy desastrosa realidad que Rowan nunca debió conocer.
—Logan.
Abro los ojos y me encuentro a Rowan de pie con las manos en las caderas. —Es… complicado —logro decir.
Todo es complicado contigo, bufa Nyx, un sonido que hace que pequeñas volutas de humo salgan de sus fosas nasales.
Rowan levanta los brazos, algo que podría haberle dicho que era un error incluso antes de que suelte un grito de dolor y se encoja sobre sí misma.
Ha pasado por un infierno y ninguno de los dos sabe cuántas lesiones ha sufrido su cuerpo.
Ojalá hubiera retenido a Reece el tiempo suficiente para curarla, aunque es poco probable que al macho le quedara algo de fuerza.
Se deja caer de rodillas, abrazándose el pecho pero con la cabeza alta y la mirada encendida. —«Complicado» no es una explicación.
Complicado es un hecho, observa Nyx, bajando la cabeza hasta que su enorme hocico queda a solo unos centímetros de la cara de Rowan.
—Mira hacia otro lado —le digo rápidamente a Rowan, aunque la instrucción debería ser innecesaria. Cualquiera que no sea un suicida lo hace por instinto—. No lo mires a los ojos.
Rowan me mira con desdén. Luego a Nyx. —Sus ojos están a un palmo y tienen el tamaño de platillos... ¿adónde se supone que debo mirar?
Gruño. Por supuesto que desafiaría a un draken. Por supuesto. Porque, al parecer, sobrevivir a una experiencia cercana a la muerte esta noche no era suficiente para Rowan Lexington Ainsley. La mujer tiene el instinto de supervivencia de una polilla dando vueltas alrededor de una hoguera.
Interesante, reflexiona Nyx. No huele a miedo. Menos mal que la estupidez no tiene olor. Tengo el olfato muy sensible.
—Simplemente está demasiado agotada para estar aterrorizada como es debido.
No, corrige Nyx, ladeando ligeramente su enorme cabeza mientras continúa su examen. Huele a desafío. Y a sangre. Y a algo más... Hace una pausa y sus fosas nasales se dilatan con delicadeza. Poder. Poder puro, sin explotar, que ella aún no comprende del todo.
—No me creo nada —dice Rowan con los dientes apretados—. En primer lugar, «no comprender» no es un olor. En segundo lugar, ¿por qué estás en mi cabeza? Además, ¿podemos volver al tema de la compañera? ¿Y tal vez dejar de hablar de mí en tercera persona?
Intercambio una mirada con Nyx, que suelta otra bocanada de humo. Los ojos dorados del draken brillan con lo que he aprendido a reconocer como su particular estilo de diversión inútil. Para una criatura que ha vivido siglos, tiene la madurez emocional de un adolescente especialmente vengativo.
Te he oído.
—Me alegro por ti.
—¿Va alguno de vosotros, malditos machos, a decirme qué demonios está pasando? —grita Rowan, perdiendo finalmente la compostura.
La culpa me inunda de golpe.
—Ven aquí, conejo. —Agachándome junto a Rowan, la rodeo con un brazo y la guío lentamente hacia mi regazo, sentándonos a ambos en el suelo.
Por suerte, me deja hacerlo, aunque sé que no es porque quiera.
Es que ya no le quedan fuerzas para mantenerse erguida.
La atraigo más hacia mí, intentando compartir el poco calor que me queda.
Me duele todo el cuerpo por los golpes que he recibido antes, pero tenerla en mis brazos mitiga el dolor hasta convertirlo en algo manejable. Algo que vale la pena soportar.
Díselo tú, o lo haré yo. Y yo soy mucho menos diplomático que tú, presiona Nyx.
Diplomático no es una palabra que usaría para describirnos a ninguno de los dos, pero confío en Nyx para exponer estos hechos todavía menos de lo que confío en mí mismo.
¿Cómo le dices a alguien que es la otra mitad de tu alma cuando acaba de enterarse de que ni siquiera sois de la misma especie?
—Lo de la compañera… es… no es algo que los lobos elijan, exactamente.
Simplemente sucede. Un reconocimiento, una atracción que es más profunda que el pensamiento consciente.
Mierda. Estoy haciendo que suene como contraer la viruela. Aunque en el caso de Rowan, puede que no ande muy desencaminado. Soy una plaga en lo que a los lobos respecta. Un omega callejero.
Hago una pausa, intentando encontrar las palabras adecuadas.
O al menos unas palabras mejores. Incluso mientras pienso, soy incapaz de dejar de acariciarle el pelo.
Todavía está mojado, al igual que el resto de su cuerpo.
Rowan está fría. Congelada. Me quito la camisa de un tirón y retiro los restos del empapado vestido de Rowan.
—Calor corporal —digo rápidamente, adelantándome a su protesta—.
Es mejor piel con piel. Y necesitas todo el calor que puedas conseguir.
Aunque solo sea para que puedas seguir viva el tiempo suficiente para cortarme el cuello.
Nyx bufa pero se acerca contoneándose, y su ala nos rodea como una tienda de campaña. Tras un momento, suelta un pulmón lleno de vapor cálido en el interior y Rowan gime suavemente de alivio.
Cuéntaselo a alguien y no vivirás lo suficiente para que ella te degüelle, me informa el draken.
—Supe lo que eras para mí la primera vez que sentí tu aroma —confieso contra el cabello de Rowan, aunque no menciono que esa primera vez fue antes de mi misión a la Aguja—. Sentí como si mi alma hubiera estado esperando a la tuya. Como si sin la tuya, nunca fuera a estar completa.
—¿Cómo lo deshacemos? —pregunta Rowan.
Hago todo lo posible por no estremecerme. Por no dejarle ver cuánto me duelen esas palabras. Lucho por mantener la voz firme. —El vínculo de apareamiento no es algo que nadie pueda deshacer, igual que no se puede forzar. Los lobos, como otros fae, se aparean de por vida.
Ella se pone tensa y sé de sobra que se alejaría de mí si tuviera fuerzas. Agradezco a las estrellas que no las tenga. Poder abrazarla al menos esta última vez. Mi pecho desnudo contra su espalda se siente tan correcto que me duele el corazón.
—¿Así que estoy atrapada contigo? ¿Porque algún instinto de lobo ha decidido que le gusta una humana?
—No. —Las palabras me saben a ceniza, pero son ciertas.
Y después de todo por lo que la he hecho pasar —las mentiras, la traición, el secuestro— se merece toda la verdad.
No estás atrapada en nada. El vínculo...
me afecta a mí, no a ti. Los humanos no se aparean como los fae. Eres libre de elegir a quien quieras.
—No serás tú —dice Rowan, con la voz apagada mientras el sueño se apodera de su cuerpo—. No será ninguno de vosotros.
—Lo sé. —Aspiro su aroma —miel y cítricos, ahora mezclados con sangre y dolor— y lucho contra el impulso de hundir la cara en su pelo. Me escuecen los ojos—. Lo sé —repito, esta vez en un susurro.
La única respuesta de Rowan es la respiración acompasada del sueño profundo.