Desterrando problemas CAPÍTULO 23La noche de Pukara
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CAPÍTULO 23La noche de Pukara

La noche de Pukara

La ceremonia había terminado hacía horas.

Habíamos comido algo ligero, bebido agua y pasado el tiempo suficiente hablando con Rosa y con la guía para que nadie tuviera dudas sobre nuestro estado.

Yo estaba cansada.

Emocionalmente abierta de una manera que no disfrutaba especialmente.

Y completamente lúcida.

Joseph estaba en el pasillo cuando cerré la puerta.

No me siguió.

No llamó.

No esperó nada de mí.

Eso debería haber facilitado dormir.

No lo hizo.

Cerré la puerta.

Permanecí apoyada contra ella unos segundos, escuchando mis propios latidos como si fueran capaces de decirme qué demonios estaba haciendo.

Entonces volví a abrir.

Joseph seguía en el pasillo.

No había avanzado hacia su habitación.

—¿Qué? —preguntó.

—No sé.

Su sonrisa apareció lentamente.

—Eso sí es nuevo.

—Cállese.

Ninguno se movió durante un instante.

—¿Sigue lúcido? —pregunté.

La diversión desapareció de su expresión.

—Sí.

—¿Completamente?

—Sí. ¿Usted?

—También.

Joseph esperó.

No hizo nada más.

Y entendí que la siguiente decisión era mía.

Di un paso hacia él.

Luego otro. La distancia entre nosotros se redujo con una solemnidad ridícula, como si estuviera cruzando una frontera internacional sin haber rellenado el formulario adecuado.

—Voy a besarlo —dije.

—Eso ha sonado más a advertencia que a invitación.

—Es mi manera de ser encantadora.

—Lo sé.

Le sujeté la camisa a la altura del pecho y lo besé antes de que pudiera añadir algo.

Su boca estaba tibia; la mía, demasiado tensa.

El primer roce fue rápido y torcido, pero no retiré los labios.

Volví a buscarlo, esta vez abriendo la boca con más decisión, y sentí cómo su respiración se quebraba contra la mía.

Joseph permaneció quieto durante el primer segundo. Después me rodeó la cintura, sin apretar, y respondió con una cautela que me irritó y me tranquilizó al mismo tiempo. Su lengua rozó la mía apenas, como si esperara una autorización que no pensaba regalarle gratis.

Lo besé más hondo. La presión de su boca cambió; dejó de contenerse y empezó a seguirme. Su barba raspó suavemente mi piel. El calor subió entre nosotros con una rapidez que me hizo aferrarme más a su camisa.

Me aparté apenas, con los labios húmedos y el pulso desordenado.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Nada. Estoy comprobando si sabe besar cuando no está intentando salvar una civilización perdida.

Su sonrisa rozó mi boca.

—¿Y el informe?

—Inconcluso. Necesito más pruebas.

Volví a besarlo. Esta vez no hubo tanteo. Mi mano subió hasta su nuca y tiré de él mientras su pecho se pegaba al mío. Su respiración se volvió grave, irregular; la mía perdió cualquier pretensión de dignidad.

Joseph me acarició la espalda por encima de la ropa y se detuvo.

—Puedo parar.

—No quiero que pare.

Lo dije contra sus labios, y la frase quedó entre los dos, desnuda y mucho más peligrosa que cualquier otra cosa que hubiera dicho esa noche.

Joseph apoyó la frente contra la mía. Tenía los ojos oscuros y la boca entreabierta.

—¿Quiere que entre?

—Sí.

—¿Porque lo desea ahora?

—Sí. Ahora. Con la cabeza despejada, completamente lúcida y todas mis malas decisiones perfectamente disponibles.

—¿Y la ayahuasca?

—No está decidiendo por mí. Yo sí.

Una sombra de alivio le cruzó el rostro, aunque sus dedos siguieron tensos contra mi cintura.

—Entonces entro.

—Qué considerado. Casi parece una persona civilizada.

—No exagere.

Me hice a un lado y lo dejé pasar porque quise. Joseph entró despacio, como si la habitación fuera un territorio en el que solo podía avanzar con mi permiso.

El frío de la noche seguía atrapado en las paredes y la madera húmeda olía a lluvia. Cerró la puerta sin echar el pestillo. Después dejó la mano sobre el picaporte, a la vista.

—Podemos dejarla abierta —dijo—. O puedo irme.

—Si quisiera que se fuera, no habría cruzado el pasillo para traerlo de vuelta.

