Destinada a Flurry (Destinada a los Jinetes Draken 2) 6 Rowan
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6 Rowan

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ROWAN

—Si alguien escribe alguna vez una historia de esta guerra, espero que dedique al menos una nota a pie de página al excelente gusto de los feéricos en cuanto al alojamiento de rehenes —dice Ellie siguiéndome al interior de una tienda que es más grande que todo mi dormitorio de la Aguja.

Kai y Kyrian se han quedado fuera para terminar sus discretas maquinaciones.

Hay pieles, una pila sospechosamente generosa de cojines de cuero e incluso un servicio de té.

Sospecharía que hay veneno, pero estos bastardos parecen preferir métodos más directos. Como la amputación.

Ellie se deja caer sobre la pila de cojines.

Para ser alguien que todavía tiene el pelo enredado por el secuestro y el cautiverio, parece irritantemente cómoda.

—Acogedor. Apostaría a que esto es para la feliz pareja.

—Ellie arquea las cejas de forma sugerente—.

Los feéricos parecen más del tipo de «probar antes de comprar» que de los de «guardárselo en los pantalones hasta el matrimonio».

—Hilarante.

Ellie me lanza una mirada que es a partes iguales ánimo y un ni se te ocurra tener una crisis sin mí. —Eso ha sido... demasiado. —Su voz pierde la falsa alegría—. ¿Vamos a celebrar primero que no te han desmembrado, o vamos a hervir a los chicos vivos por, bueno, por todo?

Cojo la tetera. No es gran cosa como arma, pero me hace sentir mejor.

—Hervirlos, sin duda.

—Son de la realeza —gruño.

—Realeza feérica —dice Ellie con cautela—.

Creo que la parte de «feérica» es la más relevante en la jerarquía de problemas.

Además, todos los demás feéricos parecen pensar que eres algo salido de los reinos oscuros.

Posiblemente algo peor. Y que, por tanto, deberías morir de alguna forma dolorosa.

Eso también parece un problema más inmediato.

—Ah, y por lo visto estoy prometida con el maldito príncipe Kai de la Corte de Slait.

—Estoy bastante segura de que ha sido una estratagema y probablemente podrás cancelar la boda. ¿Podemos volver al tema de que nos han secuestrado unos feéricos asesinos?

—¡No, no podemos! —Las palabras brotan de mi pecho, agudas y duras, y más fuertes de lo que esperaba.

No puedo evitarlo. No soy valiente ni estoica.

Me tiemblan las manos alrededor de la delicada porcelana de la tetera, y el corazón me golpea contra las costillas con tanta violencia que me sorprende que Ellie no pueda verlo a través de mi camisa.

Quiero soltar todas las preguntas y acusaciones a la vez, pero la opresión en mi garganta no me deja articular palabras que tengan sentido.

En su lugar, solo hay una sensación asfixiante de duelo, furia y un terror que me cala hasta los huesos.

—Lo sé. —La voz de Ellie es suave—. Lo sé. Pero vamos a solucionar esto.

—No, no lo haremos. —Mi voz suena ronca. No puedo mirarla—. No está bien, nada de esto está bien. ¡No soy...! —Mi respiración se entrecorta y me doy cuenta de que se me nubla la vista; me esfuerzo por tragar aire para evitar derrumbarme.

Ellie se queda callada durante varios latidos, lo que me parece una eternidad. El silencio en la tienda se estira como si esperara a ver si finalmente me hago pedazos. Antes de que pueda responder a eso, se oyen pasos justo al otro lado de la tienda y la lona cruje.

Me sobresalto instintivamente y la mirada de Ellie se dirige a la entrada.

Kai y Kyrian. Entran. Sin Logan. Eso debe significar algo, pero no sé qué.

El aire está cargado de intenciones asesinas. Bien. Espero que se asfixien con ellas.

—¿Qué pretendes hacer con el té, muchacha? —pregunta Kyrian con cautela. Ambos parecen intentar proyectar calma, pero hay tensión en sus posturas: desde las sombras de Kai que se arremolinan a sus pies hasta los brillantes ojos azules de Kyrian que miran a todas partes menos a los míos.

Lanzo la tetera contra el pecho de Kai.

Él la atrapa con reflejos sobrenaturales y la posa con un cuidado exasperante. —¿En serio, Ainsley?

—La próxima vez serán los cojines —le espeto.

Kai observa la tienda y la pila de cojines. —Tenemos que hablar.

—¿Tú crees?

—No tanto como a uno le gustaría —murmura Kyrian.

Kai se cruza de brazos. —Ya te habrás dado cuenta de que Logan, Kyrian y yo somos guerreros feéricos que nos hemos hecho pasar por cadetes humanos durante los últimos años para entrar en el corazón de las operaciones de Eryndor.

—Hace una pausa y espera a que yo asienta antes de continuar—.

El objetivo de nuestra misión siempre fue encontrar a una encantadora de alquimia y llevárnosla de vuelta a territorio feérico.

Me quedo sin palabras ante tal franqueza, luego agarro un cojín de la pila y me hundo en él. —¿O sea, secuestrarme?

