CAPÍTULO 25La peor idea posible
La peor idea posible
Dormí dos horas.
Tal vez tres.
No porque Joseph hubiera mentido.
Eso habría sido más sencillo.
No había mentido.
Había omitido.
Y yo acababa de descubrir que las omisiones podían doler exactamente en el mismo sitio.
A las ocho de la mañana ya estaba en el Instituto.
No fui a su despacho.
Fui al archivo.
Marina me encontró allí con tres cajas abiertas y una expresión que, por su cara, debía de ser espantosa.
—¿Qué haces?
—Investigando.
—Eso ya lo veo.
Se acercó.
—¿Sola?
—Sí.
—Lova.
—No empieces.
—No voy a empezar. Voy a preguntar si Joseph sabe que estás aquí.
—No.
Marina me miró.
—Eso suena saludable.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—Lo sé.
Seguimos unos segundos en silencio.
—¿Qué pasó?
Le enseñé el documento AKN-CER-441.
Marina lo leyó.
Marina dejó de leer como si acabara de encontrar una grieta en mitad de la página.
—Mierda.
—Sí.
—¿Él sabía?
—Parte.
—¿Cuánta?
—Eso intento averiguar.
✦ ✦ ✦
Marina cerró una de las cajas.
—Antes de seguir: ¿qué quieres encontrar?
—La verdad.
—Respuesta de documental.
—No soy documentalista.
—Exacto. Así que dime qué estás buscando en términos concretos.
La pregunta me obligó a frenar.
—Cuándo supo Joseph que la pieza faltaba. Cuándo supo que Patrimonia estaba vinculada a Kallpa. Si ocultó algo que pudiera cambiar mi interpretación del motivo.
—Bien. Eso sí se puede buscar.
—¿Desde cuándo eres tan irritantemente sensata?
—Desde que tú y Baker absorbieron toda la cuota de dramatismo del proyecto.
Sonreí, aunque me dolió.
Marina me tocó el hombro una vez y retiró la mano.
—No tienes que elegir entre confiar ciegamente y desconfiar de todo.
—Lo sé.
—No parece.
—Gracias por la delicadeza.
—Trabajo con cerámica. La delicadeza se reserva para cosas más frágiles.
Eso me hizo reír.
Después volvimos a los archivos.
La revisión interna existía.
Joseph no había inventado nada.
Había abierto un expediente meses antes de mi llegada por tres movimientos irregulares de material.
Uno de ellos era AKN-CER-441.
Había bloqueado nuevas transferencias a Patrimonia Sur.
También había pedido auditoría.
Eso debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
Porque el archivo mostraba otra cosa.
Joseph conocía el motivo.
También había solicitado una comparación con material de otros proyectos, pero el informe estaba incompleto. En una nota interna había escrito: “posible marcador de tránsito; no divulgar hasta verificar procedencia y cadena de custodia”.
Leí la frase tres veces.
No era una prueba contra él.
Era exactamente la clase de cautela que yo admiraba en Joseph.
Eso lo hacía peor.
Porque entendía por qué había esperado.
Y aun así me dolía que hubiera decidido que yo no debía saber.
Marina se sentó frente a mí.
—Dos cosas pueden ser verdad.
—Todo el mundo está empezando a decir eso.
—Porque sigues intentando obligar a las cosas a ser una sola.
—Es más cómodo.
—Sí. También suele ser falso.
Cerré el expediente.
Podía entender a Joseph y estar enfadada con él.
Podía confiar en su trabajo y cuestionar una decisión.
Podía quererlo cerca y necesitar espacio.
Ninguna de esas cosas cancelaba las demás.
No su significado.
Pero sí su existencia.
Y había sabido que yo podía reconocerlo.
—¿Por qué no me lo dijo? —murmuré.
Marina no respondió.
—No te corresponde responder eso.
—Gracias.
—Pero tampoco conviertas lo que encuentres aquí en su respuesta.
—¿Ahora todos hablan como él?
—Es contagioso.
A pesar de todo, sonreí.
Duró poco.
✦ ✦ ✦
A las nueve encontramos un registro de movimientos que no estaba en la copia oficial del expediente.
No porque alguien lo hubiera escondido físicamente.
Porque estaba archivado bajo una categoría distinta.
“Material devuelto pendiente de verificación”.
AKN-CER-441 figuraba allí durante tres días y después desaparecía del sistema principal.
—¿Quién cambió el estado? —pregunté.
Marina revisó metadatos.
—Usuario administrativo.
—¿Nombre?