—Necesito oírlo de vez en cuando.

—¿Que no quiero que se vaya?

—Que sigue queriendo esto.

Lo miré. Había deseo en sus ojos, pero también una inseguridad que no le había visto durante la ceremonia ni frente a una pared cubierta de símbolos imposibles.

—Sigo queriéndolo —dije—. ¿Usted?

—Desde antes de saber si tenía derecho a quererlo.

—El derecho no entra en la ecuación. La decisión sí.

Su mano se acercó a mi cintura y se detuvo a un centímetro de mi cuerpo.

—¿Puedo?

—Puede.

Su palma encontró mi espalda y esperó. Sentí el calor atravesar la tela, la presión contenida de sus dedos, la pregunta en cada pausa.

Yo cubrí su mano con la mía y la guié hacia mi cadera.

—No soy una reliquia frágil —murmuré.

—No. Pero tampoco quiero tratarla como una puerta que se abre por insistencia.

—Qué decepción. Yo esperaba que la arqueología nos enseñara algo más útil.

Joseph rió contra mi cuello. Su aliento me calentó la piel y el sonido me desarmó peor que cualquier caricia.

Lo besé otra vez, más despacio. Su lengua encontró la mía; mis dientes rozaron su labio inferior y él dejó escapar un sonido bajo, involuntario.

—Acordamos no tomar decisiones bajo los efectos de la ayahuasca —recordó.

—Lo sé. Y estoy lúcida.

—Esto no es aquello.

—No. Esto soy yo tomando una decisión que probablemente lamentaré con una disciplina admirable.

—Puede cambiar de idea.

—También puedo volver a elegirlo.

—Sí.

—Y usted no va a castigarme por ninguna de las dos cosas.

—Nunca.

Le quité la chaqueta y la dejé caer sobre la silla. Joseph siguió el movimiento, pero no me desvistió con los ojos como si estuviera resolviendo un acertijo. Me miró a mí.

—¿Está segura? —preguntó.

—Sí.

—¿Segura de verdad?

—Joseph.

—Perdón.

—No se disculpe por preguntar. Solo no convierta cada paso en una auditoría.

—Estoy intentando no equivocarme.

—Va a equivocarse. Yo también. La noche sobrevivirá.

Le desabroché el primer botón de la camisa. Luego el segundo. Bajo mis dedos, los músculos de su pecho se tensaron; su respiración se volvió más profunda.

—¿Nervioso? —pregunté.

—Mucho.

—Excelente. Me habría preocupado que esto le resultara tan sencillo como descifrar una inscripción.

—Nada relacionado con usted me ha resultado sencillo.

La respuesta me quitó el aire. Para recuperarlo, lo besé con más hambre. Mis manos apartaron la camisa de sus hombros y las suyas encontraron el borde de mi blusa.

—¿Puedo quitársela?

—Sí.

La tela salió despacio. El aire frío me erizó la piel; Joseph lo notó y me cubrió con las manos antes de volver a besarme.

Cuando su mano se detuvo, pensando que mi silencio significaba duda, la tomé y la devolví a mi piel.

—No me estoy alejando.

—Lo sé ahora.

—Entonces aprenda más deprisa.

—Haré lo posible.

—No. Haga lo que le diga.

—¿Qué me dice?

—Que siga.

Y siguió. Me quitó el resto de la ropa con una mezcla de deseo y torpeza que me resultó mucho más peligrosa que cualquier seguridad. Cada prenda que caía dejaba entrar el aire frío y revelaba el calor que llevábamos acumulando desde el pasillo.

Su cinturón terminó junto a la puerta. Mi falda quedó torcida sobre la silla. La ropa interior cayó al suelo como una prueba material de que ambos habíamos perdido el juicio de manera bastante organizada.

Joseph me recorrió con la mirada y luego volvió a mis ojos. No había posesión en su expresión; había hambre, miedo y una vulnerabilidad que me obligó a tocarle la cara.

—No me mire como si fuera a desaparecer —dije.

—Estoy intentando memorizar que esto está ocurriendo.

—Qué romántico. Casi parece un secuestrador de museos.

Sonrió, pero sus manos siguieron quietas hasta que las guié sobre mis caderas. La piel de ambos estaba caliente; el aire, demasiado frío. Cuando sus dedos llegaron entre mis piernas, esperó.

—¿Puedo tocarla aquí?

—Sí. Más despacio.

Lo hizo. Su pulgar encontró mi clítoris y la presión inicial fue tan precisa que tuve que cerrar los ojos. El placer me subió por el vientre, mezclado con una punzada de nervios que me hizo sujetarle la muñeca.