—Ese era el plan desde el principio, sí.

—No hay disculpa en la voz de Kai, ni siquiera un rastro de vergüenza.

De pronto comprendo por qué el mando siempre le resultó tan natural, por qué los cadetes de la Aguja se apartaban de su camino como hierba que se divide cada vez que pasaba.

Kai es un príncipe. Un príncipe feérico. Criado para mandar y gobernar.

—Entonces, ¿para qué molestarse con el teatro? —pregunta Ellie—. ¿Por qué no llevarse a Rowan en plena noche y acabar de una vez?

Kai le lanza esa mirada que dice que esperaba algo mejor de ella. Como ella no responde de inmediato, se gira hacia mí expectante. —¿Y bien?

—La información sobre los encantadores es clasificada —digo con un suspiro—. Especialmente todo lo relacionado con la alquimia. Tendrían que pasar dos años en la Aguja antes de poder averiguar nada, y mucho menos tener acceso.

Kai asiente con aprobación y odio cómo ese pequeño reconocimiento me provoca una oleada de calidez.

—Incluso una vez que tuvimos acceso, intentar sacarte de la Aguja habría sido un ejercicio de suicidio —dice Kyrian, retomando la explicación.

Se pone en cuclillas a unos pasos de mí, situándose más al nivel de mis ojos.

Cerca, pero no demasiado. Respetando mi espacio—.

Las pruebas de campo iniciales todavía estaban demasiado lejos de la frontera.

Teníamos la intención de actuar durante el ejercicio de campo final, donde estaríamos posicionados de forma más estratégica.

—Así que ibais a seguir con el papel de cadetes hasta que...

—Estás haciendo las preguntas equivocadas, Ainsley —dice Kai, interrumpiéndome.

—¿Cuál es la dichosa pregunta correcta? ¿Debería estar preocupada por el compromiso en lugar de angustiada por el secuestro?

—Pensaba que era yo quien debía hablar —le dice Kyrian, sin que Kai le preste la menor atención.

—Deberías preguntar por qué demonios te queríamos para empezar. Por qué Theron quiere cortarte las manos. Por qué todo el ejército feérico quiere que seas ejecutada, tú específicamente, de la forma más brutal posible.

—Porque... porque soy una Ainsley —digo, y las palabras me suenan vacías—. Soy la hija del general de vuestro enemigo. Y una alquimista... fabrico acero áurico. La única arma que da a los humanos una oportunidad de luchar contra vuestros seres inmortales. ¿Por qué no ibais a quererme muerta?

—Si te hubiera querido muerta, te habría matado. Así que, ¿por qué no lo hice? ¿Por qué no lo hizo ninguno de nosotros?

Trago saliva porque hace apenas unos días la respuesta habría sido muy distinta.

Habría sido una nacida de besos prohibidos y de refugio en la noche.

De promesas hechas y creídas estúpidamente.

Me recompongo antes de que mi cara delate mi ingenuidad.

—Porque... ¿soy un trofeo? —conjeturo—. Valgo más...

—Eres a la vez nuestro mayor temor y nuestra mayor esperanza, Caos —dice Kyrian en voz baja—. La aleación áurica que fabricas no hace lo que tú crees.

—Creo que os hace daño. —Levanto la barbilla—. ¿Me equivoco?

—No —dice Kai—. Y también sí. Es decir, el acero áurico sí hiere a alguien como yo de la forma que cabría esperar.

—Sus dedos se dirigen al guardapelo que lleva al cuello, jugueteando distraídamente con el amuleto familiar y desgastado como si se estuviera anclando a algo.

Es un hábito suyo que he visto muchas veces, pero ahora algo en él se siente diferente—.

Pero para los cambiapieles y los drakens... hace algo mucho, mucho peor.

—Cuando la aleación áurica se propaga por la sangre de un cambiapieles o de un draken, lo bloquea todo excepto sus mentes —dice Kyrian con suavidad—.

Inmoviliza sus músculos por completo: nada de movimientos voluntarios, ni un espasmo, nada.

Si la dosis es lo bastante alta o si el arma envenenada no se retira con presteza, las víctimas quedan atrapadas en su propia carne.

Incapaces de moverse o de hablar. Si tienen suerte, conservan el control de sus párpados.

Cuando aprenden a comunicarse de esa forma, suelen suplicar la muerte.

Las náuseas me cierran la garganta y de pronto no quiero que Kyrian continúe. Pero lo hace, y las palabras ya no se dicen con amabilidad.

—Es como estar enterrado vivo dentro de tu propio cuerpo. Paralizado pero totalmente despierto, plenamente consciente, gritando en silencio y sin descanso pidiendo una ayuda que nunca llega.

—No. —Niego con la cabeza, deseando que sus palabras no sean ciertas.

He estudiado, creado y perfeccionado la aleación áurica cada día desde que surgió mi magia.

La conozco por dentro y por fuera. Es un arma, sí, pero justa.

Incluso misericordiosa, ya que no mata directamente, sino que se limita a neutralizar la magia que hace inmortales a los feéricos. Pero esto...