—No aparece.
Golpeé suavemente la mesa con el bolígrafo.
—Otra cuenta sin nombre.
—Sí.
—¿Cuántas decisiones invisibles puede soportar un sistema antes de dejar de ser un sistema?
—Esa pregunta es más filosófica de lo que puedo manejar antes del café.
—Son las nueve.
—Exacto.
El documento mostraba también que Joseph había solicitado una verificación de retorno cuarenta y ocho horas después de la fecha prevista.
No había ignorado la pieza.
La había buscado.
Eso importaba.
Y me enfadaba que importara tanto.
Encontré la firma de Ricardo Méndez a las nueve y veinte. Recepción del fragmento.
Patrimonia Sur.
La devolución nunca se registró.
Debajo había una autorización de transferencia con la firma digital de Joseph.
Mi corazón se detuvo un segundo.
—Marina.
Se acercó.
—Eso es suyo.
—Sí.
—¿Puede falsificarse?
—Todo puede falsificarse.
—Eso no ayuda.
—Necesitamos comprobar el certificado.
Antes de hacerlo, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
No contesté.
Volvió a llamar.
Respondí.
—¿Sí?
Una voz de hombre.
—Doctora Montblack, si quiere entender por qué Baker sabía del fragmento, revise Supervisión Patrimonial.
Me quedé inmóvil.
—¿Quién habla?
La llamada terminó.
Marina me miró.
—¿Qué?
Le conté.
—No vas sola.
—No he dicho que vaya.
—Tu cara sí.
Maldita epidemia.
✦ ✦ ✦
Joseph apareció antes del mediodía.
Entró en el archivo y nos encontró con los documentos extendidos.
Su mirada fue directa hacia mí.
—Necesitamos hablar.
—Sí.
Marina miró entre ambos.
—Me voy.
—No hace falta —dije.
Joseph negó.
—Puede quedarse.
Eso me sorprendió.
—No hay nada privado en lo que voy a decir.
Bien.
—La firma es auténtica —dijo.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Autorizó el traslado?
—Sí.
—¿Y después bloqueó a Patrimonia?
—Sí.
—Explíquelo.
Joseph apoyó las manos en la mesa.
—La transferencia se hizo para una prueba de composición. Patrimonia estaba acreditada. El material debía volver en setenta y dos horas. Cuando revisé el inventario semanas después, faltaba esa pieza y había inconsistencias en otras cuatro. Abrí la revisión.
—¿Cuándo supo que Patrimonia había trabajado en Kallpa?
—Después de que apareció el primer motivo aquí.
—¿Y por qué no me lo dijo?
Una pausa.
—Porque la revisión era confidencial.
Me reí sin humor.
—Eso es una respuesta institucional.
—Es la verdad.
—¿Y personalmente?
Joseph tensó la mandíbula.
—Porque sabía lo que Kallpa le hacía y no quería entregarle una coincidencia sin contexto.
—Decidió por mí.
—Sí.
No intentó defenderlo.
—Fue un error.
Eso me desarmó más que una pelea.
—Yo le dije que no lo hiciera.
—Lo sé.
—Después de Salazar.
—Sí.
—Y lo hizo igual.
—Sí.
Respiré.
—Necesito tiempo.
Joseph asintió.
—Lo tiene.
Ni siquiera preguntó cuánto.
Eso dolió de una manera distinta.
✦ ✦ ✦
Pasé el resto de la tarde intentando decidir si contarle a Joseph sobre la llamada.
Cada argumento a favor tenía una respuesta.
Cada argumento en contra también.
Si se lo decía, temía que intentara intervenir.
Si no se lo decía, estaba haciendo exactamente lo que le reprochaba: administrar información ajena porque yo decidía qué podía manejar la otra persona.
La contradicción me irritó profundamente.
A las tres y media casi fui a su despacho.
Lo vi desde el pasillo hablando con un abogado del Instituto. Su expresión estaba cerrada. Cansada.
Me detuve.
No era miedo a Joseph.
Era miedo a mí misma.
A querer tanto que su explicación fuera cierta que cualquier frase suya me pareciera suficiente.
Retrocedí.
Después me odié un poco por hacerlo.
A las cuatro volvió a llamar el número desconocido.
—Mañana, diez de la mañana. Supervisión Patrimonial. Pregunte por Ferrer.
—¿Quién es usted?
—Alguien que no quiere que la investigación desaparezca otra vez.
Se cortó.
Miré el teléfono.
No se lo conté a Joseph.
Esa fue la peor idea posible.