CAPÍTULO 24La mañana después
La mañana después
Me desperté con una pierna atrapada debajo de la manta y Joseph poniéndose la camisa.
Eso fue lo primero que vi.
Lo segundo fue mi propia ropa distribuida por la habitación con una lógica que no recordaba haber aprobado.
Lo tercero fue una bota junto a la cama.
Intenté levantarme.
Pisé la bota.
—Mierda.
Joseph se giró.
—Buenos días.
—No empiece.
—No he dicho nada.
—Su existencia ya es provocadora.
La sonrisa apareció.
—¿Está bien?
Me senté otra vez.
Hice inventario.
Cansancio.
Sensibilidad.
Cero arrepentimiento inmediato.
Eso sí me preocupó.
—Sí.
Joseph abrochó un botón.
—¿Segura?
—Si pregunta una tercera vez, voy a asumir que usted se arrepiente.
Se quedó quieto.
—No.
Una palabra.
Contundente.
—Bien.
—¿Usted?
—Tampoco.
El alivio que pasó por su expresión fue breve.
Pero existió.
—Eso no significa que sepamos qué estamos haciendo —añadí.
—No.
—Ni que haya que ponerle nombre hoy.
—No.
—¿Puede responder algo con más de una sílaba?
Joseph sonrió.
—Podría.
—Gracias.
✦ ✦ ✦
Joseph encontró uno de mis calcetines debajo de la silla.
Lo levantó con dos dedos.
—¿Esto es suyo?
—No. La habitación produce ropa espontáneamente.
—Interesante fenómeno.
—Deje de inspeccionar la escena.
—Está en mi camino.
—Su obsesión con el orden va a destruir lo poco que queda de mi dignidad.
Joseph dejó el calcetín sobre la cama.
—Anoche no parecía especialmente preocupada por ella.
Lo miré.
Él sostuvo mi mirada.
Y después sonrió.
—Eso fue bajo.
—Pero preciso.
Le lancé una almohada.
La atrapó.
La risa que compartimos hizo algo importante: convirtió la mañana en nuestra, no en un examen sobre si el sexo había sido un error.
Cuando terminó, Joseph se sentó en el borde de la cama.
—Una cosa sí quiero dejar clara.
—¿Qué?
—Si cambia de opinión sobre esto, sobre nosotros o sobre repetirlo, no me debe una explicación que no quiera dar.
La frase me calentó y me pinchó al mismo tiempo.
—Lo mismo para usted.
—Sí.
—Y si vuelve a tratarme de “doctora Montblack” después de anoche, me ofendo.
Joseph levantó una ceja.
—Eso suena a amenaza.
—Lo es.
—Tomaré nota, Lova.
Maldito.
El pasillo fue peor.
Abrí la puerta.
Leonardo estaba saliendo de su habitación con el pelo en todas las direcciones y una taza en la mano.
Nos vio.
Miró a Joseph.
Me miró.
Volvió a mirar a Joseph.
No dijo nada.
Eso fue aterrador.
—Buenos días —dijo finalmente.
—Buenos días —respondí.
Joseph asintió.
Leonardo dio un sorbo.
—Anoche comprendí la arquitectura emocional de una llama.
Cerré los ojos.
Gracias.
El universo todavía me quería un poco.
—¿Y? —preguntó Joseph.
—Necesita terapia.
—Todos la necesitamos —dije.
Leonardo nos miró de nuevo.
—Interesante.
—No —respondimos.
—No he dicho nada.
—Tu cara sí —dije.
Joseph empezó a reír.
Leonardo levantó un dedo.
—Eso. Exactamente eso.
—Desayuna —ordenó Joseph.
—Con enorme placer.
✦ ✦ ✦
En el comedor comunitario nos esperaba Rosa.
Nos dio comida.
Nos preguntó si estábamos bien.
No preguntó nada más.
También la quería.
Simón sí nos miró y sonrió.
—No pareja.
—Simón —dijo Rosa.
—Solo recuerdo.
Me concentré en el pan.
Joseph bebió café con una serenidad ofensiva.
Le di una patada suave debajo de la mesa.
Me miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Su nada tiene pie.
Me mordí el labio para no reírme.
✦ ✦ ✦
La mañana volvió al trabajo.
Después del desayuno, Rosa nos pidió que camináramos con ella antes de irnos.
—Hay algo que quizá sí les sirva —dijo.
No prometió evidencia. Para escucharla, tampoco la necesitábamos.
Nos llevó por un camino que bordeaba unas terrazas antiguas. Simón se unió más tarde con una libreta vieja de su padre.
En varias páginas había nombres de personas que habían llegado preguntando por antigüedades, textiles y rutas. Fechas aproximadas. Descripciones.
No era un registro oficial.
Era memoria organizada.
—Mi padre escribía todo —dijo Simón—. Decía que la memoria sola se vuelve cómoda.
—Me cae bien —murmuró.
—Porque hace listas.
—También.
Rosa nos llevó hacia una zona más baja del camino.
Allí una piedra marcaba una bifurcación.
El motivo aparecía apenas visible.
—Mi abuelo decía que algunas familias dejaron de usar esta ruta cuando empezaron a venir compradores —dijo Rosa.
—¿Compradores de qué? —preguntó Marina.
—Cosas antiguas.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Cuándo?
—Hace años. Antes de Aukani.
—¿Nombres?
Rosa pensó.
—Salazar lo escuché.
Joseph levantó la cabeza.
—¿Víctor?