—¿Paramos? —preguntó inmediatamente.

—No. Cambie un poco el ritmo. Así.

Le mostré cómo mover la mano. Joseph obedeció, atento sin volverse distante, deseándome sin convertir ese deseo en una exigencia.

Mi respiración se volvió irregular. La suya también. Cuando me arqueé contra sus dedos, él levantó la vista.

—¿Quiere que continúe?

—Sí. Quiero continuar. Y quiero que me penetre.

La inseguridad le cruzó el rostro de forma tan evidente que casi me hizo reír.

—¿Qué ocurre? ¿Ha olvidado cómo funciona la anatomía?

—No quiero hacerle daño.

—Entonces escúcheme. Si le digo que pare, para. Si le digo que vaya más despacio, va más despacio. Y si le digo que siga, no me pida que lo repita cinco veces.

—Entendido.

Se colocó entre mis piernas. Sentí su pene firme contra mí, la presión de la punta buscando entrada, y por un instante todo mi cuerpo se concentró en ese punto de contacto.

—¿Ahora? —preguntó.

—Ahora. Despacio.

Entró en mí lentamente. La primera presión fue intensa, una mezcla de estiramiento y calor que me hizo contener el aliento. Joseph se detuvo cuando mis dedos se cerraron sobre sus hombros.

—¿Bien?

—Sí. No se mueva todavía.

Permaneció dentro de mí, inmóvil, respirando contra mi cuello. Sentí el peso de su cuerpo sin que me aplastara, el latido acelerado de su pecho contra el mío, la tensión que mantenía contenida para no tomar más de lo que yo le diera.

—Puede moverse —susurré.

Salió casi por completo y volvió a entrar con lentitud. La presión se transformó en placer; cada embestida profunda llenaba el espacio entre mi vientre y mi garganta, y mis piernas se cerraron alrededor de sus caderas para recibirlo mejor.

—Más despacio —pedí cuando el ritmo aumentó.

Se detuvo de inmediato.

—¿Así?

—Sí. No pare. Solo más lento.

Lo guié con las manos y con la cadera. Él siguió mi movimiento, entrando y saliendo con una cadencia que hizo que el colchón golpeara suavemente contra la pared. La habitación se llenó de respiraciones, piel húmeda y el sonido bajo de su voz cuando intentaba no perder el control.

—Mírame —dije.

Joseph levantó la cabeza. Sus ojos estaban oscuros, abiertos de par en par.

—Estoy aquí.

—Lo sé. Siga.

Su mano volvió a mi clítoris mientras su pene entraba en mí, y el doble estímulo me arrancó un gemido que ya no pude disfrazar de comentario sarcástico. Me aferré a su espalda; mis uñas dejaron marcas leves sobre su piel.

—¿Más presión?

—Sí. Ahí. No cambie nada.

El placer creció hasta volverse casi doloroso. Mi cuerpo se tensó alrededor de él y Joseph perdió el ritmo por un segundo, demasiado cerca del límite.

—Voy a correrme —dijo, con la voz rota—. ¿Quiere que pare?

—No. Quédate conmigo. Sigue.

El orgasmo me atravesó en oleadas. Sentí cómo me cerraba alrededor de su pene, cómo mi espalda se arqueaba y cómo el aire se convertía en un sonido quebrado. Joseph se estremeció sobre mí y terminó dentro de mí con un gemido ahogado, manteniéndose quieto hasta que ambos pudimos volver a respirar.

Durante un momento no hubo más que calor, sudor y el latido de dos cuerpos tratando de regresar a una velocidad razonable.

Joseph salió de mí despacio y se quedó a mi lado, atento incluso entonces.

—¿Está bien?

—Estoy viva.

—No era exactamente la pregunta.

—Sí. Estoy bien. Sensible, despeinada y a punto de culparle de todo, pero bien.

Me cubrió con la manta y apoyó una mano ligera sobre mi vientre, como si incluso agotado necesitara dejarme una salida.

—¿Arrepentida?

—Todavía no. Pero no se acostumbre a semejante entusiasmo.

Él sonrió, aunque no intentó convertir aquello en una promesa. Yo tampoco. El alivio tenía un borde de miedo, y el miedo, por una vez, no consiguió echarme de la habitación.

—Esto va a complicarlo todo —murmuré.

—Probablemente.

—Odio cuando tiene razón.

—No parece.

—No se entusiasme, Baker.