—Mientes —le digo a Kyrian. Es la única explicación que puedo hilvanar, sentada aquí frente a dos hombres que han convertido el engaño en su arma preferida, afilando los bordes de las mentiras específicamente para mí—. Mientes y haces afirmaciones sin ninguna prueba que las respalde.

—¿Cómo llegas a esa conclusión? —pregunta Kai.

—Los drakens. —Asiento, encontrando un cabo suelto en el argumento de Kai y tirando de él—. Hablas como si supieras lo que piensan y sienten, algo que no puedes saber. Es una construcción argumental falsa, destinada a apelar a las emociones sin base factual alguna. Un golpe bajo, incluso para ti.

Kai resopla, y su rostro demasiado apuesto se tensa con desprecio. —Ah, sí. Una de mis partes favoritas de la vil ficción de la Aguja. Los drakens son bestias de carga. Caballos celestiales con escamas.

—¿Ficción? ¿Por qué iba a mentir la Aguja sobre eso? ¿Qué motivo podrían tener para engañarnos?

—Esa es una pregunta para tu madre —dice Kai—. Pero apuesto a que tiene algo que ver con que os resulte más fácil justificar la captura y el tormento de seres que no tenéis ninguna posibilidad de derrotar por vuestra cuenta.

—Eso... no es verdad. —Me cruzo de brazos y le arrebato la iniciativa a Kai—. Hablando de cosas que no son verdad, ¿es Grayson tu nombre real?

—¿Qué? —Parpadea—. No, por supuesto que no. Soy el príncipe Kai de Slait. Pensaba que esa parte ya había quedado clara a estas alturas.

—¿Y tú? —Señalo con el dedo a Kyrian.

—Sorel era el nombre de mi madre. Lo que te dije aquel día que nos refugiamos en el fuerte abandonado era la verdad.

Sorel era una bailarina exótica que llamó la atención de mi padre cuando visitó la corte.

Murió cuando yo tenía cinco años. Cuando mi padre decidió criarme junto a sus hijos legítimos, eso no les sentó bien a la mayoría de ellos. Ni a su esposa, para el caso.

—¡Omitiste la parte de que tu padre es el rey feérico de Flurry!

—No he dicho que no omitiera algunas cosas. —Un destello de remordimiento cruza el rostro de Kyrian—. Pero las emociones, esas eran reales, Caos. Perjudicarte nunca fue mi intención.

Parece sincero. Pero no quiero creerle. No quiero sentir el dolor en sus palabras, no quiero dejar que toque ninguna de las partes de mi interior que todavía no han sido reducidas a cenizas.

Pero lo cierto es que lo hace. Lo toca todo.

Incluso a la luz de la verdad desnuda, la conexión que tengo con estos hombres es profunda como el alma.

—Claro. —Me alejo de él—. Perjudicarme nunca fue la intención. ¿Solo secuestrarme y obligarme a traicionar a mi reino? —Las palabras me saben amargas—. Déjame adivinar, ¿Logan también es un príncipe de algo?

—No —dice Kyrian—. Él...

Antes de que pueda terminar, el faldón de la tienda cruje al abrirse, dejando entrar una ráfaga de aire frío y a una mensajera de aspecto engreído.

—El príncipe Theron solicita el placer de vuestra compañía esta noche —nos informa a los cuatro, mientras coloca una gran bandeja con fruta, frutos secos y finas lonchas de carne muy cruda sobre una mesa—.

Estoy a vuestra disposición para ayudar en los preparativos de cualquier forma que pueda.

—Espléndido. —Kyrian agita la mano en un gesto de despido, y la expresión cordial de su rostro se desmorona en el instante en que la mensajera sale.

Él y Kai intercambian una larga mirada: un intercambio silencioso y agudo que satura el aire hasta que parece que la lona de la tienda podría rasgarse por la creciente tensión.

—¿Crees que Theron realmente ha enviado un mensajero a Slait? —pregunta Kai al fin, en voz baja.

—Sin duda.

Kai maldice entre dientes y luego se vuelve hacia mí con el tipo de paciencia que parece costarle un esfuerzo.

—Independientemente de si confías en algo de lo que te acabamos de decir, comprende que en este lado de los resguardos se da por cierto.

Lo único que te mantiene con vida —y entera— es nuestra afirmación sobre los inminentes votos matrimoniales.

Theron no se arriesgará a provocar a la corte de Slait matando a una futura novia real, y mi dechado de perfección protegerá a una amada compañera, sea o no políticamente conveniente. Y ahí es donde está la trampa.

—¿Hay una trampa? Porque, por lo demás, todo parece muy directo y lógico.

Kai me ignora. —Aunque al príncipe Theron no le importa lo más mínimo si te hace ilusión o no estar encadenada a mí por toda la eternidad, mi familia pondrá el universo patas arriba para asegurarse de que no los están engañando.

Si hay el menor indicio de que nuestras inminentes nupcias son una farsa...

—... las consecuencias serán sangrientas —termina Kyrian con voz plana—. Y no solo para ti.