—No sé. Solo Salazar. Y un hombre que venía con gente de Lima.
—¿Méndez? —pregunté.
Rosa negó.
—No recuerdo.
Nada más.
No presionamos.
La tradición oral no era una máquina expendedora de pruebas.
Pero la dirección volvía a aparecer.
✦ ✦ ✦
En el camino de regreso, Leonardo perdió contra un niño otra vez.
Esta vez en una carrera cuesta arriba.
—Tiene pulmones antirreglamentarios —dijo.
—Tiene diez años —respondí.
—Precisamente. Ventaja de peso.
Joseph caminaba a mi lado.
Nuestras manos se rozaron una vez.
No nos agarramos. Bastaba con caminar juntos.
La noche anterior seguía entre nosotros, pero no como una bomba.
Como un hecho.
—¿Está incómoda? —preguntó cuando Leonardo se alejó.
—Un poco.
—Yo también.
—Gracias por admitirlo.
—Estoy creciendo.
—Demasiado rápido. Me preocupa.
Sonrió.
—No quiero fingir que no ocurrió.
—Yo tampoco.
—Pero tampoco quiero que decida nada por nosotros.
—Correcto.
—Entonces seguimos.
—¿Así de sencillo?
Joseph se encogió de hombros.
—Podemos complicarlo si quiere.
—No. Ya tenemos talento natural para eso.
Seguimos caminando.
No éramos pareja, pero hacía tiempo que tampoco éramos solo compañeros.
Éramos algo incómodamente intermedio.
Y, por primera vez, no sentí urgencia por ponerle nombre.
✦ ✦ ✦
Durante el regreso a Qhantiy acabamos sentados juntos en la parte trasera del vehículo. Leonardo iba delante con Tomás, narrando su derrota deportiva como una injusticia histórica.
Joseph tenía el brazo apoyado cerca del mío.
—¿Va a ser raro? —pregunté en voz baja.
—Ya es raro.
—Gracias. Muy tranquilizador.
—Quise decir que no necesitamos evitarlo.
Miré por la ventana.
—No quiero convertirme en una persona que mide cada conversación según si conduce a la cama.
—Yo tampoco.
—Me gusta trabajar con usted.
—Eso ha sonado como una confesión mayor.
—No abuse.
—A mí también.
—¿Trabajar conmigo?
—Sí.
Esperé.
—¿Y lo otro?
Su mirada se volvió lenta.
—También.
Mi cara ardió.
—Era una pregunta metodológica.
—Claro.
Miré hacia delante. Leonardo estaba demasiado ocupado discutiendo con Tomás para escucharnos.
—No pienso arrepentirme —dije.
—Yo tampoco.
No necesitábamos una etiqueta.
Pero sí necesitábamos eso.
La verdad dicha sin adornos.
Al llegar a Qhantiy, Joseph me acompañó hasta la puerta del hotel.
No subió ni intentó repetir la noche.
Eso me gustó.
También me frustró un poco, lo cual era enteramente problema mío.
—Voy a ducharme durante aproximadamente una hora —dije.
—Información útil.
—Y después dormir.
—Excelente plan.
—¿Usted?
—Instituto.
—Claro que sí.
—Solo dejaré los registros.
—Eso es lo que dicen todos los adictos al trabajo.
Joseph sonrió.
—¿Quiere venir a supervisar?
La invitación llevaba una capa de significado que ambos reconocimos.
—No. Si entro con usted ahora, Leonardo va a olerlo desde tres calles.
—Buen argumento.
Me incliné y lo besé una vez. Breve. Consciente. Sobria.
Joseph se quedó quieto cuando me aparté.
—Evidencia de lucidez —dije.
—Insuficiente.
—Metodología exigente.
—Siempre.
Entré al hotel sonriendo.
Dos horas después estaba en el Instituto de todas formas.
Porque, evidentemente, ninguno de los dos sabía descansar.
El golpe llegó al volver al Instituto. Un sobre sin remitente esperaba sobre mi mesa.
Dentro había copias de movimientos de materiales.
Cinco piezas de Aukani transferidas a Patrimonia Sur para análisis.
Cuatro devueltas.
Una no.
Código:
AKN-CER-441.
Descripción:
Fragmento cerámico negro con incisión geométrica.
Sentí un frío inmediato.
—Joseph.
Él se acercó.
Leyó.
Y algo en su cara cambió.
No sorpresa.
Reconocimiento.
Lo vi.
—Ya sabía esto.
Joseph no respondió enseguida.
Eso fue respuesta suficiente.
—¿Desde cuándo?
—Sabía que faltaba una pieza.
Mi estómago descendió.
—¿Y el motivo?
—Joseph.
—Lo reconocí cuando apareció el primer fragmento.
La habitación se hizo demasiado pequeña.
—¿Y no me lo dijo?
—Abrí una revisión interna antes de que usted llegara.
—¿Sabía que Patrimonia estaba vinculada a Kallpa?
Esta vez tardó demasiado.
—Después.
—¿Después cuándo?
—Hace semanas.
Lo miré.
Semanas.
Todo lo que habíamos hablado sobre evidencia.
Sobre compartir interpretaciones.
Sobre no cargar sola.
—Necesito irme.
—Lova.
—No.
La palabra salió firme.
Joseph se detuvo.
No me siguió.
Era, exactamente, lo que siempre había dicho que quería de él.
Y, aun así, salir sola del Instituto fue una de las cosas más difíciles que había hecho desde que llegué a Qhantiy.